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La familia MMeendez. En épocas antiguas las familias eran numerosas, de diez hijos, doce y hasta más. Entre tantas vidas se daban historias increíbles, como las historias de “La familia MMeendez”  La familia MMeendez, papá,  mamá  y diez hijos. El padre era vendedor de libros, la madre era modista. Cada hijo era diferente, no faltaba el mecánico, el cantante, el chistoso, el envidioso, el tímido, la bailarina, la periodista, la actriz, la mentirosa y el inconforme. Todos y cada uno cargaban pesadas historias. ¿Cómo conquistó el papá a la mamá? Pues, un día Helena tenía daño de estómago,-tremenda diarrea- y tenía urgencia de ir al baño y a un lugar lejano a entregar un vestido de novia   confeccionado por ella. El afán de ser cumplida no le permitía trasladarse en bus, y fue así como por  desespero hizo señal de pare al primer auto que vio pasar a su lado. Manuel, conductor de un auto Renault, recibió a Helena en su auto, ella, ni corta ni perezosa contó lo de su malestar estomacal y el compromiso de entregar el vestido de novia. De inmediato, ante la urgencia de la diarrea, Manuel propuso llevarla a su apartamento que quedaba cerca, y prestar el baño a la bonita dama, ella aceptó, hizo uso del inodoro, se bañó las manos, quedó perfumada y aliviada y dio las gracias. A Manuel le parecía hermosa la chica, era como una muñequita, de baja estatura, de cabello castaño, lindos ojos y cuerpo perfecto. Manuel estaba deslumbrado de la belleza de la chica, quería conquistarla, le preguntó el nombre,  había que aprovechar la oportunidad para conquistarla y, ¡qué fácil fue acompañarla a entregar el vestido de novia!, y regresar al apartamento de Manuel, allí empezó la historia de un gran amor, que más tarde los llevó al altar. Parece que no tenían televisión porque tuvieron muchos hijos.  PEDRO, EL HIJO MAYOR, sólo estudió cuatro años de bachillerato, era mecánico, siempre sucio, vestido con overol, manos grasosas. Permanecía buen tiempo debajo de los carros en el taller donde trabajaba. Sus amigos eran otros mecánicos. A todos les gustaba beber cerveza o aguardiente, se emborrachaban y sus lenguajes eran a punta de groserías. Los dueños de carros, que llevaban sus autos al taller a que les hicieran diferentes reparaciones, apreciaban a Pedro por su modo de ser y su buen trabajo, lo invitaban a la panadería de la esquina a tomar café o cualquier golosina. Entre charla y charla Pedro contaba a sus jefes, la triste historia de haberse enamorado de una mujer que tenía un hijo de nueve años, llamado Luis  El gran problema era que ella maltrataba al hijo, le pegaba por todo, lo humillaba tratándolo  de bruto, mientras él era amoroso con el niño, lo quería, le pagaba el estudio y lo reconocía como hijo, sin trámites legales. La madre del niño se enfermó de cáncer y murió. Los padres de Pedro no lo trataban por no haber querido estudiar, por borracho y por sucio. Tanta bebida de aguardiente produjo a Pedro la enfermedad de Cirrosis y también murió, quedó, Luis quien siguió los pasos del padrastro, “mecánico de autos”, con la ayuda de los amigos de Pedro. PEPE, EL SEGUNDO HIJO, “el cantante”, el que hablaba cantando desde pequeño. Casi siempre encontraba la canción que respondía a lo que quería decir. Le preguntaban el nombre y respondía cantando: la canción de Lucero “Pepe”, Helena lo corregía, quería que su hijo dejara de cantar, que hablara sin música, pero Pepe respondía cantando, como Luisito Rey: “Soy como quiero ser” Sin mandatos ni fronteras  Soy como quiero ser La que quiera que me quiera La que no, que no me quiera” La obsesión de Pepe, de vivir cantando lo condujo al estudio de música en una de las mejores universidades, en la que conoció a Carmen, cantante de voz soprano. Pepe estaba enamorado de ella, pero ella estaba de novia de un francés, no obstante se leía en sus ojos que correspondía con amor los elogios de Pepe. Cuando Michel, -novio de Carmen- notó que Carmen coqueteaba con Pepe, le propuso matrimonio y vivieron en París. Carmen vivía con la nostalgia de haberse separado de Pepe. Así las cosas se despertó el duelo de Pepe, que pasaba el tiempo cantando, acompañado de su guitarra. “Qué solitario estoy Hoy sin tu amor Todo perdí Perdiéndote a ti”  Pepe pasaba mucho tiempo expresando su dolor con distintas canciones, no dormía, poco comía, buscaba ayuda con sicólogos para mitigar su dolor. Observaba las fotos del matrimonio de Carmen, la escuchaba cantando en las grabaciones.  Laura, -amiga de Carmen y Pepe-, procuraba acompañarlo, para evitar la soledad de su amigo,  estaba enamorada de él, guardaba la esperanza de conquistarlo con sus bellos detalles. Poco a poco Pepe dejaba de pensar en Carmen, se mantenía acompañado de Laura, hasta que se enamoró de ella, olvidó a Carmen y se casó con Laura. Pasados dos años Carmen regresó a Colombia con la ilusión de revivir el amor de Pepe, se había divorciado de Michel, y sabía del intenso dolor que sufrió Pepe cuando ella se casó. Buscó a Pepe, y ¡Vaya sorpresa! Pepe y su amiga Laura estaban casados, ya tenían un hermoso bebe, entonces el duelo de Carmen se hizo presente en su corazón, sin solución.  BENITO, EL CHISTOSO, EL TERCER HIJO. Casi era imposible mantener un diálogo con Benito, porque todo lo volvía broma. Algunas personas gozaban de las bromas, a otras les fastidiaba. Se enamoró de una monja, parecía imposible conquistarla, pero entre chiste y charla logró que ella renunciara a su estado y se convirtiera en su novia y más tarde en su esposa. La ex monja, cometía errores de lenguaje, “como muchos cometemos”. Ella quería ir en Transmilenio al sur de la ciudad, no sabía el valor del pasaje y preguntaba a Benito ¿cuánto vale el Transmilenio? Benito respondía: supongo que vale trecientos millones, la ex monja corregía, perdón, el valor del pasaje. Era hora de almuerzo, la Ex decía: Vamos al restaurante, “Costa Azul”, es bueno, mira esa fila de autos que almuerzan allí. ¿Los autos almuerzan? Perdón… Las personas que están en los autos. Benito preguntaba a su esposa: ¿dónde escondió mis llaves? Ella respondía: por ahí andan, Benito decía. Ya veo, andan brincando por toda la casa, ella decía: perdón, están en el bolsillo de tu pantalón. La esposa se quejaba de dolor de cabeza, el esposo respondía: grave te vas a morir, igual respondía cuantas veces la esposa se quejara, además le hacía cosquillas por el cuerpo, cosa que a ella le desesperaba, no la dejaba hablar completo, interrumpía con chistes, todo lo contradecía, si ella tenía la razón, él decía: Eso lo dije yo, tu dijiste lo contrario y se formaba gran algarabía entre los dos. La esposa de Benito, no aguantaba el modo de ser de su esposo y  vivía estresada.  GERARDO, EL ENVIDIOSO, EL CUARTO HIJO. Gerardo era modelo de ropa interior, amaba desfilar en las pasarelas, exponiendo prendas de última moda. Quería ser adinerado, pero tendría que matricularse en un gimnasio, mejorar cada día, controlar la envidia que sentía por Carlos, aquel hombre, alto fornido, al que le llovía dinero, le llovían mujeres, le llovían contratos, le llovían amistades y tenía carisma. Gerardo vivía estresado, viendo triunfar a su compañero de trabajo, pensaba en inventar algo que minimizara a Carlos, era difícil, ¿Hablar mal de él? No, ¿manifestarle amabilidad y tratar de convencerlo de tener defecto en el cabello? No. ¿Calumniarlo, como lo hacen los políticos en campañas? Sí, eso da buenos resultados, “hay gente que no cree, pero hay idiotas que si creen y algo queda como cierto”. Gerardo inventaba que Carlos era homosexual, sin serlo, que él le huía para evitar acosos, ¡Vaya sorpresa! Aumentaban admiradores a Carlos y más estrés para Gerardo. Como esa estrategia no le daba buen resultado, lo calumniaba como “narcotraficante”, pero sin pruebas nada lograba. Carlos notaba la envidia de Gerardo  y sentía pesar de su compañero de trabajo, pensaba que la mejor solución era evitar el estrés de Gerardo y darle consejos para que mejorara su aspecto físico, sus actitudes, que cambiara algunos pensamientos, que sólo pensara en ser mejor persona, evitar las maldades y convertirse en alguien admirable. Carlos lograba sus propósitos y Gerardo, por fin reconocía la sinceridad de su amigo, se arrepentía de sus maldades, aclaraba públicamente que inventaba mentiras sobre su compañero Carlos y pedía miles de perdones.  JACINTO, EL TÍMIDO, QUINTO HIJO. Jacinto era el único tímido de la familia, cuando respondía algo que le preguntaban, se enrojecía su cara y, eso lo hacía sentirse muy mal, no sabía cómo evitarlo, se agachaba, respondía en voz baja, le sudaban las manos. Nadie imaginaba que dentro de esa timidez fluían grandes pensamientos, que lo llevarían a desempeñar cargos importantes. Como estudiante permanecía aislado, observaba el comportamiento de profesores y compañeros, anotaba en una libreta lo que de ellos le impactaba.  No se atrevía a corregir errores de profesores, compañeros, locutores de radio ni presentadores de televisión.  Algunas personas se burlaban, otras buscaban su amistad, pero él, simplemente era amable, no aceptaba invitaciones, porque vivía prevenido, procuraba esconderse para no saludar, era silencioso, muy criticón, usaba su libreta para criticar lo que mal le parecía. Logró graduarse en la universidad Católica como Ingeniero de sistemas. Pasaba hojas de vida para trabajar, pero en las entrevistas era tímido, sin embargo, en las pruebas técnicas ocupaba primeros puestos que lo llevaban a desempeñar cargos importantes sobre tecnología. Permanecía conectado a  computadoras eran pocas las compañeras de trabajo. En sus ratos de descanso escuchaba música clásica y leía libros. La familia MMeendez pensaba que Jacinto se quedaría soltero por no ser capaz de conquistar mujeres, pero no fue así, Ana María, compañera de trabajo admiraba a Jacinto, los dos se admiraban mutuamente y nació el romance inesperado. Como la libreta de apuntes de Jacinto ya no era suficiente, sus escritos quedaban plasmados en su computador. Ana María, que veía muchos textos escritos por su novio, le aconsejaba que escribiera un libro; a Jacinto le parecía buena la idea y, a diario escribía todos sus apuntes, críticas, correcciones y opiniones, sin elegir el título del libro, hasta cuando terminó de escribirlo dio a su primer libro el título de “Letras de luz” El libro resultó gran éxito, Jacinto recibió muchos premios, siguió escribiendo más libros, fue famoso, viajó por muchos países, dejó de ser tímido, se volvió millonario, pero se aisló de la familia, vivían en Rusia con su esposa y sus dos hijos. Jamás visitaba a sus padres ni les escribía. Ese abandono, a ellos les causaba mucha tristeza.  VALERIA, la bailarina, desde bebé bailaba en brazos de quienes la alzaran, cuando ya caminaba, bailaba, quería ser bailarina, sus padres la matriculaban en academias de danzas, en la que explicaban que El ballet es una danza que corresponde a las artes escénicas, las bailarinas hacen ejercicios básicos, según los cambios de épocas,  ballet significa música, danza y poesía. Valeria quedaba fascinada, continuaba sus estudios primarios y secundarios al tiempo con danzas en las mejores academias. Los padres y hermanos de Valeria gozaban todas las veces que Valeria se presentaba en los mejores teatros, haciendo grupo con otros bailarines y luciéndose en exquisitas presentaciones en diferentes países del mudo. Valeria estaba enamorada de Amadeo, uno de sus compañeros en la importante obra clásica, “Los Cisnes”. Más tarde presentaban la obra “Romeo y Julieta” Valeria era Julieta y Amadeo era Romeo, en el transcurso de ensayos la pareja inició romance. Felices comunicaban a sus padres su próxima boda y el anuncio de una hijita próxima a llegar a la vida, también la llamarían Valeria, con la esperanza de que se repitiera la feliz historia de Amadeo y Valeria. Ellos viajaban por diferentes países, eran felices. Quisieron que sus tres hijos también fueran bailarines, pero el segundo hijo no quiso ser bailarín sino médico pediatra. Esta familia fue feliz.  ISABELA, LA PERIODISTA, SÉPTIMA HIJA. Cuando Isabela terminó bachillerato estaba muy indecisa no sabía a qué profesión acogerse: ¿leyes? no, ¿medicina? no, ¿arquitectura? no, ¿ingeniería? tampoco, ¿periodismo? talvez, pero tenía que estar segura y lo estaba por aquello de que le gustaba escribir y mandar mensajes al público. Isabela era aceptada en las universidades que se presentaba, a pesar de que en las entrevistas protestaba, no le gustaba que le hicieran preguntas anticipadas con respecto a la profesión, respondía que la respuesta la daría cuando finalizara dicho estudio Investigaba sobre el periodismo, leía sobre el respeto a la verdad, y pensaba: hay buenos periodistas, pero algunos no respetan este principio, son parcializados por determinadas corrientes políticas, son fanáticos, publican falsedades, no respetan la verdad. Otros periodistas hacen mal las entrevistas, primero opinan y después preguntan sin dejar que sea el entrevistador quien debe opinar, a veces hacen preguntas obvias o ridículas, o no se expresan con buen léxico. También pensaba en las diferentes formas de ejercer el periodismo, puede ser oral en emisoras, en televisión o textos escritos en periódicos o revistas, los errores o injusticias cometidos se corrigen públicamente. Los periodistas se encargan de temas que se relacionan entre el hombre y su entorno natural, informan sobre lo referente a lo agrícola, ganadero, meteorológico, aspectos sociales, económicos, políticos,  medioambiente, investigación ecológica y difusión para preservar el planeta. Manuel y Helena suplicaban a su hija que eligiera otra profesión, por el riesgo que corren los periodistas al descubrir verdades incómodas para algunos sectores o grupos de poder y, por saber que muchos periodistas han sido asesinados en América Latina. Después de Isabela investigar sobre el periodismo eligió ser periodista y especializarse en aspectos del medioambiente, por la importancia que representa y porque pensaba que en ese campo no era peligroso que la asesinaran. Isabela ejercía su carrera con responsabilidad. No era fácil recorrer muchos pueblos, veredas y lugares investigando, informando y aguantando algunos jefes insoportables, gente que no aceptaba revisiones, insectos que afectaban la salud, climas variados, lugares de mucha pobreza, pero ese tema si era interesante porque dejaba bastante para informar, formar conceptos, buscar soluciones, era algo que mucho le gustaba a la periodista, pero desafortunadamente, después de diez años de trabajo se enfermó de los pulmones y quedó incapacitada definitivamente, pero quedó con pensión vitalicia. Tuvo muchos amigos, no le interesó contraer matrimonio, prefería vivir libre.  AMALIA, LA ACTRIZ, OCTAVA HIJA. Amalia, desde niña era muy graciosa hacía reír a familiares y amigos, se disfrazaba de gitana, cantaba flamenco, imitando a Lolita, bailaba, era vanidosa, se miraba al espejo, decía: soy linda, imitaba a las actrices, lo más simpático era verla en monólogo, al momento de estar reunida la familia, ella hacía que tenía una bandeja de comestibles y jugos, se ubicaba a una distancia y luego pasaba ofreciendo a las personas los supuestos comestibles: ¿Qué te provoca?, ¿empanadas, galletas, dulces o jugos? Hacía el papel de que ya había repartido todo, se daba una bendición se devolvía al sitio inicial y hacia una venia. Le gustaba desfilar por una supuesta pasarela, lo hacía con mucha gracia. Miraba las novelas, imitaba a las actrices, se maquillaba, se colocaba sombreros y vestidos largos, decía yo actúo mejor que esas artistas, criticaba lo que le parecía mal. En el colegio la tenían en cuenta para todo evento artístico. Cuando Amalia terminó bachillerato había crecido bastante, era bonita y amable. Un día iba por la calle con dos amigas, de pronto unos señores le pidieron  permiso de tomarle una foto, ella preguntaba: paraqué, ellos respondían: eres una bella dama, queremos contratarla para una presentación en una novela, pero primero tendrá que estudiar actuación, Amalia, feliz aceptaba, le indicaban el lugar de estudio y le ofrecían gratis el estudio, pero las amigas se oponían, “cuidado Amalia”, no crea, puede ser peligroso, pero los señores daban teléfonos y direcciones de la academia de aprendizaje e insistían que averiguara y se convenciera de que ellos decían la verdad, Manuel y Helena se oponían, aunque era difícil oponerse al sueño de Amalia, los padres querían que Amalia fuera abogada, no les gustaba que fuera actriz, les parecía que era una profesión inestable. Era cierta la propuesta de los señores. La mente de Amalia se convertía en montañas de pensamientos y planes, exigía a sus padres dinero para recibir taller de cómo hacer libretos para novelas de televisión, quería recibir clases de canto, recibir talleres de glamur. No quería ser abogada, soñaba con recibir las clases de actuación ofrecidas gratuitamente. Se llegó el día de presentarse en la academia de actuación, era verdad, la esperaban, un productor, un director y un publicista, fue bien recibida y admirada por su porte y simpatía, seguía una entrevista: ¿Tu nombre?  Amalia MMeendez ¿Tu edad?- Diez y siete años ¿Eres bachiller? - Sí, terminé bachillerato el año pasado y estoy estudiando inglés. ¿Te gustaría ser actriz? Y ¿sabes qué es ser actriz? – Sí me gusta ser actriz, creo que ser actriz es representar a diferentes personas, asumir las historias y concentrarse en el personaje, creer que no soy yo, sino otras personas. ¿Qué crees que debes hacer para ser buena actriz? – He pensado en hacer talleres y seminarios de cómo hacer libretos para novelas de televisión, recibir clases de canto y estudiar actuación en la academia que ustedes me ofrecen. ¿Por qué hacer talleres de cómo hacer libretos para novelas de televisión? – porque creo importante entender a los libretistas y porque me gustaría ser libretista y actriz, así podría actuar bajo mi propio libreto, eso me fascinaría. Bastaban esas respuestas de Amalia para aceptar que primero recibiera sus talleres y seminarios de cómo hacer libretos, como también que aprendiera a cantar y luego continuara en la academia de actuación. Cuando Amalia ingresó a la academia de actuación comentaba a sus profesores sobre detalles aprendidos en los talleres: lo de historias cortas en cinco líneas, lo de las escaletas, lo de las cortinas, lo de dejar en punta los capítulos, lo de la sinopsis y mostraba su primer libreto de una novela titulada “Tú y Yo bajo las sombrillas”. Indudablemente se trataba de una talentosa escritora con deseos de ser excelente actriz, deseos que se le cumplieron por unos años que la convirtieron en “Famosa” Pero no todo era felicidad, la invadía la tristeza del fallecimiento de su padre Manuel, no podía concentrarse en su papel de actriz, ni como escritora. La familia se iba desintegrando, sin Pedro y sin su Padre Manuel, más la enfermedad de Isabela, la distancia de Valeria en diferentes países, temía a la soledad. YOLANDA, LA MENTIROSA, LA NOVENA HIJA Siendo Yolanda casi la menor de la familia MMeendez, pertenecía a la época actual. Ella pensaba en su futuro, el cual le parecía fácil, puesto que estaba de moda la mentira, seguiría el ejemplo de poderosos políticos que viven de la mentira. ¡Qué increíble!, hacía unos tres años había sido criticada por mentirosa, la humillaban, todo lo que decía era dudoso, los familiares y amigos la corregían. Poco a poco Yolanda había dejado de ser mentirosa, hasta se había vuelto imprudente por decir verdades. Yolanda pensaba en los cambios de la vida. Consultaba a Helena y a sus hermanos si iniciaban proceso de sucesión de Manuel,  Helena y los hijos de común acuerdo aceptaban abrir la sucesión. Manuel antes de casarse había reconocido a dos hijos, les había dado el apellido de manera voluntaria y había dejado testamento, incluyendo a los hijos reconocidos, como hijos legítimos, el testamento fue anulado, porque esos dos hijos no fueron reconocidos legalmente, no hubo adopción, el reconocimiento sólo fue de palabra y voluntad. Igualmente ocurrió con Luis, -el hijo que Pedro reconoció-, si ese muchacho hubiera sido reconocido legalmente, habría podido heredar como representante de Pedro. Después la familia MMeendez inició proceso intestado de sucesión. Yolanda cambiaba, volvió a ser mentirosa, quiso progresar como los políticos. El siguiente paso era entrar a la moda de las mentiras, se dedicaba a leer la biografía de los mentirosos, de los calumniadores y encontraba personajes poderosos, amados por mucha gente, admirados en otros países sin que faltaran los menos bobos que se daban cuenta de los corruptos poderosos y se convertían en opositores, pero ganaba el calumniador, el criminal que negaba sus maldades y si lo trataban de descubrir, amenazaba de muerte a sus familiares para callarlos, pero Yolanda no quería imitar los crímenes sólo las mentiras. Compró diplomas, sellos, hacía publicidad sobre sus experiencias como administradora de empresas, como la publicidad era convincente, empezó a recibir propuestas para ocupar buenos cargos, pero al conocerla y observar su juventud y su regular forma de expresarse, no la contrataban, ella sufría, buscaba asesores que la ayudaran, ellos le aconsejaban lo que debía hacer para mejorar, lograba superar errores y buscaba amistades con políticos, no era fácil, los asesores la seguían ayudando.  Un político importante se enamoró de ella, la embarazó y la nombró administradora de una de sus empresas, ella llevaba tres meses de embarazo, temía no saber manejar dicha empresa, dijo al político que la esperara tres meses porque tenía un compromiso en otro país, se ocultó en su casa,  dedicaba su tiempo a investigar sobre administración de empresas. El político, se había acostumbrado a visitarla, conocía a Helena y algunos de sus hermanos. Un día el político, a los dos meses de la ausencia de su amada, quiso llevarle un regalo a la suegra, y cuál sería su sorpresa cuando quien abrió la puerta de la casa fue la propia Yolanda, despeinada, mal vestida, el político no lo podía creer, ¿acaso usted no estaba en otro país? ella no sabía qué hace, ni que decir por poco se desmaya de la impresión. El político se desilusionó, Helena lo hizo seguir a la sala, le ofreció un café, él no aceptó el café, entró en duda de todo sobre ella, miró los diplomas las publicaciones y se dio cuenta que se trataba de una mentirosa, falsa. No valían súplicas, ni perdones, ni valió el embarazo, Helena lloraba, pedía perdón, le hallaba la razón, repetía que su hija era muy joven, que la perdonara, nada valía,  terminaron las invitaciones, los regalos, los detalles de amor, ella lloraba. El sufrimiento la llevó a enfermarse de depresión. Juan, uno de sus asesores la consolaba, la visitaba, le llevaba flores, la invitaba a cine, le aconsejaba que no fuera mentirosa, que si una vez pudo dejar de  ser mentirosa, ahora podría decir siempre la verdad. Juan amaba a Yolanda, la cuidaba en el embarazo y cuando llegó el bebé, Juan quiso que vivieran los tres, le dio el apellido al niño y lo bautizaron con el nombre de Santiago,  tuvieron tres hijos más. Juan suplicaba a Yolanda que educara a los hijos desde el principio a decir la verdad, ella aceptaba y prometía a Juan, amarlo toda la vida, enseñar al niño a decir la verdad y ella se desempeñaba magníficamente como madre y administradora del hogar.  MAURICIO, EL MENOR DE LA FAMILIA, EL INCONFORME. A Mauricio le gustaba que en su habitación no se acumularan cosas, sólo la cama, la mesita de noche y televisión, sin cortinas ni persianas en las ventanas, para observar las figuras que formaban las nubes, ver cómo lentamente avanzaban espesas nubes formando figuras hasta encontrarse con nubes menos densas y grises, como si se aproximara la lluvia. Igual en las noches observaba la belleza del firmamento. A la hora del almuerzo y después de la cena le gustaba reunirse con la mamá y con Isabela a charlar, duraba tiempos hablando y quejándose de todo aquello que le parecía injusto, mal, bien o lo que debería ser y no era. ¡Oh por dios, mi familia! Decía Mauricio, suspirando. No somos como otras familias millonarias, sobresalientes gobernantes, científicos… ¿Qué somos? Nada más que una familia común y corriente, ni malos ni buenos, apenas regulares, a pesar de haber recibido parte de la herencia de mi padre, no somos millonarios. Mis padres, con los que se vive poco tiempo y se les quiere toda la vida, envejecen y mueren, somos numerosa familia y pocos sobrinos. Mi hermana Yolanda, quería ser importante siendo mentirosa, ¡Pobre mediocre! Mauricio Se dirigía a Isabela para preguntarle la razón por la cual las mentiras no eran para todas las personas, ¿por qué a unas personas les decía la verdad de algo y a otras les decía mentiras de ese mismo algo? Isabela, respondía “yo soy sincera y digo la verdad a las personas que dicen la verdad, a los mentirosos les digo mentiras”, a las personas que son mentirosas y dicen que odian a los mentirosos, yo les digo que yo también los odio. Mauricio preguntaba a la mamá, lo qué opinaba de las actitudes de Yolanda y sus mentiras. Helena respondía: mi pobre hija, vivía pendiente de los noticieros, era consciente de lo que representaba para los poderosos la mentira, esos que triunfaban, pero no se daba cuenta que la carga era corrupción, lo único que ella quería era triunfar y ser poderosa, sin imaginar que intentarlo le costaba construir mentira sobre mentira, preocupación y miedo de ser descubierta, pero ella decía que toda la gente decía mentiras piadosas, convenientes y satisfactorias, mi pobre hija tenía ese círculo vicioso en su mente. Isabela lamentaba el sufrimiento de Yolanda.  Otro día Mauricio comentaba: Isabela, usted, ¿qué  opina de Gerardo? Otro bobo fantasioso queriendo triunfar exhibiéndose públicamente en ropa interior y además envidioso, no cabe en mi pensamiento un hermano así, ¡Qué vergüenza! Isabela respondía: No todos los hermanos son iguales, en las familias numerosas hay de todo, desgraciadamente nos resultó un hermano envidioso y la envidia es madre de todas las desgracias, rechazaba la actitud de Gerardo, queriendo calumniar a Carlos, pero bueno de nada le sirvió publicar que Carlos era homosexual, si serlo no es delito y hoy día muchos se sienten orgullosos de serlo y viven su mundo normal. Hermana, una pregunta de otro tema  ¿por qué será que a los hombres nos gusta ver pornografía y escribir poesía erótica, en cambio a las mujeres les gusta leer poesía erótica, pero no escribir poesías eróticas? Isabela decía: sí hay mujeres que escriben poesía erótica, son pocas, pero las hay, lo que pasa es que somos pudorosas, así nos educaron, no somos amplias en ese sentido, los hombres son más libres, pero hermano ¿por qué cambia de tema? Si yo estaba diciendo que Gerardo no pudo probar que Carlos era narcotraficante; perdón hermana, pasa que me gusta mucho hablar de sexo, pues habla de eso con tus amigos, no conmigo, decía Isabela con cierto enojo, Mauricio preguntaba a Isabela ¿qué opinaba de cada uno de  los hermanos? más enojada respondía Isabela “Uyyy, hermano, no sea tan cansón”, terminemos este diálogo. Mauricio parecía desesperado pensando en él ¿Qué soy yo? Un vendedor de libros como mi padre, un miserable sueldo de ocho millones mensuales, una novia bonita, pero coqueta, sólo viajes a Estados Unidos y Europa, otros conocen todo el mundo, no sé si la gente me quiere o no… Estando Mauricio lamentándose escuchó la voz de Helena que gritaba, Me muero del dolor de estómago, ayuda… ayuda…Mauricio e Isabela nada pudieron hacer, Helena Murió.                                      
