ENCUENTRO EN EL CAMINO ENTRE 2 VIEJOS NO CONOCIDOS
Publicado en Apr 25, 2009
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Amílcar Romero
ENCUENTRO EN EL CAMINO ENTRE DOS VIEJOS DESCONOCIDOS
Tiene que haber sido en el ‘49. A mediados o un poco después porque el aire estaba tibio. Era verano. Y según consta, Lew Archer venía de cerrar su primer caso importante y de reencontrarse con Kenneth Millar –a quien había conocido en Okinawa, durante la guerra, y que ahora se había instalado en Santa Bárbara, reiniciando una vida en todo sentido, a tal punto que ahora había empezado a firmar sus libros como John Macdonald o John Ross Macdonald, no le había entendido bien y no le había hecho mucho caso-, para mejor él con toda esa sensación reciente de la muerte.
“Tocar la muerte”, hasta había llegado a pensar en un momento con horror.
Sí, tiene que haber sido para esa época. Los comunistas chinos habían terminado tomando Pequín y proclamado una República Popular. Un total de 17 países, ante el avance rojo, habían formado la OTAN y como fin del gobierno militar tripartito de ocupación se creó la República Federal Alemana, consagrando la partición Berlín como una pizza. El presidente Harry Truman había anunciado formalmente que estaba en condiciones de hacer saber que los soviéticos habían hecho detonar su primera bomba atómica, aumentando con generosidad el cada vez más creciente miedo gracias al macartismo. También estaba Puddler y lo demás. Las fechas, al menos, son coincidentes. Darse un remojón en el mar con traje, corbata y zapatos, al amanecer, no es una práctica habitual ni agradable, y Lewis Alfred Archer había ganado penosamente la blanda y húmeda arena de la orilla para tenderse allí sin importarle el frío que lo atería. Lo había hecho nada más que para recuperar el resuello. Amanecía sobre el Pacífico. Pero no había estado en condiciones de prestarle importancia a un hecho de tal naturaleza, siempre bello sin excepciones. Había tenido miedo. Inexplicable. Un miedo inexplicable, sí, siempre que se parta de la base que haya algún miedo que no pueda serlo. En todo caso, éste había sido más inexplicable que cualquier otro. Pero no por lo que le podía haber pasado –quedarse él también en el fondo-, sino por lo que le había dejado a sus espaldas, en el agua helada y negra, salobre, impregnada del sabor sulfuroso, resecante, del petróleo.
Y la sensación no lo había abandonado. En realidad, no lo iba a hacer nunca más. Se le quedó allí, para siempre. Condicionándole su visión del mundo de la misma forma que un río lo hace con el proyecto de un camino. Y no es que fuera una sensación mental, llena de imágenes recurrentes, fastidiosas, sino física: el agua en la boca y las yemas que sintieron el latido del cuero mojado del cinturón, que dejaron de sentirlo en aquel instante, cuando advirtió que tenía que parar bajarse a mirar la noche. En un momento tuvo como inevitable la alternativa de vomitar las dos hamburguesas con papas suflé y cerveza que se había embuchado antes de salir de Los Angeles. Sin embargo, tras la sensación ácidamente nauseabunda, lo único que hizo fue realmente contemplar la noche. Más que eso, desde allí arriba, la extraña forma en que la noche negra blanqueaba la cresta espumosa de la rompiente. Una inasible contradicción, quizá un mero fenómeno psicológico, pero que a él lo hizo pensar en velos turbios de novia o en historias de aparecidos. Trató, eso sí, por todos los medios a su alcance en ese momento, de saber si iba a poder pescar, tal como se lo había propuesto repentinamente hacía unas horas. Y la duda era no porque tuviera la torpe presunción de que en una plomada de arrastre pudiera traerlo a Puddler enganchado del cinturón, una alternativa que, no por hipotética, dejó de conmoverlo. No. Seguramente Puddler ya estaría de manera irremisible, solo y hediendo a yodo, en el fondo de uno de los nichos helados de la morgue de Santa Bárbara, cubierto con el blanco y tosco lienzo que provee todo presupuesto estatal. No, no era eso. Se trataba de un sentimiento mucho más primario y agreste, como si de pronto hubiera empezado a odiar todo lo que fuera natural al mismo tiempo que ahí, en medio de la noche, sintiéndose pequeño y solitario, también se sintiera irremisiblemente parte de eso natural y por momentos sólo atinara a tener ganas de lanzar un tremendo alarido desgarrador.
Hasta lo intentó. Y quizás fue medio pensado o vaya a saber si un grito humano desgarrador, en medio de la soledad, no es eso, pero Archer sintió que su acto había tenido el mismo eco, la misma repercusión energética, en el juego de las fuerzas que es el universo, que puede llegar a tener un cuesco de libélula. Nada. Ni siquiera infinitesimal. La soledad de lo natural no lo había apartado ni siquiera la fracción de instante que pudo haber durado el grito, aullido o sollozo con que había hendido el aire y fue entonces que se decidió por lo práctico: abrió el capot y que el monstruo refrigerara un poco las entrañas. Revisó los niveles de agua y aceite, una mirada leve a las gomas, prudente pisada al pucho para evitar siniestras consecuencias, de esas pisadas que más que apagar o exterminar la alimaña, éstas resulta atornillada al piso, y volvió al camino. Una vez que las revoluciones le dejaron meter la tercera y estabilizarlo en una prudente velocidad crucero, se puso a pensar que sus estúpidas aprensiones, como la fobia que era pensar que una colilla mal apagada o el culo de botella podían desencadenar un cataclismo, no eran más que hipotéticas alucinaciones producto de su debilidad.
Además, como si fuera poco, las luces altas, la carretera prácticamente desierta, ponían ese marco de irrealidad en un paisaje abrupto donde los objetos aparecían de la nada, igual que encender un proyector sobre la pantalla de la sala a oscuras. El cruce veloz y aterrado de un zorro o un coyote eran visiones fantasmales, fugaces, amenazando tener poco contacto con la realidad recalcitrante. Los postes con señalizaciones se abalanzaban por los lados. Como muertos en la mitad de una aventura, así quedaban los surtidores de una estación de servicio cerrada. Las piedras y la línea en movimiento que formaba el fin del asfalto y el comienzo de la banquina no era más que una traviesa idea einsteniana animada por Walt Disney, pero en el fondo le gustaba manejar, en alguna parte había una extraña simbiosis entre esa máquina y su alma, pilotear siempre le resultaba una promesa abierta hacia lo inusitado, y en medio de eso fue que apareció la figura joven, casi imponente al irse agigantando, solitaria casi de una manera insolente, haciendo con indolencia el gesto con el pulgar hacia allá, hacia adelante, entre sus pies una informe mezcla de mono y mochila.
Su pie derecho bombeó con gozo el pedal hidráulico. Fue una reacción instintiva y estúpida como toda reacción instintiva. Ese tipo de cosas, más de noche, se hacen o se piensan. No hay tiempo para ambas.
Venía bastante fuerte y tuvo que pisar a fondo para no alejarse demasiado. El motor se quedó regulando y el muchacho, a decir verdad, no tuvo ningún apuro. Como si no hubiera solicitado un favor y en realidad hubiera marcado el punto de encuentro a un servicio de remís. Fue evidente que salvó a paso normal el trecho desde donde la noche lo había convertido en la Gran Estatua al Dedero Anónimo hasta el otro, en la misma noche, donde el caño de escape tosía un rítmico catarro de humo blanquecino, la pipa de Popeye pasada en una cámara locamente acelerada con un pop pop pop.
-Muy buenas noches, amigo –dijo el rostro casi sobre la ventanilla entreabierta del lado del conductor, literalmente enfrentando al del un ya impaciente Lew Archer-. Voy para el lado de Frisco. ¿Me acerca algo o todo?
Archer le clavó el dardo instantáneo de ese oficio tan viejo o paralelo al otro, el más viejo del mundo. El aspecto, en general no le ofreció ninguna revelación porque leía los diarios, miraba televisión y en Los Angeles también pululaban. Sí, lo único que le había sonado levemente raro había sido ese inglés monótono –aunque monótono no fuera la palabra exacta, pero no estaba en condición de elegir términos con exactitud- o quizás más bien hablado por una boca demasiado poco abierta para formularlo.
Otro engaño era el pelo. Fugazmente, aparte de enmarañado y melenudo, le había parecido oscuro. Lo que pasaba era que a pesar de una noche que estaba muy lejos de ser calurosa o de gotear rocío, estaba totalmente sudado. Sólo el pelo sudado. Y eso hacía que pareciera, amén de otras cosas, más enmarañado y mucho más oscuro de lo que en realidad era. Ahora, lo de largo y sucio no era para nada una sensación fugaz. O de distancia. Más aún, de cerca se confirmaba y se agravaba: se podía olerlo, hasta padecerlo, si viene el caso.
-Voy a ver si lo puedo acercar un poco –dijo Archer, parco de exprofeso-. Suba-. Detestaba los malos humores del cuerpo humano.
El joven pegó la vuelta por delante de los faros refulgentes con el mismo paso cansino, como si nada lo apurara. Archer aceleró fanfarronamente, pero eso tampoco lo alteró. Ni siquiera se tomó la molestia de dedicarle una mirada. A pesar de las cercanías del mar y de las refrescadas nocturnas, el clima tampoco parecía alterarlo. Calzaba unas deshilachadas zapatillas de goma, un bluyín que alguna vez, bajo varias capas geológicas de mugre quizás hasta había sido blue y en una de esas hasta jean, una tosca camisa de drill de color, calidad y antigüedad ignotas y cerraba el desfile de modas de la temporada un pulóver gordo, azul de vaya a saberse qué tonalidad, tejido con palos de escoba y un cuello bote desbocado a tal punto que su primer dueño dejaba la sensación que pudiera haber sido un mamut. Ahora bien: ni clima ni indumentaria eran una asociación para hacerle transpirar la cabeza de esa forma. Tal vez, pensó Archer bastante aprensivo de repente, con la vida deliberadamente errante y desatinada que llevaban esos extraviados, el pobre se había pescado una gripe y estuviera volando de fiebre.
