SOLANDIS
Publicado en Nov 12, 2019
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SOLANDIS

Le habían nombrado Solandis, luego de encontrarla en un bote, sola y abandonada, envuelta en pieles en las vísperas de un invierno hace veinte años atrás. Nunca nadie vino a buscarla, pero por el diseño del bote y las pieles de oso, debía pertenecer a alguna de las tribus del norte, al otro lado de las montañas. 
Una pareja de panaderos la acogió y la crio, resultaba extraño ver a aquella familia, todos eran obesos a excepción de Solandis, quien desarrolló un cuerpo muy ligero y flexible; diestra con las armas de largo alcance como el arco y la jabalina. Experta en el arte de la panadería, tanto que lo que ella horneaba era tan delicioso que venían de aldeas lejanas para comprarlo.
Solandis era muy especial, tenía un espíritu liviano como su cuerpo, era muy querida en el pueblo, a diferencia de su adoptiva familia, sin embargo, un día desapareció. Todos salieron en su búsqueda, quince días sin para, entre los peñascos, las cuevas, en los ríos y en cada árbol, sin éxito. 
El primer interrogado fue su padre adoptivo quien lloraba indignado por ser considerado sospechoso. Nadie tenía nada en contra de Solandis, pero uno a uno, todos en el pueblo fueron interrogados. Para minimizar las penas el sacerdote preparó unas honras fúnebres para un jueves. Y bien que el miércoles llegó un mensajero de un poblado bárbaro del interior de la jungla para informar que el hijo de uno de sus príncipes había sido asesinado de un certero flechazo en el corazón que lo dejó clavado en un tronco. La flecha que traía el mensajero pertenecía a Solandis, razón por la cual pedía fuera entregada la asesina para hacerle justicia.
Como Solandis estaba desaparecida, junto a dos exploradores y el doliente príncipe bárbaro, emprendimos una búsqueda hacia las afueras de nuestras fronteras. Así atravesamos valles y colinas hasta que al día siete la hallamos muy alto en un pico nevado. Estaba sentada mirando a la eternidad, de brazos cruzados y muy enfadada. El príncipe se acercó a ella mientras desenfundaba su espada, traté de hacerlo desistir por la fuerza, pero los exploradores me inmovilizaron.
La bellísima Solandis se puso de pie, dejando caer las telas que la recubrían del frio quedando completamente desnuda. Contó que la tarde del homicidio, ella buscaba madera para levantar un cerco y encontró en el bosque al joven hijo del príncipe lleno de tristeza sentado sobre las raíces de un árbol. Hablaron durante horas, así supo que el joven príncipe se había enamorado de una sacerdotisa de las cumbres heladas del nororiente. Era un amor correspondido, los dos se amaban, sin embargo, entre los ires y venires de sus convicciones no resolvían como estar juntos en esta vida, a pesar de jurarse amor eterno. El joven debía seguir su camino real y la sacerdotisa debía continuar su legado espiritual, razón por la cual ninguno de los dos se sentía plenamente libre de amar al otro. Así que en vista del juramento que se hicieron de perpetuar su amor, Solandis decidió liberarlos, a pesar de lo patético que le parecía la situación, para que se amasen sin obstáculos. De un solo tiro, limpio y eficaz, atravesó el corazón del joven a quien mientras expiraba le prometió enviarle pronto a su amada. La libertadora habría viajado hasta las mismísimas cumbres nevadas para buscar a la sacerdotisa y preguntarle sobre su amado, enterándose con sorpresa y profunda congoja, que esta no lo amada como aquel inocente cachetón creía. Indignada, Solandis le atravesó una lanza por el cuello sin mediar palabra.
El príncipe confundido y considerando que la historia de la guerrera Solandis era absurda y por lo tanto el homicidio de su hijo fue por una estúpida causa, empuñó su espada a dos manos, apuntando al corazón de la mujer, quien con un canto hermoso y delicado, como el gélido viento que nos rodeaba, nos dijo que a la muerte iba contenta, pues ni ha de amar como el joven ni ha de engañar como la pitonisa; extendiendo sus brazos como si estuviera ofrendando su virginal amor se entregó a la espada del príncipe bárbaro que la traspasaba mientras la agónica mirada de la doncella buscaba el cielo y su sangre tibia vestía su humildad hasta teñir la nieve bajo nuestros pies.