Escapa el ratoncito ante el silbido de las púas plastificadas. La vieja blande el viento en busca de un roedor precavido. Las dos brillantes cápsulas rodeadas de pelo escudriñan la inútil tarea cuando la silueta reaparece como un resorte al final de cada hilo invisible. Negra, más aún que la noche, de tibia permanencia y agotada espera continúa haciendo lo que mejor sabe y peor recuerda.El hombre simula una sonrisa, vuelve sobre sus pasos, pero no quieres perderlo de nuevo. Recortas la distancia y consigues abrir fácilmente la puerta que hasta hace un momento estaba atrancada. Hojas que no cesan de vibrar en círculos. La casa también es negra y el camino describe meandros que sortean sauces comidos por la hiedra. La puerta está abierta, no así la tuya que después del portazo ha sido cerrada desde dentro. La vieja sujeta las cortinas para apremiarte, te giras y encaras el vacío extendido más allá del umbral. Se oye  musitar al ratoncito, un chillido lánguido, cada vez más lejano. Los contornos de la oscuridad adoptan formas familiares cuando la puerta se voltea.
El día que comencé a morir deje de preocuparme. Yo sabía cómo serian las cosas, un funeral vacío algunos buenos amigos que me llorarían un rato y tal vez se emborrachasen en mi honor. Pero los muy hijos de puta seguirían sin conocerme, aun en mi lecho de muerte. Ni siquiera sabrían la música que verdaderamente me gustaba y los autores literarios que llegue a admirar con verdadera sinceridad, y no por mera cuestión de parecer culto. Tal vez un poco seria mi culpa por ser un solitario, pero no, la verdadera culpa seria de ellos que siempre perdieron más tiempo en observarse los huevos, creyendo que nada es más importante que ello, ni siquiera un amigo que está a punto de morir. Esos seres egoístas, y no hablo solo de esos dos o tres amigos, sino de los egoístas en general, nunca llegaran a comprender los verdaderos detalles de la vida. Tal vez ni siquiera lleguen a amar a una mujer de enserio. Porque implicaría una pérdida de tiempo en su estúpido narcisismo. Para que iba a hacerme mala sangre si después de todo la muerte no tiene solución. Creo que dios en sueños a todos debería decirnos la fecha exacta de nuestras muerte, entonces sin duda viviríamos diferente. Y a la mierda con aquellos pobres idiotas que pasen toda su vida martirizándose porque saben cuándo van a morir y por ello no saben disfrutar del vivir. Pero bueno, tal vez este divagando por mi pronta muerte.   Ya dije que deje de preocuparme, no tenía miedo a morir, y me convertí en un ser abyecto y desalmado. Muchos se vuelven bondadosos, tratan de reparar sus males hechos en vidas con simples perdones poco antes de morir. Pero yo no; porque me consideraba un ser bueno, con alguna hijaputes, pero nada terrible. Por lo general siempre me había mantenido en raya haciendo lo correcto y, ya no lo quería más. No quería hacer el bien para ganarme el cielo, no me interesaba, algo me decía que tenía que ser un hijo de puta. Lo primero que hice fue abandonar a mi mujer, hacía tiempo que no la amaba más y no me animaba a dejarla. Después de todo caí en la conclusión que dejarla no era algo terrible, si no algo bueno para ella. Yo había amado a aquella mujer con toda mi alma, pero con el tiempo aquel amor se fue muriendo hasta convertirse en nulo. Y sin embargo seguía manteniendo dicha relación. No era justo para ella, claro que no era justo que viviese con un tipo que ya no la amaba. Así que después de todo seguía siendo un bonachón y no abyecto y desalmado. Lo segundo que hice fue comprarme un arma y una botella de buen escoses, lo tercero, alquilarme un cuarto barato en los suburbios donde pasar mis últimos días. No fui a un hotel cinco estrellas porque no tenía dinero, y si lo hubiese tenido tampoco lo hubiese hecho, de que serbia la frivolidad si estaba pronto a morir. Para muchos tal vez ese sea el punto, pasarla con la mayor frivolidad posible tratando de ahogar las penas de la sabida muerte en: viajes, putas, drogas, etc.  A mí me resultaba una idiotez, después de todo, todos sabemos que algún día vamos a morir. Y eso no me da la escusa del reviente, si uno es un reventado es porque lo es y ya. Yo solo tenía el vicio del alcohol, y no de forma desesperada. Bebía de vez en cuando y de cuando en cuando me emborrachaba. Tenía mi arma, mi botella de whiskies y un cuarto donde dormir.  Me tire en la cama, deje el arma sobre la mesa de luz y la botella sobre el suelo. No sé porque se me hiso presente la imagen de una mujer en particular, alguien con quien nunca había tenido sexo. No había sido la mujer más importante de mi vida, y sin embargo ella aparecía en mi divague. No sé si fue un hecho casual el pensar en aquella persona. Yo conocía a esa mujer de mucho tiempo atrás. La primera vez que trate de acercarme a ella me había dicho algo que me quedo grabado. Yo había tratado de besarla sin respuesta favorable, pero no se ofendió, hasta se sintió alagada. Para aquel entonces ella mantenía una relación con un tipo que al decir verdad no la merecía, yo lo conocía, pero no era amigo. Me dijo que sería incapaz de engañarlo y me pareció bien, una mujer que respetaba a un cerdo a su lado. Me parecía bien que no lo engañase, lo que no me parecía bien era que siguiese a su lado. Pero haya ella, era su vida y yo no era quien para meterme. Después de todo yo no quería enamorarla y que dejase a aquel sujeto para huir junto a mí. Ella lo entendía a la perfección, sabía que yo no le daría el amor que su pareja le negaba por desconsiderado. Y prefirió dejar las cosas como estaban, aunque sus ojos reflejasen que se moría de ganas de acostarse conmigo, si hubiese insistido habríamos terminado cogiendo como desesperados. Pero no lo quise, sobre todo cuando me dijo que no podía cambiar. Que todo en su vida estaba mal y que no había remedio. Yo no quería convencer a una pobre chica de que estaba equivocada, yo no la quería convencer que si se acostaba con migo se sentiría mucho más feliz al menos por un rato. No la quería convencer de que podía dejar a ese tipo y encontrar a un mejor amor. No la quería convencer por más que yo así lo creyese, porque tal vez ella tuviese razón, y yo no era quien para ilusionarla. Pero si ella tenía razón era tan solo por una cosa, por cobardía. Sentí pena por ella, y no me gusta sentir pena por nadie, pero la pobre estaba triste aunque su actitud siempre demostrara  lo contrario, la pobre tenía miedo de dejar a aquel tipo que sin dudas no amaba, por miedo a quedarse sola, por miedo a no hallar a nadie más en la vida que le brindase un poco de cariño. Era una actitud totalmente patética, como la que yo había tenido estando al lado de una mujer que ya no amaba, y el descubrir mi pronta muerte fue el disparador para dejarla. Había perdido mucho tiempo e injustamente le había hecho perder mucho tiempo a mi ex mujer.  Lo mismo pasaba con esta chica que había perdido mucho tiempo por cobardía. En aquel entonces había obtenido la respuesta de la boca de aquella mujer a un problema que yo aun no tenia. Simplemente si hubiese recordado antes dicha conversación, si hubiese recordado la lastima ajena y el patetismo que sentí, hubiese encontrado empatía con migo mismo y quizás no habría perdido tanto tiempo en tomar una simple decisión. Bueno, si la imagen de aquella chica había aparecido en mis recuerdos no me quedaba más que salirla a buscar. Puse el arma en mi cintura, tome la botella de whiskies y Salí a la calle. Hacía ya algún tiempo considerado que no la veía, ya no tenía su número telefónico pero sabia donde vivía, al menos donde vivía hasta que nos dejamos de ver. Cuando digo “nos dejamos de ver”, me refiero a reuniones entre amigos y cosas por el estilo, nunca fuera de dicho circuito. Me dirigí a su casa. Para mi suerte seguía habitando dicho lugar, sonrió al verme, y yo sonreí también. Se sorprendió un poco al advertir mi presencia  con una botella en la mano, pero igualmente me invito a pasar. Le pedí que acercara dos vasos. “es que no me gusta beber solo” le dije. Acerco los vasos aun sorprendida; ella no me recordaba como un alcohólico o un simple borracho. Así era el sujeto por el que no había querido besarme. -¿Que celebramos?- me pregunto con una dulce sonrisa, esa sonrisa que yo aun descubría con un dejo de tristeza. -Nuestro rencuentro, que más. Bebimos, ella aun se encontraba confundida, pero se la notaba alegre por mi presencia, tal vez por eso no quiso seguir indagando sobre mi inesperada visita.  Era mayor que yo, dos o tres años, yo tenía treinta y uno, pero los años con ella no habían sido tan agraciados como para con migo. La diferencia de edad entre nosotros parecía aun mayor. Digo, en su rostro se notaba lo sufrida, esas marcas de amargura son difíciles de ocultar. Por alguna razón aquella dureza en su rostro me atraía. Su cuerpo seguía estando bien, nunca había sido destellante pero sin duda era atractivo. Convengamos que aquel era un cuerpo del que yo había querido probar y no había podido, quizás si hubiese tenido sexo con ella aquel cuerpo ya no me interesaría para nada, o tal vez todo lo contrario, no lo sé. Bebimos media botella, ella comenzaba a emborracharse pero yo aun no. Creo que nunca en mi vida sentí un tipo de energía igual, prácticamente estábamos teniendo sexo sin tocarnos, su mirada me penetraba, sus labios húmedos y el juego de su lengua sobre ellos eran un ritual extasiante. Ambos comprendimos que habíamos perdido mucho tiempo, que tendríamos que habernos acostados aquella noche en donde yo trate de robarle un beso sin éxito. Pero algo bueno había en haber prolongado nuestro encuentro tanto tiempo, éramos como dos seres vírgenes ardiendo por nuestra primera vez, al mismo tiempo con la experiencia para poder disfrutar de semejante ardor que tan pocas veces suelen repetirse con tal intensidad. Ella me hablaba casi entre gemidos mientras jugaba con el vaso de whiskies revolviendo el hielo con su dedo índice para luego depositarlo muy suavemente entre sus labios.  Su pecho se inflaba más de la cuenta al respirar, al igual que el mío. La observe fijamente a los ojos y comprendió de inmediato, se abalanzo sobre mi abriéndose de piernas sobre mi regazo, nos besamos como solo dos seres que tienen el mismo grado de excitación pueden hacerlo, de una manera irrepetible a la posteridad. Luego se aparto casi con brusquedad de mí, pero no con rechazo, sino como alguien que cae en la cuenta de algo que está por pasar. Lo primero que pensé irrefutablemente fue que aquel tipo que no había querido engañar aquella vez estaría al caer en la casa. Sin embargo ella me dijo que su madre estaba a punto de llegar con su hija. Recuerdo a aquella niña que ya tendría unos quince años, no era hija del sujeto que para mi entender no la merecía, sino de uno que la había embarazado y luego desaparecido. Le dije que tenía un cuarto donde podíamos ir, me dijo que estaba bien y escribió una nota para su madre e hija. Yo no pude ver lo que la nota decía, pero para mí estaba dirigida a aquel hombre que tantos disgustos le causaba. Nos largamos de allí, apresurados y conteniéndonos para no terminar cogiendo en medio de la vía publica. Finalmente llegamos a aquel cuarto de alquiler. Muchas veces he descrito escenas o situaciones de sexo, pero no podría describir aquella. Desde que comenzamos nuestra vida sexual solemos tener altibajos. No todos los polvos que echamos suelen ser supremos, tal vez sean los mínimos, el caso es que aquel fue el mejor encame de mi vida, yo estaba pronto a morir y prácticamente me despedía de lo terrenal teniendo el mejor sexo de mi vida. Y lo mejor aun, no estaba enamorado de aquella mujer, lo que era una ventaja porque me impedía sufrir porque dentro de poco ya no tendría su amor. Desnudo y transpirado me quede tendido sobre la cama. Ella no se quedo junto a mí, sino que salió de aquella cama completamente desnuda para tomar el arma que yo había dejado en el suelo tratando de ocultarla bajo la misma. Ella lo había notado, había notado que yo tenía un arma y no había dicho nada. Había separado a la perfección la duda del: “¿para qué tendrá un arma?”. Para tener el mejor sexo de su vida, o al menos para que yo lo tuviese. Aun poniendo en riesgo su propia vida, porque tal vez mi intención fuera matarla. Pero yo no quería matarla, yo no quería matar a nadie, ni siquiera a mí mismo. La vi empuñar el arma y algo me dijo que no era la primera vez que lo hacía. Me apunto con decisión, no era su intención asustarme, y yo tampoco lo hice. No temí ni por un segundo en que disparara aquellas balas sobre mi cuerpo, sabía que no lo aria. Pero por un instante lo desee. Desee que disparara sobre mí, que dejara mi cuerpo ensangrentado sobre aquella cama incomoda de aquel cuarto mugroso. Que se vistiera a las apuradas y saliera huyendo del sitio aquel.  Pero no lo hizo. Seguro. ¿Por qué iba de hacerlo?, ¿Por qué iba a matarme? El desquiciado era yo al pensar dicho escenario, por cargar un arma por las calles quien sabe con cual o que intención.  Quizás quisiera saber que se siente ser un asesino. Pero jamás me animaría a dispararle a nadie. Entonces ocurrió algo que yo jamás hubiese esperado, la chica me puso el arma en la mano y me pidió que la mate. No era yo el único desquiciado en aquel cuarto. Y por primera vez tuve miedo, la vi tan decidida que me asuste. ¿Para qué había comprado ese arma?, si ni siquiera iba a pegarme un tiro, no lo necesitaba, pues yo ya estaba muriendo. Ella quería que la mate y yo iba a morir. Le dije que no lo aria, deje el arma sobre la cama y le dije que si quería ella misma podría matarse. Nunca creí en el destino escrito, siempre fui de los que piensan que al destino hay que forjarlo. Pero yo no había forjado el destino de mi muerte. Yo no había elegido morir lentamente. Pero de alguna forma había forjado el destino de  aquella mujer que decidió pegarse un tiro en la boca frente a mí. ¿Y todo por pensarla? ¿O por haberla conocido diez años atrás? Inexplicablemente fui clave en el final de sus días, con cruzarnos una vez, claro que no de casualidad porque la había ido a buscar, pero con esa sola vez basto para que ella pusiera fin a su destino, escrito o forjado. Ahora se para que compre el arma, ahora sé porque la pensé, ahora se porque había rechazado  mi beso años atrás; y no me gusto para nada formar parte de aquel plan diabólico construido por no sé quién. ¡Por ella!, ¡por mi!, ¡por los dos!, ¡por el universo! por la necesidad de que todo siga girando. No lo sé, ella estaba muerta y yo no sabía por qué. Ni siquiera había sido su confidente, solo su medio. No llore, no pude llorar, la situación no lo ameritaba. Yo no era quien debía hacerlo, las lagrimas correctas para quien las merezca. Y nosotros no nos merecíamos.
DIVAGUE
Autor: javier 
En: Cuentos & Historias 
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Recuerdo como si fuera hoy mismo. Laureano Postigo Palomo, Lauren Postigo (Nerva, provincia de Huelva, en 1928 - Madrid, España, 9 de diciembre de 2006) fue un crítico musical e impulsor de la copla andaluza. Famoso en los años 70 por dirigir y presentar la serie "Cantares" (1978-1979) en Televisión Española - 1, emitido desde el famoso Corral de la Pacheca. En ese espacio tuvo ocasión de entrevistar a las mejores voces de la Canción española, como Concha Piquer, Rocío Jurado, Juanita Reina, Estrellita Castro, Rafael Farina, Marifé de Triana, Lola Flores (cuya hermana Carmen Flores -esposa del futbolista Isidro Sánchez que fue del Betis de Sevilla y pasó al Real Madrid- cantaba mil veces mejor pero Lola estaba promocionada por la propaganda franquista) o personajes que iniciaban su carrera profesional, como Isabel Pantoja. Posteriormente trasladó el programa a la radio en la Cadena Cope, con emisión diaria, en el que se hacia altavoz de todo lo relacionado con la copla. Era famosa la sintonía de su programa "Suspiros de España". Volvió a televisión en los años 1990, primero en el concurso "Puerta a la fama" (1996-1997), de Telemadrid junto a Juan Manuel "Juanma" López Iturriaga (Bilbao, Vizcaya, 4 de febrero de 1959) que fue baloncestista del Indauchu y del Real Madrid, en activo desde 1975 hasta 1990, y presentador de televisión, y Elsa Anka y después como miembro del jurado de los programas de descubrimiento de jóvenes talentos "Lluvia de estrellas" y "Menudas estrellas", ambos presentados por Bertín Osborne. Descubridor de nuevos talentos y autor de varias canciones (entre las que destaca sobremanera "La Ramona"), su último trabajo fue "Alberti por bulerías" de 2004, álbum que difunde el flamenco y los poemas de Rafael Alberti. Casado en primeras nupcias con la bailaora Carmen Salazar "La Camboria", posteriormente se casaría (mediante dos ritos) con la también artista Yolanda Mora, uno de ellos el rito zulú, en Sudáfrica. Falleció en Madrid, su último lugar de residencia, el 9 de diciembre de 2006, de un ataque al corazón (infarto), a la edad de 78 años, y se inhumaron sus cenizas en el Cementerio de la Almudena de Madrid. Me viene a mis recuerdos precisamente por el programa de "Cantares", porque en 1978-1979 yo era todo un "rompecorazones" entre lo más florido y lo más precioso de todas las chavalas residentes en los barrios de los madriles. De aquello dos años me quedan tantos recuerdos de bellas mujeres de mi edad que era como estar viviendo en El Paraíso Terrenal. Y de dicho Paraíso Terrenal jamás he salido ni me he ido estando viviendo en cualquier lugar de este planeta. ¿Sigo siendo un "rompecorazones" entre las jovencitas de muy buen ver y de mucho mejor mirar? Posiblemente sí; pero nunca jamás un "donjuan" amariconado (pues todos los "donjuanes" lo son) porque siempre ha habido diferencias en este mundo de los hombres y de los que son un poco menos hombres. Por mi parte los "bombones" femeninos son los únicos que me gustan saborear. Por si acaso y para evitar suspicacias. Y como decía mi abuela materna Rufina: "lo bien dicho bien dicho está y lo bien escrito mucho mejor todavía".  
El actor del horror. (2ª. Parte) Acto II. Esta escena se realiza en un aula de la universidad donde trabaja Susana, en el aula hay una mesa larga y sillas. Susana- Luis, ayúdame a poner los manteles. Luis- ¿Qué va a haber? Susana- La presentación de un libro. Luis- ¡Oh!, ¿De qué tipo? Susana- De una obra de teatro que escribió el amigo de un amigo. Luis- ¡Ah, sí! Susana- Por cierto, Luis, tú nos has dicho que te gusta el teatro del horror. Luis- Sí, mucho. Susana- Te comento esto, porque el amigo que te digo, es actor y va a poner una obra de teatro de ese tipo. Luis- ¿En cuál teatro?, para irla a ver. Susana- No, Luis, el maestro te quiere invitar a que participes con él, en su puesta en escena. Luis- ¿Cuántos actores son? Susana- Jaime Rey tiene una compañía de teatro y siempre hacen teatro del horror. Luis- ¡Qué bien! Susana- Dime, ¿Por qué te gusta ese género? Luis- No sé, siempre me ha fascinado actuar ese tipo de personajes. Susana- Te gusta hacer papeles antagónicos. Luis- Sí, me encanta. Susana- ¿Has estudiado teatro? Luis- Sí, he tomado talleres de actuación y expresión corporal. Susana- Pero yo me refiero, a nivel licenciatura. Luis- No maestra, nunca estudié la carrera, porque preferí estudiar comunicación. Susana- ¿Y te sirve de algo la comunicación, para tus estudios de teatro? Luis- Sí, mucho. Susana- Quieres decir que te gusta más bien, comunicar cosas del horror. Luis- Así es. Susana- ¿Y qué has hecho aparte de actuar? Luis- He recitado poemas en un programa de televisión y he hecho reportajes también. Susana- ¡Qué bien! Luis- ¿Dónde está el teatro de su amigo? Susana- Es el teatro que está en el deportivo del centro. Luis- ¿En ese? Susana- Sí, Luis, en ese. Luis- Para irle a preguntar a su amigo, si necesitan actores. Susana- Pues él me dijo que te esperaba, no te había querido decir antes, para que no descuidaras tus estudios, como era final dl cuatrimestre. Luis- ¡Claro maestra!, ¡Gracias! Susana- De nada, dile a Jaime que vas de mi parte, que eres el niño que le dije. Luis- Está bien. Susana- Oye, ¿Pero tienes tiempo?, ¿No interfiere con tus tareas el teatro? Luis- No, seguro. Susana- Bueno, Luis te deseo suerte. Luis- ¡Gracias! Susana- Ahora ayúdame a terminar de poner los manteles, para la presentación. Luis- Sí. Susana- Quédate, te va a gustar. Luis- A ver si compro el libro. Susana- ¿Cómo que vas a comprar el libro y no sabes el tema? Luis- No lo sé, pero es de dramaturgia, por eso lo quiero comprar. Susana- ¡Pues te tengo una sorpresa con el libro! Luis- ¿Cuál es? Susana- Que es de un tema de suspenso. Luis- ¡Ah, sí!, ¡Qué bien! Susana- Estoy segura, porque oí cuando el escritor le decía a Jaime, que era una obra de teatro de ese género. Luis- ¡Oh! Susana- Porque iba a participar en un concurso y si ganaban, haría una presentación. Luis- ¿Y cómo sabe que es el mismo escritor? Susana- Porque la presentación sería en esta universidad. Luis- ¿A qué hora es? Susana- A las 6:30 empieza. Luis- No tengo clase, ¡Me puedo quedar! Susana- Muy bien, Luis. Luis- Hay que poner los micrófonos. Susana- Ahorita los traen, de la cabina de radio. Luis- Si quiere, yo voy por ellos. Susana- No te preocupes, el conserje los va a traer. Luis- Bueno. Susana- El maestro Jaime Rey, va a venir al evento. Luis- ¿El director que me dijo? Susana- El mismo, lo que pasa es que no sabía si tenías clase. Luis- No, voy a quedarme a la presentación. Susana- Aprovecha para hablar con él. Luis- Pero, ¿qué le digo? Susana- Que te gustaría participar con ellos, en sus obras de teatro. Luis- ¡Claro! Susana- Mira, ahí viene Martín, el que va a presentar el libro. Martín Entra. Susana- ¡Hola, Martín!, ¡Felicidades por lo de tu libro! Martín- ¡Gracias! Susana- ¿Estabas seguro que ganarías? Martín- Un poco, ¡Pero tuve suerte y gané! Susana- Sí que tuviste suerte, te presento a este alumno. Martín- (A Luis), ¡Mucho gusto! Luis- Que tal. Martín- ¿Cómo te llamas? Luis- Luis. Martín- Yo soy Martín Contreras. Susana- Miren ahí viene Arturo. Arturo entra. Arturo- ¡Hola Susana!, ¡Que hay de nuevo Martín! Susana- ¿Cómo estás? Arturo- ¡Muy preocupado! Susana- ¿Por qué?, ¿Qué pasó? Arturo- ¡Jaime tuvo un accidente! Susana- ¡No es cierto! Arturo- Sí, ayer chocó. Susana- ¡Dios mío!, ¿Cómo está? Arturo- Muy grave. Susana- ¡Vamos a verlo! Arturo- No, quédense a la presentación, seguramente el desearía eso. Martín- ¡Pobre amigo!, ¡No podemos cancelar el evento! Arturo- No se preocupen.                      