El muchacho abrió la puerta del acompañante, revoleó su mono informe hacia el asiento trasero como si fuera un hato con boñiga fresca y pestilente y se sentó haciendo crujir los muelles.
-Hola, viejo –dijo, mucho más jovial y animado-. Jack –añadió de comedido y la diestra gruesa, fuerte, cruzó un puente sobre la distancia de los dos butacones y obligó a Archer a abandonar la tarea de poner la primera.
-Lew-. Se la estrechó, aunque más bien fue una pulseada, un tanto hasta violenta si se quiere, a un punto tal que lo hizo aflojar el pie que pisaba el embrague. El muchacho –ahora lo veía mucho mejor, a pesar de la luz escasa y mortecina- tenía una cara maciza, de las que están hechas con apuro, estándar, a golpes de hacha. Casi se podía decir: como deliberada y bellamente tosca. Por otro lado, en ese conjunto, los ojos eran dos puñales fríos o, más que fríos, hondos y fuertemente nevados con telarañas de un rojo vivo, pupilas tiesas, dilatadas, inequívocas. Aunque, claro, en medio de toda esa esputza que lo envolvía como un halo, y cada vez que abría la boca para colmo florecía un vaho rancio de vino agrio, un resumen entre la pesada alquimia del etílico mal destilado y los jugos de un estómago maltratado.
Una colección de virtudes a simple vista. el chico, que a Archer no dejó de producirle cierto manifiesto desagrado consigo mismo por su estúpida e instintiva reacción de frenar, en ese primer instante, y luego de embragar y meter la primera. Hubo un sostenido silencio hasta que la brevedad de la entrada de la directa anunció que el motor ya estaba otra vez cómodamente en sus revoluciones adecuadas de marcha.
Fue entonces que Jack, como dijo que se llamaba, lo miró por primera vez a Archer con un propósito que no fuera un propósito formal del trato. Lo miró para verlo. O, más que eso, fue también para saber por dónde podía comenzar a entrar. Pero creyó advertir que no había fisura alguna en el magro rostro aguileño de ave de rapiña de remoto o reciente origen semita, que miraba fijamente la aburrida cinta circulante como si esperara ver salir de ahí al verdugo justiciero de la especie.
-¿De dónde viene, viejo?- preguntó con un tono falsete que no pudo disimular la tácita impotencia.
Archer le respondió a alguien que estaba haciendo dedo unos doscientos kilómetros más allá de la próxima curva:
-Los Angeles. Y creo haber dicho que me llamo Lew.
-Claro, Lew- Enarcó las cejas-. Se me escapó.
Otra vez las disonancias. Archer no terminaba de ubicarlas.
-¿Usted es de California? -lo sondeó tras la pátina de indolencia.
Jack sonrió comprensivamente, vaya uno a saber a qué cosa recóndita, íntima:
-Ando ahora por California –recalcó el tránsito con cierta pedantería existencial, como si el acento en lo circunstancial minimizara al lugar o al tiempo o exaltara algún otro punto, tal vez el terruño natal o alguna supuesta residencia fija y otros tiempos-. Soy de Massachussets. Lowell.
Por primera vez Archer abandonó la importancia que tenía la ruta. Lo hizo para realmente observar cuánto de abajo venía el chico (1, ver al final). Pero el recién cargado no sintonizaba la misma onda:
-Al lado de Boston -respondió a una supuesta ignorancia-. Telares.
Archer le posó otra de sus miradas intencionalmente viviseccionadoras. No, no venía tan de abajo, el muchacho. Sin embargo, ese acento no era el pulcro, frugal, isabelino y aristocratizante acento de un bostoniano genuino. Tenía algo bastardo. Vaga, extraña e inquietantemente bastardo, calibró.
Bueno, sí a esa altura el chico se dio cuenta, aterrizó:
-Desciendo de francocanadienses –dijo con una carcajada franca-. ¿Era eso?
Archer también sonrió. Despierto, rápido, el chico.
-¿De vacaciones? –machacó súbitamente interesado, pero disimulando lo mejor posible la intención con una con una naturalidad tan inocente que al primero que sorprendió fue a él mismo.
-Algo así –vaciló Jack-. ¿Días santos? –pero no había terminado de decirlo que empezó a reírse estúpidamente consigo mismo, sopesando sus palabras como si fueran guijarros, y después hallar que la mejor respuesta que se podía dar era encogerse de hombros2.
-Bueno, bueno: algo así –concilió para sus fueros-. Ahora voy a Frisco, al negocio de libros de bolsillo de mi amigo Lawrence Ferlinghetti3.
Archer no pudo reprimir una íntima contracción. La mezcla anglo-itálica, por aquellos años, después mucho más, le resultaba exactamente sinónimo del mismísimo diablo.
La natural reacción no pasó desapercibida:
-¿Lo conoce?-. En el tonito empleado hubo cierta arrogancia.
-Me suena familiar.
-Poeta –explicitó Jack, y lo hizo un tanto vacuamente, a tal punto que a Archer le sonó igual que si Henry Ford I° hubiera tenido que agregar, a posteriori de su sola mención, el aditamento de presidente del directorio.
El silencio siguiente fue bastante cargado. Archer exageró de tal modo el gesto de desagrado que hasta el coyote que cruzaba en ese momento apuró la carrera y metió la cola entre las patas antes de perderse entre los magros arbustos de ese tramo desértico.
El silencio del kilómetro siguiente fue total y audible. El ronroneo del motor sonó acariciante, incitador.
-¿Usted a qué se dedica? -irrumpió el muchacho-. Creo que no me lo ha dicho.
-No, no se lo he dicho –esquivó Lew, todavía desagradado, ahora saltón por la imprevista réplica, por el asedio que podía significar.
Jack se rió:
-Y todo indica que tampoco me lo va a decir-. Realmente se estaba divirtiendo. –Bueno, muy bien. Los secretos no se pueden comentar si quieren seguir siendo fieles a sí mismos.
Lew abandono la tranquilidad del parabrisas para observarlo. La porra ensortijada y sudada resplandecía tenuemente.
-¿Qué es lo que lo hace pensar que puede ser secreto? –dijo con tono marcadamente hosco.
A Jack le duraba aún la diversión:
-Por su alrededor flota un vago tufito que hiede a policía –respondió.
-Si pudiera ser menos elíptico, por favor –casi rogó, la voz fina como un tajito al afeitarse.
-Sí, por qué no-. Miraba también por el parabrisas. -Aunque le voy a decir que no es tan fácil. Es injusto llamarlo olor porque bien pensado no se trata de eso, ¿no? Pero en su torno hay algo que hiede a muerte.
Archer se sacudió y aunque no le dio el gusto de mirarlo, sintió que el otro le había clavado los ojos.
Jack continuó con un dejo suave, casi confidencial:
-Creo que temo reconocer que se debe a alguna antigua imagen archivada desde mi infancia, pero en esencia, nunca pude separar una noción de otra.
Sonó a deliberado el pequeño alto. Y luego:
-Policía y muerte –recalcó-. Muerte y policía. Es como matemático: el orden de los factores no altera el producto.
A pesar de haber visto de sobra el cartel indicador de la curva y que tenía que aminorar, Lew aceleró sin intención consciente, y en el colmo del manual del pésimo conductor, aplicó los frenos en medio del giro: “¡Mierda!”, pensó, crispado sobre el volante para controlarlo y que no coleara, iniciando un maldito trompo.
-No se ponga nervioso –comentó Jack con toda parsimonia, ni pizca de alteración por el percance-. ¿Dije algo inconveniente?
Una vez estabilizada la marcha, Lew se manoteó la parte interna del saco, sus dedos rozaron la culata del tumor benigno que llevaba siempre en la axila, ese golondrino calibre 38 caño corto, y buscó los cigarrillos. Oprimió el encendedor del tablero sin convidar a su acompañante.
-Creo que hasta ahora ha dicho pocas o ninguna cosa conveniente –masculló al retirar la pequeña brasa de acero.
-Jamás hubiera pensado que fuera para tanto –comentó Jack, casi para sí mismo y con el mismo miedo de un chico reprendido por un padre severo, inflexible.
El silencio, durante la distancia siguiente, no fue apacible.
-¿Y su ocupación cuál es, si se puede saber? -. Hubo bastante de insolencia, sobre todo en la adjetivada y relamida mirada con que lo obsequió.
-Escritor –dijo Jack sin animarse a mirarlo, mucho más remarcada su actitud pueril-. Soy escritor.
Lew sonrió, despectivo. No apreciaba a los intelectuales. Era algo instintivo en él. Intuía algo realmente sospechoso y levemente inmoral. Una gran, gigantesca trampa. Y, lo que es peor: muy difícil de precisar. Tenían también algo esencialmente cobarde. Cada vez que por su cuenta se había puesto mentalmente a pesquisar este hecho llegaba a un punto, muy intrincado, donde se producía una leve transmutación, una inasible distorsión que lo bastardeaba todo. O que lo volvía ficticio, sospechoso, medroso, inmoral y todo lo demás. Pero más que eso lo que fundamentalmente le producían los intelectuales era desconfianza. Enfrentarse a ellos era como aceptar, de antemano, enredarse en una mascarada.
Jack notó el glaciar que había levantado su espontánea confesión y, algo hasta atribulado, sintiendo sobre sí una extraña contradicción entre un dedo acusador y un ego fatuamente inflado, se arrodilló en el asiento e inclinó el torso sobre el respaldo para alcanzar su mochila.
-Ya me han publicado un libro; no me ha ido mal –comentó con dificultad por la posición-. Le voy a regalar un ejemplar.
Lew aceptó con estoicismo la banal ceremonia que se avecinaba. De reojo vio que su acompañante también había extraído de la mochila una petaca llena que pudorosamente fue escabullida entre los muslos.
-¿Le molesta mucho para manejar si me enciende la luz interior?
