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                                                                          EL TÚNEL                     No vislumbró  ninguna luz al final del túnel, pero siguió su camino guiado por el  sonido de las campanas. Como a mitad del trayecto, tropezó y cayó al vacío confirmando la más grave de sus sospechas. Había sido engañado una vez más, había caído en la misma trampa de siempre. Se levantó del piso y apagó  el reloj despertador de su mesa de noche.
Nací distraído. Lo supe desde chico. Me recuerdo con cuatro años, sentado, dándole la espalda a la escalera de mi edificio, aun siento el dolor de la caída. Nunca supe bien el motivo, puedo estar escribiendo sobre lo distraído que soy que de repente rinoceronte con corbata. La gente suele tener equivocaciones como prender el cigarrillo dado vuelta, yo, en cambio, puedo estar con el encendedor prendido sin nada en la boca. Seria autocompasivo sentir que le debo al mundo un poco de atención, darme cuenta de que tengo que pagar la boleta de luz o llamar a mí madre. Todo eso deja de importar, ya que mientras escribo, observo como dejé otra vez encendida la luz del baño. Lamentablemente saber que uno es distraído es parte del problema.  La distracción es acumulativa, los hechos se van superponiendo. La llamada pendiente se diluye luego de aparecer la canilla abierta en la cocina, para después ver como el agua está hirviendo y tirar de un manotazo todo el azúcar en la mesada. Como fichas domino (todavía sigo buscando una metáfora mejor) paso de un hecho a otro. No espero compasión, es solo la sensación de que cada movimiento que hago no me pertenece. Estoy muerto de miedo. Miedo de ser tan despistado que, en un instante, tengo sesenta años y entrecierro los ojos para poder ver el precio de la harina. O peor, haber entrado en otra casa y estar en un cuarto que no me corresponde. Ver mis dedos y no estar seguro si debo teclear la letra “e” con el dedo índice de mi mano izquierda. Incluso, me aterroriza la sensación de haber nacido en otro cuerpo, de que la persona que escribe no sea yo sino otra contextura en la que, en mi desatención, me metí por equivocación. Ojalá que esto pase. No debería estar acá. Mi idea simplemente era hacerme un té, pero termine escribiendo este texto. Por lo menos pude…   Alan Marrapodi
En busca de la felicidad solemos ser egoísta, tanto que llegamos al punto de ignorar el dolor ajeno por sentir el bien propio. Herimos a las personas diariamente y sentimos el descaro de pensar que ellos son los culpables. Buscamos dinero pensando en la felicidad y no nos damos cuenta que la felicidad puede ser la sonrisa que te regala tu madre cada maña al despertar . ¿ por que se nos hace tan difícil entender el significado de la palabra felicidad? Preguntas como estas e incluso mas dificiles de explicar son las que a diario navegan en él océano de mi pensamiento.   
   Solo charlas Charlaban, entre ellas... de caja a caja, ajenas a los que estábamos esperando a ser atendidos, era una tarde como cualquier otra... cientos de personas pasando por las cajas con nuestros alimentos, de pronto sentí curiosidad por la charla de las chicas, tan frescas, tan jóvenes, tan vivas. Subí al auto y pensé cuántas de esas charlas me perdí por tantas obligaciones, tantos agobios. Llamé a las chicas, si, yo también tenía amigas con las que compartir, por qué me ponía triste. Pero al instante suspendí, tenía necesidad de salir corriendo, correr, solo correr, tomar algún camino que me llevara a algún nuevo horizonte, correr hasta sentir la felicidad de saber que tenía algún rumbo. Hoy no, hoy no lo haré, se que un día si, y no habrá nadie que me detenga, pero ahora no... dentro de un rato...
Entre ellas...
Autor: adriana 
En: Cuentos & Historias 
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Mirándome fijamente al espejo una mañana antes de salir al trabajo que tanto tiempo me quita para compartir con mi familia, me preguntaba una y otra otra vez cuanto tiempo podría mi cuerpo y todo mi subconsciente aguantar tanta carga que día a dia le exijo que lleve.Y fue en ese mismo momento que me imagine una voz diciendome que mi cuerpo y todo mi yo podíamos con esa carga y muchas mas.  Reteniendo lagrimas en mis pupilas empece a recordar ese tiempo en el que realmente era feliz y no lo sabia (mi niñez). Y recordé también las veces que desee crecer para hacer cosas de adultos. y fue ahí en ese preciso instante que no pude sostener el llanto y llore como lo hace un bebe recien nacido y extreñe los abrazos de mi madre, abrazos que muchas veces cambie por los abrazos de personas que solamente querían verme caer. Y lamentandome de tanto dolor limpie mis lagrimas y Sonreí frente al espejo repitiéndome una y varias veces tu puedes. 