1989. Por supuesto que ya estoy casado; pero a ver si "agarran" ustedes lo siguiente: "Sumida todavía en los temores de una infancia carente de afecto, Lulú, una niña de quince años, sucumbe a la atracción que ejerce sobre ella un joven, amigo de la familia, a quien hasta entonces ella había deseado vagamente. Después de esta primera experiencia, Lulú, niña eterna, alimenta durante años, en solitario, el fantasma de aquel hombre que acaba por aceptar el desafío de prolongar indefinidamente, en su peculiar relación sexual, el juego amoroso de la niñez. Crea para ella un mundo aparte, un universo privado donde el tiempo pierde valor. Pero el sortilegio arriesgado de vivir fuera de la realidad se rompe bruscamente un día, cuando Lulú, ya con treinta años, se precipita, indefensa pero febrilmente, en el infierno de los deseos peligrosos". Tengo los 40. Me interesa el mundo y lo que sucede en el mundo después de los desastres producidos por los hipys y demás elementos libertarios que predicaron y pusieron de moda "el amor libre" caiga quien caiga en una sociedad que ellos intentaron corromper, caiga quien caiga, aunque sólo sean niñas de quince años de edad que no tienen defensa alguna ante sus poderes de adicción. Eso es. Hacerlas adictas para convertirlas en presas de sus voraces apetitos. Pero lean, por favor, lean cómo acaba la vida de Lulú para darse mejor cuenta de lo que escribo en mi Diario cuando ya tengo los 40, estoy casado y soy padre primerizo. Lulú, la protagonista, es al comienzo de la obra una joven de quince años carente de afecto que siente atracción por Pablo, un profesor de universidad, amigo de su hermano. Después de su primera experiencia sexual, Lulú alimenta durante años fantasías sobre aquel hombre que acaba por aceptar como permanente el juego amoroso de ella. La pareja vive en un mundo de experimentación, fantasía y acuerdos privados hasta que Lulú, ahora mujer de treinta años, decide buscar nuevas experiencias fuera de ese entorno seguro, lo que la involucrará en relaciones diversas de sexo de pareja, tríos, travestis y orgías. Lo habéis leído bien: sexo de parejas intercambiadas, tríos donde no existe más que el placer sin pies ni cabeza alguna, trevestis por lo de "¿qué importa el sexo si el amor es puro?" y, por supuesto, orgías a lo sodoma y a lo gomorra. ¿Créeis, jóvenes lectores, que vosotros habéis descubierto algo? La realidad es que os metieron en la jaula después de haceros caer en sus trampas.  Así que hablemos de una "introducción" a la conciencia y después pensad. La conciencia es el pensamiento no especulativo ni abstracto, que antes de actuar al margen de la experiencia sensible, lo hace de manera concreta, operando y abstrayendo una pluralidad de significaciones. De alguna manera, diríamos que la estructura temporal de la conciencia radica en poner ordenadamente las cosas que suceden, sabiendo en dónde están. por qué están, cuándo aparecen y por qué. León Tolstoi, escritor ruso del siglo XIX ya decía algo tan importante como "vivir en contradicción con la razón propia es el estado moral más intorelable que existe".  Permitid que os poetice un poco: Voces de la conciencia son tus gritos desesperados y gestos rebeldes de humano en el furor de tu infierno: una forma de expresar tu abandono y desconsuelo. Voces para vivir con la angustia del silencio escondido en el alma porque sufres el desprecio. Voces. Gritos de angustia plena en todo el desconcierto mientras las nubes del cielo ensombrecen tu desierto corazón de hombre olvidado en este mundo incierto. Más allá de tus penas viven los desperfectos de una sociedad injusta  que tiene miles defectos. Y en medio de la noche caminas siempre sintiendo algo en tu corazón que ni yo mismo entiendo. Quizás al salir el sol veamos un nuevo tiempo. Cierro mi Diario con un "hasta luego" que, al menos, suene como posible esperanza: se disparó una idea en medio de la cabeza y empezó a nacer de nuevo. Fue un renacimiento humano al que llamó Conciencia. De pronto comenzó a sentir otra manera de ver e interpretar el mundo y, aunque al final de su segunda existencia tenía la segura sensación de que habría de volver a autodispararse otra idea, notó una enorme alegría por volver a tener la oportunidad de sentir ganas de expresar sus decisiones. Sabía, estaba seguro, era lo más probable… que esta segunda ocasión también equivocaría algunos caminares… pero se sintió feliz cuando descubrió que ahora se le presentaba la ocasión de caminar por rutas desconocidas y anheladas en su primera vivencia. Nada de renuncia. A vivir se dijo. Y tomó carretera y manta para descubir nuevas fulguraciones en su experiencia. Era la autodeterminación de sentirse un poco más libre que antes. Y así hasta volver de nuevo a intentarlo en su futuro tercer renacimiento humano. Respiró y comenzó a andar…       
En 1966 yo ya estaba triunfando, de manera irreversible, entre las chicas de la Academia CIMA en Madrid. Pero siempre manteniendo mi personalidad y nunca siendo un juguete en mano de las mujeres más o menos caprichosas. Por eso cuando me encontré a solas con ella dentro del aula y ella me dijo cómo pintan todos a la ocasión, no me quedó más remedio que sonreír pero poner los puntos sobre las íes para que no me confundiera con un cualquiera. - Escucha, compañera. Me da lo mismo y me importa menos que un pimiento morrón, o no morrón, que todos los demás pinten la ocasión como les de la gana. A mí nadie me impone cuándo debo decidir yo cuándo es la ocasión o cuándo debo decidir yo cuándo no es la ocasión. Si la pintan o no la pintan como quieran me es completamente indiferente; porque has de saber, y por eso te lo explico, que por muy guapa que seas o por muy buena que estés, yo no soy como "Gimi" y nunca me apuesto con los pandilleros besos a una mujer y, además, luego rogarle y pedirle casi de rodillas que, por favor, se lo de para seguir teniendo fama entre los de la pandilla. Ni tampoco soy como el paleto de Benito que va mendigando besos para luego ir contando en la aldea que tiene éxito entre las mujeres sin decir que no se come una rosca y que por eso los mendiga. Yo soy completamente diferente. Así que muchas gracias por decirme cómo pintan a la ocasión y que te brindas voluntariamente para que te bese. Gracias pero esta vez va a ser que no. Espero que no te ofendas por haberte respetado y no haberme aprovechado de que estamos solos tú y yo en el aula. Si me comprendes habrás aprendido lo que es ser hombre de verdad y no "Gimi" ni el tío Benito. Esa es la gran diferencia que existe entre ellos y yo. Que la ocasión la pinten todos como les dé la gana porque, con pelos o sin pelos, me es completamente indiferente lo que ellos hagan. Yo beso a una mujer sin ninguna clase de complejos ni de fáciles ventajas, pero solamente cuando yo deseo hacerlo y no cuando ninguna mujer me lo pida. Paso por completo del tema de apostarme besos como hace "Gimi" entre los pandilleros para que su fama no se venga abajo y paso por completo de los besos que mendiga el tío Benito. En primer lugar porque no formo parte de ninguna pandilla luego soy otra clase de líder que tú todavía no has podido conocer. Y en segundo lugar porque no soy ningún paleto con boina y por eso no soy un ignorante.  La chica se me quedó mirando asombrada y con total admiración. Después el aula se llenó de muchas otras chicas y algún que otro chico y yo seguí siendo yo mientras la señorita Dora dio otra excelente clase de contabilidad general y cálculo mercantil. Una vez más había triunfado mi nobleza. ¡Torero, hay que ser tan valiente como un torero para ir sin capote a robarle un beso. Para hablarle de cerca, sin burladero, hay que ser torero, torero, torero! Y olé.
1 ¿Qué Deseas Pierce? Al deseo, acompañado de la idea de satisfacerse, se le denomina esperanza; despojado de tal idea, desesperación. Thomas Hobbes (1588-1679) Filósofo y tratadista político inglés.  El deseo es la más fuerte de las emociones humanas y también la más destructiva.  J. L.B.    Para Pierce Cohen los acontecimientos de ese día serian los últimos de su vieja vida y también los comienzos de la nueva. Como siempre se despertó temprano para evitar confortarse con su familia, hacia meses había terminado la escuela secundaria y la falta de timón en su vida había causado grandes peleas, reprimendas y acosos por parte de sus abuelos que fueron quienes lo criaron, mientras ellos querían que él estudiase o trabajase de lo que fuere para aportar al hogar y hacerse su lugar en la vida, para Pierce eso no debía ser tan así, necesitaba encontrarse primero a sí mismo, jugar juegos online y salir de holgazán con los pocos conocidos que podía llamar amigos no eran justamente lo que llamaría justamente una senda de autodescubrimiento, pero al menos era una distracción del tedio del fracaso, la incertidumbre y la desgana por no encontrar su rumbo.  Era muy temprano, ni siquiera el camión de basura había pasado aun, pero él debía salir lo más pronto posible, como posible temor a la pérdida de tiempo los viejos tenían la tendencia a despertar siempre muy temprano para aprovechar todo lo que podría ser su último día. Lavó sus dientes mecánicamente, tratando de no mirar al ser humano en el que se había convertido, años de subestimación, mala suerte y repetidos rechazaos habían mermado su autoestima, siempre el último en ser elegido, nunca la primera ni la última opción de la chicas y constantemente el centro de las burlas de sus compañeros por su tendencia al ostracismo y su falta de empatía a los gustos y modas del momento. Ser un marginado había sido su papel y aun en la soledad que se había convertido su vida seguía siéndolo al pie de la letra.  Salió silencioso y sombrío a la calle, ganándole hasta al amanecer y salió a caminar; no tenia rumbo fijo, pero era mejor que ser acosado desde muy temprano. Como siempre su mochila verde y desgastada lo acompañaba en su hombro derecho, dentro había un cuaderno de garabatos y escritos que nunca mostraba a nadie y también unas partituras de órgano; lo único en lo que realmente se consideraba bueno, pero una carrera para vagos y mediocres cuyo mayor logro laboral consistiría en tocar horribles y corroídas canciones del recuerdo en algún evento barato que no pudiera permitirse contratar a verdaderos ases de la música. Cuando por fin logro librarse del entumecimiento del sueño, se subió a su skate negro con una calcomanía de la bandera francesa y se perdió en el horizonte del día que acababa de comenzar.  El transito era poco, pero aun así debía concentrarse en el camino, aun, el sueño nublaba sus reflejos y a esta hora no era extraño encontrar a algún conductor semi alcoholizado, podría ir a la plaza de la ciudad pero a esta hora había empleados de la ciudad limpiándola y no quería sus miradas inquisitivas sobre él, el ciber café a donde solía ir a escapar de los tedios de su vida no abriría hasta las nueve o tal las nueve y treinta; aparte no tenía mucho dinero, la mayoría de sus conocidos dormía hasta pasado el medio día, a diferencia de él, ellos tenían padres mas permisivos en cuanto al tema de su futuro y la falta de actividades de provecho. Solo quedaba ir al lago, a esta hora siempre se encontraba vacío y era un lugar ameno en el que podría continuar durmiendo si el cuerpo se lo pedía y este día sí que lo hacía, había tenido pesadillas de sombras acosándolo sin cesar y gritos que venían de los cielos los cuales no entendía porque lo ensordecían, aunque sí que los comprendía en esencia, al escucharlos sentía lo mismo que cuando recibía las reprimendas de sus abuelos y conocidos mayores, “debes crecer Pierce, ya eres un adulto”.  Ser un adulto ¿Qué significaba eso? Cuando tenía dieciséis concebía el mundo de la misma manera de la que lo hacía ahora a los dieciocho, jamás nadie lo preparo para lo que se le venía encima, en un momento le entregaron un diploma y al otro le abrieron las puertas para que se enfrentara a un mundo que jamás comprendió del todo. Fue estigmatizado por su falta de miras, cuando nunca se le señalo o insinuó siquiera alguna senda por la que transitar, veían todos los errores que cometía mientras crecía pero nadie se los señalo, un día como regalo de cumpleaños solo se le dijo que asumiera las consecuencias de sus actos sin provecho. Sus abuelos le echaban en cara sus fallas como hijo e ignoraban las suyas como padres.  Unos ladridos furiosos lo sacaron de sus pensamientos y lo hicieron caer de su skate, uno de sus peores enemigos lo había tomado por sorpresa; jamás le cayó bien a los perros callejeros y menos a este en particular. Era un feroz animal cruza entre un gran perro de raza cuyo pedigrí era ya irreconocible por la gran supremacía del lado callejero. Abría y cerraba las grandes fauces de su enorme boca mientras ladraba y se acercaba a morder sus piernas, la adrenalina le hizo reaccionar rápido y logró levantarse mientras sujetaba su skate y lo blandía a modo de garrote, pero unos gritos femeninos detuvieron tanto a humano como a bestia de sus intenciones violentas.  ─ ¡EY! ¡EY! Deja a ese pobre animal, infeliz. ─ Pierce en un momento no supo a quien se dirigía ella, iba a contestarle pero se quedo prendado por su apariencia, era una rubia despampanante, usaba una gorra celeste pero por detrás podía verse el cabello dorado salía por el orificio trasero de esta como una cola de caballo, su rostro era casi una incógnita unas enormes gafas negras cubrían sus ojos, pero podía ver su prominentes pómulos y sus carnosos labios rojos que dibujaban una mueca de desaprobación, tenía un enterizo de trabajo que combinaba con su gorra y una escoba en su mano derecha. ─ ¿Qué crees que le haces a ese pobre animal? ─ ─ ¿Qué? Esa mierda de animal me hizo caer, solo me estoy defendiendo, maldita sea. ─ Se excusó pero eso no pareció mermar su humor agresivo para nada. ─ ¿Ese pobre animal? ─ Le señalo, mientras el perro se iba de manera serena con la lengua fuera hacia un costado a donde sea que van los perros callejeros mientras se acercaba a él con un dedo acusador. Pierce por su parte al estar tan cerca no pudo evitar observar que tenía un collar con una letra ≪L≫ dorada y de paso detenerse en los enormes pechos que se dejaban ver a través de los botones abiertos de su enterizo, ella por su puesto se dio cuenta e indignada le dio una bofetada en plena cara, mientras volvió a caer por segunda vez al suelo no pudo evitar leer fugazmente lo que estaba impreso en su pecho derecho “SPEM”, mientras estaba en el suelo, la miraba irse dando pisotones furiosos y solo logro pensar una cosa, ≪Se ve tan bien por detrás como por delante≫.  No tenía ganas de levantarse y se quedo mirando por un momento como el cielo iba tomando color poco a poco; había amanecido. Luego de un rato se puso de pie, tenía miedo que la sexy chica loca lo barriera por venganza. Necesitaba relajarse luego del episodio y se puso sus auriculares  y con la canción de Linkin Park ─ ≪ Somewhere I Belong≫, salió a su destino. La música lo alejaba del mundo en el que vivía, se movía por mero reflejo, ajeno al peligro que se le venía encima, justo cuando la canción termina siente el tronar de un motor, al mirar detenidamente al frente ve como una camioneta a contramano se dirigía hacia él, salta con todas sus fuerzas, practicar parkour durante un año hasta que se lastimo las muñecas dieron sus frutos y posicionando sus manos y cuerpo en posiciones especificas logra reducir bastante la fuerza al chocar contra el suelo, el vehículo deja una estela de humo negro detrás de sí y una lata de cerveza sale volando por la ventanilla del conductor.  Pierce estaba indignado, el día no podía ser peor, es como si el universo conspirara para hacérsela pasar mal, no solo estaba sucio y lastimado tirado en el suelo como un borracho, sino también estuvo a segundos de morir. Tenía esa horrible sensación muy en el fondo del pecho, que se tiene cuando notas lo irrelevante de tu existencia hasta el momento y eso no te gusta para nada; debía cambiar el rumbo de su vida pero la gran pregunta era ≪ ¿Cómo hacerlo?≫  Estaba tan irritaba por el pervertido mal tratador de perros, que ni siquiera notó la vieja camioneta Wolsvagen con la pintura verde oscura salpicada de oxido que se venía peligrosamente encima de ella, si no fuera por esa aguda y chillona voz en su cabeza tan parecida a la suya que le advirtió, en un segundo y sin soltar la escoba dio una mortal hacia atrás y se alejo lo suficiente del vehículo, la imprudencia con la que se manejaba ese conductor no tenia limites, justo cuando iba a hacer algo por detenerla antes que sucediera lo peor, el celular de la agencia sonó, desde que había sido relevada de las tareas especiales para hacer el trabajo comunitario no había esperado escucharlo tan pronto, algo grande estaba pasando y eso sólo significaba algo mucho peor que un conductor imprudente.  Miraba las aguas que iban y venían al igual que sus pensamientos, vivir para él y quizás para todos en este mundo era quizás la odisea mas grande, no podía dejar de pensar lo oscuras que se habían puesto las cosas desde hacía dos ya largos años, el accidente, la muerte de su amigo y el distanciamiento, por lo que se ve definitivo con toda su familia, todo sumado a la imposibilidad que tenia por dejar este mundo que tanto lo confundía y lo ponía a prueba, era algo que lo tenía cansado; mientras suspiraba aprovecho para dejar salir todo el humo de la ultima calada que le había dado a su cigarrillo, veía el fumar como una muerte lenta y eso lo consolaba un poco.  Pierce por fin había llegado a su lado olvidado del lago, el único lugar donde se sentía a gusto, la completa soledad era su otro escape luego de los juegos online, por lo menos cuando no tenía el dinero para pagar el tiempo para jugarlos; cuando era más joven tenía un ordenador con internet en casa, pero cuando sus padres decidieron que ya era un adulto se la cortaron, estar indefinidas horas frente a un monitor en la oscuridad de su cuarto no era algo que un adulto productivo debía hacer ni por asomo, por lo menos no con dinero ajeno.  Dinero, ≪hace al mundo andar≫, todo era tan complicado culpa de él, todos se encerraban en oficinas, cocinas, casas o se deslomaban a pleno aire libre; limpiaban, transcribían, creaban, arreglaban o destruían para tenerlo, era el cimiento de la base de sus vidas, no podías pensar en tener una familia sin primero tenerlo a él. Los sueños eran limitados por el dinero, aquellos sueños que no podías sustentar con tu billetera no servían para nada y se convertían solo en delirios. Pierce veía el verde de la vegetación y se imaginaba cientos y cientos de billetes a lo largo, luego veía gente desesperada cortando todo lo verde del mundo para metérselo en los bolsillos, al final de su fantasía todos llevaban el dinero cortado a grandes hornos y lo quemaban; del humo salían aquellas cosas por las que habían buscado el dinero, pero al final ya no tenían energía para cargar las cosas por las que habían gastado tanto tiempo, algunos ya no tenían fuerzas y otros simplemente se hicieron tan viejos que ya no podían cargar el peso de sus deseos. Y el mundo quedaba sin color, el humo oscuro reemplazaba las nubes, toda el agua del mundo se había usado para hacer dinero y la nieve era ahora ceniza que cubría a todo y a todos. Al final también vio dos ojos maliciosos y una ancha sonrisa de dientes amarillos que miraba al mundo desde el infinito, como si contemplara una obra de arte.  El crujir de ramas saca a Pierce de su ensoñación, otra persona en su lugar especial esto era algo malo, a pocos metros de él paso otro chico no mucho mayor que él, pero sí que era más corpulento, lo miraba con detenimiento para ver si era conocido, por lo menos uno ochenta de altura, pelo negro peinado hacia atrás, barba de un par de días, gafas oscuras (seguro para parecer muy genial) e iba fumando (no conocía a nadie de su rango de edad que fumara); tenía un cenicero portátil negro donde apago su cigarrillo para luego guardarlo en su bolsillo. Cada paso que daba era seguido por un crujido al final de sus jeans negros había dos botas negras y grandes (ideal para dar patadas pensó Pierce). No sabía por qué, pero por un momento pensó que ellos podrían ser amigos, algo había en él; la misma incertidumbre por vivir que él tenía.  Pierce se acerco dispuesto a saludarlo, pero cuando el tipo se dio cuenta de su presencia, solo giro un poco la cabeza hacia él y acelero el paso dejando una cacofonía de crujidos detrás de sí, en solo instante ya estaba a bastante distancia y solo se notaba su remera verde oscuro a la distancia. En ese momento todos los recuerdos de la escuela primaria y secundaria volvieron a Pierce, siempre había sido el último en todo, las peores notas, pésimo en los deportes de grupo y siempre ridiculizado por sus gustos o su comportamiento; sus carcajadas exageradas, o su tendencia a dar gritos de sorpresa o indignación  o ciertas miradas depravadas que solía dar sin disimulo y que logro controlar con el tiempo. Siempre había sido un rechazado aun en su propia casa, nunca fue el hijo deseado ni el nieto que se esperaba, desde pequeños se había refugiado en la fantasía en cosas como el anime, los video juegos o las películas y de mayor eso no había cambiado en nada, por esa razón todos decían que jamás había madurado pero la verdad es que, ≪Cuando el árbol no se riega, la fruta nunca madura≫.  A veces los padres malcrían a los hijos y cuando estos ya están grandes se los reprende por su forma de ser, pero ¿cómo culpar a la maquina por funcionar mal, cuando fue mal construida desde un principio? La frustración lo volvía a golpear desde el interior, pero afortunadamente también algo más; el sueño. Y Pierce como si nada se acostó en la hierba debajo de un árbol usando su mochila de almohada y se entrego al él.  No había sido bueno lo que hizo, o quizás sí, no se ponía de acuerdo aun, había sido de mala educación lo que hizo, pero aun así, no quería gente nueva en su vida, las personas solo complicaban las cosas, además él y su particularidad ya eran de por si complicación suficiente, viviría en modo automático su vida hasta que esta terminase, no podía permitirse dañar a nadie más ni que lo dañaran tampoco. Había sido desagradable con ese chico, pero al final los cercanos a él salían dañados, era lo mejor para todos. La soledad a veces era dura, pero lo único seguro. Además debía de apurarse, entraba a trabajar en menos de una hora, por mucho que odiase lo que hacía, morir de hambre no era uno de los finales que quería para sí. ≪Dinero≫, pensó, ≪Hace al mundo andar≫. Prendió un cigarrillo y apuro el paso.  ─ ≪Tic, Toc. El Tiempo se acaba Pierce ¿Qué vas a hacer?≫ ─. Resonó el eco de una voz en medio de la oscuridad.  