Paternal, Lew dio curso a la solicitud. Sin abandonar la atención del asfalto, con el rabillo vio como el otro izaba una de las piernas como improvisando un pupitre, maltrataba el ejemplar para quebrarle la inercia de su armazón todavía intacto por el encolado de la encuadernación a mano y que no se le cerrara sobre la portadilla, para luego, con letra nerviosa, despatarrada, escribir To Lew, tirar luego aparatosamente el piolín de una línea que rodeó al insulso título en un óvalo como una isla desierta, y bajar un poco más con otro piolín, hacia abajo, y en el espacio en blanco, allí agregar: of Unites States (hip, hip, hurra!), From Jack, with love, y la fecha.
-Es todo –dijo Jack cuando lo cerró y se lo entregó.
-Gracias –dijo Lew, sopesándolo, pero sin molestarse en mirarlo. Luego apagó la luz y con gesto contenido lo arrojó sobre el tablero, contra el parabrisas, atrás del volante.
-Espero que le guste -suspiró Jack.
-Seguro. Soy muy buen lector-. La ironía era consigo mismo. Un humor que le sabía a onanista por lo imbécil.
Con algo de obsceno en el acto, Jack extrajo la petaca del entrepiernas y le desenroscó la tapa de metal.
-¿Un trago de brandy? –convidó.
Dada la hora –más de las 3 de la mañana- y todo el frío que venía del océano, Lew consideró que no era para nada una mala idea. Manoteó a tientas el ofrecimiento y retiró un instante la presión pareja, adormecida, sobre el acelerador. El sorbo ávido lo dejó con los ojos entrecerrados, lagrimeantes, y en la boca, más que un gesto de dolor, algo así como la sonrisa sardónica de un tigre de Bengala.
-Fuerte, ¿eh? –se rió Jack con ganas, tomando de vuelta la petaca.
-¡Mierda!, corrosivo –calificó Lew sin dejar la sonrisa felina y feroz-. Barato, si no se ofende.
-¡No! Es el más barato que encontré-. Se la empinó sin dejar de reírse. Le pegó un taco como si se tratara de jarabe pediátrico para la tos con gusto a cerezas. Luego, suspiró aparatosa y groseramente su satisfacción.
A Lew le seguía escociendo esos resabios que identificaba como ácido tartárico no muy bien destilado.
-¿Toma mucho? –preguntó con insoslayable actitud. Sólo en la dipsomanía el querosén puede saber a leche fresca.
Jack suspiró, entretenida su vida en algún punto de la noche. encima del charco de las luces altas.
-Cuando estaba en Nueva York, mi gran y viejo amigo Allen Ginsberg me dijo: “Mirá, si seguís tomando así irás a la tumba. Ya ni siquiera sos capaz de conservar un trabajo”4. Me vine a Frisco y no probaba ni una copa. Luego ocurrieron algunas cosas-. Le desenroscó nuevamente la tapa y ahora el garguero trasegó la poción como si fuera un degollado.
-¡Mierda con esa sed! –opinó Lew sin mirar a nadie, y si se lo hubieran preguntado, realmente también sin destinatario definido.
Jack se secó el hocico con el dorso de la mano y procedió a enroscar prolijamente la tapa de la petaca ya casi vacía. Lo hizo con algo que bien hubiera podido ser inusitado cariño. En cierta forma, en ese momento, hasta parecía satisfecho de sí mismo.
-¿Usted es casado? –preguntó de pronto, con la misma falta de intención o interés que podría haber inquirido si hacía mucho que no le cambiaba el aceite al motor o no le hacía rotación de cubiertas para gastar parejo el dibujo.
Lew endureció visiblemente el gesto, lacerada su alma por la herida todavía abierta, una llaga, igual que las que habían producido las radiaciones atómicas en los pobres nipos.
-Era -espetó.
El clima del habitáculo se volvió tenso. Jack había percibido el impacto y a su vez replicó:
-¿Duele mucho, viejo? –preguntó con cautela, pero sin poder reprimirse.
-Me llamo Lew –ladró Lew.
Sí, dolía. Y cómo. Al perro herido no hay ni siquiera que mencionarle la herida. Mucho menos tocársela. Se las lame solo o se vuelve rabioso y ciego. Jack entendió que tenía la obligación de contar algo suyo al respecto:
-Ahora vuelvo a Frisco porque estoy dispuesto a escribir un libro sobre eso –deprimiéndose casi ostentosamente-. En realidad, nunca se sabe sobre qué se va a escribir un libro. Sólo su historia, la anécdota, jamás las consecuencias. Estoy dispuesto a contar las razones de los dos meses de mi relación con ella, pero es inevitable que quizá también tenga que hacerlo sobre nuestra generación y la nueva cultura. Creo que no podré evitarlo.
Lew le echó una mirada de sincero azoramiento. Se aventuró con un para nada disimulado temor:
-¿Existencialistas? -Era una palabra rimbombante, con algo de ridículo
Jack sonrió con algo de beatitud.
-El existencialismo norteamericano es peor. Es el existencialismo de los maniáticos del jazz y la morfina. Yo he estado bastante con ellos, el año pasado, y cada vez que nos reuníamos me daban un contacto realmente fuerte, esa es la verdad.
Se tomó algún respiro.
-No; ella es un ángel –terminó por agregar-. Un ángel subterráneo. Una hipster5. O sea que es hipster sin ser insoportable, es inteligente sin ser convencional, es intelectual como el demonio y sabe lo que se puede saber sobre Ezra Pound sin ser pretenciosa ni hablar demasiado de lo que sabe. Los hipsters son muy tranquilos. Son unos Cristos.
-¡Mierda! -se gatilló Lew ante la cháchara-. ¿Y qué pasó entre ustedes?-. La gente, toda la gente, lloraba sobre su hombro. No era un Hombre Público, sino un Hombro Público.
Notó que el otro bufaba, entre impotente y, por primera vez, incómodo.
-Tal vez tendría que decir un libro, pero sería demasiado literario –se condolió-. ¿Habrá sido porque ella tenía que acostarse malditamente con todos?
Lew sintió una oleada nauseabunda y los nudillos se le blanquearon al crisparse sobre el volante.
-Oiga, no quisiera ser ofensivo –advirtió poniendo el parche antes de la herida-, pero ella se acostaba con todos y...
-Con todos no, Lew –cortó Jack, triste-. Sólo con nuestros amigos. -Fue evidente que le costaba digerir, metabolizar semejante aclaración.
-Muy bien, sólo con los amigos comunes. Ahora, ¿usted tampoco se bañaba durante esa relación?
Jack rompió con una estruendosa, demasiado aparatosa carcajada:
-¡Golpe bajo, Lew! ¡Golpe bajo! –se atoró-. Lo vio todo el público, el árbitro y los jurados. ¡Le descuento un punto!
Lew no pudo evitar tentarse.
-No fue mi intención –se disculpó y siguió sonriendo por lo bajo.
-De todas maneras, para tranquilizarlo, le voy a aclarar el punto. Para lo único que ella usaba la pileta (vivíamos en una pieza que era de ella, sin baño) era para ponerse el diafragma y lavarse un poco después del amor-. La sola mención del hecho lo sumergió en uno de esos profundos subsuelos de la tristeza.
Agregó una letanía:
-Todavía me parece morena sobre la pileta, una pierna levantada.
Archer se hizo a la idea con un poco de desagrado. El otro prosiguió en lo que ya era virtualmente un monólogo:
-Y sus sábanas (las nuestras, quiero decir) durante los dos meses de nuestro amor, sólo fueron lavadas una vez-. La ruptura de nexos fue evidente. -Déjeme explicarle. Ella era una subterránea solitaria que se pasaba los días –se apenó Jack, como si se le estuviera por escapar una pena-, no hubo un solo día que no lo transcurriera abstraída y decidida a llevarlas al lavadero, pero de pronto descubría que ya era casi de noche, demasiado tarde como para ir al lavadero, y las sábanas ya estaban grises, hermosas para mí porque así son más suaves.
-¡Santo Dios! –estalló Lew. Una especie de eructus interruptus le había hecho brotar una erupción del brandy tartárico y casi se había dado vuelta con el vómito-. Inevitablemente ese amor no tuvo más remedio que fermentar y descomponerse. ¿Con todo eso piensa escribir un libro?
Jack ahora lo observaba con fruición, casi divertido.
-No sé si podré evitarlo –se hundió nuevamente taciturno-. Todo libro tiene que ser una confesión y ahí está el dolor de tener que contar esos secretos porque es necesario contarlos.
-¿Necesario? -dijo Lew, molesto, y eructó, ahora sí sin remilgos. -¿Necesario o cobarde?
-No sé-. Jack estaba realmente apesadumbrado, como metido en un terreno del que ahora le costaba salir. –Creo que necesario, asquerosamente necesario. Si no, ¿para qué escribir o vivir?
-La pregunta se la hizo usted, mi viejo, y es bastante buena –dijo Lew, atufado. Para él no había nada más insoportable e infatuado que un intelectual hablando de sí mismo y lo que hace-. ¿Masoquismo, tal vez, un poquito?
Jack sonrió con dolida tristeza, pero no se dio por vencido:
-Sí, tal vez. Hay un sufrimiento que impulsa a escribir algo aun cuando no se tenga que hacerlo. Y el sufrimiento no se calmará escribiéndolo, sino que se intensificará aunque resulte redimido.
-¡Bonito calvario! –comentó Lew, sobrador.
-Correcto. ¿Le molesta si le doy un poco a María Juana?6
Archer expiró con violencia.
-Vivimos en un país que todavía es libre. Pero le soy franco, Jack: no sé si eso es un don o una maldición. ¿No puede evitarlo?
-Si pudiera no hacerlo, no –refutó Jack con toda naturalidad.
-Entonces, abra la ventanilla por lo menos.
Totalmente ensimismado, Jack desprendió el cierre a presión de un bolsillo de su camisa y extrajo de allí un tosco paquete. Iluminado nada más que por la tenue neblina que exhalaban los relojes del tablero, lo abrió sobre su falda, cortó un irregular paralelogramo de papel de estraza y lo acolchó con las hebras resecas, burdas y fragantes, semejantes a forraje para ganado. Con un ágil manipuleo construyó una especie de burdo cilindro, lengüeteó con procacidad uno de los bordes y retorció los extremos. Recién después, incluso de rehacer el burdo envoltorio con solícito cariño y guardarlo en el mismo bolsillo con total dedicación, fue que de alguna parte sacó fósforos y que encendió el pito. Este lanzó una soez llamarada amarillenta por la cantidad de papel solo, una humareda acre, y entonces sí, abrió un poco la ventanilla, por donde entró el ramalazo de aire puro, frío, delicadamente fragante a noche.
