La Guayaba
Publicado en Mar 11, 2013
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El viento cortaba como  vidrios afilados, penetraba la piel y los huesos, congelaba los mocos, la mañana era opaca y las calles estaban húmedas  y vaporosas. 
 
 Los  charcos reflejaban la luz de los semáforos,  las ratas se acicalaban y un niño de la calle discernía como invertir sus veinte pesos. 
 
 Un atole y una Guajolota costaban veinticuatro, un bote de PVC y una guayaba treinta pesos, le faltaban algunas monedas para quitarse el frío y timar al hambre, en la noche vomitó algunas veces, y sólo llevaba un pan de dulce en el estómago, sin embargo, si soportaba el apetito otro poco, si conseguía olvidar el frío que le agrietaba la piel y tenía la suerte de conseguir diez pesos, podía comprar el limpiador que le aseguraría deshacerse del hambre, de la tristeza, de la memoria,  de sus neuronas.
Un dulce suicidio de la conciencia. 
 
Diez pesos sonaban como una fortuna inalcanzable, y un bolado como la única solución. 
 
Para algunas personas, es posible ser pobre, estar hambreado, ser adicto y mantenerse honrado. 
 
Caminó dos calles para acercarse al mercado, tan temprano y con ese frío era el único lugar con movimiento. 
 
Los carniceros  destazaban reses, las verduleras mentaban madres, los taqueros avivan el fuego, y nadie tenía tiempo para un volado. Pero el ropavejero notó la melancolía del niño, se acercó a él, y le preguntó por qué lloraba, el niño entre sollozos le respondió,
  
  -Estoy solo, no he comido ni flexeado, me faltan diez varos-
  
 
 
 Mirando la desesperación del niño y habiendo notado que calzaba unos tenis sucios, pero casi nuevos, el ropavejero le aconsejó,

  
   –No te amilanes chavito, sólo la muerte es para siempre
 
   -Yte doy los diez varos, tú me pasas tus tenis, y todos contentos

 
Con los ojos hinchados  y la sonrisa de un naufrago rescatado,  recibió una moneda dorada con la imagen de Tonatiuh, y se quitó los tenis. 
 
Tomó dos pesos, compró una guayaba, respiró hondo, y corrió descalzo a la tlapalería. 
 
Aún no salía el sol, todo estaba cerrado, el piso era una loza de hielo, y sus pies estaban rajados y entumidos. Se acurrucó en la entrada del local y se quedó profundamente dormido. 
 
 Un rato después lo encontró el ropavejero, y se arrimó al niño para recuperar su dinero, tomó la moneda y veinte pesos  extras, el niño estaba entumecido, tiritando, soñaba con una Maruchan de pollo bien caliente, babeaba, pero lo despertó el calor del sol y las amenazas del viejo de la tlapalería.

  -Despierta pinchescuincle, qué chingados haces aquí-
 
 El niño se incorporó, y dijo casi con orgullo,

  -Quiero un bote de PVC
 
Después de exhalar un escupitajo, el viejo le contestó,

 -la gente como tú me da asco
 -son veintiocho pesos, cabrón

 
El niño se metió las manos a las bolsas y sólo encontró la guayaba.

El estómago se le enredó y comenzó a sudar frío, se dio vuelta, vio sus pies descalzos, respiró hondo, apreto la guayaba, chilló con ganas, y le dio una buena mordida.
 
 
 
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Foto del autor Sat Rodrguez
Textos Publicados: 5
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Descripción

La droga adoctrina mientras destruye, y esta historia es un indulto para el vicio, que lo nico favorable que puede entregar, es la luz que obsequia en la abstinencia.

Palabras Clave: PVC droga nio de la calle mercado tlapalera inhalante varo guayaba viejo

Categoría: Cuentos & Historias

Subcategoría: Relatos



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