Pierce abre sus parpados, pero no ve con sus ojos, ya no hay color, todo es blanco y negro. Su posición al caminar tampoco es la habitual, de pronto, ve que apoya manos y pies para andar, pero ya no son eso; tiene cuatro patas. Ahora el mundo lo abruma, los olores son fuertes como si la fuente de cada uno estuviera debajo de su nariz y los sonidos, lo ensordecen, los autos rugen, los pasos son atronadores y los pájaros ya no trinan, GRITAN. Por un momento el pánico lo abruma y corre. Pasa frente a una vidriera y no se reconoce al verse en ella, los pelos de su lomo se ponen en punta y ladra ¿ladra? Cuando se mira con más detenimiento, ya no es hombre, ni siquiera humano, es un perro y no cualquiera, es el que lo ataco en la mañana temprano. Intenta recordar su vida antes de despertar y lo hace, pero nota que es su vida pero al mismo tiempo no lo es, reconoce las caras en todas ella pero desconoce la situaciones que recuerda, el se ve en una caja y enormes caras familiares lo ven con ternura y lo hacen jugar con sus manos; lo rascan y acarician y dicen cosas indescifrables con voz tierna. Luego recuerda mas, ahora es mucho más grande, siente muchas libertad al moverse, muerde almohadones y revuelve la basura, algo que como humano le resultaría asqueroso, pero que como can le resulta inmensamente agradable, se sumerge en los olores y los sabores que ahora son mucho más fuertes y sabrosos que antes, siente ruidos fuera de la casa, un desconocido aparece, corre hacia él, ladra e intenta morderlo, debe protegerse y a su familia. Termina el recuerdo y otro aparece de inmediato. Todos le gritan y hasta lo golpean, no entiende la razón, pero todos están furioso, sube a un auto, es de noche y hace frio, de la nada la puerta se abre y lo saca de manera brusca sujetándolo del pescuezo, lo llevan hasta un cartel en medio de la autopista y lo atan, ve como todos se suben al auto, nadie da la vuelta para mirarlo, el ladra y llora, una cadena lo sujeta y no lo deja llegar a ellos, ni seguir el auto. Lucha, frio, hambre y sed, lo invaden  por todos lados, recuerda su cama y su tarro de comida y el de agua y llora, la ira lo invade, lucha y lucha y al final rompe la correa que lo ahorca, es libre, pero ¿para qué? Luego ve una sucesión de diferentes situaciones pasar rápidamente por su mente, revolviendo basura podrida buscando algo comestible, beber de charcos sucios, es alejado a gritos cuando se acerca en busca del cariño que alguna vez el humano le brindo, peleas con otros perros por lo poco que hay y golpes de diferentes humanos que lo alejan de la basura de la que se alimenta. Al final es de noche y hace frio, olfatea pero solo huele miseria, ve la luna y aúlla.  Pierce despierta agitado, un sudor frio cubre todo su cuerpo, recuerda el sueño vívidamente como si aun estuviera viviendo en él. Ahora se siente mal por el perro de esta mañana, comprende porque quiso morderlo, se sintió amenazado, al igual que él fue rechazado, pero a diferencial suya fue abandonado a su suerte, sufriendo todo el mal que el mundo guarda, solo, recordando una vida mejor. El analizaba la situación y no podía evitar comprarla con la suya. Mientras fue joven y adorable todo lo amaron, pero al correr el tiempo se fue convirtiendo en un carga para aquellos cercanos a él, nunca fue lo que quisieron que sea y nunca quiso serlo tampoco, cuanto más pensaba y comparaba la situación del animal con la suya una pregunta rondaba en su mente ≪ ¿Cuánto faltaba para que él sufriera la misma suerte que el perro?≫  El día era una mierda, eran casi las once de la mañana, el sueño no solo le había causado malestar emocional, sino también el suelo le había dejado todo el cuerpo adolorido por dormir en una mala posición, los raspones habían empezado a arder y también tenía un hambre de mil demonios. Tomo sus cosas y se apresuro en volver a la ciudad.  Sonaba ≪Jailbreak de AC/DC≫ a todo volumen en sus auriculares, el trafico estaba muy pesado ideal para esa canción, Pierce se sentía muy mal y la adrenalina de andar a toda velocidad con su skate esquivando el trafico lo llenaba de una sensación donde solo importaba el momento y la acción, la sensación más parecida a la que seguramente sentían sus personajes de anime, películas o avatares de juego al vivir en sus respectivos mundos de fantasía.  Hacia horas había comenzado su día laboral y ya se sentía miserable, trabajar en un pequeño supermercado era algo muy… degradante no era la palabra, pero odiaba tener que atender gente, por lo general la mayoría eran neutrales, ocupados en sus propios problemas y solo hablaban los suficiente para poder comprar lo que buscaban, aun así a él le gustaba que al menos lo saludaran o le prestaran atención cuando preguntaba lo que buscaban, pero lo que más lo sacaba de quicio eran los clientes molestos, aquellos que preguntaban el precio de todo y no compraban nada porque les parecía muy caro, ≪La gente conoce el precio de todo pero el valor de nada≫ pensó para sus adentros. También estaban aquellos que tardaban horas elegir lo que buscaban y aun mas en juntar el dinero, o peor aquellos que pagaban con billetes grandes cantidades muy pequeñas y también estaban los buscapleitos, siempre una queja, siempre un problema, gente tan viciadas por el tedio de su vida que complicaban la vida de los demás, les hacía sentir poderosos atacar a alguien que no pudiera defenderse, como él, si les respondía de mala manera podían quejarse con su jefa y esta despedirlo sin tapujos, era una mujer avara y sin demasiada paciencia, excedida de peso, de cabello escaso y maltratado por teñirlo tanto, viuda desde hace años (de seguro su marido se suicido, bastardo afortunado), el trabajo no era de su agrado, pero él era un inútil, muy inteligente decían aquello que lo habían conocido bien pero nada practico, sabia muchas cosas, aunque nada que sirviera para poner pan en la mesa, sus manos eran torpes para ciertos trabajos y complicaba las cosas simples hasta puntos impensables. Necesitaba este trabajo, el alquiler estaba a la vuelta de la esquina y había malgastado mucho dinero en un reproductor de mp3 y unos buenos auriculares, comía lo mínimo y necesario y más simple para poder ahorrar, pero los cigarros no eran baratos mas la marca que le gustaban a él (la misma que fumaba su difunto padre) y sabia por experiencia propia que conseguir trabajo era una odisea, hasta que no ahorrase lo suficiente para poder subsistir aunque sea un mes sin trabajar no podía darse el lujo de renunciar y más aun si no tenía una posibilidad laboral asegurada.  Sobrevivir era una ardua tarea, más cuando no se la quería hacer.  Hace horas se mantiene alerta a todos los que la rodean, el aviso fue claro, un ≪mal≫ anda suelto por la zona, los demás agentes especiales de S.P.E.M. están ocupados en otros lugares, ella debe de tener cuidado, ya que es una amenaza de tinte desconocido, el radar de la agencia detecto un aura maligna sumamente fuerte entrando a la ciudad, por lo general suelen ser cautos y no se hacen notar, no entrando en posesión, pero este no era cauto, alerto a todos los radares con solo entrar a la ciudad, algo así como una declaración, en la agencia se temía lo peor, al igual que ellos los ≪males≫ podían surgir en cualquier lugar y momento y ser cualquiera con la suficiente oscuridad interior como para ≪renacer≫. Como todo lo malo si no eran eliminados desde un principio estos crecían en poder y se convertían en amenazas mucho más grandes. Ella debía encontrarlo rápido y evitar que siguiera esparciendo la miseria en la sociedad y tal vez hasta borrar su falta anterior.  Pierce no podía mas, su estomago rugía como un león, tenía hambre y mucha. Pero había un predicamento, tenía dinero, pero no el suficiente como para comprarse algo para comer y pagarse el tiempo en el ciber café al mismo tiempo, debía elegir y algo en su interior le decía que iba a tener hambre hasta muy pasado el medio día. No tenía suficiente energía para andar en skate, así que opto por caminar, pero con cada paso le daba más hambre, cuando la comida gano la puja al vicio se dirigió al mini súper mas cercano que encontró, pero en cuanto entro el hambre lo abandono, el chico de temprano era el vendedor (podía reconocer aun sin sus gafas oscuras puestas, ahora podía notar su mirada, esta era como si estuviera cansado de todo y todos; una mirada frustrada), aun no se recuperaba del golpe bajo de antes y se fue, ignorando el hambre.  Reconoció al chico del lago y por lo visto este también lo reconoció, porque salió disparado con solo echarle un vistazo, al parecer la actitud de temprano le había dolido, pero era mejor así, además quien sabe, tal vez se salvo de conocer un idiota, eso no lo sabía, lo que si sabía era que él si se había salvado de conocer uno.  Mira a todos y cada uno de los que se cruzaban por su rango de visión pero nada, todos eran normales en apariencia, ninguno tenía nada raro en su hombro izquierdo. Sabía que era una pérdida de tiempo buscarlo en la multitud, él solo había advertido su presencia para molestarlos, si era tan arrogante como para hacer eso significaba que era poderoso, no se volvería a hacer notar hasta que fueses demasiado tarde y lo haría a lo grande para echarles en cara que no lo habían detenido a tiempo. Eso la estaba enloqueciendo. La misma camioneta de esta mañana paso a toda velocidad de nuevo dejando detrás de sí una lata de cerveza rodando por la acera, un mal presentimiento se le vino encima, dio la alerta por radio a las autoridades locales y a la central de S.P.E.M. (esta daría avisos por diferentes medios) con la descripción del vehículo, esperaba que eso fuese suficiente, pero dentro de ella nacía una amarga angustia.  Pierce caminaba viendo su triste billete de veinte. Hasta que el viento se lo arrebato de los dedos, miro incrédulo su mano vacio por unos segundos y luego se lanzo en el skate a toda velocidad en su búsqueda, cuando lo perdía de vista este caía al suelo por unos momentos, pero volvía a ser llevado por el viento y así sucesivamente hasta que Pierce se fue adentrando cada vez más en la ciudad, la aventura de Pierce se hacía cada vez más osada, esquivando transeúntes, gatos y obstáculos cada vez más difíciles, por fin el billete se había detenido y por última vez, un niño de la calle lo agarra y sale corriendo contento, cuando Pierce intenta seguirlo el trafico se lo impide, justo en ese momento a la mitad de los vehículos de la ciudad se le ocurrió pasar por esa calle en especifico, en ese momento solo pudo pensar: ≪Este día es una mierda≫  Apenas la luz roja le dio oportunidad Pierce busco al niño que se llevo su dinero, no lo veía  por ningún lado, pero su cabeza empezó a funcionar y le indico que buscara el local comercial más cercano, había tiendas de ropa por doquier, también tiendas que vendían celulares y sus accesorios, en esas no servirían sus veinte, necesita ver algún lugar donde vendieran golosinas o cosas por el estilo que llamaran a la codicia del niño, movía su cabeza para todos lados, hasta que un carro de salchichas reclamo su atención y vio al niño doblar en un esquina cerca de él con ambas manos ocupadas. En ese momento Pierce sentía como la impotencia lo invadía, estaba por volver derrotado a su casa, pero su estomago volvió a rugir, tenía hambre y el niño había comprado comida, estaba en todo su derecho en quitársela ya que la había comprado con su dinero y eso haría, este día no lo iba a derrotar por completo.  Se apresuro de nuevo en su persecución, debía evitar que se comiera todo, luego de doblar por la misma esquina que él lo diviso a los pocos segundos y se sintió indignado, estaba compartiendo una de sus salchichas con un perro callejero en plena calle, la furia lo invadió, mas aun cuando vio que era el perro de más temprano el que lo hizo quedar tan mal frente a la chica sexy, su cuerpo temblaba sobre el skate, cuando iba a dirigirse hacia ellos con toda su furia un recuerdo lo invadió, volvió a ser un perro atado a un poste mientras la familia que lo crio lo abandonaba porque ya no era adorable y se sintió muy avergonzado, luego miro al niño y se vio a si mismo otra vez, Pierce había nacido condición privilegiadas, jamás le falto nada, siempre tuvo comida y abrigo, calzado y juguetes y un techo sobre su cabeza, el niño estaba todo sucio, con ropas vieja y remendadas, no tenia calzado y estaba muy flaco, aun si había comprado una salchicha para él y para el perro ¿Por qué? Empatía. El niño se veía a sí mismo en el perro y quería evitarle la misma miseria que sufría cada día, en un punto ese niño era mejor que cientos de adultos con estudios y trabajos fabulosos, veía más allá de sus carencias y se preocupaba en las necesidades de los que lo rodeaban.  Pierce sintió mucha vergüenza, por quejarse de su familia, por no afrontar los retos de su madurez y por llorar como si el mundo le debiera algo, cuando era él quien le debía mucho. Una lagrima casi se le escapa, pero el asombro se lo impide, la misma camioneta de esta mañana, el conductor no había terminado de beber y seguía conduciendo enfurecido a contra mano, el niño y el perro estaban distraídos comiendo y no se darían cuenta a tiempo, Pierce no podía gritar; seria en vano por la distancia, sin pensarlo dos veces se subió al skate y dirigió hacia ellos a toda velocidad sin importar que pudiera pasar. Pateaba con fuerza el suelo para impulsarse, con cada una solo pensaba: ≪Mas rápido, debes ser más rápido.≫  La camioneta estaba ya encima de ellos, el niño y el can no la vieron hasta que sintieron el crujir del viejo motor y las luces de los faros los encandilan a ambos. De pronto un skate golpea uno de los faros y tanto el chico como el perro salieron despedidos hacia un costado de la calle. Todo fue tan brusco que solo pudieron ver una silueta oscura parada justo donde habían estado ellos que salía despedida a los pocos segundos de escuchar como los neumáticos chirriaban cuando el automóvil intentó frenar.     Pierce siente como una fuerza lo arroja por los aires y cómo, en el sueño que tuvo más temprano una sucesión de imágenes invaden su cabeza, pero ahora esta si es su vida, su nacimiento, sus primeros pasos, sus primeras palabras, ahí puede ver a sus abuelos en todo momento, tan fugazmente a veces a su madre y sus medios hermanos, cientos de sucesos buenos de su vida lo invaden y lo llenan de paz, su primer beso… de repente todo el ambiente cambia y vuelve a retroceder en el tiempo, ve como su mamá se va de la casa, ve llorar a sus abuelos cuando reciben sus primeras malas notas, las burlas de sus hermanos, el acoso de sus compañeros y como es roto su corazón al poco tiempo de su primer beso, una oscuridad lo llena esta vez sin abrumarlo, la siente segura y acogedora y una voz llena de malicia invade sus oídos (no puede deducir el género de la voz) y le hace una pregunta: ≪ ¿Qué deseas Pierce?≫ siente como el resentimiento lo invade y solo piensa en una cosa cuando medita su respuesta, ≪REVANCHA≫. La oscuridad lo envuelve y una risa satisfecha se escucha en un eco, pero la luz irrumpe y ve la escena de cómo salva al niño y al perro (su antiguo enemigo) y vuelve a sentir el mismo sentimiento que sintió antes de salvarlos, vergüenza por su egoísmo pero en un segundo fue reemplazada por otro sentimiento, ≪Plenitud≫. Pudo ver toda su vida antes sus ojos tanto lo bueno como lo malo y a diferencia de esta mañana no sintió que su vida no valió la pena, porque al final hizo el acto más noble que nadie podía hacer, se sacrifico para que otros pudieran vivir, no solo salvo dos vidas, también salvo sus sueños y esperanzas y daba por hecho que había salvaguardado la vida de alguien que haría mejor al mundo, porque ese niño desde su humildad y caridad hizo lo que nadie en sus dieciocho años le vida hizo jamás, le enseño lo que era madurar, mirar más allá de sus anhelos egoístas y resentimientos y dar todo lo bueno que uno pueda dar, porque al final no es importante lo que hagas con tu vida, siempre y cuando esta mejore la de los demás mientras logras llenarte a ti mismo. Una pequeña melancolía lo invadió de repente, se sentía muy bien por ser un héroe, pero al mismo tiempo, jamás se sacaría la duda de para que era bueno en realidad, nunca sabría si encontraría al amor de su vida o a que se terminaría dedicando, ahora es la luz la que lo envuelve y se deja llevar por ella.  Otra voz surge pero ahora es diferente, es cálida y consoladora, como la de una madre que le habla a su bebé y le hace la misma pregunta, ≪ ¿Qué deseas Pierce?≫ Él no sabe si lo grita o lo piensa o quizás ambas pero formula una única oración ≪Otra oportunidad≫ y de nuevo la voz formula otra pregunta ≪ ¿Y la mereces≫ La duda lo invade unos segundos pero por fin dice ≪Espero que si≫. Siente una risa amena que llena la luz y por fin unas últimas palabras de está ≪Tendré mis esperanzas en ti≫  Ahora no solo camina viendo a la gente detenidamente, también tiene puestos unos auriculares escuchando la frecuencia de la agencia por si hay noticias del mal o del conductor imprudente que ya se topo dos veces seguidas este día, luego de echar vistazos fugases a todas partes, una voz en la frecuencia la congela, ≪ Accidente de tránsito. Un joven es arrollado por un vehículo al salvar a un niño y un perro. El conductor se echo a la fuga. Se mueve en una camioneta Wolsvagen con la pintura verde oscura salpicada de oxido≫ La descripción del vehículo hace caer una lagrima por su mejilla, la vergüenza la invade, si hubiera denunciado temprano al conductor nada esto habría pasado. Pero dejo eso de lado y se concentro en encontrar al mal y ¿para qué? ¿Para evitar que personas saliesen heridas? No… solo quería recuperar su gracia ante los altos mandos de la agencia. Había sido egoísta y eso costo una vida, no sabía si la diosa podría perdonarla, solo sabía que ella no podría. De nuevo esa vocecilla en su cabeza aparecía para consolarla pero era muy tarde para eso.  Hizo todo lo posible para prestar atención a la dirección del siniestro, noto que estaba relativamente cerca de ella, luego sintió las sirenas de una ambulancia, que pasaba cerca suyo y la esperanza la invadió, el chico estaba vivo, debía de estarlo. Por fin recupero la voz y pidió el nombre y la dirección del hospital al que había sido derivado el accidentado. Debía ver con sus propios ojos lo que había causado. Sin titubeos y con el corazón lleno de esperanza se dirigió al hospital ≪Mercy≫  Por fin su medio turno había terminado y se dirigía a la pequeña habitación que alquilaba a unas cuadras de ahí, a esa hora no había nadie, no solo era porque en ese horario estaban todos en casa y la mayoría de los negocios cerrados, no, antes de salir se había dado la alerta de un conductor que manejaba fuera de sí, al parecer un ebrio había atropellado a un chico y huido, a las pocas cuadras perdió a unos policías que lo perseguían y ahora advertían que tuvieran cuidado si andaban por las calles. Justo cuando iba a ponerse los auriculares sintió el tronar de un motor, cuando se dio la vuelta vio que la camioneta descrita en el aviso se acercaba a su posición, se saco las gafas las puso en su bolso junto a sus mp3 y auriculares nuevos y lo arrojo hacia un costado. Peso para sí, ≪Mi vida depende de hacerme a un lado≫ y se paro justo en la dirección del vehículo que iba a toda velocidad sin ningún deseo de moverse. La camioneta no hizo ni el intento por frenar e impacto contra él, pero no lo movió ni de cerca, esta se paró en seco como si hubiera chocado contra un árbol o algo tan duro como eso, en un segundo el parabrisas exploto y el conductor salió volando y la parte delantera se doblo y se amoldo a la forma del cuerpo que la detuvo. Esta volcó y cayó patas para arribas al otro lado muchacho, este sin ningún rasguño más que en su ropa, camino hacia donde estaban sus cosas, se puso las gafas y lo auriculares y con melancolía pensó ≪Otra vez la misma historia≫, se alejo lo más rápido posible de la escena, no quería quedar pegado a esto, haría surgir muchas preguntas para las que no tenia respuestas. Mientras se alejaba ≪Hurt de Johnny Cash≫ sonaba en sus auriculares y dejaba detrás de sí una estela de humo de su cigarrillo.  ≪Nueva ciudad, nuevas travesuras≫ pensó para sí. Ya había viajado por todo el país sembrando la desesperanza en los corazones de muchas, muchísimas personas y nunca lo habían atrapado, ni siquiera sabían su identidad real, aunque jamás la sabrían, su viejo nombre ya no era suyo, con su renacer había adoptado uno nuevo que iba acorde a su nuevo ser. Activar las alarmas de esos charlatanes de S.P.E.M. había sido osado pero divertido, estaba cansado de matar sin siquiera ser notado, pero no podía culparlos su modus operandi era tan fino y elegante que era difícil notar su actuar. Había visitado varios hospitales de la ciudad pero ninguno llamo su atención, todos tenían nombres tan simplones y faltos de encanto, ninguno era merecedor de la masacre que iba a efectuar, mataría a tantos que serian cientos los familiares que llamarían en vano a sus parientes enfermos que ese hospital se convertiría en un teatro donde sonaría la sinfonía de sus lamentos. Se paró en seco frente a la nueva institución médica que había encontrado y una ancha sonrisa cubrió su rostro y dejo al descubierto cientos de filosos y amarillentos dientes. ≪Mercy≫ leyó para sí y pensó, ≪La Masacre Del Mercy≫ un nombre simple pero encantador. Miro arriba de su hombro izquierdo donde una sombra empezaba a tomar forma y dijo ─ Otro trabajo para ≪El Doctor Muerte≫─. Una risa como la de un niño surgió de esa oscuridad que ya formaba una silueta. Se dirigió a la entrada mientras tarareaba ≪La cabalgata De Las Valkirias≫ de Wagner.                                              2 Dr. Muerte Se Lo Necesita En Urgencias, Por Favor. ─ Me pregunto si he cambiado en la noche. Déjame pensar ¿Era la misma persona cuando me levante esta      mañana? Casi pienso que puedo recordar sentirme un poco diferente. Pero si no soy la misma, la siguiente pregunta es ¿Quién soy en este mundo? ¡Ese es el gran puzle!  Alicia en el país de la maravillas ─ Lewis Carrol.   Se sentía como un niño en una dulcería, tanta miseria en cada rincón, hacia latir su… ¿corazón? Se preguntaba si tenía uno, desde su renacer muchas cosas no habían sido muy claras, lo único indiscutible era la felicidad que le inundaba cada vez que mataba a un enfermo, cuando empezó a estudiar medicina hace casi ya dos décadas lo había hecho más por el dinero y el prestigio que daba la profesión, el primer medico de la familia; sus padres estaban extasiados. Aun recuerda cuando salvo su primera vida y como se sintió. Vacio. Era un hombre de negocios, algunos decían un mafioso, pero que supo pagar muy bien sus tratamientos. Este sujeto en cuestión al año mato a toda su familia y se suicido, la policía tenía pruebas contra él y estaba dispuesta a embargarle todos sus bienes y meterlo muchos años en la cárcel, opto por un escape algo exagerado a su gusto. El fue el primero, pero luego muchos más lo siguieron y siempre fue la misma historia, muertes por sobredosis, muertos al chocar ebrios, acribillados por la policía y un gran y desastroso etc., todos sus estudios y esfuerzos por salvar vidas, todos en vano. Con el tiempo se hizo adicto a los medicamentos contra el dolor, vicodina y morfina eran sus favoritas. Las drogan llenaban el gran vacío que había en su interior ¿Cómo alguien con el poder de la vida y la muerte podía sentirse vacio? No lo sabía. No en ese entonces al menos.   