Los días grises me colman de preguntas... me dan frío, tristeza, dolor, miedo. Ayer y hoy, son dos de esos días.Me inquieta saber, ¿qué sucede cuando tenés una determinada edad - considerada MUY apta - para tener un empleo y las responsabilidades que eso conlleva, pero no conseguis salir del círculo vicioso de mamá, papá y vos? En la noche de ayer, reflexioné junto a mis padres acerca de este tema. Sucede que, muy a mi pesar, en algunos conceptos coincidimos. Ellos sontenían que un hombre de más de 25 años tiene que tener trabajo - en lo posible fijo - y no permanecer en su departamento limpiando, cocinando, "haciendo cosas de mujeres" aseguraron.Mi postura es flexible en cuanto a este tema, quizás por mi edad, quizás porque el sistema, la cultura, o como quieran llamarle, ya no es la misma que la de mis padres y mucho menos que la mía. Con el tiempo se ha modificado, según mi punto de vista < para bien > pero sé que el común de las personas aún no se acostumbran a que la mujer trabaje y el hombre se dedique al aseo del hogar. Bajo ningún punto de vista el hombre puede estar pensando qué cocinar, cuánto gastó en el super o qué se olvidó traer para hacer un tuco... Bajo ningún punto de vista la mujer puede ir de aquí para allí para tener un sueldo fijo, prefererían que esa chica esté en una oficina trabajando, con abrigo y calefacción para el frío, con aire acondicionado para el calor, o incluso en su casa dando vueltas los muebles o poniendo la mesa para almorzar. Para mí, podemos "intercambiar" roles con el género opuesto si así nos sentimos bien de hacerlo. La diferencia está cuando esa persona tiene algo oculto que no le permite ser libre completamente, no le permite salir, comunicarse y ese dolor se disfraza de sonrisa. No digo que sea super fácil afrontar el mundo, la situación económica, la cabeza de cada uno. Consta de ver más allá de la ventana, el vidrio, las rejas, para entender al otro...No es tan sencillo salir a flote cuando no hay una persona, al menos una, que te guíe por un tiempo hasta reacomodar tus ideas, tus deseos, tus proyectos. A veces pedimos cosas de más a las personas que nos rodean y damos tan poco por ellas... Entonces me pregunto, ¿está mal crecer con la sobreprotección de mamá o papá? ¿puede afectarnos en nuestras decisiones a futuro? ¿somos capaces de buscar y determinar el rumbo de nuestro propio camino cuando llevamos ese respaldo encima? ¿qué sucedería si ellos nos soltaran la mano? ¿cómo seguiríamos? ¿a quiénes nos aferraríamos? A mi alrededor, un mate, la pava y los libros. En mi cabeza, un millón de preguntas sin respuestas rondando en este momento. 
 Mami, mami ¿cuando vuelve mi papi a jugar conmigo?Pregunto el pequeño  niño lleno de inocencia a su pobre madre refugiada en el dolor por la perdida de quien ella pensaba seria el amor de toda su vida.Sonriendo pero con lagrimas en los ojos le respondio -tu papito ya es un angelito que nos cuida desde el cielo!Eso quiere decir que ya nunca me dara las buenas noches ni me llevara a mi escuela cada dia,  pregunto el pequeño.Eso quiere decir que ahora yo sere tu padre y madre , cuidare tus noches y me esforzare para que triunfes y seas un gran profesional, estare contigo en cada  etapa de tu vida y siempre te recordaré lo mucho que tu padre nos amaba.  Respondio la madre a su adorado hijo.Llorando el pequeño pregunta ¿nos abandono? Y sincesar el llanto la madre responde, la violencia en el pais no lo arrebato. Crecerás y entenderás mi pequeño amor.    