Jack dio una violenta chupada, protegiendo su tesoro con las manos como pantallas y desperdiciar lo menos posible el tesoro que se hacía volutas. Archer lo vio, en el mejor estilo de un escuerzo o un murciélago, comenzar a tragar humo casi sin expirarlo, hasta que en un momento ocultó el pequeño cilindro pecaminoso en el cuenco de las manos y se echó hacia atrás en el butacón, dejándose estar, un cachetazo etéreo moviéndole apenas sus pelos sucios y mojados.
-Siento el crimen en el aire, Lew –musitó sin mirarlo, pero Archer no abandonó la atención de lo suyo-. ¿Es demasiado pretencioso decir que siento el crimen en el aire?-. Ahora sí: había abierto y entrecerrado varias veces los ojos, para constatarlo, pero luego ya lo estaba mirando cuando lo dijo.
Los dos hombres se sintieron únicos por el peligro de sus propias naturalezas, de sus propias capacidades a mano para la violencia y la muerte, pero tomaron la precaución de no hacer comentario alguno. El que manejaba sintió la extraña denuncia que era la revelación in crescendo de lo que él llamaba un tumor benigno, como un golondrino petrificado, justo bajo la axila izquierda, y terminó devolviendo la mirada a la par que la iluminaba con una sonrisa siniestra, más bien una mueca:
-Creo que no, que no es pretencioso, Jack –dijo despacio-. Es endiabladamente inexacto, sí, decir que el crimen esté en el aire, pero a la vez no se puede dejar de decir que esté en el aire. Yo también lo siento así.
-Está en el aire –enfatizó Jack, pitando con furia. A pesar del aire frío, el aroma almizclado, seco, de María Juana llegó hasta las narices de Archer, que tosió, pero sin desagrado. No le era extraño ni novedoso. Peor: le era necesariamente familiar, como un pariente lejano con tendencias paidófilas o una prima lesbiana. A lo sumo, lo único que le resultaba deplorable era su propia permisibilidad: al muchacho le estaba permitiendo, él, dentro de un pequeño ámbito de su propiedad privada, rifar un poquito de su futuro. Y lo que él llamaba su impotencia total estaba en que no tenía forma de evitarlo. De habérselo prohibido u obligado a bajarse, lo único que habría hecho hubiera sido postergarlo o no verlo. La experiencia no era transmisible entre los hombres, sino un duro y obstinado camino sin salida que todos se empeñan en conocer por méritos propios.
Jack se reacomodó con cierta molestia, como si de pronto una todavía desprolija alucinación o el comienzo de la confusión entre las tenues fronteras de la percepción se le hubiera tornado una amenazante premonición:
-¿Sabe una cosa, Lew?-. En realidad jamás había esperado respuesta alguna. –Hace cuatro años me fui del otro lado con la benzedrina y yo creí realmente que la muchacha (otra muchacha, no ésta sobre la cual no podré evitar escribir el libro), que esta muchacha quería mi cuerpo para quemarlo, que iba a meterme en los bolsillos los documentos de su amigo para que la policía pensara que era otro el que había muerto.
Lew lo miró consternado, inusitadamente conmovido.
-¿Y eso por qué, Jack?- Hasta aminoró un poco la marcha.
El muchacho no lo miraba. Estaba ocupado en pitar y estúpidamente que se le disipara la menor cantidad de humo.
-Eso no he podido saberlo. ¿Tal vez por la benzedrina? No sé. Me acuerdo, sí, que se lo dije.
-¿Y ella qué respondió?
A Jack el gesto se le hizo mueca:
-Me abrazó y me dijo: Uuuuh, papito -remedó con sorna, la escena otra vez presente, repitiéndose en el infierno dantesco-. Me abrazaba y me cuidaba. Yo andaba mal. Era una loca atorranta, una tal Honey-. La voz se le quebró y Lew observó el rostro ahora desencajado:
-¿Se siente mal? ¿Quiere que paremos?
No. Era un estúpido e incordioso fantasma el que acosaba con toda la sinrazón de las imágenes más primarias y menos potables.
-Honey se llamaba, la atorranta. He recordado, de pronto, que ella me maquillaba con pancake.
Archer no pudo evitar reírse.
-¡Joder! ¿A santo de qué? –preguntó sinceramente escandalizado.
-Para que no se notara lo pálido que estaba –dijo Jack, tocándose la cara con los dedos, estaba allí, sí, oliéndose en los dedos el almizcle seco de María Juana-. Mierda, Lew: yo había perdido quince quilos. O diez. O cinco. Nunca pude saberlo.
Lew no tuvo tiempo para poder pensar: “Como un cadáver”, ya que Jack precisamente agregó:
-Como un cadáver.
La imagen era horripilante, sucia. Lewis Alfred Archer sintió miedo por el muchacho. Sin que nada se lo indicara se sintió imbécilmente responsable. Si un cadáver carece de estética y abunda en conmiseración por esa soledad definitivamente débil e irrescatable, drogado y maquillado puede llegar a ser sencillamente repulsivo. De los ojos de Jack brotaban tenues lágrimas que el reflejo de la luz del tablero volvían ascéticamente patéticas.
-Si sigue levantando vuelo con eso, va a ser peor –dijo Lew-. Todo crucero en avión tiene un punto de no retorno, Jack-. O puede entrar en pérdida, llegó a pensar, pero no lo dijo.
El aludido aspiró un chupón que hizo chisporrotear el pito como un tizón:
-¿Ya le dije que ella era negra?
-¿La atorranta que lo maquillaba?
-No, no. Eso fue hace cuatro años. Y era una atorranta: Honey, se llamaba –largó la carcajada-. El ángel subterráneo de Frisco: negra y mezclada con india.
Lew no pudo evitar la asociación: “Un cóctel interesante”, se dijo muy a sus adentros.
-¡Los subterráneos con sus lúgubres meditaciones! –murmuró Jack, los ojos brillosos, ya totalmente papado, pero también ganado por una sórdida congoja-. Cuando ella fumaba demasiada María Juana eran aventuras que formaban sencillamente un fondo para mis pensamientos sobre los negros, los indios y los Estados Unidos en general, pero también con todos los matices de la nueva generación y otras circunstancias históricas en medio de los cuales ella ahora se debate, lo mismo que todos nosotros, en esta tristeza europea de todos nosotros.
-¿Que se acostara con todos sus amigos fue el motivo de la ruptura?-. Dos gigantescos camiones, de trompa alta y cuadrada, cruzaron en dirección contraria, bufando como pleitosaurios contemporáneos.
-Con uno en especial. Lo sucedido con los otros fue apenas anécdota. Yo supe que con éste lo iba a hacer o quizás hice todo lo posible para que lo hiciera. Porque ella al acto, a hacer el amor, siempre lo llamó hacerlo. ¿Me entiende? Hacerlo “¿Vamos a ha-cerlo?, decía. Me ha quedado grabado. Las palabras significativas que no son ni convite, ni acceso tentador. Ellas eran esencialmente delatoras. Pueden ostentar cualquier virtud, pero jamás presumir de mera elegancia.
Pareció sentirse súbitamente preocupado por el auto que a gran velocidad pasó hacia Santa Bárbara y Los Angeles. Después retomó como si nada el hilo de su discurso:
-No puedo comprender por qué los hombres le pedimos bienestar a la historia y al pensamiento cuando poseemos eso, lo esencial, la mujer-. Hipó un sollozo, se estremeció, volvió a pitar frenéticamente y se quemó los dedos antes de arrojarlo por la ventanilla como si junto con él se acabara de ir una pieza importante de su existencia.
-Lew –dijo en voz muy baja-, usted ha alcanzado a poseer la esencia de la vida, la mujer, ¿no es cierto?
-Cierre esa ventanilla, Jack –fue la malhumorada respuesta-. Tengo frío.
Obedeció. Pero con movimientos vacilantes y torpes. De pronto empezó a reír histéricamente, desgarrado:
-Ella me dijo, Lew, y juro que lo voy a poner en el libro: “Los hombres son tan locos, desearía la esencia: la mujer es la esencia, ahí la tienen directamente entre las manos, pero ellos se precipitan en todas direcciones exigiendo construcciones abstractas, entablan grandes guerras y consideran a la mujer como premios en vez de seres humanos; muy bien; viejo”, me decía ella, “no se puede negar que yo estoy en medio de esta porquería, pero te aseguro que no pienso participar en lo más mínimo”. Eso me dijo. Y todo con la dulce y educada entonación de la nueva generación de hipster, un verdadero ángel subterráneo. A partir de eso, ahora en los negros puedo leer también la pena, un humor perdido, propio de otra raza, la estadounidense.
Saltó:
-¿Y sabe qué le contesté, Lew?
Archer lo miró. Trataba de descubrir qué se había encaramado tras la grandilocuencia tanto palabrerío.
-¿Qué le contestó usted o qué va a poner en el libro que le dijo a ella?-. Se sintió satisfecho.
Jack tuvo un gesto que también pudo ser de autoconmiseración:
-El arte es breve; la vida es larga, viejo.
-Lew. Y es la última.
-Sí, Lew, muy bien. En verdad, voy a ser franco, dije: “No quiero seguir en este mundo repugnante”. Así le dije. ¿Y sabe por qué ella no lo sabe?
-Carezco de facultades adivinatorias, Jack. Buena parte de mi vida se me va en escuchar las razones que pretende dar la gente de la sinrazón ajena.
Jack se sintió realmente impactado.
-No es mala ocupación, ¿eh, Lew?
El detective privado, que acababa de matar a un hombre en una defensa propia que no terminaba de convencerlo, se revolvió, muy molesto.
-Adelante. Ella no se enteró. ¿Por?
Jack sintió la ola de estúpido pudor que le desvalorizaba palabras y sentimientos, no permitiéndole distinguir los límites claros que suele haber entre ambos:
-Porque se lo dijo en voz muy baja, Lew –confesó al final, con algo de autocondena.