Ella corría rápido, más rápido de lo que debería correr una persona normal, cada agente especial de S.P.E.M. tenía la aptitud física de un concursante olímpico, la segunda oportunidad que la diosa les daba los dotaba de un nuevo cuerpo diez veces mejor. Ella no entendía del todo el proceso por el cual se elegía a cada uno de los agentes especiales, o la razón por la cual se les daba la segunda oportunidad, se lo habían explicado varias veces, pero nunca entendió la razón, o para ser más claros nunca entendió porque ella fue elegida. Los demás eran personas excepcionales que harían al mundo un lugar mejor ¿ella? No estaba tan segura.  Había nacido en una familia privilegiada, fue la primera hija nacida al amanecer, o así lo decía su madre, por eso tienes el nombre que te dimos; ≪Luz≫. Porque como la primera luz del amanecer de cada mañana iniciaste en nuestras vidas los días de felicidad. ≪Felicidad≫ ¿existía eso realmente?  Por fin había llegado a casa, las sirenas de la policía todavía sonaban en sus oídos; aun con los auriculares puestos las había escuchado. No se sentía mal por lo que había hecho, a fin de cuentas solo ayudo al destino. Ni siquiera se molesto en mirar al tipo que manejaba, eso le traería recuerdos dolorosos, toda la situación le había quitado el apetito. Se acostaría a dormir hasta que fuera hora de ir a trabajar otra vez.  El hospital estaba abarrotado, lo que daba muchas opciones.  No había rastros de S.P.E.M., eso significaba que como él había predicho no habían descubierto aun su modus operandi, si lo hubiesen hecho habrían puesto agentes en cada hospital. Aun recuerda su último gran trabajo. Tomas Díaz, ≪la joven promesa del básquet local≫. Se predecía que sería el único jugador de la ciudad que se convertiría en profesional. Muchos equipos grandes se disputaban su contrato. Uno en especial había sido muy generoso con él. Le regaló un Mercedes y una bella prostituta a juego. Lástima que la chica fuese adicta a la cocaína y la experiencias extremas, le había hecho conducir a ciento ochenta km/h en plena autopista, eso no salió bien para ella, muerta en el acto ¿pero él? No… la joven promesa sí que tuvo suerte, el cinturón salva vidas. Apenas. Traumatismo de cráneo, con múltiples fracturas, hemorragias internas y traumas respiratorios leves. Necesitaría de un cirujano prodigio para salir indemne de esto. Y lo tuvo. Debía reconocer que ese colega en particular tenía un don. No solo salvo al muchacho si no que también salvo su carrera. Con la debida rehabilitación y cuidados adecuados podría volver a jugar en tan solo un año sin preocuparse por ningún tipo de secuelas. Un milagro. Él odiaba los milagros. Había visto la noticia en la televisión mientras comía en un restaurant local; no sabía si ahora necesitaba comer, pero lo hacía por la mera costumbre. Dejó su pato a la naranja a medio comer y se dirigió a la clínica del muchacho, había muchos reporteros cubriendo la noticia y más aun amigos del joven fuera del hospital esperando su alta, había llegado en el momento ideal. Cuando se trabaja en un centro médico por tantos años unos conoce su funcionamiento, nunca varia demasiado de uno a otro, por eso fue relativamente fácil entrar ahí, pero había mucha seguridad por la histeria de la prensa local por entrevistar al chico, pan comido también, eso fue gracias a una de sus tantas nuevas habilidades, al renacer descubrió que podía convertir la parte que quisiera de su cuerpo en cualquier instrumento medico que deseara, como así producir cualquier droga desde este, un poco de anestesia local en gas fue lo que basto para dejar noqueados por un rato a la seguridad. El muchacho dormía. Se lo veía tan apacible acostado, aun con todos los yesos, vendas y tubos que lo cubrían, leyó el diagnostico que había en su cama, prometedor, como decían en las noticas; se recuperaría sin ningún tipo de complicaciones futuras. Eso no debía ocurrir. Estaban completamente solos. Él podría hacer lo que quisiera con su paciente, pero la pregunta era ¿Qué hacer? Debía de ser sutil, para no levantar sospechas, quizás hasta irónico si se podía. Tenía de elegir una enfermedad adecuada para la ocasión, ≪nosocomial≫ susurro esa vocecilla en su hombro  que tan similar era a la suya. La idea le encantó, una enfermedad que irónicamente solo se daba en los hospitales, irónico, pero la nueva pregunta era ¿Cuál regalarle al chico? Miro con detenimiento el cuarto oscuro buscando la inspiración hasta que leyó una pancarta casera que decía ≪! Recupérate Súper Estrella! ♥♥♥♥≫. Sonrió satisfecho; casi extasiado. ≪Klebsiella pneumoniae≫ la súper bacteria, era intratable e ideal para este paciente. Se acerco a la cama y acaricio la mejilla del muchacho, no hacía falta más. Ya estaba infectado. Era curioso su cuerpo también producía la enfermedad que él quería, era el portador de la malaria universal. Era el Dr. Muerte.  El chico agonizo durante semanas y todos los esfuerzos de los médicos fueron en vano, al final toda la ciudad perdió la esperanza, la joven promesa del básquet murió. Fue enterrado un martes. Lo recuerda bien, él estuvo ahí. La muerte era solo el entremés; los temblores previos al éxtasis. Ver toda la miseria que causaba era el premio real, los llantos, las lágrimas y desesperanza lo llenaban de un gozo jamás antes sentido, superaba cualquier droga, bebida, comida u orgasmo que haya tenido antes. Y no solo era placer, sino también fuerza. Con cada vida arruinada por su mano sentía como sus poderes crecían y eso ponía muy feliz a su amiguito.   Luz estaba tan concentrada en ver su desastre que había olvidado monitorear la frecuencia de S.P.E.M. en busca de noticias sobre el ≪mal≫.  ─ Repetimos. El conductor ebrio de la Wolsvagen fue detenido en un confuso episodio. Se encontró el dado vuelta con señales de haber impactado contra algo, pero nada en el lugar presenta daños que coincidan con un impacto. A su vez el conductor está en grave estado por salir disparado del parabrisas. La ambulancia lo derivó al hospital Mercy no con los mejores pronósticos. Una investigación exhaustiva se está llevando a cabo. ─ terminó la voz mecánica de la frecuencia de la agencia.  Se sentía intrigada, hasta temerosa ¿esto sería obra del ≪mal≫? Y si lo fue ¿con qué propósito? Este día se tornaba cada vez más preocupante y un mal presentimiento nacía en ella… Estaba en la ciudad vacía y eso le era agradable. Estaba seguro que no había nadie más en el mundo. Al igual como en esa vieja serie de televisión él era el último hombre sobre la tierra. Fue a los lugares a los que solía ir cuando no era el único humano y parecían tan distintos completamente vacios a plena luz del día. Fue al bar que frecuentaba con su padre y vio complacido que la máquina de café funcionaba, se hizo uno y se sentó en la mesa habitual de ambos y contemplo la soledad que le rodeaba. Tal vez luego iría a la librería y elegiría los próximos trescientos sesenta y cinco libros que leería a lo largo del año. Pero un pensamiento lo inquieto. Si no había más gente en el mundo ¿Quién escribiría más libros? Con la taza aun humeando contemplo el cielo vacio de nubes y reflexiono sobre su tan amada soledad. Luego de un rato llegó a la conclusión de cómo a veces la soledad detenía el progreso, no solo de cada uno sino de la sociedad misma ¿hacia mal él en aislarse? Sin duda cualquier artista te diría lo necesario de la soledad para crear, pero ¿Cuál era el límite de esta? ¿Hasta qué punto debía aislarse uno? ¿Cómo evitar que la misma soledad afectara su crecimiento personal?  Sus puntos de vista estaban cambiando drásticamente y eso no le gustaba para nada ¡Boom! Una explosión en el cielo llama tu atención. De repente todo está oscuro y frío. Su café ya no humea. Busca el lugar de origen del sonido, pero todo cambia, las edificios son tragados por el suelo, autos, sillas, semáforos, todo lo que forma el mobiliario habitual de la metrópolis se convierte en polvo y llevado por el viento. Todo el terreno cambia, ahora está dividido y el está en la frontera entre ambos, de un lado; su lado izquierdo. Está un paramo inhabitable, el cielo es gris sin luna ni sol y el otro es fértil lleno de vegetación y color. Dos mujeres aparecen. No… no son mujeres, son diosas y son enormes. Vivaldi suena, ≪Invierno≫, para ser más precisos, la música lo llama al lado izquierdo, siente el frio que viene de ahí, pero una parte de él lo anhela. Da un paso, la diosa del paramo sonríe. De pronto la música disminuye, no, es opacada por otra. De nuevo Vivaldi pero ahora suena ≪Primavera≫, el lado derecho lo reclama, siente la caricia del sol, el beso de la frisa fresca y el olor a rocío por la mañana, siente armonio en ese lado, pero le parece un sentimiento ya oxidado en corazón, duda, pero ahora un paso hacia esa dirección, la diosa del paraíso no sonríe, solo se mantiene serena. Duda. Y en ese segundo ambas canciones suenan al mismo tiempo, con tanto volumen ambas que siente como cada oído divide el cerebro para escuchar ambas. Cae de rodillas. No soporta las melodías, siente que lo vuelven loco, no puede procesar ninguna. Se detienen. Su respiración está entre cortada. Un temblor llama su atención. Del suelo surgen estatuas. Negras son las del lado izquierdo, como blancas las de la derecha. Ambas diosas se miran. En esencia son iguales. Solo que una es de tez pálida, de cabellos negros como la penumbra y sus labios son de un rojo carmesí (la del lado izquierdo) y la otra esta bronceada, su pelo es castaño como el tronco de un árbol joven y sus labios son pequeños y de un rosa suave. La Diosa oscura levanta un brazo y lo vuelve a bajar bruscamente a modo de señal. Las estatuas negras salen disparadas al lado derecho, él debe esquivarlas para impedir ser chocado, las de la derecha esperan el impacto en su lugar. La diosa luminosa mira a otro lado. Él quiere participar en la lucha, pero no puede moverse. Algo lo retiene. Quiere irse del lado derecho, pero la parte derecha de su izquierda no se mueve, es como si pesara una tonelada. Se da la vuelta hacia ese lado y ve el horror, o eso es para él. Ahí yace un hombre en un charco de sangre, no sabe su identidad, pero la deduce en un instante, es el conductor ebrio de la camioneta verde, pero no siempre lo es, a veces es un joven de su edad y a ese sí que lo conoce, ha visto su rostro cientos de veces, no aguanta mirarlo, cierra los ojos. Pero un golpe se los hace abrir. Esta en medio de la pelea de dos estatuas, ambas intentan chocarse entre sí, pero él está en medio y se los impide y recibe el daño en su lugar. Despierta.  Las nauseas llenan todo su ser, esta mojado y sin aire. No comprende la pesadilla. Tampoco quiere hacerlo. En el fondo sabe que su significado no le va a agradar.  Por fin llega al hospital. Nunca le gustaron. Cuando niña vio a su madre siempre en ellos; tenía cáncer de mama. Su familia tenía dinero, mucho dinero, pero ni eso alcanzo para curar a su madre, viajaron a clínicas privadas de todo el mundo, siempre en vano, el los tumores que ella tenía eran malignos e inoperables. La quimio fue una opción por un tiempo, pero con el correr de las semanas, su madre resolvió que los daños eran mayores que los beneficios y dejo de hacérsela. Al cabo de un mes se encontraba en cama, muy serena, ella nunca olvidaría eso. Era rubia, aunque en ese momento no tenía pelo que atestiguara eso, su piel tenía ese tono gris y enfermizo de todo moribundo y aunque era joven parecía de mucho más, pero la enfermedad no había mermado ni un poco sus ojos y sonrisa, ella la miraba y aun ese estado la llenaba de paz y amor. No la vio morir. Ella dormía cuando lo hizo. A la mañana siguiente fue despertada y vestida como cualquier día con las sirvientas, con la diferencia que no fue llevada directamente al comedor para desayunar, cuando estuvo lista su padre entró y le dio la noticia. Ella estaba devastada, pero tranquila al mismo tiempo, habrá tenido unos diez años, pero aun así comprendió el martirio por el que estaba pasando su madre y la ponía tranquila que ya no sufriera más. Pero jamás aceptaría su partida. Cuando bajo, vio como todo había sido dispuesto para el funeral, su casa ya no parecía suya, sillas donde nunca las hubo, flores adornaban los rincones y una foto gigante de su madre dominaba el centro de la sala, recordaba el momento en el que se había sacado la foto, fue hace dos años, cuando viajaron a Francia, lugar preferido de su madre, se la veía radiante, como siempre fue. Cuando la descuidaron un poco, ella se escabullo hasta donde estaba el féretro, al verla quedo pasmada, ya no parecía enferma, tenia pelo y su piel parecía viva, no pudo evitar llorar y llamarla. Quería despertarla para que la abrazara.  Lagrimas recorren sus mejillas y una mano pequeña acaricia su mejilla intentando consolarla. Odia los hospitales.  Hace por lo menos unas dos horas que está en el hospital y no logra decidirse. Aunque fanfarroneo al entrar a la ciudad no quería quedarse mucho tiempo, el sentido común le decía que no debía hacerlo. Nunca supo bien los alcances del poder de S.P.E.M., sabia por boca de alguien como él que no era algo precisamente bueno. El otro tipo, nunca supo quién era, pero si lo reconoció como su igual. Tenía un mini él en su hombro izquierdo. Se asombro mucho al verlo. Pensó que era único. Y que estaba loco. Pero no era así. Había muchos más como ellos y siempre los hubo. Quiso investigar más a fondo, aunque siempre se entretenía jugando y planeando la próxima maldad. El otro había llamado a su pequeño yo ≪Thanatos≫, por su parte no le gustaba ese nombre, le recordaba a la teoría de Freud, aquella que las caricaturas tanto habían parodiado (el ángel de un lado y el diablo del otro) y no le parecía apropiado.  En su estadía no había visto más que casos aburridos, fracturas, heridas de balas, apuñalados y ataques cardiacos, poblaban este hospital, como a si también casos perdidos, todos estaban conmocionados hacia poco había llegado una víctima de accidente de tránsito, un tipo choco algo desconocido con su camioneta y había salido despedido por la ventanilla, el diagnostico no era nada favorable, pero igualmente fue llevado a quirófano. Tal vez se había dejado llevar por el encanto del nombre y debía elegir uno más acorde a sus ambiciones.   ─ Te lo juro, impacto directo de vehículo y el chico no tiene ni una sola herida. Lo encontraron enterrado contra un contenedor de basura, pero no tiene nada, ni luxaciones, o fracturas ¡NI UN RASGUÑO! ─ Chismoseaba una enfermera que pasaba a su lado.  ─ Es un milagro… ─ Decreto la otra.  Él odiaba los milagros.  ─ Disculpen señoritas, no pude evitar escucharlas. Me encantaría ver a ese joven.  ─ No tome a mal mi brusquedad pero ¿Quién es usted? ─. Pregunto la más joven de ellas.  ─ ¡Oh! Pero que modales los míos. Soy Leopoldo Contreras, el nuevo residente del hospital. ─ Ninguna de ellas se presento.  ─ No se nos había informado nada y nosotras sabemos todo ─. Acuso la más madura.  ─ Ya saben cómo es el papeleo a veces, la documentación se extravió y no se anuncio mí llegada en tiempo y formas correctos ─. Mintió él. Esto jamás habría pasado si se viera mejor, años de drogadicción habían mermado mucho su apariencia física, el escultural físico de remero había sido reemplazado por un cuerpo flacucho y uniforme, el radiante oro que brillaba en su cabeza ahora era un amarillo opaco similar al color de la paja y su piel… era una mezcla entre el gris y lo amarillo, tenía los ojos hundidos y los pómulos sobresalidos; su rostro parecía una calavera. Enfermeras más hermosas se habían entregado a sus encantos sin titubear si quiera.  ─ ¡Oh! Y ¿en qué se especializa usted? ─. Volvió a preguntar la joven.  Él mostrando todos sus amarillentos dientes de manera predadora sin poder evitarlo les dijo sonriendo. ─ En milagros. Lo había decidido, no iría a trabajar, el sueño había removido su conciencia. Debía ver en qué estado quedo el conductor. Obviamente no iba a asumir la culpa si el tipo moría, él consideraba que no lo merecía. Iría a ver su destino para aliviarse o para torturarse (cosa que le encantaba hacer con situaciones que no podía revertir). Había decidido que no caminaría, no valía la pena hacerlo, aunque gastaría dinero ahorraría tiempo el cual podría ayudar a que no le descontaran el día completo, mejor una tardanza que una falta. Quería pasar desapercibido y fue a cambiarse la ropa. Se sacó las botas y se puso unas zapatillas más aptas para correr si lo ameritaba la situación de color rojas, se puso un pantalón más cómodo y una remera con capucha. Sabía que ir de gafas y encapuchado se veía raro, pero no podía evitar ponerse ambas, era paranoico. Llamo un taxi y se subió. ─ Hospital Mercy, por favor ─. Le indico al chofer.  Luz había dejado atrás la melancolía, aunque era difícil, odiaba los hospitales. Su amiga en cambio le había señalado que aquí fue el primer contacto que tuvo con la agencia hacia tantos años. Cuando su madre murió su padre se aisló, quizás ella le recordaba demasiado a su madre, nunca lo supo. En fin, ella siempre se metía en problemas, quería llamar la atención, la muerte de su madre había apagado su presencia, muchos tíos y tías habían dejado de visitarlos como así amigos de la familia, ella se sentía sumergida en sombras en la gran casa soñada que su padre había comprado para su familia soñada. Malas notas, novios mayores y escapadas del hogar, nada hacía que su padre la notara, cada problema en el que se metía era como explosión de luces que llamaba su atención solo por un momento y que cesaba cuando el estruendo había terminado. Con el tiempo opto por otra cosa; se había rendido con su padre. De niña siempre había sido el centro de atención para todos aquellos que la rodeaban y quería volver a serlo, dejo atrás los problemas y opto por una carrera musical, siempre tuvo una voz agradable y mejor aun cuando descubrió que también era afinada. En poco tiempo y con ayuda de las influencias de su padre logro hacer una estrepitosa carrera, por fin tenia lo que más deseaba ≪brillar≫.  La fama no era para cualquiera, no para ella por lo menos. Con el tiempo, se metió en la drogas, era tan fácil llegar a ellas, empezó con las recreativas y luego termino con las fuertes. Cuando se dio cuenta ya no hacia shows y si terapias de grupo. Ahí conoció a Carlos. Era un agente y uno muy especial. Era voluntario en la clínica en la que estaba ella, era una fundada por S.P.E.M. , como parte de su senda de auto destrucción en cuanto alejo la música de su vida también hizo lo mismo con el resto, escapo de la vista de padre y opto hacer camino sola. Sin el dinero la clínica de la agencia fue lo mejor que pudo conseguir. Ahí aprendió a conocerse a sí misma y a sus traumas, vio los errores de cada uno de los pasos que dio desde la muerte de su madre, dejo que la pena la sumergiese en un estado en el que nunca logró desarrollar completamente su personalidad y le había dado lugar en cambio a una persona necesitada y egoísta. Al poco de recuperarse empezó a trabajar como voluntaria para la agencia en la clínica, hasta el aciago día. Nunca supo con exactitud lo que sucedió, lo que si le dijeron fue que un ≪mal≫ había atacado la clínica y ella había quedado en el fuego cruzado. Carlos que era un agente especial poseedor de los dones de la diosa logro ahuyentarlo pero fue demasiado tarde para ella. Unos escombros le cayeron encima y acabaron con su vida (con la primera al menos). Toda su vida pasó frente a sus ojos tanto los buenos como los malos momentos y al final la luz que tanto había buscado la envolvió, pero algo surgió de ella; su madre. Era tan hermoso como antes de la enfermedad, quizás más. Se la veía tan serena y sin dolores pasados. Ella la abrazo y la beso en la mejilla, Luz no decía nada, solo podía llorar, por fin su madre habla y le pregunta ≪ ¿Qué deseas Luz?≫ ella la mira pasmada y solo responde, ≪Hacer este mundo brillante para todos los que viven en él≫. Su madre la abraza una vez y la mira a los ojos y le dice ≪Entonces hazle justicia a tu nombre hija mía≫  Y así comenzó su nueva vida, cuando despertó Carlos estaba a su lado sosteniendo su mano, pero no estaba sólo, en su hombro  había algo, era como una versión caricaturizada de él, aun conmocionada por toda la situación tuvo la curiosidad suficiente para preguntar lo que era esa criatura y el sonriendo le respondió, ≪es mi Eros≫ Las dos putas estaban dormidas, habían sido poco cooperativas con él, pero nada que un poco de gas de la risa no revertiera, dopadas le dieron el paradero del ≪chico milagro≫, ahora las dejaba dormidas en la sala de estar. Esta le traía recuerdos, su primera vida había terminado en una muy parecida a esta. Las drogas se habían convertido en un problema, cada vez era más notoria su condición y los susurros se decían cada vez más fuertes, pronto seria acusado formalmente y despojado de su licencia. Su último paciente fue el hijo de un empresario petrolero, nada difícil, había pescado una neumonía en un viaje de sky, algo que apenas necesitaba de sus esfuerzos y por eso no los tuvo. Di placebos al muchacho y lo mando de nuevo a casa, con la excusa que era un resfriado común y con la promesa de una rápida recuperación. Murió esa misma noche. Sin ningún tipo de control la neumonía ataco sin piedad y él no pudo luchar contra ella ¡QUE SE JODA EL JURAMENTE HIPOCRATICO! Estaba arto de salvar vida en vano, lo mejor era quitarlas y no hacer perder tiempo a la tan ajetreada muerte.  