La gama de azules le gustaba, el deporte, la poesía, el baile, la música cursi; ella
creía que había significado en su vida a partir de las irregulares propuestas entrelazadas de deseo y lujuria, que como bien dice Dante Alighieri, y creía ella, se ejercía para aprender a amar.
Duro el tiempo suficiente para despertar del conformismo emocional y descobijarse de la depresión; levantarse requirió al menos 120 días durante los cuales amigos, familia, profesionales, hasta los ángeles y el universo la dotaron de energía vibracional positiva para que, una vez, con los pies sobre la Madre Tierra, sí, Madre Tierra, atesorara sin apegos lo que es el verdadero amor basado en la libertad, el cariño, la paz interior y la compasión.
Se trata de las dualidades significativas para ella; entre estar o ser, la rutina o la incertidumbre, el amor o el apego, religión o espiritualidad, lo correcto o lo impertinente, los chacras o los huesos… en fin, la historia del encontrarse a sí misma se desarrolla cuando piensa cómo fue que llegó a las tierras de Perséfone queriendo estar en los cielos de un Zeus arrogante, prepotente e insignificante para el mundo de la simplicidad.
Se puede creer que sosegó el fuego de su mente o que únicamente ignoró las suplicas de su incrédula alma enamorada pero la certeza fue un viaje a su interior después de los 120 días en el cual, con ansias de retomar el mismo camino de sinsabor, desistió hasta llegar a la mezcla de sus intereses físicos, emocionales, sociales y espirituales comprendiéndose como un ser maravilloso lleno de luz en cada una de sus partes humanas y metafísicas.
Le da la bienvenida a un nuevo mundo, una mente renovada y un estilo de vida particular que la llevo a percibir un amor genuino con un hombre que atravesaba bahías y cuevas embusteras con la intensión de fundir sus mundos en la imponencia de la esencia natural y compartir cada horizonte juntos…
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