Capítulo 4. Confusión.  Que sueño tengo. No paro de bostezar en el autobús. Apenas pude dormir anoche tras la conversación con Jaime. Le he dado vueltas a la cabeza, muchas vueltas, y aún no puedo asimilar lo que me dijo en la carta, sobre todo después de lo que pasó en el gimnasio. Primero se ríe de mí con sus amigos, no me ayuda a zafarse de ellos y luego me besa. ¿Pero de qué va? Me va a estallar la cabeza. He escrito varias cartas para responder a la suya, pero han ido acabado todas en la papelera. Al final escribí una, corta, breve. Una mezclada de rabia y buena educación. Con frases irónicas. Habré pasado a limpio la carta que le he escrito como unas diez veces, o más. Para no olvidar nada de lo que tengo que decir. Al final es lo que decidí, escribirle una carta. Pero me arrepentí y la dejé en casa. No puedo darle una nota así, ahí están todos mis sentimientos expuestos. Así que ahora intento recordar todo lo que escribí para esa conversación que tengo pendiente con él. Tenía los ojos cerrados cuando el autobús se ha detenido en su parada, así que no se cómo ha reaccionado al verme. Es sólo media hora más, pero en el instituto voy a tener que sentarme junto a Jaime. Tengo los nervios a flor de piel, pero tengo que relajarme. Usar este rato en el autobús para hacerlo. Ayer tarde llame a Sofía y le conté todo lo sucedido y me dio muchos consejos, pero ahora se me han olvidado todos. Voy camino a clase como un robot, con el piloto automático, mientras mi cabeza es un torbellino. Marisa y Norma ya están esperando en la puerta de clase. Están hablando, así que, tras decirles "Hola", me saludan y siguen su charla. No se dan cuenta de mi cara. Ni siquiera yo sé que cara tengo ahora. Ya llega el profesor. Parece como si me llevaran a la guillotina, ni siquiera puedo tragar bien. Voy a mi asiento y Jaime se sienta enseguida. Me mira. Yo le miro. Así estamos lo que parece una eternidad. Hasta que el profesor nos llama la atención. Quince minutos antes de que termine la clase, Jamie me pasa una nota: "Menos mal que el profesor ya ha terminado de escribir en la pizarra. No he tenido tiempo de escribirte esta nota hasta ahora. "¿Has tenido tiempo para pensar?" Pensar. Es lo único que he hecho desde que se fue de mi casa. Le escribo mi respuesta en su nota: "Lo he hecho, pero ahora no es el momento." Se la paso, la lee enseguida y me mira. No se cómo lo hace o si soy yo, pero no puedo sostener su mirada. Me incomoda. Veo de reojo que vuelve a escribir y me vuelve a pasar la nota: "¿Quedamos en el descanso?" Me la pasa. Suena la alarma y uno de sus amigos viene a buscar a Jaime. Me quedo con la nota. No puedo permitir que caiga en malas manos. Salgo con mis amigas y les explico lo que pasó ayer desde el beso en el gimnasio. - ¿Y qué vas a hacer? - Pregunta Norma. - ¿Te gusta? - Marisa me pregunta con una sonrisa pícara. No me da tiempo a responder, ya ha sonado la campana. ¿Qué qué voy a hacer? ¿Que si me gusta? Llevo desde ayer tarde pensando en la primera pregunta, pero no había pensado en la segunda. Que si me gusta... ¿Cómo va a gustarme con lo gilipollas e imbécil que ha sido conmigo? Esto hace que me cabree aún más. Los problemas de matemáticas te impiden que pienses en los tuyos. Así que, al menos, esta hora estoy un poco más relajada. ¿Quién iba a pensar que agradecería tener que hacer ejercicios de mates? Aún así, a Jaime le da tiempo a escribirme una nota: "¿Cuándo vamos a hablar en serio de lo nuestro?" Me dice. Y escribo una respuesta casi sin pensarlo: "¿Lo nuestro? ¿Por qué crees que querría que hubiera algo entre nosotros?" Parece cruel, pero es lo que me ha salido en ese momento. Aunque a él parece haberle afectado la respuesta. Me vuelve a pasar la nota con una sola palabra: "¿Por qué?" Vaya. Esa pregunta tiene una respuesta muy larga. Y no se por dónde empezar. Suena el timbre y me vuelvo a quedar con la nota. Jaime parece un poco decepcionado. Yo me voy al baño a despejarme. - ¿Has visto a Jaime? Lleva unos días raro - Oigo la voz de Carmen desde el cubículo del retrete. - ¿Por qué lo dices? - Pregunta Elisa. - Desde que lo conocemos siempre ha estado haciendo bromas y metiéndose con la gente. Pero ahora un día parece el de siempre y al siguiente está raro. - ¿Qué quieres decir con raro? ¿Y cómo sabes que cambia de un día para otro? - Me lo ha dicho su hermano Simón. Él  cree que le gusta una chica. - ¿En serio? ¿Será del instituto? En ese momento salgo del cubículo y me dirijo hacia donde están ellas para lavarme las manos. Carmen y Elisa viven en el mismo pueblo que yo. Somos "amigas" desde siempre. Se suelen reír cuando los demás de meten conmigo. Pero como hemos estado juntas desde párvulos, salgo mucho con ellas por el pueblo. - ¿Tú sabes algo? - Me pregunta Carmen. - ¿Yo? ¿Por qué iba a saber algo? - Respondo un poco nerviosa. - Porque estáis sentados juntos toda la mañana. ¿Has visto que haya mirado a alguna chica en clase o que haya estado escribiendo notas? - Vaya pregunta... - No me he fijado. - Suena el timbre. Salvada por la