Por supuesto tuvo problemas. Primero un juicio por mala praxis, luego una acusación formal por robar drogas de la farmacia de la clínica y luego una expulsión formal. Ya había juntado todas sus cosas de su antigua oficina, pero la abstinencia le pedía drogas de algún tipo y fue a la sala de estar por café, apenas entro alguien lo empujo. Eran dos hombres nunca vio sus rostros, solo el estallido del arma al ser disparada. Tres tiros, dos al pecho y uno en la cabeza por seguridad. Toda su miserable vida pasó ante sus ojos, los años de estudios y los años de prácticas fueron los más notorios, ahí vio cuántas vidas salvo y eran muchas, todas en vano, ninguna le hizo sentir plenitud ni nada por el estilo, las sintió mas como derrotas que como victorias, pero lo que hizo con el muchacho, eso sí que le enorgullecía. Lo suyo era quitar no dar. Nunca tuvo un trauma que justificara este comportamiento (estaba seguro, pues había visto su vida completa hacia instantes). Era algo que formaba parte de su naturaleza. La oscuridad lo envolvió todo. ─ ¿Qué deseas Leopoldo? ─. Dijo una voz que venía al parecer de su interior. ≪Matar≫ fue lo único que pudo pensar. Y así fue como renació. Su mini yo estaba a su lado, no hablaba, solo lo miraba expectante. Se veía igual que antes, pero se sentía poderoso y sediento. No de drogas o de agua. No. Era algo más llano y complejo al mismo tiempo. Quería venganza. Y la tendría. Antes del amanecer los padres del muchacho yacían sin vida, la madre en la recamara, una abeja había entrado y la había picado y era muy alérgica, estaba hinchada e irreconocible, por supuesto nunca existió ningún insecto, él se acerco sigilosamente mientras la mujer sollozaba frente a la foto de su hijo y transformando uno de sus dedos en una aguja inyecto el veneno y el padre, lo de él fue más complejo era un hombre sano de mediana edad, sin ninguna patología o mal antes conocido, fue un reto, para el que no estuvo a la altura. Lo encaro mientras bebía sombrío en su estudio, estaba borracho, trato de atacarlo pero se tropezaba con todo lo que tenía cerca, el se reía y movía a su alrededor como un fantasma atormentador. Fue cuestión de tiempo hasta que cayó y se abrió la cabeza contra la esquina de una mesa. Un final lamentable. Pero no se le podía culpar. Era su primera vez. A partir de ahí, él y su amiguito fueron puliendo su estilo, con el tiempo aprendió a controlar sus nuevos dotes y a actuar sin ser detectado pero dando un gran espectáculo. Y hoy daría el más grande. Solo debía llegar a su acto de apertura.  Abre los ojos, se siente mejor que nunca, pero sabe que no debe sentirse así. No reconoce nada del cuarto, es todo tan blanco y estéril, tan impersonal. Logra sentarse en la cama. Nota que no tiene su ropa puesta. Es más tiene algo parecido a un vestido. Da un grito de sorpresa y salta de la cama para buscar un espejo, se tropieza con todo lo que su cuerpo logra encontrar, todo está muy poco iluminado. Logra calmarse lo suficiente como para buscar el interruptor de la luz. No lo encuentra pero si la puerta del baño. Entra y ahí si logra encender la luz. Se mira en el espejo, es el mismo, pero al mismo tiempo no se siente así. Logra ver también que tiene una bata de hospital y los recuerdos vienen a él, lo abruman hasta el punto que debe sostenerse del lavadero para no caer. Murió, sabe que lo hizo, pero sigue en el mundo de los vivos… o tal vez no…  ─ Moriste y la diosa te revivió, madura y asúmelo Pierce ─. Dijo una voz chillona a su derecha.   Movió sus ojos sin atreverse a mover su cabeza; estaba aterrado. ─ ¿Quién dijo eso?  ─ Pues yo, Percy Grillo, ¡tu conciencia muchachón!  No creía lo que veían sus ojos, había una versión caricaturizada de él y vestida de grillo para colmo. Se había vuelto loco.  ─ Tranquilo hermano, tú y yo somos uno, como las galletas y las chispas de chocolate.  ─ No, no, esto no puede estar pasando, mierda, mierda y mas mierda. Esto me gano por salvar niños y perros de la calle ─. Se lamentaba Pierce.  ─ No seas hijo de puta Pierce, por esas cosas la diosa puede quitarte su gracia ─. Le amenazo su mini yo.  ─ ¿Qué gracia? ─ Pregunto con cierto temor.  ─ Recuerda chico, recuerda─. Y él lo hizo.  Ni todos los animes, películas ni videojuegos de su vida lo habían preparado para esto, había sido revivido por una diosa y ahora tenía un ¿ángel de la guarda? ─ ¿Qué eres tú? ─ pregunto por fin.  ─ No hay tiempo para explicar mi sexi origen, debemos encontrar rápido una central de S.P.E.M. ─. Determino tajante.  Ese nombre, le sonaba de algo, pero había olvidado de donde. El sonido de una puerta al abrirse lentamente llamó su atención.  Este hospital era un desastre, había tardado demasiado en encontrar la sala de cuidados intensivos, la sección de cuartos privados al menos. Su furia creció al ver el cuarto vacio ¿se había equivocado? Esperaba que no, había puesto a dormir a muchas personas en su camino hacia ese lugar, tanto esfuerzo en vano provocaría una matanza sin clase ni sentido.  Luz sintió un frio en el estomago, su instinto no le había fallado, mientras se dirigía al cuarto del chico se encontró a varias personas desmayadas. Algo andaba mal.  Pierce por instinto apago la luz del baño muy lento y sin hacer ruido, su otro yo también guardaba silencio.  ─ Pierce concéntrate en su hombro izquierdo y dime lo que ves─. Dijo una voz en cabeza muy seria.  A él esto no le pareció nada raro y por eso la obedeció. Aunque no podía ver bien en la oscuridad podía distinguir claramente la silueta de un hombre muy delgado gracias a la luz que provenía del pasillo, busco en el lugar que le indicaron y se concentro esperando develar algo. Al cabo de unos segundos otra silueta más pequeña apareció, no podía distinguir la forma, pero dedujo que al igual que él ese tipo tenía una versión pequeña.  ─ No te equivoques Pierce, eso no es nada parecido a lo que tú eres─. La vocecilla tenía una seriedad impropia de su tono tan agudo.  El miedo lo invadió.  La frustración le hizo abrir la puerta de un portazo y entrar enardecido a buscar respuestas.   ─ Bien Pierce, ve ahí y patéale el trasero─. Ordeno.  Sabía que la situación en la que se encontraba ameritaba el silencio absoluto si quería salir en una sola pieza y solo eso había evitado que se hubiera puesto a gritar indignado ¿Cómo si quiera sería capaz de enfrentarse al sujeto? No sabía la naturaleza del peligro, pero sí que la sentía, algo muy dentro de su interior le decía que estaba en mucho peligro. Se puso a evaluar al sujeto, era delgado; su rostro estaba chupado haciéndole resaltar los huesos faciales, cuando la luz iluminaba su piel esta se veía de un tono enfermizo, tenia los cabellos rubios descuidados y alborotados por todo el esfuerzo que hacia buscando en la habitación. Tenía la bata de un doctor, pero no parecía uno para nada. Pierce sabía que no pensaba con claridad por el enojo, ya que ni siquiera había ido a buscarlo al baño que sería lo más lógico. El frio empezó a llenar su pecho, era cuestión de tiempo que lo encontrara, él jamás había sido bueno peleando con nadie, siempre había recibido palizas por parte de los otros chicos en la escuela, ahora que era mayor temía que eso no cambiaria, lo peor es que su vida dependía de eso o al menos así lo sentía. Empezó a temblar, el tipo daba vistazos furtivos hacia todos lados, por un momento sus miradas se cruzaron, no pudo controlarse y dio un paso hacia atrás, al hacerlo tiro un vaso del lavamanos que hizo ruido al caer.  Su rostro gira directamente al origen del sonido, ≪el baño≫, ¡Que tonto había sido! Se había olvidado del baño. Una ancha sonrisa ocupo casi la totalidad de su rostro, era hora de jugar.  El sujeto lo miraba sonriente directo a los ojos, estos brillaban en la oscuridad como los de un depredador, la risa daba a su rostro el aspecto de una calavera.  ─ Debes luchar Pierce ─. Le pedía la vocecilla en su cabeza, pero él estaba paralizado del miedo.  ─ Chico milagro, deja al viejo Dr. Muerte darte un vistazo, nunca está de más una segunda opinión ─. Con cada palabra que daba hacia un paso hacia su presa, estaba ansioso por empezar a jugar.  Pierce tiene miedo, lo ha tenido toda su vida y no puede perderlo ahora. Morirá como vivió, siendo un cobarde. La habitación se ilumina por unos segundos, unos haces de luz salieron disparados hacia él e impactaron como los rayos láser en las películas, este salió volando y choco contra una pared derribando varias cosas durante su vuelo todo el trayecto un grito inhumano lo acompaño, en la puerta había chica y no era cualquiera. Era la rubia sexy de esta mañana.  Llegó justo por detrás de él a la habitación, pero había perdido tiempo poniendo a salvo a los policías que yacían dormidos en el pasillo, si iba a pelear debía alejar toda distracción posible. Nunca había luchado sola contra un ≪mal≫.  Lo habían tomado por sorpresa pero no volvería a pasar, sentía pasar el aire a través de los agujeros que el ataque había provocado en su cuerpo. S.P.E.M. fue lo único que pudo pensar, ahora comprendía a lo que se refería el otro individuo. Había llegado a un nuevo nivel, hacia poco que había logrado fusionarse con su amiguito, de hecho la segunda vez que lo hizo fue para alertarlos a ellos al entrar a la ciudad, pero nunca en una pelea. Esto sería divertido. Antes de tocar el suelo su mini yo lo posesiono y le brindo su nueva forma.  En cuanto lo vio supo lo idiota que había sido, se precipito al atacar y le dio la oportunidad de transformarse. Ella no considero ni por un segundo que fuese capaz, grave error, todo el daño que había causado con su ataque sorpresa fue en vano. Ahora tenía una nueva forma. Había visto antes la posesión y sus resultados, pero nunca lograba acostumbrarse. Los males se transformaban en versiones retorcidas de sí mismos, este en particular le resultaba terrorífico, ahora era aun más flaco que antes y sus brazos era anormalmente largos al igual que sus dedos que ahora eran jeringas de diferentes colores. Un brazo se extendió hacia ella más rápido de los que esperaba, pero aun así ella lo esquivo, ella había combinado temprano con su Eros, no quiso arriesgarse. Ahora podía usar la luz que producía como arma, pero también como distracción. Un logra juntar toda su energía y hacer una explosión que ilumina toda la habitación, el mal grita por la ceguera, ella aprovecha corre hacia él, está dispuesta a terminar la pelea en ese mismo instante, pero en cuanto se acerca una nube de gas empieza a salir de su enemigo.  ¡PUTA! ¡PUTA! Lo dejo ciego, pero nunca indefenso. No tenía idea lo que lanzo, pero sabía era mortífero, una sola inalada y contraería todas y cada una de las enfermedades que se le vino a la mente en ese momento.  Luz hizo una mortal justo a tiempo, pero fue surte, no se acostumbra a luchar sola aun, antes ella solo se encargaba de cuidar los puntos ciegos de Carlos, era fácil estar desde la retaguardia contemplando cada movimiento y reaccionar acorde a la situación no siendo la protagonista principal. Ahora estaba sola, a merced de sus propias decisiones.  Pierce estaba de rodillas, quería gritar pero no podía, estaba completamente ciego.  ─ Vamos, vamos, arriba. Debes ayudarla.  ─ Estoy ciego maldita sea ¿cómo mierda la voy a ayudar? ─. Grito harto.  Él no podía verlos, pero ambos habían volteado a verlo perplejos.  ¡No podía creerlo! Era el pervertido mal tratador de perros de esta mañana, por él estaba luchando a muerte, por un momento espero que los de la agencia salieran de la nada con una cámara, debía dejar sus sentimientos personales a un lado y salvarlo, tenía que concentrarse.  ¡SE HOMBRE Y DEFIENDETE! ─. Grito el pequeño Percy hartó de la cobardía de Pierce.  Imposible, este día se había puesto jodidamente peor, el otro sujeto tenía un Eros también, perfecto.  El chico milagro, era uno de ellos, debía matarlo rápido antes que se uniera a la chica. Aprovechando que el gas aun no se había disuelto en el aire fue directamente por él.  Ella tuvo que actuar rápido, tan rápido que no logro concentrar todo su poder en el ataque pero si el suficiente para derribarlo. Cayó cuan largo era, aprovecho para lanzarle la cama encima.  La chica era asombrosa, como esas heroínas de los animes, hermosa pero mortífera. El miedo se había alejado un poco de él, miro a su alrededor buscando un arma, además de la escobilla para limpiar el baño lo único que podía usar era una orinal que habían dejado ahí y por nada del mundo lo iba a tocar. De repente la cama salió volando hacia su salvadora y la lanzó contra la pared. El monstruo se dirigió directamente hacia él, corría curvando sus dos largos brazos a los costados dándole una imagen de pesadilla, ≪SE HOMBRE≫ resonó en su cabeza una vez más y esta vez lo fue. Con los ojos desorbitados por el miedo y gritando en un tono muy aguado tomo la bacinilla a modo de arma. No sabía que sucedía por en cuanto se dio a la marcha todo se había ralentizado, podía sentir su corazón como un tambor en cada momento, antes de darse cuenta ya estaba frente al monstruo, al ser tan largo él y tan bajo Pierce se había metido en su centro de gravedad y dejado indefenso. Primero golpeo su plexo solar con todas sus fuerzas (lo tenía en frente), en un segundo el monstruo se curvo de dolor, dejándole el rostro a escasos centímetros del suyo, Pierce entro en pánico y empezó a golpeárselo con todas sus fuerzas doblando el orinal en el proceso. El monstruo entre en si por el dolor y le arranco su arma improvisada de un manotazo. Pero antes que hiciera algo mas la cama lo volvió a impactar. ≪! CORRE! ≫ le grito la chica y él lo hizo sin pensarlo dos veces. Mientras salía de la habitación bajó su vista hacia su pecho derecho y leyó S.P.E.M., con que ahí lo había leído.  ¡Era increíble! El pervertido le había visto los pechos otra vez antes de irse. Este día era una pesadilla. Cuando se dio cuenta sintió un pinchazo en su brazo.  ─ Los mejores doctores ponen inyecciones sin que los pacientes se den cuenta ─. Dijo el mal sonriente. Ella quiso reaccionar, pero sintió como todo su cuerpo se entumecía y como caí al suelo sin poder evitarlo.  ─ Hay drogas que paralizan al paciente, son muy practicas, lo mejor es que ellos sienten todo, pero no pueden gritar. Tu tienen unos hermosos ojos verdes, será un placer verlos desorbitados de dolor cuando empiece a abrirte. Mmm ¿qué veo en ellos ahora? ¡Ah! si, pánico. Delicioso también ─. Ella estaba indefensa mientras él se acercaba con esa sonrisa de calavera suya. ─ Lo primero será sacarte esa horrible ropa de trabajo, sabes esto se lo iba a hacer al muchacho, pero creo tú te lo meres mas, para él ya encontrara algo más.  Hacia una media hora estaba en el hospital, pero no podía encontrar nada. Odiaba los hospitales. Fueron contadas las veces que estuvo en uno, pero siempre fueron por experiencias traumáticas. Aun recuerda cuando le hicieron los primeros puntos, medio hospital tuvo que sostenerlo. Por mucho que había preguntado se negaban a darle la ubicación del conductor imprudente pero la conseguiría de una forma u otra.  ─ ¡Pierce! ¡Detente! Debemos ayudarla ─. Le demandaba suplicante.  ─ ¿Estás loco? Apenas salí vivo de eso y ¿quieres que vuelva? ─.  ─ Ella es una noob [1] y se nota a leguas de distancia Pierce, es tu oportunidad de ser un héroe ─.  ─ No pienso morir por una desconocida.  ─ De nuevo dirás.  ─ Eso fue… no sé lo que fue ─. Pierce no sabía lo que debía hacer.  ─ Ella es hermosa Pierce ¿Qué piensa que hará cuando la salves? Te lo diré ≪se enamorara de ti≫ ¿Cuándo volverás a tener una oportunidad así?  El quedo en silencio unos segundos. ─ Tienes razón, a veces un hombre tiene que hacer lo que tiene hacer. Percy lo miraba orgulloso (él era la conciencia de Pierce y sabia como manipularlo).  Como buen jugador que era sabia que debía buscar cosas que le ayudaran en la pelea, todas las habitaciones de esa ala estaban vacías, pero rescato de una de ellas un tanque de oxigeno y de otra una silla de ruedas. Había dos policías apoyados cada uno contra una esquina al final de la sala, a uno de ellos le saco su arma. No tenía mucha experiencia con una real, su primo era policía y le había enseñado a sacarle el seguro (algo evidente pero que muchos nunca hacían) el dinero y el tiempo que había gastado en los fichines jugando ≪House Of Dead≫ por fin darían sus frutos. Se dispuso a regresar rápido, pero dudo un poco, todavía tenía la bata de hospital, lo recordó porque la brisa le había enfriado el trasero. En fin un héroe era un héroe.  Las lagrimas brotaban de sus y aun no había empezado a cortarla, solo había bastado que le quitara el mono de trabajo. Se sentía indefensa y él no paraba de hablar, gozaba cada segundo con ella. Era vergonzoso verse acostada en bragas y sostén, mientras palpaban su cuerpo y hacían observaciones. Pero no era eso por lo que lloraba, otra vez su orgullo le habían jugado una mala pasada, los protocolos de la agencia decían que en caso de encontrar al debía de llamarse a refuerzos y esperar mientras fuera posible, ella se había lanzado sola y sin avisar, si lo hubiera hecho ya habría refuerzos en su ayuda, o al menos alguien sabría dónde se encontraba el mal. Pero por culpa de intentar brillar por si sola lo había arruinado todo.  ─ Ahora empecemos, abrir la capa torácica es lo primero, una lástima arruinar esos pechos tan glorioso mi querida, pero ¡aaaahhh los sacrificios hechos en pos de la diversión! ─. No podía evitar sonreír con cada palabra que daba, convirtió su dedo índice derecho en un escalpelo y lo acerco al centro de su tórax lentamente.  Pierce no podía creerlo, ella estaba semi desnuda… e indefensa. El monstruo estaba por cortarla, no hizo falta que nadie le dijera que hacer. Uso la silla como ariete y propulsor al mismo tiempo y se lanzo contra él sin piedad (gritando desaforado en todo momento), lo tomo por sorpresa, otra vez sus largos brazos le jugaron en contra y ayudaron a que pudiera empujarlos varios metros sin daños, pero igualmente sintió el ardor su espalda cuando lo corto, esa fue la señal. Se agacho a un mas cuando los brazos quisieron atraparlo y dio un salto hacia atrás con todas sus fuerzas, mientras lo hacía apunto al tanque de oxigeno que había puesto en la silla y en el aire disparo hasta vaciar el cargador. Antes que pudiera hacer nada una explosión envolvió al monstruo y lo lanzo por la ventana (gracias Resident Evil), Pierce no se había fijado pero esperaba a que estuvieran a muchos metros de altura. Tarde se dio cuento que no había calculado la violencia de la explosión, la onda de choque lo mando volando contra la pared cerca de la chica y lo dejo sin aire durante un rato.  ─ ¡LEVEL UP! ─. Gritaba Percy, muy animado (estaba vestido como León S. Kennedy de Resident Evil 4).  ─ ¿Estas completamente loco? ─. Gritaba una pequeña rubia de veinte centímetros a la altura del rostro de Pierce. ─ Debiste purgarlo primero, ahora podrá regenerarse y volver a hacer maldades. Pierce miro a la rubia de tamaño real que estaba en la cama en busca de respuestas ─. ¡Deja de mirarla pervertido! Le grito furiosa. Él se arrastro y se refugió detrás de una silla que estaba caída, incapaz de levantar la vista.  ─ Ya basta Eros. Déjalo ─. Ordeno la chica.  ─ ¡Pero Luz! ─. Se quejó. Pero fue ignorada.  ─ Gracias señor…  ─ Tu salvador se llama Pierce primor y yo soy Percy su sexy Eros de la guarda ─. Ahora estaba vestido con un elegante traje de noche.  ─ Tú eres un imbécil ─. Le dijeron ambas rubias al mismo tiempo. ─ Sabias que debías purgarlo, pero lo dejaste cargar como toro enardecido al peligro, podría haber muerto por segundo vez, eres el Eros más incompetente que la diosa haya creado ─ le dijo tajante y sin escrúpulos, fue hacia donde habían tirado su ropa de trabajo y busco en ella el celular de la agencia ─. Central de S.P.E.M. habla la agente especial Luz Gallardo, encontré al mal detectado y… este escapo, pero está muy herido, se piden todos los refuerzos posibles al hospital Mercy, en el combate hubo daños considerables, sería bueno buscar una historia que tape lo que ocurrió para evitar miradas indeseadas… también sería bueno llamar al Dr. Fred, tengo conmigo a un renacido reciente ─ mira a Percy con mala cara por un momento ─ y su Eros no es de confianza.  Pierce no entendía nada, miro a Percy en busca de respuestas pero este yacía flotando petrificado en una mueca de asombro. ─ ¿Qué es S.P.E.M.? ─ pregunto por fin en voz alta desde su escondrijo, no se atrevía a mirarla porque aun no se había puesto nada de ropa. Pero nadie le respondió. Luz seguía hablando por el celular pasando datos, por momentos hacia cara como si la estuvieran reprendiendo. Pierce opto por dejarla tranquila todavía no había procesado todo lo sucedido, pero solo una pregunta ocupaba su mente ≪ ¿Qué Carajos es S.P.E.M.?≫.  Todo estaba hecho un caos en la sala de espera, una explosión había sacudido el lugar y todos entraron en pánico.  ─ ¿Ed? ¿Eres tú? ─. Le preguntó una enfermera no mayor que él.  ─ Hola Amanda ─ no valía la pena hacerse el tonto, estaba demasiado cerca como para escaparse.  ─ ¿Te sucedió algo? ─. Ella lo examinaba preocupada.  ─ No… necesito información de alguien ─. Dijo por fin, tomó su silencio como señal para que prosiguiera y así lo hizo ─ ¿Qué sucedió con el tipo que salió despedido de su camioneta? Ya sabes cuál.  ─ Pues… entro muy grave, pero desapareció. Todos están con los pelos de punta, ahora mas con esta explosión, este día está muy raro, el tipo murió en el quirófano, pero cuando se busco el cuerpo ya no estaba ¡oh Ed! Debías de haberlo visto, estaba destrozado, los médicos no pudieron hacer nada, pero aun así, es como si se hubiese levantado he ido caminando.  No tenía idea de cómo procesar todo, por una parte se sentía bien por no haberlo matado, o si lo hizo, aun no estaba seguro, pero por otra algo en su interior tenía un muy mal presentimiento ─. Gracias Amando, fue agradable verte ─ dijo cortante. No quería reconectarse con nadie de su pasado, no ahora por lo menos.  ─ Ed todos están muy preocupados, un día te fuiste y no volviste… ─ cuando se dio cuenta él ya se había ido, perdido entre toda la gente que corría y quedo con medio oración atragantada ─ ¿Qué te pasó Ed? ─. Pensó mientras iba a ver donde se requería su ayuda.  La explosión y la lluvia de cristal lo habían dejado muy mal herido, sin contar con que varias balas habían impactado contra él, la caída no ayudó nada tampoco, pero era resistente y suertudo. Había caído en el estacionamiento. Siente el ruido de una ventanilla al romperse, haciendo acopio de la fuerza que le queda se acerca al lugar de donde viene el sonido dispuesto a matar a cualquiera que se cruce en su camino, pero ahí encuentra algo inesperado, hay un hombre desnudo lleno de cicatrices por todo su cuerpo y tiene un amiguito en el hombro izquierdo, sonríe por su suerte ─ Hermano, por favor ayúdame ─. Le suplicó, esperaba este fuera el comienzo de una bella amistad llena de muchos, muchos juegos.                                       [1] Nombre con los que los gamers llaman a otros que recién empiezan en el juego.  
Sin muerte Remuéveme; desde el exterior, porque todo el mundo se cae a pedazos, tantos como yo. Sintiendo como todo se mueve por dentro, se desmorona en el intento, cuando mis manos son delgadas para sostenerte. Ahógame, perdido entre la penumbra del misterio inmenso, infinito del horizonte cristalino como el reflejo azul; sereno, rompiendo dentro de mí y lo siento venir entre los dos, apagándose, sumergiéndose en lo profundo y reviviendo entre los labios, del cabello rizado, de los miles de momentos desesperados al amanecer. Sóplame fuerte la cara, como las plumas que van cayendo pausadas sobre mi pecho, que el viento se lo lleve todo como tierra vuelta al suelo, ceniza al fuego y naufrago de ti.