“No vive, se escribe a sí mismo”, pensó Archer con infame menosprecio por un lado, y por otro, con un difícilmente reprimible deseo de rascarle la nuca enrulada, traspirada y mugrienta como si fuera un gato de albañal, huraño y con aire compadrón porque nunca ha conocido el cariño y un almohadón mullido cerca de la estufa.
Jack declamó imprevistamente, con tono falsete:
-¿Por qué Dios creó esto tan sujeto a la descomposición y al engaño? ¿Por qué quiere hacerme comprender y gritar? ¿Por qué la tierra salvaje y los cuerpos desnudos y las interrupciones? -Miraba estúpidamente la noche, tan estúpidamente como lo puede hacer un papado.
-La noche y todo lo que ella te hace –clamó acongojado.
-¿Cuáles interrupciones, Jack? –dijo Lew, divertido, pensando en que él había contado que ella usaba diafragma.
-Las interrupciones –fue la respuesta grave, con un dejo con mucho de estúpido y una pizca melodramática al cuete.
-Oh, sí: las interrupciones -aceptó Lew y sacó un cigarrillo de tabaco.
-Lew.
-Sí-. Estaba encendiendo. La noche era de una negrura magistral. Faltaría muy poco para las primeras hebras apenas luminosas que anuncian el nuevo día.
-Usted también se ha separado –discurseó ante la evidente molestia del otro-. Nosotros, los hombres, comprendemos que el mar de negrura en los ojos oscuros de una mujer es lo mismo que el mar solitario-. La mirada cruzó por delante de la cara de Archer, hacia dónde estaba el océano y hasta se podía presumir su rumor -¿Y acaso vamos al mar a exigirle explicaciones o a preguntarle a una mujer por qué cruza las manos en el regazo sobre una rosa?
-¡Mierda, Jack!! Es una buena pregunta. Diría que es perfectamente redonda, aparte de buena. Tendría que ponerla en ese nuevo libro. Creo que vale la pena. Allí sí que quedaría bien.
-Lo voy a hacer, Lew, ya lo verá. No podré remediarlo. Está esa leyenda en mi gran cerebro, que es mi obra-. El silbido admirativo de Archer taladró el aire común a los dos. –Ya lo creo. Quería decirle, en realidad, que en ella empecé a advertir ese temor que sienten los negros ante la sociedad de los Estados Unidos, del cual siempre me hablaba pero que era más palpable en la calle. Y a mí nunca me importó nada. Yo trataba de consolarla, de hacerle comprender que conmigo podía hacer lo que quisiera. Yo le decía: “En realidad, querida, un día seré una persona famosa y vos serás la digna mujer de un hombre famoso, así que no tenés que preocuparte”.
-Pero ella... –quiso interrumpirlo.
Tuvo suerte: Jack siguió con lo suyo:
-Ella me contestó: “No me comprendés nada”.
-Se acostaba con los amigos comunes –lo punzó Archer.
-Sí. Quizá habría podido recordarle nuestra diferencia de raza, lo que en esa época me hacía sentir bastante culpable, aunque ahora comprendo que sólo era una gentileza amorosa de mi parte. ¡Dios! -se derrumbó.
Archer vio quedar atrás el alarmante fantasma de una estación de servicio con las luces a medio apagar y los ojos fijos en el océano que eran las luces de posición de algún carguero afligido por alguna renguera o simplemente achicando lastre.
-Lew
-Sí, Jack, ¿qué pasa?
-Ella nunca leyó mis obras inéditas. Solamente esa primera novela que usted puso ahí, que ni siquiera se dignó a leer el título, y que tiene bastante coraje, usted ya verá, pero que está escrita en una prosa bastante mediocre, para decir verdad.
-No tendría que ser tan autodestructivo, Jack. Para tarea tan noble están nuestros semejantes. ¡Vamos! ¡Amese un poquito!
El otro se rió con ganas.
-Cuando yo la poseía a ella, extenuado por el sexo, soñaba con el día en que ella leería las grandes obras que yo escribiré y que entonces me admirará. Carajo, este viejo que vive en mí proyecta grandes libros famosos para dejarla atónita.
Archer se tentó en buena forma ante tamaña espontaneidad y Jack le hizo coro. Cómplice, mirándose apenas cada tanto, se estuvieron riendo un buen rato. El muchacho volvió a desenroscarle la tapa a la petaca y Lew le rechazó el gentil convite con la máxima delicada gentileza que estuvo a su alcance: “Se está reventando despacito”, alcanzó a pensar, “y lo peor es que lo hace hasta alegremente”. Ajeno por completo, Jack liquidó lo que quedaba del cáustico brebaje con la misma ansiedad que si fuera Coca Cola helada.
-Creo que por lo pronto -retomó la conversación, sin mirarlo, atento al camino-, bastante atónita se va a quedar no bien se vea dentro de un libro. Debe ser algo fantástico leerse a sí mismo como personaje literario.
-Todo lo imposible es fantástico-. Arrojó la petaca vacía por el ventilete entreabierto.
-¿Cómo fue que empezó todo?
-Oh, nada original. El acostumbrado comienzo de todos los amantes que se besan de pie en un cuarto oscuro.
-Bueno, no todos comienzan así –recapacitó Archer con un estremecimiento. No él, por lo menos…
-Es cierto –aceptó Jack sin demasiado convencimiento-. Varía la escenografía y el pequeño acto inicial, pero vaya uno a saber hasta qué punto es abstracta la vida en la ciudad de la Clase Conversadora a la que todos pertenecemos, y que es una Clase Conversadora que trata de racionalizarse a sí misma, supongo que movida por un materialismo sensual, realmente vil y casi lascivo.
-Por lo que veo, no tiene un alto concepto del medio en que vive.
-¿Acaso él lo tiene de mí? ¿Lo tiene usted?
Archer sonrió, complacido.
-Está por amanecer. No falta mucho para que yo me abra.
-Ha sido un excelente viaje –dijo Jack con algo de tristeza.
-Creo que sí –corroboró Lew, definitivamente parco-. No me contó si todo comenzó a desmoronarse por la intromisión de terceros. Aparte, usted habla como si esto hubiera ocurrido hace mucho. ¿Cuánto hace que pasó?
-Veinte días.
-¡Mierda! Hace un ratito.
-Envejecemos rápido, Lew. Lo que pasa es que no queremos convencernos. Conseguimos rápido la mayoría de las cosas, pero pagamos el precio de la vejez.
-Una razón saludable –murmuró. ¿El también sería viejo alguna vez? A los 35 años es desganadoramente difícil sospechar algo semejante.
Agregó sin pensar:
-No querer convencernos es una razón saludable, Jack.
-Sí, es posible. No voy a discutírselo. Pero envejecemos.
-Tarde o temprano, una ley biológica. Dejemos el tema. No me contestó lo que le pregunté.
-Lo siento; no me di cuenta. Creo que algo tuvo que ver mi repentino, iluminado, alegre y maravilloso descubrimiento de Wilhem Reich. ¿Lo conoce?
-No he tenido el gusto. Le soy franco. ¿Quién es?
-Reich. Wilhem Reich y su libro La función del orgasmo.
-Todo un título, ¿eh? –canturreó en son de broma.
-Pero nada que ver con todo lo que usted se imagina. Está dotado de una claridad que yo no he visto desde hace mucho tiempo. Tal vez desde la claridad del dolor personal moderno de Celine.
-¡Mierda!
_Coincide entonces, conmigo –se alegró Jack.
-No veo cómo. Jamás he oído ni siquiera mencionar a ninguna de esas personas. Sólo que usted me hace acordar a alguien que conocí en la guerra y con quien estuve antes de salir para acá. Ahora se ha radicado definitivamente en Santa Bárbara. Un extraño y bello ejemplar de humano. Hijo único de un poeta y periodista, profesor universitario, agente de inteligencia durante la guerra y ahora también escritor. ¿Qué me dice del cóctel? Y hay gente que mira a los hombres como seres estrafalarios y se pregunta: “¿Por qué se puede llegar a amar eso habiendo tantas cosas dulces en la vida?”.
Jack se sintió un poco desanimado y suspiró. No había escuchado.
-Ella también me decía: “Oh, no me vengas con ese Reich cuando estamos en la cama, ya lo he leído, ese maldito libro, no quiero nuestra relación disecada y rebajada por culpa de ese hombre.
Archer no pudo evitar sonreír ante la insólita revelación, lo que despertó una manifiesta curiosidad y bochorno en su improvisado acompañante:
-Perdón, Jack, no quiero ser soez, pero la cama no suele ser el mejor lugar para hacer literatura. Por lo incómodo, digo.
Jack festejó con cierto don de gentes la famélica pretensión de humor a gran nivel. Sus labios tajantes dibujaron una tenue sonrisa. Archer lo apestilló:
-En el fondo, literalmente hablando, si usted quiere, ¿ella no habrá cambiado de autor o de género?
Lo que en un instante creyó que podía ser una pequeña obra maestra de genio agudo e improvisado fue un mazazo de frustración: Jack se quedó profundamente pensativo.
-Yo ya había advertido –dijo después de un rato- que todos los subterráneos, que prácticamente todos los intelectuales que he conocido, en realidad, siempre han desdeñado a Reich de la manera más extraña.
-Bueno, entonces habrá que suponer que tienen sus razones. La casualidad no existe.
-Oh, sí. Por supuesto que tienen sus razones. Pero no por eso dejan de ser extrañas. Usted, en su relación, ¿no levantó también construcciones abstractas y entabló grandes guerras reduciendo a su mujer a la categoría de premio merecido?
Archer estuvo convencido que iba a pegarle. Luego estalló como si la pregunta originalmente careciera por completo de inocencia y en realidad fuera sinónimo de un aberrante toqueteo entre pederastas, de una perversa proposición largamente pospuesta:
-¡Mierda que es usted insolente! –ladró- ¿No podría sintonizar otra radio y dejar de gimotear con su bendita negra mestiza rendida en los brazos del amigo traidor?
