LA JUSTICIA TIENE LOS OJOS VENDADOS
Publicado en Feb 18, 2020
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LA JUSTICIA TIENE LOS OJOS VENDADOS.
 
 Fue una llamada de segundos que cambió mi vida. Llevaba poco tiempo trabajando en un exclusivo gabinete de asesores, por supuesto ni que decir que trabajaba más horas que una tonta y siempre intentando destacar…ora traigo la documentación antes de pedirla, ora aparezco con ese detalle que sé que te gustó, ora me presto…. Y así me ofrecí a quedarme con la mascota de mi jefa una semana mientras estaba de vacaciones.
            Lo que no contaba era con mi madre.
            A veces mi madre iba a mi pequeño piso y lo limpiaba o me dejaba comida. Una madre es una madre.
No se me ocurrió contarle lo de la mascota. Y sus pocas palabras hicieron el efecto de un tsunami:
—Hija, te he dicho mil veces que cierres siempre el balcón. Te ha entrado un gato y lo que me ha costado echarlo. No había forma. He tenido que coger la escoba para asustarlo y encima me miraba con descaro y de reojo cuando se iba con paso lento. Vamos…
El vaso que sostenía en mi mano se quedó paralizado en el aíre. Los ojos se me abrieron hasta que creí que se me iban a salir. No podía pensar. Mis esfuerzos, mi constancia, todas las horas de trabajo… Se habían ido con la gata… Tuve que obligarme a parar de pensar y articular palabra. Tenía que pasar a la acción.
—Mamá …es …una…gata. Y es la gata de mi jefa… La estaba cuidando esta semana… Por Dios, llego en cinco minutos…
No me acuerdo de todas las lamentaciones de mi madre mientras recorría como una loca las escaleras del edificio gritando el nombre de la gata. ¡Marisol! El nombre no tenía desperdicio. Era un edificio antiguo de seis pisos y de dos vecinos por planta.
No estaba. El cuerpo me empezó a temblar, el pánico quería su protagonismo, pero no era el momento. Todavía no. Tenía que quemar todas las posibilidades de encontrarla. Si se había ido a la calle todo estaba perdido, pero a lo mejor había entrado en casa de algún vecino…
Nos dividimos, mi madre por los pisos debajo del mío y yo por los de arriba.  En dos no había nadie, el tercero, un viejo malhablado y protestón me echó en cara que si no sabía cuidar mi gata que me estaba bien empleado. Tuve que callar para no mandarlo a… Y en la cuarta puerta que toqué me abrió una vecina casada que tiene una niña de seis años. Ella no trabaja y su marido es policía. Me invitó a pasar para darme la gran alegría de ver a Marisol con su esponjosa cola venir a mi maullando y restregarse en mis piernas. Me estaba regañando, tal vez por tener una madre poco comprensiva o por no haberla prevenido. Casi se me saltan las lágrimas al mirar esos ojos verdes y comprobar que no la había perdido. No encontraba palabras de agradecimiento a Susana, mi vecina. Avisé a mi madre por el hueco de la escalera que la había encontrado. Y mi madre que es muy cumplida subió porque quería ella también dar las gracias. Susana nos ofreció café ya que era temprano, aún la hora del desayuno. Ya había llevado a su hija al colegio y su marido estaba trabajando.
Iba a rechazar el ofrecimiento pensando en volver rápido a la oficina, pero mi madre me cogió del brazo y con mucho desparpajo aceptó la invitación alegando que ya la gente no se conocía ni siquiera entre los vecinos. Que a dónde íbamos a llegar.
            Susana sonrió y se le iluminó la cara. Entramos y me llamó la atención la gran lámpara que lucía colgada del techo de hierro forjado que seguramente pesaba mucho. Un gran aro de hierro coronaba nuestras cabezas. A lo largo de éste aparecían bombillas y todas unidas con un hierro en cuyo centro destacaba una especie de flecha que recordaba las insignias celtas. No pude evitar evocar la Dama de la Justicia (Iustitia), la diosa femenina de la justicia, llevando en una mano una balanza (la fuerza) y en la otra una espada (la justicia), con los ojos vendados (fe en la objetividad). No entendí por qué esa lámpara me hacía pensar en la Justicia. Me hipnotizaba la lámpara.
Nos hizo café y sacó unas magdalenas de su pueblo. Yo no me separaba de la gata, con el susto que me había dado, pero viendo la mirada de recriminación de mi madre, dejé la gata en el suelo y me senté con ellas en la mesa de la cocina. Tardé varios minutos en envolverme en la nueva situación, el café, las magdalenas, el estómago llenándose con la parsimonia de la buena charla iba influyendo en mi estado de ánimo y dejando el susto en un mal sueño. Hablando de la vida en un pueblo versus en la ciudad...