El día que comencé a morir deje de preocuparme. Yo sabía cómo serian las cosas, un funeral vacío algunos buenos amigos que me llorarían un rato y tal vez se emborrachasen en mi honor. Pero los muy hijos de puta seguirían sin conocerme, aun en mi lecho de muerte. Ni siquiera sabrían la música que verdaderamente me gustaba y los autores literarios que llegue a admirar con verdadera sinceridad, y no por mera cuestión de parecer culto. Tal vez un poco seria mi culpa por ser un solitario, pero no, la verdadera culpa seria de ellos que siempre perdieron más tiempo en observarse los huevos, creyendo que nada es más importante que ello, ni siquiera un amigo que está a punto de morir. Esos seres egoístas, y no hablo solo de esos dos o tres amigos, sino de los egoístas en general, nunca llegaran a comprender los verdaderos detalles de la vida. Tal vez ni siquiera lleguen a amar a una mujer de enserio. Porque implicaría una pérdida de tiempo en su estúpido narcisismo. Para que iba a hacerme mala sangre si después de todo la muerte no tiene solución. Creo que dios en sueños a todos debería decirnos la fecha exacta de nuestras muerte, entonces sin duda viviríamos diferente. Y a la mierda con aquellos pobres idiotas que pasen toda su vida martirizándose porque saben cuándo van a morir y por ello no saben disfrutar del vivir. Pero bueno, tal vez este divagando por mi pronta muerte.   Ya dije que deje de preocuparme, no tenía miedo a morir, y me convertí en un ser abyecto y desalmado. Muchos se vuelven bondadosos, tratan de reparar sus males hechos en vidas con simples perdones poco antes de morir. Pero yo no; porque me consideraba un ser bueno, con alguna hijaputes, pero nada terrible. Por lo general siempre me había mantenido en raya haciendo lo correcto y, ya no lo quería más. No quería hacer el bien para ganarme el cielo, no me interesaba, algo me decía que tenía que ser un hijo de puta. Lo primero que hice fue abandonar a mi mujer, hacía tiempo que no la amaba más y no me animaba a dejarla. Después de todo caí en la conclusión que dejarla no era algo terrible, si no algo bueno para ella. Yo había amado a aquella mujer con toda mi alma, pero con el tiempo aquel amor se fue muriendo hasta convertirse en nulo. Y sin embargo seguía manteniendo dicha relación. No era justo para ella, claro que no era justo que viviese con un tipo que ya no la amaba. Así que después de todo seguía siendo un bonachón y no abyecto y desalmado. Lo segundo que hice fue comprarme un arma y una botella de buen escoses, lo tercero, alquilarme un cuarto barato en los suburbios donde pasar mis últimos días. No fui a un hotel cinco estrellas porque no tenía dinero, y si lo hubiese tenido tampoco lo hubiese hecho, de que serbia la frivolidad si estaba pronto a morir. Para muchos tal vez ese sea el punto, pasarla con la mayor frivolidad posible tratando de ahogar las penas de la sabida muerte en: viajes, putas, drogas, etc.  A mí me resultaba una idiotez, después de todo, todos sabemos que algún día vamos a morir. Y eso no me da la escusa del reviente, si uno es un reventado es porque lo es y ya. Yo solo tenía el vicio del alcohol, y no de forma desesperada. Bebía de vez en cuando y de cuando en cuando me emborrachaba. Tenía mi arma, mi botella de whiskies y un cuarto donde dormir.  Me tire en la cama, deje el arma sobre la mesa de luz y la botella sobre el suelo. No sé porque se me hiso presente la imagen de una mujer en particular, alguien con quien nunca había tenido sexo. No había sido la mujer más importante de mi vida, y sin embargo ella aparecía en mi divague. No sé si fue un hecho casual el pensar en aquella persona. Yo conocía a esa mujer de mucho tiempo atrás. La primera vez que trate de acercarme a ella me había dicho algo que me quedo grabado. Yo había tratado de besarla sin respuesta favorable, pero no se ofendió, hasta se sintió alagada. Para aquel entonces ella mantenía una relación con un tipo que al decir verdad no la merecía, yo lo conocía, pero no era amigo. Me dijo que sería incapaz de engañarlo y me pareció bien, una mujer que respetaba a un cerdo a su lado. Me parecía bien que no lo engañase, lo que no me parecía bien era que siguiese a su lado. Pero haya ella, era su vida y yo no era quien para meterme. Después de todo yo no quería enamorarla y que dejase a aquel sujeto para huir junto a mí. Ella lo entendía a la perfección, sabía que yo no le daría el amor que su pareja le negaba por desconsiderado. Y prefirió dejar las cosas como estaban, aunque sus ojos reflejasen que se moría de ganas de acostarse conmigo, si hubiese insistido habríamos terminado cogiendo como desesperados. Pero no lo quise, sobre todo cuando me dijo que no podía cambiar. Que todo en su vida estaba mal y que no había remedio. Yo no quería convencer a una pobre chica de que estaba equivocada, yo no la quería convencer que si se acostaba con migo se sentiría mucho más feliz al menos por un rato. No la quería convencer de que podía dejar a ese tipo y encontrar a un mejor amor. No la quería convencer por más que yo así lo creyese, porque tal vez ella tuviese razón, y yo no era quien para ilusionarla. Pero si ella tenía razón era tan solo por una cosa, por cobardía. Sentí pena por ella, y no me gusta sentir pena por nadie, pero la pobre estaba triste aunque su actitud siempre demostrara  lo contrario, la pobre tenía miedo de dejar a aquel tipo que sin dudas no amaba, por miedo a quedarse sola, por miedo a no hallar a nadie más en la vida que le brindase un poco de cariño. Era una actitud totalmente patética, como la que yo había tenido estando al lado de una mujer que ya no amaba, y el descubrir mi pronta muerte fue el disparador para dejarla. Había perdido mucho tiempo e injustamente le había hecho perder mucho tiempo a mi ex mujer.  Lo mismo pasaba con esta chica que había perdido mucho tiempo por cobardía. En aquel entonces había obtenido la respuesta de la boca de aquella mujer a un problema que yo aun no tenia. Simplemente si hubiese recordado antes dicha conversación, si hubiese recordado la lastima ajena y el patetismo que sentí, hubiese encontrado empatía con migo mismo y quizás no habría perdido tanto tiempo en tomar una simple decisión. Bueno, si la imagen de aquella chica había aparecido en mis recuerdos no me quedaba más que salirla a buscar. Puse el arma en mi cintura, tome la botella de whiskies y Salí a la calle. Hacía ya algún tiempo considerado que no la veía, ya no tenía su número telefónico pero sabia donde vivía, al menos donde vivía hasta que nos dejamos de ver. Cuando digo “nos dejamos de ver”, me refiero a reuniones entre amigos y cosas por el estilo, nunca fuera de dicho circuito. Me dirigí a su casa. Para mi suerte seguía habitando dicho lugar, sonrió al verme, y yo sonreí también. Se sorprendió un poco al advertir mi presencia  con una botella en la mano, pero igualmente me invito a pasar. Le pedí que acercara dos vasos. “es que no me gusta beber solo” le dije. Acerco los vasos aun sorprendida; ella no me recordaba como un alcohólico o un simple borracho. Así era el sujeto por el que no había querido besarme. -¿Que celebramos?- me pregunto con una dulce sonrisa, esa sonrisa que yo aun descubría con un dejo de tristeza. -Nuestro rencuentro, que más. Bebimos, ella aun se encontraba confundida, pero se la notaba alegre por mi presencia, tal vez por eso no quiso seguir indagando sobre mi inesperada visita.  Era mayor que yo, dos o tres años, yo tenía treinta y uno, pero los años con ella no habían sido tan agraciados como para con migo. La diferencia de edad entre nosotros parecía aun mayor. Digo, en su rostro se notaba lo sufrida, esas marcas de amargura son difíciles de ocultar. Por alguna razón aquella dureza en su rostro me atraía. Su cuerpo seguía estando bien, nunca había sido destellante pero sin duda era atractivo. Convengamos que aquel era un cuerpo del que yo había querido probar y no había podido, quizás si hubiese tenido sexo con ella aquel cuerpo ya no me interesaría para nada, o tal vez todo lo contrario, no lo sé. Bebimos media botella, ella comenzaba a emborracharse pero yo aun no. Creo que nunca en mi vida sentí un tipo de energía igual, prácticamente estábamos teniendo sexo sin tocarnos, su mirada me penetraba, sus labios húmedos y el juego de su lengua sobre ellos eran un ritual extasiante. Ambos comprendimos que habíamos perdido mucho tiempo, que tendríamos que habernos acostados aquella noche en donde yo trate de robarle un beso sin éxito. Pero algo bueno había en haber prolongado nuestro encuentro tanto tiempo, éramos como dos seres vírgenes ardiendo por nuestra primera vez, al mismo tiempo con la experiencia para poder disfrutar de semejante ardor que tan pocas veces suelen repetirse con tal intensidad. Ella me hablaba casi entre gemidos mientras jugaba con el vaso de whiskies revolviendo el hielo con su dedo índice para luego depositarlo muy suavemente entre sus labios.  Su pecho se inflaba más de la cuenta al respirar, al igual que el mío. La observe fijamente a los ojos y comprendió de inmediato, se abalanzo sobre mi abriéndose de piernas sobre mi regazo, nos besamos como solo dos seres que tienen el mismo grado de excitación pueden hacerlo, de una manera irrepetible a la posteridad. Luego se aparto casi con brusquedad de mí, pero no con rechazo, sino como alguien que cae en la cuenta de algo que está por pasar. Lo primero que pensé irrefutablemente fue que aquel tipo que no había querido engañar aquella vez estaría al caer en la casa. Sin embargo ella me dijo que su madre estaba a punto de llegar con su hija. Recuerdo a aquella niña que ya tendría unos quince años, no era hija del sujeto que para mi entender no la merecía, sino de uno que la había embarazado y luego desaparecido. Le dije que tenía un cuarto donde podíamos ir, me dijo que estaba bien y escribió una nota para su madre e hija. Yo no pude ver lo que la nota decía, pero para mí estaba dirigida a aquel hombre que tantos disgustos le causaba. Nos largamos de allí, apresurados y conteniéndonos para no terminar cogiendo en medio de la vía publica. Finalmente llegamos a aquel cuarto de alquiler. Muchas veces he descrito escenas o situaciones de sexo, pero no podría describir aquella. Desde que comenzamos nuestra vida sexual solemos tener altibajos. No todos los polvos que echamos suelen ser supremos, tal vez sean los mínimos, el caso es que aquel fue el mejor encame de mi vida, yo estaba pronto a morir y prácticamente me despedía de lo terrenal teniendo el mejor sexo de mi vida. Y lo mejor aun, no estaba enamorado de aquella mujer, lo que era una ventaja porque me impedía sufrir porque dentro de poco ya no tendría su amor. Desnudo y transpirado me quede tendido sobre la cama. Ella no se quedo junto a mí, sino que salió de aquella cama completamente desnuda para tomar el arma que yo había dejado en el suelo tratando de ocultarla bajo la misma. Ella lo había notado, había notado que yo tenía un arma y no había dicho nada. Había separado a la perfección la duda del: “¿para qué tendrá un arma?”. Para tener el mejor sexo de su vida, o al menos para que yo lo tuviese. Aun poniendo en riesgo su propia vida, porque tal vez mi intención fuera matarla. Pero yo no quería matarla, yo no quería matar a nadie, ni siquiera a mí mismo. La vi empuñar el arma y algo me dijo que no era la primera vez que lo hacía. Me apunto con decisión, no era su intención asustarme, y yo tampoco lo hice. No temí ni por un segundo en que disparara aquellas balas sobre mi cuerpo, sabía que no lo aria. Pero por un instante lo desee. Desee que disparara sobre mí, que dejara mi cuerpo ensangrentado sobre aquella cama incomoda de aquel cuarto mugroso. Que se vistiera a las apuradas y saliera huyendo del sitio aquel.  Pero no lo hizo. Seguro. ¿Por qué iba de hacerlo?, ¿Por qué iba a matarme? El desquiciado era yo al pensar dicho escenario, por cargar un arma por las calles quien sabe con cual o que intención.  Quizás quisiera saber que se siente ser un asesino. Pero jamás me animaría a dispararle a nadie. Entonces ocurrió algo que yo jamás hubiese esperado, la chica me puso el arma en la mano y me pidió que la mate. No era yo el único desquiciado en aquel cuarto. Y por primera vez tuve miedo, la vi tan decidida que me asuste. ¿Para qué había comprado ese arma?, si ni siquiera iba a pegarme un tiro, no lo necesitaba, pues yo ya estaba muriendo. Ella quería que la mate y yo iba a morir. Le dije que no lo aria, deje el arma sobre la cama y le dije que si quería ella misma podría matarse. Nunca creí en el destino escrito, siempre fui de los que piensan que al destino hay que forjarlo. Pero yo no había forjado el destino de mi muerte. Yo no había elegido morir lentamente. Pero de alguna forma había forjado el destino de  aquella mujer que decidió pegarse un tiro en la boca frente a mí. ¿Y todo por pensarla? ¿O por haberla conocido diez años atrás? Inexplicablemente fui clave en el final de sus días, con cruzarnos una vez, claro que no de casualidad porque la había ido a buscar, pero con esa sola vez basto para que ella pusiera fin a su destino, escrito o forjado. Ahora se para que compre el arma, ahora sé porque la pensé, ahora se porque había rechazado  mi beso años atrás; y no me gusto para nada formar parte de aquel plan diabólico construido por no sé quién. ¡Por ella!, ¡por mi!, ¡por los dos!, ¡por el universo! por la necesidad de que todo siga girando. No lo sé, ella estaba muerta y yo no sabía por qué. Ni siquiera había sido su confidente, solo su medio. No llore, no pude llorar, la situación no lo ameritaba. Yo no era quien debía hacerlo, las lagrimas correctas para quien las merezca. Y nosotros no nos merecíamos.
DIVAGUE
Autor: javier 
En: Cuentos & Historias 
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Me desperté y no podía respirar, estaba en aquella jaula de nuevo, sin poder tomar aire, ¡no había!  me ahogaba, me consumía, me secaba por dentro y por fuera, mi piel se  volvía arena, no respiraba, pero sentía el dolor de mis huesos deshaciéndose, veía mi cuerpo desapareciendo, mis neuronas muriendo, mis ojos podían ver, mi lengua sentía el sabor de algunas gotas de sangre que caían desde el techo, mi pies desaparecieron, se habían ido, ya no puedo caminar, sigo sintiendo dolor en un cuerpo que ya no puedo ver, sigo sin poder respirar y la sensación mortal de pronto es un hecho, no me veo, pero me siento, no estoy más, no soy materia, no sé en qué me convertí. Donde quiera que ahora esté solo deseo que vengas corriendo a encontrarme, todo parece un pantano, parece como si me hubiera tragado a mí misma, estoy dentro de mí, desaparecí, pero me siento presente, de pronto escucho el eco de una voz que pregunta si hay alguien aquí, golpea una puerta que no puedo ver, que no puedo abrir, intento gritar pero solo hay dolor, intento moverme pero no soy materia, intento hablar pero no sé qué decir, aún pienso, te escucho preguntando si aún soy yo, si estoy aquí, intento decirte que no sé dónde estoy, que no sé dónde estás, siento tu perfume, puedo olerte desde donde estoy, gritas de nuevo con desespero y yo quiero llorar, quiero gritarte quiero ir hacia ti, ya no sé caminar. ¡Me desperté! Sola, maldiciendo de nuevo por tener el mismo sueño que no sé qué es pero me hace sentir muerta, creo que es normal, después de todo despertarme desde hace algún tiempo no significa otra cosa , desde el primer paso del día siento que voy consumiéndome, que voy tragándome a mí misma, llega un momento en el que no puedo dejar de conversar conmigo y casi puedo ver lo que hay dentro de mí  y tal como en mi sueño recurrente es un pantano oscuro, la niebla baja y se posa sobre un césped seco que rodea el pantano, no puedo ver, no puedo  encontrar la manera de moverme, sólo escucho mi voz haciéndome preguntas, una tras otra, buscando respuesta, mis labios no se mueven pero me escucho, estoy pensando, me escucho dentro de mí, sigo ahí en ese lugar que parece estar dentro de mí ; me quedo horas ahí haciéndome toda clase de preguntas, atormentándome por no encontrar respuestas, siento terror, estar despierta se parece cada vez más a mi sueño recurrente. Camino al trabajo, de vuelta a casa y sigo ahí en ese maldito lugar que no puedo ver bien y tú estás fuera, tramando, qué es lo que tramas, fuera de mí, te puedo ver desde adentro, puedo verte como si pudiera espiar por pequeñas rendijas de mi cuerpo, te veo fuera, quizás pensando, quizás planeando, quizás disfrutando, te veo sonreír, seguir con la mirada lasciva un culo que se pasea en frente tuyo, te veo, pero no sé qué tienes dentro, no sé qué hay detrás de tu pecho, no puedo llegar allí, no soy bienvenida, no hay un espacio dentro de ti, no sé qué hay, sólo te veo sonreír y mirar lascivamente los culos que se pasean enfrente de ti, es lo que sé de ti, no sé si quiero saber más, no se si puedo saber más, solo es que haces que me pregunte más  de la cuenta, he tenido más conversaciones conmigo sobre ti que las que tengo conmigo sobre mí y debo decir que me gusta pensarme, pero me has desplazado me has dividido. El pasto solía ser verde, el sol solía brillar, solía tener grandes esperanzas, ahora solo te miro desde adentro, me pregunto que tendrás tú, pero no pertenezco a tu irresistible mundo de pretensiones y figuritas de acción coleccionables, sin embargo, sigo encontrándome en aquella esquina oscura, subiendo a tu auto para que lascivamente apretes mi culo en una muestra de cuánto te importo. 
Un par de años antes de que, por fin, llegara a ser un alumno universitario (a pesar de las muchas envidias de gentes como "El Gimi" y "El Boina") estaba yo tan seguro de que lo iba a conseguir que, de vez en cuando, con algún libro bajo el brazo o leyendo algunas de mis muchas creaciones literarias en hojas de papel, me daba agradables paseos por la Avenida Complutense de Madrid. Eran para mí verdaderas satisfacciones saber que muy pronto yo iba a ser uno de aquellos estudiantes de las aulas de la Facultad de Ciencias de la Información. De vez en cuando hasta conseguía llamar la atención de las bellas chavalillas que me encontraba en aquellos plácidos y placenteros paseos y que me dedicaban sus más emotivas sonrisas. Aquello hacía que mi autoestima fuese cada vez más elevada y mi condición de futuro líder de las aulas universitarias se iba forjando poco a poco pero de manera ya irreversible, a pesar -como dije antes- de las muchas envidias de gentes como "El Gimi" y "El Boina". Ningún Emiliano ni ningún Benito lo podrían impedir. Sólo necesitaba una especie de bautismo ceremonial para estar totalmente preparado. Y aquel célebre y festejado día llegó. Sucedió durante una muy agradable tarde primaveral cuando, paseando yo distraídamente por dicha Avenida Complutense, leyendo unas de mis aquellas hojas escritas, que tal vez de alguna especie de cuento debería tratarse puesto que yo siempre he sido, de toda la vida, un verdadero cuentista, y en el momento en que ya me encontraba a la altura del actual Edificio de Estudiantes (donde antes se encontraba situado el Colegio Mayor Brasil muy cerca de los comedores universitarios) me llegó dicho bautismo que confirmaba mi espléndido futuro de universitario jamás derrotado por gentes tan envidiosas como "El Gimi" y "El Boina" que nunca fueron, para mí, personajes importantes en mi vida; si acaso, tal vez, personajillos de algunas de mis futuras creaciones literarias para solaz de mis lectores y, sobre toda, de mis lectoras. El caso es que, estando concentrado en leer aquellos folios escritos, de repente se puso en funcionamiento un aspersor de aguas para regar el césped y me chapuzó de manera bien merecida por mi parte.  Fue una agrable sensación notar que las frescas gotas provenientes del surtidor me refrescaron la mente, pues hacía calor y necesitaba urgentemente algo que me despertara del sopor de aquella lectura. Sé que las hojas se mancharon de agua pero no reccioné como reaccionan los que se cabrean mucho por estos asuntos inesperados (entiéndase, por ejemplo, el Emiliano y el Benito por citar dos de los más conocidos por mí) sino que me dio por reír y dar gracias a Dios por su bendición acuífera. Muy poco tiempo después ya estaba yo sentado en el aula de Primero de Ciencias de la Información, Rama de Periodismo, recordando dicha anécdota en forma de bautismo ceremonial y partiéndome de risa con Juan Manuel y Fernando que no sabían de qué cuestión se trataba ni por qué me estaba yo riendo con tanto placer. Si los aspersores de agua hablasen confirmarían que estoy escribiendo la verdad en este mi querido y apreciado Diario. "El Gimi" y "El Boina" ni se enteraron porque jamás pensaron que yo lo iba a conseguir. Claro que en esta vida tiene que haber de todo; hasta de gentes que se cabrean cuando alguien de la familia ajeno a ellos consigue triunfar. Pero la envidia sólo perjudica a los envidiosos y esto sí que es otra gran verdad.
Gustavo estaba pensando en lo que le dijo su esposa Mireya, respecto a que prefería matarlo antes que dejarlo acostar con otra. Este pensamiento rondaba la cabeza de Gustavo sin dejarlo  tranquilo en la cama, mientras Mireya se bañaba.      Él la conocía, y por eso sabía que Mireya, no era capaz de matar ni una araña, menos de encajarle un cuchillo a un hombre, o arrancarle su dignidad de los calzones mientras dormía, no, sólo era una amenaza hueca, llena de miedo.     Tenían años de casados, pero aún eran jóvenes, sin hijos, y con una fea casa “moderna” pintada de gris y azul rey, que aún estaban pagando.      Regresando al tema; cuando Gustavo le preguntó a Mireya, no fue para medir el costo de una secreta intención, sino para visualizar el peligro que lo acechaba después de ya haber cometido el pecado.      La situación era más complicada de lo que aparenta,  ya que hace poco más de un mes, habían comprado un paquete de condones “por si acaso”, el paquete tenía  seis preservativos; la noche de la compra, usaron uno, arrastrados por el compromiso del consumo, y eso fue todo, el resto esperaban una noche de borrachera o una de calentura incitada por las telenovelas del canal de las estrellas.      Pero el muy pendejo de Gustavo, uso dos de estos condones para sostener relaciones con aquella mujer del trabajo; ya tenía semanas seduciéndola y no iba a dejarla ir sin hacerle nada.      Susana era le encargada de los lácteos en la tienda de autoservicio donde trabajaba Gustavo; era una morena no muy alta, de ojos marrones como la pulpa de tamarindo, tenía un poco de bigote en las parte laterales de la boca, más o menos camuflados por su color de piel, y una nariz ancha y  empujada hacia arriba; pero eso sí,  siempre, sin importar el clima, el día, la ahora o su estado de salud, adornaba sus pies con unos tacones muy altos, y cuando pasaba, dejaba detrás de ella, ese perfume guarro llamado “Paris Hilton”, ­­–este dato es conocido porque varias veces, se le vio comprarlo en esta misma tienda– lo transcendental de Susana, era su fantástico trasero, que era, según los cargadores, cajeros, conserjes y hasta el mismo gerente, el mejor artículo de la tienda, y como los “caballeros” que laboraban allí, pasaban más tiempo viéndole las nalgas, que los defectos a Susana, por eso los traía embobados. Esperando una oferta.         Empezaron intercambiando miradas en los pasillos, y conjugando unas pocas palabras a la hora del almuerzo, entre estas conversaciones, sus números de celular. El resto de la trama romántica que duró, como ya se dijo, varias semanas, se suscitó, como todo amorío profano actual, es decir,  por medio de mensajes en  “Whats App”; el último mensaje, registrado en la bandeja de entrada de Gustavo fue a las once de la noche, y decía: “Si de verdad tienes valor, nos vemos antes del turno, en el refrigerador de los yogurts, lleva condones “      Las ciudades de provincia suelen ser relativamente pequeñas, y se vería muy raro que llegará a comprar condones antes de ir al trabajo, o temía encontrarse con alguien en la farmacia y le vieran a esa hora y solo, haciendo esa compra tan reveladora, y que siempre agita los chismes más comunes que acechan a las personas casadas, ya que siempre, por una pésima costumbre sexual amañada en la sociedad, aparece la pregunta maliciosa de: “Si está casado, ¿para qué quiere condones?”.   Pensó que podría tomar los condones del cajón de noche, y remplazarlos después, pidiéndole a un amigo que le comprara unos, a cambio claro está, de revelarle los detalles del amorío secreto con Susana. Pero aún no lo hacía, y esos condones ausentes lo delatarían tarde o temprano.      Por eso no podía descansar, e intentaba ser lo más asexual posible, evitar el contacto visual, o poner en la televisión el programa de noticias deportivas. Pero otra cosa lo perturbó más, una extraña sensación de que la casa era diferente.      La puerta del baño ya no rechinaba, la antena estaba bien sintonizada, el boiler encendido en piloto, la gotera del fregadero había dejado de caer, y el refrigerador ya no vibraba al iniciar el motor, todo esto quería decir sólo una cosa, un hombre había pasado por la casa esa tarde.      Cuando Mireya salió del baño, Gustavo apretó los dientes, la próstata y las nalgas, cuando vio que su esposa se había depilado las piernas, y no sólo eso, sino que también traía la lencería ceremonial que procedía a todo coito marital.      Pensó en ir al baño, bajarse los pantalones, y con el trasero desnudo descansado sobre la taza, pensar, pero el miedo de que Mireya se le adelantara a revisar el cajón, lo hundió en el colchón. Después de todo, lo que él intuía, podría ser sólo una conjetura estimulada por el sentimiento de culpa que traía sobre su conciencia, dicha sustancia debía estar en los intestinos, porque sentía un profundo vacío infernal en las tripas.     Mireya envistió, sin dejarle mucho tiempo para pensar, no había duda, sus piernas no raspaban, la cosa iba enserio, Gustavo reaccionó rápido, apagó el televisor, y la luz: decidió  jugársela de esta manera, comenzó el trágico ritual perpetuado de toda pareja que se conoce. Gustavo, abriéndose espacio a tacto entre la oscuridad, sacó del cajón un condón, y lo desenvolvió sobre su virilidad. Se vino, con esfuerzos de imaginación primero que su esposa, pero por dignidad y vergüenza, siguió  retorciéndose con el doloroso ataque, hasta que Mireya quedó satisfecha. Acto seguido retiró el objeto plástico, y lo lanzó dentro del bote de basura del cuarto.      Gustavo despertó después que su esposa, era sábado, y ella se levantó temprano para limpiar la casa; la culpa y el miedo lo invitaron a revisar dentro del cajón, asomó sigilosamente su cara dentro del mueble, y contó. –      Uno… – cerro con suavidad el cajón, pensó que aún estaba apendejado por el sueño, volvió a abrirlo, y contó de nuevo–…uno.      Faltaba un condón, Gustavo se quedó mirando con los ojos pelones hacia el techo, sacando y reafirmando sus cuentas, entendiendo que no podría preguntarle a su esposa, sin delatarse solo. El bote de la basura ya no estaba, por eso se formuló varias preguntas: ¿habría usado dos condones con su esposa la noche anterior?, ¿había usado con su amate instantánea tres condones?, ¿el paquete desde el principio, sólo traía cinco preservativos?, no, nada de eso, las matemáticas sugieren que Mireya aquella tarde, había sido dueña, de dos penes.    
Temporada de Fúbol Español 1948-1949. El 8 de enero de 1949 salí a ver el mundo desde el interior de mi madre. Me interesaba aprender futbol a través de la Tercera División, Grupo 4, para iniciarme en esto de las luchas de badajocenses contra conquenses. Mi felicidad fue enorme cuando el 18 de febrero de aquel memorable y memorioso año de 1949 después de Jesucristo, en el campo de "El Vivero" los mío derrotaron sin ninguna clase de reclamaciones al equipo representativo de Cuenca. Badajoz 3 - Conquense 0. Y la Historia del Fútbol forma parte extrínseca de la Historia General. Lo mismo que es copletamente cierto que el mejor futbolista extremeño de toda la Historia del Fútbol fue Adelardo Rodríguez Sánchez que no nació en Cáceres (como alguen que lo ignora pudiera falsamente crerlo) sino en la ciudad de Badajoz, capital de Badajoz, el 26 de septiembre de 1939. Su posición era la de centrocampista y desarrolló una larga carrera en el Atlético de Madrid, club en el que es el jugador que más partidos ha disputado en toda su historia. Fue internacional catorce veces con la Selección Española, con la que participó en dos Mundiales y jamás en la Historia ha habido algún jugador nacido en Cuenca que se le haya podido ni tan siquiera igualar ; o sea que cuando los de Badajoz le metimos un 3-0 inapelable al Conquense (cuando yo tenía apenas un mes y unos cuántos diías más), Adelardo (que llegó a casarse con la guapa hija del presidente Calderón del Atlético de Madrid) iba a cumplir ya los diez años de edad y, por supuesto, estaba haciendo sus primeros "pinitos" como infantil para poder luego jugar en el Ferrocarril de Badajoz y en el Betis Club Extremeño también de Badajoz y desde el cual pasaría a jugar en el Club Fútbol Extremadura, de Almendralejo de Badajoz (1956-1957) y en el Club Deportivo Badajoz (1957-1958-1959 y por lo cual conoció la Fiesta conmmemorartiva de los 10 años de la victoria del Badajoz, por 3-0, ante el Conquense, que se celebró con gran alegría por parte de todos los extremeños de bien nacer. Desde 1959 (después de aquella solemne celebración que ha quedado ya en la Historia del Badajoz) Adelardo jugó desde 1959 hasta 1976 en el Atlético de Madrid. En resumen: yo tenía solamente un año y unos pocos días más cuando en el campo badajocense de "El Vivero" el equipo más representativo de los pacenses le metimos tres "roscos" al equipo más representativo de los conquenses que se volvieron a su Ciudad Encantada totalmente desencantados con aquellos tres goles que encajaron sin niunguna clase de protesta porque el Badajoz siempre ha sido mucho mejor y tiene mucha más Historia y muchas más gestas futbolísticas que el Conquense. Para que se enteren Benito, Emilín y hasta los nacidos y nacidas en la provincia de Cáceres. Me lo paso en grande recordando estas grandes hazañas de los habitantes de mi ciudad natal. 