Mario Delgado
www.mariodelgadoarte.com




SOLANDIS
 
Le habían nombrado Solandis, luego de encontrarla en un bote, sola y abandonada, envuelta en pieles en las vísperas de un invierno hace veinte años atrás. Nunca nadie vino a buscarla, pero por el diseño del bote y las pieles de oso, debía pertenecer a alguna de las tribus del norte, al otro lado de las montañas.
Una pareja de panaderos la acogió y la crio, resultaba extraño ver a aquella familia, todos eran obesos a excepción de Solandis, quien desarrolló un cuerpo muy ligero y flexible; diestra con las armas de largo alcance como el arco y la jabalina. Experta en el arte de la panadería, tanto que lo que ella horneaba era tan delicioso que venían de aldeas lejanas para comprarlo.
Solandis era muy especial, tenía un espíritu liviano como su cuerpo, era muy querida en el pueblo, a diferencia de su adoptiva familia, sin embargo, un día desapareció. Todos salieron en su búsqueda, quince días sin para, entre los peñascos, las cuevas, en los ríos y en cada árbol, sin éxito.
El primer interrogado fue su padre adoptivo quien lloraba indignado por ser considerado sospechoso. Nadie tenía nada en contra de Solandis, pero uno a uno, todos en el pueblo fueron interrogados. Para minimizar las penas el sacerdote preparó unas honras fúnebres para un jueves. Y bien que el miércoles llegó un mensajero de un poblado bárbaro del interior de la jungla para informar que el hijo de uno de sus príncipes había sido asesinado de un certero flechazo en el corazón que lo dejó clavado en un tronco. La flecha que traía el mensajero pertenecía a Solandis, razón por la cual pedía fuera entregada la asesina para hacerle justicia.
Como Solandis estaba desaparecida, junto a dos exploradores y el doliente príncipe bárbaro, emprendimos una búsqueda hacia las afueras de nuestras fronteras. Así atravesamos valles y colinas hasta que al día siete la hallamos muy alto en un pico nevado. Estaba sentada mirando a la eternidad, de brazos cruzados y muy enfadada. El príncipe se acercó a ella mientras desenfundaba su espada, traté de hacerlo desistir por la fuerza, pero los exploradores me inmovilizaron.
La bellísima Solandis se puso de pie, dejando caer las telas que la recubrían del frio quedando completamente desnuda. Contó que la tarde del homicidio, ella buscaba madera para levantar un cerco y encontró en el bosque al joven hijo del príncipe lleno de tristeza sentado sobre las raíces de un árbol. Hablaron durante horas, así supo que el joven príncipe se había enamorado de una sacerdotisa de las cumbres heladas del nororiente. Era un amor correspondido, los dos se amaban, sin embargo, entre los ires y venires de sus convicciones no resolvían como estar juntos en esta vida, a pesar de jurarse amor eterno. El joven debía seguir su camino real y la sacerdotisa debía continuar su legado espiritual, razón por la cual ninguno de los dos se sentía plenamente libre de amar al otro. Así que en vista del juramento que se hicieron de perpetuar su amor, Solandis decidió liberarlos, a pesar de lo patético que le parecía la situación, para que se amasen sin obstáculos. De un solo tiro, limpio y eficaz, atravesó el corazón del joven a quien mientras expiraba le prometió enviarle pronto a su amada. La libertadora habría viajado hasta las mismísimas cumbres nevadas para buscar a la sacerdotisa y preguntarle sobre su amado, enterándose con sorpresa y profunda congoja, que esta no lo amada como aquel inocente cachetón creía. Indignada, Solandis le atravesó una lanza por el cuello sin mediar palabra.
El príncipe confundido y considerando que la historia de la guerrera Solandis era absurda y por lo tanto el homicidio de su hijo fue por una estúpida causa, empuñó su espada a dos manos, apuntando al corazón de la mujer, quien con un canto hermoso y delicado, como el gélido viento que nos rodeaba, nos dijo que a la muerte iba contenta, pues ni ha de amar como el joven ni ha de engañar como la pitonisa; extendiendo sus brazos como si estuviera ofrendando su virginal amor se entregó a la espada del príncipe bárbaro que la traspasaba mientras la agónica mirada de la doncella buscaba el cielo y su sangre tibia vestía su humildad hasta teñir la nieve bajo nuestros pies.


Mario Delgado
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Descripción

Solandis nunca supo de amor o desamor, pero si de misericordia.

Palabras Clave: Cuento Colombia solandis historia de amor desamor

Categoría: Cuentos & Historias

Subcategoría: Ficcin



Comentarios (1)add comment
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Maria Jose L de Guevara

Qué linda historia nos cuentas, Mario, con incluida reflexión, ya que de ella se pueden extraer varios detalles que son una lección.
No obstante, lo mejor que me ha llamado la atención es el fluido de tu narración que ha sido realizada con una gramática impecable y una clara semántica que dejan claros los tiempos y unen perfectamente todos los hechos.
Soy franca en mencionar que me lo he leído en un solo trís, solo haciendo la pausa para hacer click en el cambio de página.
Felicitaciones y saludos.
María José Ladrón de Guevara.
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November 16, 2019
 

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busy