            Sonó el teléfono de la casa y Susana lo cogió.
—No, son las vecinas que su gata se les escapó y entró en nuestra casa… Sí… La niña en el colegio… No, digo la verdad, el ruido son las vecinas… No, no miento. Solo estábamos tomando un café… Sí, no… Que sí, de verdad que no se me olvida… Solo es un café en casa y sí… Hago lo que tenía previsto y recojo a la niña. Sí, cuando vengas a comer …
Tal vez no hubiera significado nada esa conversación sino fuera por el gesto de mi madre. Le cambió el semblante. Miraba a Susana con preocupación y ésta bajó la mirada y la voz, excusándose que su marido le había recordado la cantidad de encargos que tenía para esa mañana antes de recoger a la niña y hacer la comida. Mi madre se quedó sentada mirando fijamente a Susana y yo empecé a mirar a mi alrededor. La casa estaba como si acabara de limpiarse, todo en orden, ni un juguete por en medio, la cocina ordenada, pulcra y olor a limpio. Mi madre seguía sin mover un músculo mirando a Susana; ésta empezó a moverse en la cocina como ordenando, yo cogí a Marisol y levanté a mi madre de la silla cogiéndola del brazo. Mi madre parecía una piedra inmóvil y dando las gracias nos despedimos. Mi madre parecía en shock.
Llegamos a casa. Dejé a Marisol y me llevé a mi madre a su casa. Le di un beso y me quedé mirando a mi madre que en ningún momento había movido un músculo. Me fui a trabajar. Y cuando salí del trabajo y llegué a casa, me llevé la sorpresa de encontrarme a mi madre sentada en el sofá con la gata en el regazo.
—Bueno, ¿Qué has pensado hacer para ayudar a Susana? ¿Te has fijado en los morados que tiene en el antebrazo y en las rodillas? Esos son golpes.
— ¿YO…? Pero si no sabemos si quiere ayuda o de qué se los ha hecho, cómo nos vamos a meter en algo que ni siquiera sabemos que existe…
—Carmen, te he dado unos estudios, te he criado con unos valores, estás echando el hígado en un trabajo que es una de las mejores asesorías, eres abogada… Y todo ¿para qué? Para sacar dinero y sobrevivir, ¿Eso es todo…? Me parece que eres mucho más que eso. Y si te tengo que darte una patada para que te pongas las pilas e investigues te la doy. Así que he decidido venirme una temporada aquí contigo. Me miró de soslayo para ver mi aprobación y con ese gesto decidido y maternal que tan bien conocía se fue a la cocina a preparar la comida. No me molestó. Más bien sentí que volvía a ser mimada y no estaba mal un poco de mimos.
Comimos y mientras recogíamos los platos y nos disponíamos a lavar los cacharros, nunca me ha gustado un lavavajillas cuando hacer un poco de ejercicio después de comer no es malo, mi madre estaba muy callada; y eso me preocupaba… Y sí, justo cuando terminamos me dijo de preparar una infusión y hablar.
            —Hace muchos años, cuando tú todavía no habías nacido y yo era una jovencita que vivía con mis padres, teníamos un matrimonio vecino, que todas las noches oíamos sus broncas e incluso alguna bofetada por parte de él cada vez que le iba mal el día. Mis padres se hacían los tontos y me decían que en los problemas del matrimonio no había que meterse. Ya sabían de alguna mujer que se volvía de la comisaría con la explicación de que si no había preparado bien la cena o no había sabido contentar bien al marido pues lógicamente lo había cabreado.
            Así que yo veía que por las mañanas iban los vecinos a consolar a la pobre desdichada, pero todos callaban.
            Y un día ocurrió, tal fue el empujón y la bofetada que le dio que al caer inconsciente se dio con el pico de la mesa en la sien y murió en el acto. El médico declaró que la muerte fue un accidente por el golpe en la mesa. Dejó dos niños pequeños y un viudo que al año ya estaba casado.
            Se me quedó clavado en el corazón, para siempre, que una mujer había muerto estando en compañía de todos sus vecinos porque no era de nuestra incumbencia.
            Así de sencillo. La mataron y la vida siguió sin inmutarse.
Me cogió las manos. ¿Lo entiendes? Y claro que lo entendía, ahora nos tocaba a nosotras actuar.