Rayaba el alba. Acababa de producirse. Sin preámbulos ni anuncios. Y era apenas una línea procaz sobre la silueta de las sierras. Jack se quedó serio, cejijunto, como si la reprimenda hubiera sido para otro. Archer encendió una radio hiriente y tonta. Allí el mun-do era feliz y plácido. Bastaba hacerle caso. Había una cantidad de productos que de sólo usarlos, con mucho menos trabajo que leer a Reich o cualquier otro onanista de su calaña, con mucho menos ardor del que se pone en pergeñar un libraco hediondo, rendía tributos inmediatos, benéficos y tan necesarios como una formulación metafísica de contramano.
-Jack.
No hubo respuesta. Pero unos ojos oscuros, de fijas pupilas dilatadas, lo miraron desde el rostro brillante. La mano de Archer palmeó con deliberada y viril hosquedad el hombro del muchacho:
-Lo siento, Jack. Lo siento realmente. Estuve grosero y cobarde. No tendría que haber dicho esa bajeza de la chica. No tengo ningún derecho, Jack.
Obstinado, silencioso, el muchacho negó testarudamente con la cabeza antes de decir algo.
-No tiene por qué hacerlo, Lew. Estuve indiscreto y todo esto es muy doloroso. Lo es porque lo estoy sintiendo. Mi dolor incitó innecesariamente el suyo. No tiene de qué disculparse, Lew.
-Gracias, Jack. Sinceramente pienso que usted, a su manera, es un hombre valiente.
-La clave más importante del coraje es la vergüenza-. Se reacomodó en su asiento. -¿Por qué tendrá que ser el dolor, pienso yo, el dulce ariete de un acto de amor?
Archer dudó muy seriamente acerca de su capacidad actual de reprimir el llanto y abrió su ventanilla para que el aire del amanecer ventilara las pestilencias del pucho y le resecaran cualquier rasgo húmedo en el cutis. El locutor anunció a Sinatra y la Fitzgerald con la misma enjundia que si se hubiera tratado de un cable urgente de la UPI anunciando la inminencia del Apocalipsis Estético.
-¡No me rompas el corazón, radio, con hermosa música! –bromeó Jack, imprevistamente recuperado, y con gran alharaca-. ¡Oh, mundo!
Archer se rió y la apagó.
-Buen trajín le espera llegar a Frisco sólo para escribir ese libro.
-Tengo el presentimiento que valdrá la pena aunque pueda ser necesariamente doloroso. ¡Mierda! ¡Claro que lo escribiré! La gente hablará de mí-. Se golpeó ruidosamente los muslos con las palmas. –Pero lo que más me preocupa, como le dije, es que tiene que ser una confesión. No hay otra manera. Y en esa confesión sé que no puedo traicionar las cosas más íntimas. O sea, los muslos, lo que ellos contienen. Entonces, ¿para qué escribir?
Archer lo miró, entre convencido y conmovido:
-Bueno, a simple vista no deja de ser un bello dilema.
-¡Lo es! –aceptó Jack sin suspicacias de ningún tipo-. Un bello y endiablado dilema, Lew. Los muslos contienen la esencia. Y sin embargo, aunque allí hubiera debido quedarme porque de ahí vengo y eventualmente ahí seré donde retornaré, igualmente debo escapar y construir y construir, construir para nada, para los poemas de Baudelaire.
Aunque no tenía la menor idea de quién se trataba y sentía repulsa por esos artificiosos dramas puramente literarios, como en última instancia hasta su propia existencia, hubo algo en la parábola que estremeció hondamente a Archer. Pero estaba lejos, así y todo, de ser un hombre capaz de engolosinarse fácilmente con la retórica.
-Va a tener que conseguir trabajo –concilió con vejez en el alma.
-Algo ya va a salir –dijo Jack. Tenía los ojos encendidos. De manera muy extraña y muy encendidos.
-¿Problemas con la cana? –infirió, como tanteando.
-No demasiado especiales. Todavía no se ha descubierto la manera de noquear a los subterráneos. Quiero decir: la menara de noquearlos a todos. Son las personas más invencibles de este mundo y la nueva cultura. El mundo invisible es demasiado beatífico para arrastrarlo delante del tribunal de las realidades sociales.
-¡Joder, Jack! Eso es todo un alegato ante la Corte.
-Podría serlo, podría serlo. Sólo que también es parte de este repugnante mundo.
Archer hamacó mañeramente la cabeza: “Palabras; mierdosas y etéreas palabras”, pensó para sí y dijo:
-Aparte de los amigos, ¿va a Frisco por algo en especial? ¿Dónde sucedió el asunto con la piel roja morena?
-Allí, en Frisco.
Lew silbó, algo espantado.
-Eso es como cocinarse en su propio jugo, Jack. Me imagino que no se encontrarán para mostrarle los borradores.
-No, si ella no quiere. Es un Angel Subterráneo.
-Ya me lo ha dicho.
-Los dos sabíamos que queríamos decir algo distinto que lo que decíamos. Por eso el libro. Saber cómo es la vida. Para decir verdad –sus ojos destellaron con algo espeluznante e inasible- hablábamos de túneles. ¿Conoce Frisco?
-Algo. En un tiempo tuve que andar por allí.
-¿Y conoce el túnel de la calle Stockton7.
Archer acusó el golpe igual que esos boxeadores que justo van a cambiar el aire, relajan el abdomen y reciben el gancho con plenitud.
-¡Mierda, Jack! –tronó con alevosía-. ¿Podríamos cambiar de tema, por amor de Dios?
El vapuleado apenas si juntó ánimo para echarle una tenue mirada de reojo y quedarse quieto, otra vez infantil, en penitencia. Era evidente que Lew conocía Frisco de sobra y que nadie puede saber la carga eléctrica de vida que tienen los lugares y objetos para cada ser.
-Otra vez lo siento, Jack. Estoy descontrolado.
-No tiene ninguna importancia.
-¡Carajo si la tiene!
-En todo caso, no vale la pena insistir. Estará de cualquier forma en el libro. Ese túnel no puede faltar.
Ninguno de los dos podía saber que también faltaba Henry Miller, con uno de sus Trópicos, para terminar de eternizar el sitio como altamente sospechoso o por lo menos sugestivo.
-Creo que no debería escribir ese libro. No sé por qué mierda, pero no tendría que hacerlo.
-Yo creo que no podré evitarlo.
Archer hizo un gesto de escepticismo y desprecio. Más de lo último que de lo primero. No era ni de noche ni de día. Una hora insoportable, fantasmalmente ambigua, y no se animó a terminar de convencerlo que no debería escribir el maldito libro porque la literatura sirve a los muertos. En realidad, no sabía lo que podía ser exactamente la literatura si no fuera por la prosaica idea de un escaparate de librería o los exhibidores móviles con colecciones de bolsillo en los quioscos, pero de repente lo había alcanzado la pristina certeza, matemática, indiscutible, que la literatura sólo servía a los muertos. Más exactamente: que atrás de cada libro había un poco de muerte porque no podía existir un libro que no tuviera una vacuna y mínima aspiración de eternidad.
-En el próximo cruce yo tomo a la izquierda –anunció Lew, mirándolo más de lo que debía en una circunstancia así-. Allí hay una estación de servicio y suele haber un bar abierto. Podría ser que necesitemos un café.
Los ojos de Jack iban arbitraria y tontamente clavados en las cosas triviales de la realidad que resucitaban con la luz.
-No es mala idea –contestó de pronto, como si se le hubiera disparado un resorte interior.
Con la misma súbita energía, empezó a rastrillar la pelusa de sus bolsillos. Extrajo unas chirolas que contó con religiosa devoción.
-Y dos bizcochos tampoco me vendrían mal –sonrió.
Archer sintió crecer el enojo contra sí mismo. Lo que acababa de hacer el muchacho lo había conmovido groseramente. A un punto tal que tuvo que parpadear para sacar la inconsciente turbidez de la mirada. Con los dientes apretados y marcados los músculos faciales, comentó en tono agrio:
-Me gusta desayunar como la gente. Huevos y jamón. Nunca menos de dos tazas de café. Si está abierto, yo invito.
-Oh, gracias, Lew –dijo el muchacho emocionado. Faltó poco para que se pusiera a saltar de alegría.
Los ojos de ambos se encontraron.
-Estoy festejando unos dólares extras –sonrió Archer, pero se apagó de pronto porque en sus oídos, como el rumor de una placenta agigantado por el sistema de sondeo, creyó escuchar el gorgoreo de Puddler-. En realidad, para ser franco, no estoy festejando nada. Pero eso no quita que desayunemos como la gente-. Lo dijo de muy mal modo. Cuando la gente no vivía como tal se ponía de muy mal talante. En realidad, todo lo que no comprendía, lo absurdo, lo ponía de mal talante y lo rebelaba.
-Me parece bien, Lew.
Puddler. El océano estaba allí, cerca, y por momentos, en medio del tranquilo y plácido aire de la mañana, venía el vaho del iodo y las algas.
-Espero que mi libro le guste, Lew. Le puedo asegurar que tiene bastante coraje.
-Oh, seguro.
-Tengo que mejorar esa prosa. En Frisco lo voy a intentar, Lew. No podré hablar de ella sin hablar de los subterráneos y eso es algo que vale la pena.
Por toda respuesta, Archer lo miró. El muchacho seguía con su mirada fija en el pavimento ya iluminado del todo, pasó el primer cartel indicador de la proximidad de la curva, y él ya sentía la soda en las piernas y la estopa en la cintura por todas las horas de manejo. Cambió de posición porque ya faltaba poco.
-Soy investigador privado, Jack –dijo, pero en realidad no a Jack, quien sonrió apenas y dulcemente, autocomplaciente, como si le hubieran confirmado ante notario la agudeza de su inteligencia-. Fui policía un tiempo porque creí que se podía serlo. De alguna manera sigo siéndolo, y eso quiere decir que todavía creo que puede haber alguna manera de serlo.
Jack ni se inmutó. Tampoco lo miró.
-Ayer he matado un hombre, Jack.
-¡Mierda! –salto el otro, francamente tocado.
Archer se encerró en un total mutismo. En el fondo del pequeño horizonte ya se divisaba el pequeño bosque artificial de los carteles del cruce.