Allá por el año de 1965, fue el gran Manolo Santana quien logró la increíble hazaña de convertir el tenis en un deporte popular mientras que antes sólo era un deporte de las élites económicas de España. Tengo que aclarar que aquel año de 1965, España logró alcanzar la final de la Copa Davis que se jugó ante Australia (luego se volvería a conseguir en 1967) aunque en las dos ocasiones perdimos contra el potentísimo equipo australiano, que jugaba en su propia cancha, y eso que Santana ganó partidos individuales y era el eje sobre el que se construía el equipo español. Manuel Santana Martínez (Madrid, 10 de mayo de 1938), conocido como Manolo Santana, es un exjugador español de tenis; ganador de cuatro torneos del Gran Slam, que fue una de las figuras deportivas más destacadas de España en la década de los 60. Hasta el triunfo de Conchita Martínez en 1994 y de Rafa Nadal en 2008, Manolo Santana era el único jugador español que había conseguido ganar el torneo de Wimbledon, aunque en categoría amateur. ¿Que sucedió a nivel de mi familia (los cuatro hermanos varones) desde aquel famoso año de 1965? Que nos entró, de repente, la fiebre del tenis. De esta manera es cómo aprendí todo lo relacionado con este deporte y, además, comencé a practicarlo, junto con Emilín, Boni y Maxi, en la Casa de Campo de Madrid y años antes de que se inaugurasen las primeras pistas de tenis en dicho lugar madrileño para cualquier ciudadano o ciudadana que quisiera practicar el entonces llamado "deporte blanco" porque era obligatorio jugar con camiseta deportiva blanca y pantalón deportivo blanco con zapatillas (hoy conocidas "de tenis") también blancas. Hasta los calcetines tenían que ser blancos. Pero antes de todo ello yo ya era un gran seguidor de este deporte porque me estaba dedicando a recoger, para aprendérmelos de memoria, el nombre y apellido principal de los tenistas del mundo entero tanto en su categoría profesional como en su categoría de amateur hasta que llegó un año en que todos pasaron a ser profesionales. Hasta nombres como Gurmi y Asciak, del país de Malta (por citar algunos de los más difíciles y raros que encontré) estaban en mis listados. Por cierto que, hablando de Gurmi y Asciak, los conseguí recoger de cortas noticias que publicaban los diarios españoles sobre los entonces famosos Juegos del Mediterráneo.  Así que cuando me tocó entrar ya de lleno en el mundo de las chavalas guapas (Cima, CAP y BHA) ya tenía yo muy formado mi cuerpo juvenil gracias a que el tenis me sirvió de complemento a mis prácticas como futbolista. Sin tomarme nunca demasiado en serio este deporte de las raquetas (recuerdo que nuetras primeras eran de madera y "Made in Pakistán" compradas en las ofertas y rebajas de "El Corte Inglés") resulta que me gustaba una barbaridad practicarlo. Nunca me lo tomé en serio y por eso jamás intenté llegar a ser un genial tenista (cosa que sí me estaba sucediendo como futbolista) pero viví muchas y alegres vivencias -a veces hasta humorísticas parodiando al profesional rumano Ilie Nastase- que fueron aumentando mi optimismo a la hora de ligar con las chicas que me gustaba ligar. Y ligar era para mí, y sigue siendo, simplemente enrollarme con ellas de manera hablada y paren ustedes de contar. Si alguien entiende por ligar otra cosa distinta no es problema mío ni tampoco es mi responsabilidad. Dicho esto tengo que añadir que uno de los tenistas más caballerosos que jugaban en aquellos años era el británico Roger Taylor; todo un caballero del cual aprendí a cómo portarme dentro de la cancha cuando me encontraba en momentos de seriedad. Y es que, en aquellos años 60, todavía el tenis era un deporte para personas cultivadas, cultas y educadas. Hasta el público se sabía comportar deportivamente y guardaban el silencio y el respeto que todos los jugadores se merecían.  Una de las prácticas que ejercitábamos los tres hermanos pequeños (Boni, Maxi y yo) en nuestra casa consistía en intentar tocar el máximo número de veces la bola de tenis con la red de la raqueta pero sin que se nos cayera al suelo. Fue una manera de aprender el toque necesario y los efectos o "spines" que se deben conocer para practicar esta actividad deportiva. Y aconsejo a quienes dan sus primeros pasos en el tenis que en la medida en que tu nivel vaya aumentando te irás dando cuenta de que los golpes planos te limitarán demasiado ya que mientras más fuerte golpees es cada vez más probable que se te vaya la bola fuera de la pista, por esto es importante dominar los efectos como el liftado (top spin) y el efecto cortado (slide). Hay muchísimas cosas más para aprender la buena técnica en el juego del tenis pero ni soy instructor de este deporte ni tengo tiempo para detallar todo porque, en ese caso, tendría que escribir un libro completo de "cómo jugar al tenis" que, por cierto, ya existen en gran abundancia.  
Era un niño que soñaba un caballo de cartón; abrió los ojos el niño y el caballo apareció y el caballo apareció. Y montándose en su grupa ese niño cabalgó viajando por sus mundos tarareando esta canción. Ese niño lo soy yo. Ese niño lo soy yo. ¿Se puede soñar mundos con tan sólo 5 años de edad? Por supuesto que sí. Sobre todo cuando ya sabemos, con tan sólo 5 años de edad, que lo perfecto no existe según los que hablan de la Razón pero también sabemos que lo perfecto sí existe según los que hablamos del Corazón. En aquel duelo de mi Razón contra mi Corazón y de mi Corazón conta mi Razón sucedió algo importante: apareció el caballo de cartón con el que tanto soñaba. ¿Sueños? ¿Es que la realidad son sueños encadenados a una existencia infantil? Por las noches meditaba para responder a esta pregunta. El Premio Nobel de Literatura se lo han concedido a Ernest Hemingway; así que monto en mi caballo de cartón y compongo mi propia redacción pre escolar mientras vuelo bajo nubes blancas: "Entre las aguas primaverales de esta infancia, donde el adiós a las armas ya es un hecho real, lo importante es tener o no tener. De pronto suenan las campanas. ¿Por quién doblan las campanas allá en la tierra? Al otro lado del río y entre los árboles, mis amigos los grises gorriones, vuelan buscando aventuras. El viejo y el mar se encuentran en islas a la deriva. Y pienso que quizás el jardín del Edén aparezca ante mis ojos al romper el alba".  
El actor del horror. (3ª. Parte). Acto III. Esta escena se realiza en el escenario de un teatro, en el cual Jaime Rey trabajaba, en éste está Arturo y sus compañeros. Arturo- Los he reunido a todos aquí, para que pensemos que vamos a hacer, después del fallecimiento de Jaime. Leo- Pobre, quien diría que perdería la vida en un accidente automovilístico. Arlet- Sí, él era un excelente director y actor. Leo- Ni hablar, la vida sigue. Arturo- Por eso quiero saber, que piensan de todo esto. Leo- Yo, pienso seguir en el grupo. Arlet- También yo. Arturo- Hay que continuar nosotros, con el proyecto de la puesta en escena que tenía Jaime. Leo- Eso es lo que estaba pensando, decirle al maestro de Cultura, que queremos continuar en el grupo de teatro, por nuestra cuenta. Arturo- Que buena idea tuviste, hay que decirle. Arlet- Y buscar nuevos actores, porque todos se salieron. Arturo- ¿Cómo que se salieron? Arlet- Sí, nadie va a regresar porque se murió el maestro, nada más Leo y yo, nos interesamos por venir a ver qué pasaba. Arturo- No hay que preocuparnos, podemos poner una obra nueva, un muchacho quiere integrarse al grupo. Leo- ¿Sí? Arturo- Si, se llama Luis. Leo- ¡Qué bien!, ahora seremos cuatro. Arturo- Miren, ahí viene Luis. Luis entra. Luis- ¡Buenas tardes! Arturo- Pásale. Luis- ¡Ya llegué! Arturo- Bienvenido, mira, tenemos planes de poner una obra de teatro, nosotros por nuestra cuenta. Luis- Sí, supe que se murió Jaime Rey. Arturo- ¡Así es!, pero bueno, basta de tristezas y vamos a trabajar. Luis- ¿Qué obra de teatro piensan poner? Arturo- Estaba pensando que podríamos montar la obra del libro, de la presentación del otro día. Luis- La obra de suspenso que escribió Martín Contreras. Arturo- La misma. Luis- Pero somos cuatro y en la obra se necesitan nueve actores. Arturo- Eso es lo que te quería decir, que vallas al malecón a invitar gente para que se integren al grupo. Leo- Yo te acompaño. Luis- ¡Claro! Arlet- En lo que nosotros hablamos con el organizador de cultura, para que nos sigan prestando el teatro. Leo- (A Luis). Pero antes, dinos algo. Luis- ¿Qué quieren que les diga? Leo- ¿Has estudiado teatro? Luis- Sí, tomé un taller de teatro una vez. Leo- ¡Ah, sí! Luis- También he hecho teatro, pero como me cambié de casa, por eso ya no actúo en la compañía donde trabajaba. Leo- Ya veo, ¿Dónde vivías? Luis- En Monterrey. Leo- Supongo que has de extrañar a tus compañeros. Luis- Un poco, no los conocí mucho. Leo- A ver cómo te va con nosotros. Luis- Me decía la maestra Susana, que hacen teatro del horror. Leo- Así es Luis. Luis- A mí me gusta hacer mucho ese tipo de trabajos, lo que pasa es que también soy comunicólogo. Leo- ¡Oh!, ahorita nos vamos a ir un poco lento, porque no sé si sepas, pero se murió el director de teatro. Luis- Sí, me enteré cuando fue la presentación del libro, de Martín Contreras. Arturo- Nosotros vamos a hacernos cargo de la compañía, ahora yo voy a ser el director. Luis- ¡Ah! Arturo- Por eso queremos conseguir más actores, que se integren al grupo, porque se salieron los que estaban, por el fallecimiento del director. Luis- ¿Cuándo vamos a ir al malecón a buscar gente? Leo- Mañana, después que haga unas invitaciones, para que se integren al grupo. Luis- Está bien. Leo- Ahorita estamos esperando, a que llegue el sobrino de Jaime, porque iba a ver lo de las luces. Luis- ¿Qué tienen las luces? Leo- Las va a cambiar, por unas nuevas. Arturo- También queremos poner unas mamparas, para cambiar el escenario, para que nos ayudes. Arlet- Yo pensaba que tenías más experiencia. Luis- No, no he actuado tanto. Arlet- ¿Por qué? Luis- Porque también me dedico, a la comunicación audiovisual. Arlet- Seguramente no te será difícil comenzar en el grupo. Luis- Ojalá. Arlet- Porque a veces a gente viene y como no saben actuación bien, no se pueden integrar. Luis- Espero les guste mi participación. Arlet- Se ve que sí. FIN.  
En mis ya casi olvidados del todo (y para siempre) tiempos de bancario resulta que, en mi barrio de por las cercanías del Paseo de los Melancólicos (aunque yo jamás he sido un melancólico "colchonero"), y residiendo cómodamente, por aquel entonces, en la calle madrileña de Juan Duque, número 16, existía (y supongo que sigue existiendo) una chavala morena de esas de las de las conocidas como de las de "rompe y rasga" que me tenía siempre "en vilo". ¿Quién era aquella tal belleza femenina de, aproximadamente, mi misma edad? Si digo que la del Bilbao no me estoy refiriendo a ninguna jugadora o fanática seguidora del Athletic Club porque, además, nunca le pregunté si le gustaba o no le gustaba el fútbol aunque, en aquel tiempo, yo era un empedernido futbolista.  Yo mantenía en secreto aquella "misteriosa" relación existente entre la del Bilbao y mi persona pero, mira por dónde, se nos cruzaban las miradas y, claro está, con las miradas llegaban los pensamientos; mas todo aquello dentro de los límites permitidos por la censura que, al fin y al cabo, a mí me daba lo mismo que existiera o que no existiera y no me estoy refiriendo a la morena sino a la censura. Yo la considerba, porque era muy considerado, como la mejor de toda la barriada o, por lo menos, entre las 2, 3 ó 4, mejores de la barriada. Algo extraordinario debió ocurrir cuando se lo conté a "Carlangas" porque, sin decir yo nada más que me gustaba una morena que me tenía comidos los sesos, él rápidamente me contestó: "¡Ya lo sé! ¡Es la del Bilbao!". ¿A qué Bilbao se estaba refiriendo "Carlangas"? ¿Se me notaba tanto mi interés compuesto o era una simple casualidad de esas rocambolescas situaciones que suceden muy a menudo en la vida de los seres humanos enamoradizos? Y no fue de "carambola" porque no eatábamos en ningún billar sino en plena calle. Lastimosamente el asunto quedó sin aclararse porque, muy pocos días después, su mirada se volvió a cruzar con la mia, pero fue el final de todo aquel "romance" porque nunca la volví a ver.
LA RESISTENCIA (Teatrillo)   Escenario.- Jardín interior de la Residencia La Resistencia.   Personajes.- José Luis, Ana María y Juan Andrés.   ------------------------------------------------------------------------------------------------------   (Los tres personajes se encuentran hablando y sentados en un largo banco)   José Luis.- ¿Qué ha sucedido, Ana María? ¿Dónde se nos ha quedado nuestro mundo?   Ana María.- ¡Ay José Luis! ¡Qué dolor más grande este de haber vivido sin saber para qué hemos vivido!   Juan Andrés.- ¡Existo porque no existo y porque no existo es por lo que existo!   José Luis.- ¿Desde cuándo te ha dado por esto de ser filósofo, Juan Andrés?   Juan Andrés.- Si yo te contara, José Luis… pero no… ya no nos queda tiempo para contar…   Ana María.- Tanto querer para terminar por no ser querida…   José Luis.- ¡Por favor, Ana María! ¿Podrías ser alguna vez positiva?   Ana María.- ¿Y de qué me sirve a mí ahora eso de ser positiva si nunca me di cuenta de serlo?   Juan Andrés.- A lo mejor… tal vez… quizás…   Ana María.- ¡Deja de soñar, Juan Andrés, por favor! ¿No ves que me entra un desasosiego que ya no sé ni quién soy?   José Luis.- ¿Y por qué no puede tener un poco de esperanza?   Juan Andrés.- Eso mismo iba a decir yo…   Ana María.- Alguien me dijo un día, en aquellos tiempos de mi plena juventud, que la esperanza no es lo último que se pierde sino lo primero que se conquista. Pero no fui capaz de entenderlo.   José Luis.-  Ese mismo fue quien me dijo a mí que un día entero vivido lleno de esperanza son veinticuatro momentos de luz que nos iluminan la existencia y nos dan motivo de fe hacia el futuro. Tampoco yo llegué a entenderlo.   Juan Andrés.- ¿Os cuento un secreto?   Ana María.- Cuenta… cuenta…   Juan Andrés.- Yo tampoco lo entendí cuando me dijo que el amor es un animal que se puede morir si dejamos que dentro de nuestra alma se mustie la esperanza… porque el amor se alimenta de la esperanza dentro del alma humana y si la esperanza se mustia se muere el amor…   Ana María.- No tener hijos ha sido la mayor desgracia que he cometido en mi vida.   Juan Andrés.- De haber tenido hijos todavía nos podría haber quedado la esperanza de que nuestros nietos se hubiesen acordado de nosotros.   José Luis.- Quién pudiera olvidar ciertas cuestiones para no tener que llamar a las cosas por su nombre…   Juan Andrés.- Y yo que me creía el amo de este mundo… fallaste corazón… no vuelvas a jugar…   José Luis.- Salir del círculo del tiempo y penetrar en la espiral del amor absoluto. ¡No fui capaz! ¡No fui capaz! ¡No fui capaz!   Ana María.- Tengo penas en el alma que no las quita el dolor…   José Luis.- ¿Pero no decías siempre que el alma no existe?   Ana María.- Me he dado cuenta demasiado tarde de que la felicidad es la juventud del alma y sin alma jamás se puede ser joven.   Juan Andrés.- Quien pudiera olvidar…   José Luis.- Si olvidar no se puede… ¿qué ha sucedido con la vida, Ana María?...   Ana María.- Todo es un vaivén donde la presencia humana se convierte en enigma de lo contemporáneo. ¡Sin hijos, sin nietos y sin descendencia alguna, hemos perdido, José Luis, la posibilidad de ser precisamente contemporáneos! ¡Sólo somos un pasado nada más!   Juan Andrés.- Me suena a derrota…   José Luis.- Y pensar que él seguro que era alguien que supo escuchar el ruido de la gloria…   Ana María.- Y a nosotros tres sólo nos queda ya la sinceridad aunque sólo sea para decir que es una nostalgia convertida en expresión. Si al menos hubiese alguien a quien poder transmitirlo…   José Luis.- Quizás nos quede el consuelo de que el dolor es un pálpito vital.   Juan Andrés.- ¿Resistiremos sabiendo solamente eso?   Ana María.- Me llama mucho la atención que hayas sido capaz de plantearlo, Juan Andrés; porque nuestra soledad es como los oleajes de una vida que se nos escapa sin llegar a ningún lado.   José Luis.- Exacto, Ana María. Algunas veces estamos dentro de este encierro y quisiéramos estar fuera y, viceversa, desde fuera, al no tener más que soledad, quisiéramos estar dentro.   Juan Andrés.- Quizás es que los rumbos fijos en realidad no existen cuando siempre hemos estado viviendo a la deriva.   José Luis.- Así que nuestra única resistencia se reduce ya a un posible réquiem por todos nosotros.   Ana María.- Y que Dios nos pille confesados. 
Dos universos. Despertó ansioso, con el pensamiento fuera de su pequeño cuarto. Su imaginación se fue por la puerta del diminuto balcón y bajó muy abruptamente hasta el suelo, allá, donde el mundo ocurría sin detenerse mientras él pensaba una y otra vez la misma cosa. Eran apenas las ocho de la mañana, pero despertó por hábito, acostumbrado a una rutina de tiempos mejores. La luz  del sol resplandecía tenuemente entre paneles y puertas semitransparentes otorgando una calidez a la fría habitación. Sus muebles eran pocos, modernos y compactos, apenas si llenaban el espacio entre los muros blancos.  Vivía solo. Se sentó antes de incorporarse, reflexionando sobre los acontecimientos recientes. El silencio solo era interrumpido por el ventilador de techo que giraba lentamente. Su habitación estaba en perfecto orden, así como todo lo de su departamento. Era un chico bástate organizado, intelectual y muy nervioso. Sobre el escritorio se veía su ordenador, una libreta de apuntes y un par de libros que dejo a medio leer el día que se quedó sin trabajo. Se levantó y fue hacia el comedor para intentar degustar algo, sin embargo, las bolas de arroz y el pescado no le satisfacían en ese momento. Estuvo sentado a la mesa toda la mañana, sin siquiera tener la mínima intención de levantarse hasta que alguien llamó al conmutador, sin embargo, no atendió Habían pasado una semana sin que hubiera hablado con alguien, ni siquiera había salido del departamento. De vez en cuando iba al escritorio, prendía el computador y revisaba algunas ofertas de trabajo. Después lo apagaba y regresaba al comedor, sin siquiera darle un breve vistazo a sus redes sociales. Más que estrés, sentía vergüenza por echado a perder su primera oportunidad para ascender a puestos importantes dentro de su trabajo, sin embargo, no solo no logró el ascenso, sino que prescindieron de él. No había hablado con sus padres para informarles de la situación, ni ellos se habían comunicado con él, afortunadamente, pues no quería tener que decirles que era un chico desempleado. Deshonra. A menos que lograra encontrar  trabajo en una empresa con más prestigio, no había mucho más que hacer.  Se sentía humillado, y los días lo pasaban pensando constantemente en la situación. A veces caminaba, pero no había muchos lugares a donde ir. Solo había una salida, y había estado sobre la pequeña mesa del comedor todo ese tiempo. Una pequeña daga muy afilada y algo curva resplandecía constantemente, como si lo llamara. Necesitaba tomarla, meterla en su abdomen, y desplazarla a un costado. Era una forma digna de acabar con el problema, pero no lo había podido hacer. Era un cobarde, un miedoso y debilucho y por eso mismo sentía aún más pena. Aunque ese día estaba decidido. Era un poco después del mediodía cuando tomo la daga, se puso en canclillas y la colocó apoyándola sobre estómago. Pensó un breve momento sobre la situación y de nuevo dejó la daga sobre la mesa. Se incorporó, abrió la puerta de la terraza, subió al barandal, miró hacia abajo y se liberó. Los titulares del periódico del día siguiente habían aumentado unas decenas de número más al conteo de suicidios del año. Unas páginas más adelante, se leía un anuncio solicitando personal para recoger cuerpos suicidas, fuera de eso, no había ninguna otra solicitud de empleo. … Esa mañana se despertó con una sola idea en la cabeza: conseguir trabajo. Había pasado un par de meses desde que había sido despedido de su empleo. Lo encontraron robando parte de las propinas que los meseros recibían en el restaurant. Tuvo suerte, la gerente no presentó denuncia de robo, pero en su lugar, él tuvo que firmar su renuncia, por lo que no había forma que recibiera compensación por su despido. Despertó porque habían llamado a la puerta un par de veces de manera intempestiva. Así que no tuvo más remedio de levantarse de la cama, pero aun semidesnudo, con solo uno calzoncillos puestos, se asomó por la ventana sin que lo viera quien sea que llamara a la puerta. Era un cobrador más, que al ver la negativa para abrir, mandó un sobre con una advertencia de pago urgente. Él se acercó a la carta, la tomó y la tiro al bote de la basura, donde esperaban por lo menos una veintena de cartas más con ultimátum amenazantes. Pasaban del medio día, el sol estaba en lo más alto del cielo, azotando con brusquedad a la tierra y elevando la temperatura de manera extremosa. Él calor era sofocante, pero lo que más resaltaba del ambiente era un olor profundo de moho, comida echada a perder y sudor, haciendo una mezcla bastante recalcitrante que se colaban por las fosas nasales, lastimándolas. Había ropa por toda la habitación desperdigada entre los muebles que se acumulaban, pero sin orden o propósito. La cama estaba distendida y el baño desaseado. La cocina parecía un campo de batalla y el cesto se desbordaba con basura. Después de dejar el sobre en su lugar, regresó a la puerta y salió, no sin antes echar un vistazo para saber si alguien seguía ahí. Tomo el periódico del piso, y regresó a su refugio. Sin siquiera ponerse algo más encima, se sentó a la mesa, retiro con el brazo la basura tirándola al piso y colocó el periódico. Duró unos cuantos minutos ojeando la sección de clasificados pero, a pesar de la gran cantidad de ofertas de trabajo, no había nada que pudiera cumplir con el perfil. Aventó el periódico a un lado y se dirigió al refrigerador, que inmediatamente cerró de un golpe. Tomó el teléfono celular e intentó hacer un par de llamadas, pero no hubo respuesta. Ya ningún conocido o amigo estaba dispuesto a invitarlo a comer o si quiera pasar el rato a su lado.  Se sentía perdido, sin rumbo. No le quedaba nada que pudiera comer ni dinero para comprar absolutamente nada. Las  deudas estaban sobrepasándolo y no sentía que hubiera ninguna salida. Ni siquiera sus hermanos quería tener que soportar el peso que era mantenerlo, ya no, habían pasado por eso ya mucho tiempo y no lo harían más.  La renta estaba por vencerse y no tendría a donde ir.  Todo era un cumulo de cosas que lo cubrían ahogándolo su desesperación lo había hecho llorar sin consuelo por las noches pero ahora estaba cansado, desgastado hasta el extremo. Ya no quería seguir soportando esa situación, así que se dirigió al baño, abrió el grifo con agua caliente y regresó a la cocina. Tomó un cuchillo del fregador y regresó al baño. Se sentó bajo la regadera y mientras el agua fluía hacia la coladera, un rojo brillante lo saturaba. No hubo llanto, ni gritos, solo un sonido constante de líquidos cayendo y escurriéndose entre la tubería. Días después, los periódicos ponían en sus contraportadas un titular algo sensacionalista: Terminó con su vida en funesto acto de cobardía. Sus familiares están destrozados y lloran su pérdida.    
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