Al final de la semana mi madre me indicó que llevaba varios días hablando y siendo confidente de Susana. No había expresado a las claras que su marido utilizara la violencia, pero sí el miedo que le tenía por no estar todo en su justo orden o preparado. Mi madre iba buscando pruebas o algo fiable para acusarlo por violencia de género. Yo por mi parte me intentaba asesorar en qué tipo de pruebas o en qué terreno nos movíamos al ser policía este hombre. Por de pronto mi madre se había hecho niñera de Marina, la niña, para que Susana pudiera hacer sus cosas sin tanta presión.
La tercera tarde que estaba cuidando mi madre a Marina en su casa y Susana ya había llegado de hacer compras, su marido se presentó de pronto, vestido con el traje de policía y con la consiguiente pistola en la cintura. Fue una sorpresa para las tres que pegaron un respingo. No llevaba cara de amigable y con mucha educación le pidió a mi madre:
            —Muchas gracias señora por haber sido tan amable de cuidar de mi hija estos días; aunque todavía no comprendo la necesidad de la ayuda cuando mi mujer no tiene que trabajar fuera. Y que yo sepa una casa y un hijo se puede llevar perfectamente como hasta ahora lo estaba haciendo mi mujer. De todas formas, muchas gracias, pero entenderá que la intimidad de la familia se debe quedar ahí, en la propia familia y Marina ya me ha contado que estaba usted muy interesada en nuestras costumbres y le gusta preguntar cosas… ¿Cómo diría yo…? Personales quizá. Se quedó muy serio y derecho cerca de mi madre para que sintiera la fuerza de su persona y que se cohibiera ante el uniforme. Susana acercó a su hija a su regazo en actitud protectora, justo cuando yo entré por la puerta. Venía a recoger a mi madre.
Mi madre sintió perfectamente esa fuerza que quería intimidarla y sintió también la deuda que tenía con el pasado:
            —Claro que entiendo. Entiendo que utilizar la brutalidad en el seno del hogar le hace sentirse a uno como si fuera más masculino y así, una cortina de humo… ¿Cómo lo diría…? Cubre la debilidad quizá… ¿O es acaso más profundo aún, lo que esconde?
No me gustó nada el cuadro que vi. Mi madre intentando no recular ante el gigante de hombre que tenía delante. Susana echando pasos hacia atrás con su pequeña entre sus faldas y muertas de miedo. Entendí en ese momento lo que es la madre naturaleza; ese hombre me daba mucho miedo, pero el solo hecho de ver que se acercaba a mi madre. La rabia y mi sentido de proteger a mi progenitora me salió desde las mismas entrañas y con paso rápido me interpuse entre ellos. El tío bestia sacó la pistola y la levanto paseándola ante nuestra mirada. Se le subió el ego y empezó a decir palabrotas para achicarnos. Ahí mi madre no se calló. Habló de denunciarlo, de llevarlo ante la justicia y que allí, a ver si era tan gallito, que cada vez se estaba retratando más y dejaba claro lo que realmente era.
Como si le hubiera dado un tic, empezó a temblar su labio y toda su cara se convirtió en un gesto asesino.
 Las piernas me temblaron, mi madre quería ponerse delante para protegerme, Susana y la niña se encogieron con un grito ahogado ante el terror… Y disparó.
            Un solo disparo al techo. Era una advertencia.
            Solo puedo decir que tuvo que ser la mala fortuna la que intervino. Disparó a la lámpara. Esa lámpara antigua de hierro forjado heredada de sus abuelos; la lámpara de la justicia; la lámpara que yo veía con la espada y la balanza. Fueron segundos lo que tardó en desplomarse y ver todo el pico de la lámpara incrustado en el cráneo del vecino. No hubo mucha sangre, pero si un orificio profundo y en una zona vital.
            Se quedó desplomado, a todo lo largo que daba su cuerpo. Nadie se movía y la escena era difícil de creer. Se había matado él mismo, sin ser un suicidio. Nadie pestañeaba ni se oía ningún ruido hasta que la música de mi wasap lo interrumpió todo y, como una autómata, saqué el móvil, y sin saber lo que hacía, leí el mensaje que acababa de recibir.
Era mi Jefa: “¿Te puedes quedar con mi gata otra semana?”
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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Foto del autor Mar
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Descripción

La justicia tiene formas muy extraas de darse

Palabras Clave: gato muerte lampara

Categoría: Cuentos & Historias

Subcategoría: Terror & Misterio



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