-¿Eso le cambia totalmente el parecer? –lo acicateó.
Jack seguía alarmado.
-No -cabeceó-. Creo que no. Pienso que si me lo cuenta es porque le duele. Los criminales jamás cuentan. O se ufanan o se defienden o se justifican. Y a usted parece que lo tiene atragantado. Fue duro, ¿no, Lew?
-Fue en defensa propia.
La cara de Jack sufrió una alteración igual a que si le hubieran pasado un rasero.
-Lo suponía –dijo después, con cierta desconfianza.
Archer sonrió y dio el volantazo sin aminorar, tomando la entrada a la estación de servicio. En el momento de clavar los frenos frente a los surtidores, agregó:
-Creo que lo malo es que fue realmente así y que eso tampoco alcanza.
Descendió. Salvo una tibia luz ya innecesaria en la caseta de guardia, todo lo demás estaba inmóvil. El bar tenía una quietud de cementerio con las sillas patas arriba sobre las mesas: “Adiós desayuno”, se dijo irónicamente.
De la caseta emergió un hombre cuarentón, con mameluco enterizo, de mangas largas, y de una pulcritud que podía a aspirar a algún puesto en un hospital privado. Traía el paso cansino, poca convicción y trozos de almohada pegados todavía en los párpados. Sin embargo, por algún reflejo inveterado y ancestral de su mise en scene para la vida, se venía restregando maniáticamente las manos con estopa también inmaculada, seguramente aséptica, y con el frenesí con que la obsesividad le decía que ese restregarse le terminaría por pulir las grietas eternas y engrasadas que le habían cuarteado los dedos, unos dedos cuadrados como espátulas, macizos.
Se saludaron. Era un amanecer agradable y reconfortante.
-¿Se lo lleno?
Archer asintió. El otro descolgó la manguera, destrabó el funcionamiento del mecanismo bombeador y controlador no sin antes echar una mirada cargada de recelo a eso que había emergido del vehículo y que venía acercándose por atrás de Archer.
-Bueno, Lew.
Este giró, sonriendo.
-Veo que no hay caso con el desayuno -comentó Jack innecesariamente.
-Hemos quedado en deuda con nosotros mismos –rió Archer.
-Sí, creo que sí-. Jack estaba repentinamente tímido, injustamente atemorizado o súbitamente urgido. –Bueno Lew, hasta la vista. Ha sido realmente un gusto-. Tendió la diestra.
-Adiós, Jack-. Ahora sí, se la estrecharon, no intentaron vencerse. –Y muy buena suerte con esa tarea, ¿eh?
Jack se fue alejando sin dejar de mostrar la mejor de sus sonrisas. Y al final hubo un momento en que viró la cabeza y encaró definitivamente la ruta, cruzando la transversal que iba de Nevada al Pacífico, para instalarse otra vez sobre la 101, un poco más allá del cruce y empezar a desear el tráfico que crecía con rumbo a San Francisco.
-¡Vagos de mierda! –barbotó la voz acre, mirando cómo corrían los carretes del medidor-. Han infestado todos los caminos de la costa oeste. Roban, matan y desparraman sus gonorreas. Tengo tres hijos en edad escolar y ya les he dicho que si alguno, en vez de trabajar como debe trabajar todo cristiano, se echa el mono al hombro como estos harapientos, bueno, amigo, creo que voy a ser capaz de sepultarlo con mis propias manos –las exhibió, poderosas, como si todavía no creyera- en algunos de los depósitos subterráneos de combustible.
Archer volvió a echarle una mirada a las manos, que ahora atenazaban el grotesco pico del que manaba nafta, y luego el rostro encendido por una honesta y puritana cólera. Coligió que no era más que un típico americano típico, si bien hasta el momento, salvo el lapso de la guerra por el Pacífico Sur, Japón y la Alemania destrozada y derrotada, la gran mayoría de sus 35 años los llevaba vividos en ese país, no habiendo podido nunca terminar de comprender a sus compatriotas y entender qué se quería decir, exactamente, cuando se hablaba de un norteamericano típico. Si un irlandés fácilmente alcoholizable o fácilmente escandalizable e irascible, si un polaco bruto y miserable, si un italiano farsante y charro, si un judío retraído y ambicioso, o si se trataba de la sucia prepotencia de piernas arqueadas, vaciedad de ideas, juicios sarcásticos y elementales, pésimo sentido del humor y fanfarronería gratuita, como ese eterno film de sí mismo que era John Wayne.
Pero éste era un americano típico. Al menos así parecía hasta oler. Y entonces un americano típico tal vez fuera sólo eso: alguien que blandía la manguera del surtidor como si fuera la espada de San Gabriel, el pelo cortado estilo cepillo, facciones regulares, casi aniñadas, dentadura pareja, corta y firme ,y una nariz muy respingada que dice:
-Mierda, amigo, no hicimos la guerra para ablandarles el colchón a esta recua de corruptos y haraganes. Los nipos nos dieron su trabajo y para que se calmaran tuvimos que achicharrarlos en Hiroshima y Nagasaki. ¿Usted hizo la guerra?
Archer asintió con la cabeza porque no estaba con el ánimo como para entrar en detalles.
-Entonces sabe que no miento –se envalentonó, haciendo resaltar la pulcritud de su mameluco-. ¿Le limpio el parabrisas y la luneta? ¿Aire? ¿Aceite? ¿Agua?
Archer asintió a todo. Era un americano típico el buen hombre. Lo malo, quizá, era que no podía ser más que un americano típico y un buen hombre. En lo poco que había alcanzado a ver del mundo, era sombrosa la cantidad de hombres iguales que había. Seres que, más que americanos típicos, japoneses típicos o alemanes típicos, sólo llegaban a ser hombres típicos. Capaces de pelear la miseria de un céntimo en lugares donde no les pertenecía ni la estopa ni el mameluco, y a la vez seguro que a la menor observación eran capaces de reaccionar con mayor dignidad ofendida y cháchara que un senador demócrata por Wisconsin. Sí, había cosas de los americanos típicos que nunca iba a terminar de entender. De los hombres tipo tampoco. En realidad, muchas veces lo que confusamente se puede llamar naturaleza humana se le aparecía con una sencillez que lo entristecía y, acto seguido, se decía que no podía ser así, que iba a resultarle un enigma indescifrable. El resultado último de todo su pensamiento fue un suspiro hondo, entre el desconsuelo y la resignación.
De pronto lo sobresaltó el bufido antidiluviano del gigantesco Mack semiremolque, enorme, cuadrado, ñato, tan parecido y tan alto como un edificio de departamentos, y para mejor con el escape arriba del habitáculo, asqueroso como una chimenea de caldera.
Allá, del otro lado del cruce, hubo un corto parlamento a los gritos y Jack terminó boleando su pequeña mochila. Antes de desaparecer del todo por la alta portezuela, trepado a la escalerilla, quizá remedando sin querer a algún ancestral pirata que había andando por California siglos atrás, saludando al amor que queda en puerto y embarazada, mientras trepa hacia el velamen, el muchacho agitó completamente el brazo izquierdo, ampulosamente, en postrer despedida.
Archer le respondió de igual forma, con gesto adusto y fruncido el ceño. Que quizá nunca volvería a ver a ese ignoto y desesperado muchacho era algo que escapaba a la torpeza de su envalentonada razón.
-La tapa del filtro ya está vieja y viene tirando aceite, amigo –dijo el de la estación de servicio. Sonó como si el desperfecto del auto tuviera la misma escala de valores que una cena atrasada, fría y cruda, digna de un escandalete matrimonial-. Le puse medio litro y le dejo el resto de la lata en el baúl, bien tapada. Arregle pronto eso o ande con cuidado porque puede fundir bielas en cualquier momento.
-Lo tendré en cuenta.
Fue por el trapo rejilla húmedo y la emprendió frenéticamente, con bríos vírgenes, contra los vidrios.
-¿Usted trajo a ése?
-Lo alcé en el camino, a la salida de Santa Bárbara.
-La confianza no es buena consejera. Los cementerios están llenos de gente de buen corazón.
-Es una verdad, lamentablemente.
-No se le debe tener confianza a nadie.
-Lo tomo bien en cuenta.
-No lo dije por usted, amigo –retorció el trapo con energía y sobre el pavimento cubierto de una pátina grasosa quedaron unos goterones de agua sucia como si fuera clara de huevo y encima las ventanitas relumbrantes por la infección de aceite-. Se ve de lejos que usted es un hombre decente. Disculpe la intromisión: ¿policía, por un casual?
A Archer se le escapó una involuntaria carcajada. Aunque, más que carcajada, exactamente fue sólo quitarse la sorpresa de encima de una manera más o menos elegante.
-Yo diría que más que eso y antes que eso –respondió, muy solemne.
El otro dejó el secado que venía realizando esmeradamente con los ojos como huevos fritos.
-La verdad es que no soy muy listo –balbuceó atónito.
“Tampoco es necesario que lo confieses”, pensó Archer, “está a la vista de todo el mundo”.
-Seguro -dijo después.
El hombre suspiró aliviado y le dio con mayor enjundia a la pulcritud del parabrisas. La normalidad del mundo tenía la virtud de calmarlo y alentarlo.
-Una excelente y próspera actividad –admitió después de un rato, como si le hubiera costado llegar a tan rotunda y tajante conclusión-. Sobre todo después de la guerra. Cantidad de conocidos míos y clientes se dedican a eso. Y les va bien. ¿A usted también le va bien?
-Seguro-. ¿No se le notaba, acaso?
-Formidable rubro. Le aseguro que lo envidio. Diga que ya elegí mi vida. Me gusta este cruce de caminos. Yo soy de Colorado y por cierto que desde chico me gustaron los cruce de caminos. Destinos que a uno se le atraviesan sin ninguna razón. A mí me gustaron los cruce de caminos como otros hombres se encandilan con las pelirrojas-. Su chispeante ingenio le hizo brotar una risotada.
–Hasta estuve por ingresar a la policía porque mi sueño era estar de guardia, firme, controlando un cruce caminero con un radiopatrulla.
-Una verdadera lástima no haberlo intentado –lo zahirió Archer.
-Ya lo creo. ¿Usted cree que hice mal? –se acongojó el hombre-. Mi padre fue el que me sacó la idea de la cabeza. Era un hombre de muy pocas ideas, pero todas muy claras. Yo ya había empezado a ir a los bailes y mirar las chicas cuando un día me llamó y me dijo: “Sacate eso de la cabeza, alcornoque”, me dijo, “nunca te van a apostar en un cruce”. Encontré que era perfectamente razonable lo que decía mi padre. Tal vez me equivoqué. Nunca se sabe. ¿Usted qué opina?
Archer tuvo que aceptar que ni el doctor Spott hubiera sido capaz de una sentencia tan explícita y concluyente.
-Aparentemente su padre era un hombre muy perspicaz –dijo en cambio.
-¡Pobre papá!-. El hombre contempló su obra, una fugaz mirada al cielo y por último a Archer. Este no tuvo más remedio que admitir que lo hecho por el hombre con los vidrios sucios era un capo lavoro.
-¿Ya no vive su papá? –preguntó con un hilo de voz.
El hombre se le acercó, teatralmente cauto. Ahora se restregaba otra vez las manos, pero era con el rejilla sucio y húmedo.
-Lo pateó un caballo. Un caballo manso. El caballo que venía usando a diario en sus últimos quince años y que jamás había alzado la cabeza del puerco suelo. Bueno: se encabritó y lo pateó sin más. Jueves 21 de abril de 1937, a las 9.50 de la mañana. ¿Alguien hubiera podido adivinar que a papá le iba a pasar tal cosa un jueves 21 de abril, en 1937, a esa hora ridícula? Nunca vamos a poder entender por qué la bestia hizo lo que hizo. Le dio justo con la punta de la herradura en la frente. Lo dejó ahí, mirando al cielo con los ojos totalmente abiertos y usted no hubiera podido creer, aún si lo hubiera visto, todo el asombro que le quedó al pobre papá como último gesto.
A Archer había empezado a disgustarle el imprevisto giro de la conversación.
-La conducta de los animales –dijo- es ciertamente enigmática y caprichosa. Sucede con todos los seres irracionales.
Al hombre se le iluminó el alma:
-¡Usted lo dijo! –lo apuntó alegre y acusadoramente-. No me podía acordar de la palabra: irracional. Los animales lo son-. De pronto se desinfló y empezó a mostrar un aspecto desposeído, como una gigantesca goma de tractor en llanta:
-¡Pobre papá! –rememoró. La idea de la muerte, no por familiar y repetida, deja de ser consternadora. Era evidente que le resultaba un recuerdo difícil de incorporar a su anecdotario de uso personal y exclusivo.
Archer procuró ayudarlo a salir del mal trance:
-¿Cuánto le debo?
El imprevisto interrogante fue un mazazo. Hasta los dedos se le pusieron rígidos en el conteo. La traba de todo estaba en que la nafta también tenía dos decimales y eran tres las cifras con arrastre en la suma. Pero al quinto intento lo logró.
-Guarde el cambio –dijo Archer cuando le entregó los dos billetes.
-Agradecido, señor. Y cuídese. No cargue más esa gentuza. Si todos ponemos un poquito, podemos colaborar y hacer la vida bastante mejor. El pastor nos lo recuerda todos los domingos en el sermón. Es nada más que un poquito cada uno, pero todos.
Archer sonrió y con un quejido vocal y varios más, pero sordos, articulares, tomó otra vez posición frente al volante.
-Lo tendré en cuenta –dijo mientras daba arranque. Ahí fue que vio el libro de Jack.
-Buen viaje, señor-. El hombre dio un prudente paso atrás. Era un hombre bien ubicado y conocía su lugar en el mundo. Ahora la estopa inmaculada era otra vez la encargada de restregarle sus manos de piel ajada curtida por lo corrosivo del combustible.
-Oiga, amigo –aceleró Archer para volver a calentarlo-. Tome. Le dejo esto como recuerdo. Es de un buen amigo y yo ya lo leí. Se lo recomiendo. Estoy seguro que le va a interesar.

El hombre se apresuró a restregarse más las manos para no manchar el libro. Más que con agrado o avaricia, recibió el imprevisto obsequio con azoramiento y no poca aversión.
-Que lo disfrute –enganchó la primera-. Hasta la vista-. Con una cínica sonrisa para su exclusivo coleto lo observó por el retrovisor hojearlo de la misma forma que un simio puede enfrentar un tablero de ajedrez con una combinación de jaque mate en cuatro jugadas. Tomó la lateral hacia la costa y no vio cuando el otro, luego de observar que el auto ya estaba a la distancia suficiente, fue hasta el borde de la 101 y lo arrojó sobre la ruta a la par que coronaba el gesto exorcista con un soberbio y despectivo: “¡Mierda con los libros!”
El hombre se volvió hacia la caseta, presto al segundo tiempo de su desayuno copioso. El vaho de la brisa y algunos amagos de viento volvieron al libro de atrás para adelante y de adelante para atrás como si lo estuvieran leyendo de ojito duendes juguetones. El sol apareció del todo atrás de las sierras y hubo un momento, apenas un instante, que en la soledad de la banquina y al cielo blanquecino quedó la carátula autografiada: To Lew, el piolín y la isla redondeada en torno al título On the road, y después el otro piolín of the Unites States (hip, hip, hurra!), luego from Jack, with love y arriba, una tipografía menos destacada decía que el autor era Jack Kerouac, por lo demás un casi seudónimo, porque para la policía y el país en sus documentos figuraba como Jean Louis Lefris de Kerouac, nacido en el Quebec, ciertamente todo un desconocido, un paria, un anónimo en medio de decenas de millones de seres donde cada uno en sí mismo no tenía más que compañía que ser por sí solo un Sociedad Anónima de responsabilidad totalmente Limitada.
Al abandonar el repecho de la colina y ahora sí, desde allí arriba dominar con la vista toda la majestuosidad del océano, a Lewis Alfred Archer lo asaltó fugaz e inconscientemente la imagen del muchacho en la alta cabina, su estómago vacío y sus ojos dilatados, sin más provenir que llegar a San Francisco y enfrentarse a hojas de papel en blanco.
Sintió lástima. Imprevista, estúpida e inconsistente lástima. También irracional. Aunque no tanto por el muchacho, al que seguramente no volvería no ya a ver y ni tan siquiera sentir mencionar, sino por sí mismo: todavía le faltaba saber si iba a poder pescar, fin y objetivo último de esa travesía solitaria.
 

Sobre una tesis del antropólogo social William A. Pilgrim, de padre judío y madre chicana, de la Universidad de San Diego, Long Beach, 1995, título original Meeting on the road.

1 Intraducible juego de palabras entre la paronimia del nombre del lugar, Lowell, y lower, inferior, de abajo, usado muy despectivamente.
2 Otro intraducible juego de palabras. Holidays es comúnmente usado como vacaciones, pero también alude a los días de guardar.
3 Intelectual considerado uno de los popes y emblemas del movimiento beat.
4 Otro de los intelectuales popes beats.
5 Literalmente la nomenclatura quedó instalada para aludir en general al que está en onda, bien informado, y hasta es un poco sofisticado. Pero ubicado en este contexto alude a una de las nominaciones que se usaban en esa década, dentro del movimiento beat, para referirse a uno de los tantos formatos espontáneos surgidos de la cultura underground. Otras acepciones, un poco anteriores, ubicadas en los 40, hacen referencia a que el término nació para rotular a los particularmente interesados en todo aquello que fuera nuevo, trasgresor, no convencional, y dentro del ambiente de la música, del jazz, a los que en esa búsqueda comenzaron en la ingesta sistemática de estimulantes.
6 Traducción literal de uno de los apodos familiares de entonces a la marihuana.
7 ?Habría sido en ese lugar justamente donde, en 1929, fue asesinado Miles Archer, el padre de Lew y socio de otro detective privado no demasiado simpático, un tal Sam Spade. Allí vivía también, por esos años, el ex policía privado y luego autor de policiales, de ideología comunista, Dashiell Hammett, según lo dejaría sentado Joe Gores, también ex detective de la Continental devenido en autor del género policial, quien se consideró su discípulo en todo sentido y su seguidor.
 

 
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Foto del autor Amílcar Romero
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Descripción

En la ruta Los Angeles-San Francisco, Lew Archer, el alter ego de Ross Macdonald, alza a un joven de no muy buen aspecto que resulta ser Jack Kerouac, que ya ha publicado su libro más conocido (En el camino) y se apresta a escribir El Ángel Subterráneo. Archer viene de matar por primera vez a un hombre y el que se va a enconvertir en un emblema del movimiento beat, entre alucinógenos y alcohol, sólo piensa en la chica hipster que lo acaba de abandonar y a la que piensa eternizar en esta segunda obra, para lo cual, dice, tiene que mejorar la prosa del anterior. No sólo lo infrecuentemente carnal de un personaje literario, para colmo ex policía amargado, y un autor que develó de desamparo y destrucción puede constituir el atractivo. Mucho más, posiblemente, el escaso mundo en común que los une bajo una misma bandera a la vez que, por su parte, son modelos en buena parte del planeta.

Palabras Clave: Ross Macdonal Santa Bárbara John D. MacDonald John Ross Macdonal Jack Kerouac beatnik Quebec Lowell Lawrence Ferlinghetti Allen Guinsberg benzedrina marihuana Mary Jane María Juana yerba brandy On the road En el camino hipster El blanco móvil macartismo Harry Truman URSS bomba atómica Okinawa Mack pesca de truchas pito porro Colt 38 caño corto Océano Pacífico William A. Pilgrim San Diego judíos chicanos Lowell costa oeste EE.UU Mao Tsé Tung República Popular de China policiales literatura policial hard boiled Henry Miller Trópico de Cáncer Pasaje Stocklm Dashiel Hammett Joe Gores Henry Ford Princeton Lewis Alfred Archer estaciones de servicio gasolineras zorro coyote infidelidad sábanas sin lavar diafragma Wilhem Reich La función del orgasmo

Categoría: Cuentos & Historias

Subcategoría: Relatos



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