campana. ¿Esa conversación era casual o sabían que yo estaba dentro? ¿Realmente Jaime está raro o todo forma parte de su juego? Como si no tuviera ya bastante en qué pensar... Ahora toca clase de tecnología y nos vamos a otra clase. Al menos aquí estoy sentada con mis amigas. Tras la explicación del profesor, los demás empiezan con el proyecto. Mientras tanto, intento responder a la pregunta que me ha hecho Jaime antes. Pero ya tengo como diez frases tachadas y él  no para de mirarme cada vez más ansioso desde el otro lado de la clase. Se empieza oler de pronto algo extraño. Todos empezamos a buscar de dónde procede el olor. Hasta que vemos que en un lado de la clase empieza a salir humo y se ven unas pequeñas llamas. El profesor acciona la alarma de incendios y nos dice que salgamos, mientras intenta apagar el fuego con un extintor. Todos empiezan a salir en tropel, pero mi pie se queda atascado en unos cables que se encuentran junto a mi mesa. Con las prisas, he tropezado y se me an enrrollado en los botines. Se me han desatado los cordones y éstos se han liado con los cables. Todos han salido, empieza a haber cada vez más humo. Intento sacar el pie, pero al tirar, los cordones se lían más. Me intento quitar el botín, pero no me sale, los cordones se han liado demasiado. El fuego se propaga y el extintor ya no funciona, así que el profesor decide salir pensando que todos habíamos escapado ya. Hay mucho humo, intento gritar pero la alarma suena muy fuerte y el humo hace que me de un ataque de tos. Intento desenredar los cordones y quitarme el botín pero me lloran los ojos, estoy tragando mucho humo y no paro de toser. Empiezo a tener sueño y cada vez tengo menos fuerzas. Creo que me voy a desmayar. En la puerta veo una figura, se acerca hacia mí. Tiene media cara tapada. ¿Quién es? Logra liberarme el pie, no sé cómo, y noto que me coge en brazos. Estoy perdiendo la visión, los ruidos son tan lejanos. Y todo se queda a oscuras y en silencio.
Era el verano de 1985. Veraneábamos en Futrono, a orillas del hermoso lago Ranco al sur de nuestro país y ese día sábado había que comprar verduras para la semana. Las gentes del lugar me habían contado que en la mañana del sábado se instalaba en algún lugar de la ciudad una feria de habitantes de la isla Huapi que está ubicada en el centro del lago Ranco; esta isla está habitada por Mapuches y Huilliches y constituye una especie de reserva indígena en la cual ellos viven sin mezclarse con los huincas, o sea, con la gente no indígena de la zona.  En esa mañana, muy temprano vimos llegar al muelle de Puerto Las Rosas, en donde nosotros habíamos arrendado una cabaña, un lanchón municipal que traía a los comerciantes de la feria con sus sacos y canastos en los que portaban las mercaderías que pretendían cambiar por dinero en la ciudad para, a su vez, cambiar ese dinero por provisiones para ellos mismos; mujeres en su mayoría, algunas con sus crías y algunos pocos hombres, todos con su acostumbrada imagen de poca comunicación y presunta timidez. El Puerto Las Rosas está bastante distante de la ciudad pero ellos hacían el camino a pie con sus cargas valiosas hasta llegar al lugar que la municipalidad les entregaba para su feria. A media mañana fuimos a ésta con la intención de aprovisionarnos, había que llegar temprano porque al mediodía estaría con mucha más gente…pensábamos…pero no era así porque en la feria no había ni un alma, los únicos seres humanos de la feria eran solamente los feriantes que esperaban a la gente que no llegaba, para no venderles ni un solo capi de poroto, ni una sola papa, ni una sola lechuga. ¿Qué pasaba?...nos preguntábamos…nada, solamente que la gente de la ciudad, los veraneantes, los turistas y dueñas de casa no iban a la feria. Tal vez compramos algo para llevar, no recuerdo y ellos estuvieron toda la mañana hasta entrada la tarde, en sus puestos no visitados, hasta que deben haber recogido sus mercaderías no vendidas (todas yo creo) y deben haber dado inicio al plan de contingencia que consistía en ofrecerlas a los almaceneros de la ciudad. Y aquí me detengo para contar en detalle lo que vi en la tarde, casi a la oración, en una especie de emporio al cual yo había ido con uno de mis hijos a comprar algo: un feriante hombre (ex feriante para ser más preciso) llegó con un saco de sus productos y se lo ofreció al dueño del local que conversaba con otra persona y que le dijo que no. El hombre permaneció inmutable y se quedó esperando más respuesta, porque estoy seguro que él sabía que habría más respuesta a su oferta; pero más inmutable permanecía la conversación del otro y aun más inmutable su interés por las mercaderías del humillado. A estas alturas mi interés en el tema estaba en su apogeo, lo mismo que mi indignación, pero yo no podía intervenir a pesar de que las ganas de hacer algo, de matar a alguien, me revolvían el estómago. Finalmente después de un largo, humillante e indignante rato, el huinca sacó unas monedas de la caja registradora (tal como lo leen, una pocas monedas) y se las pasó al hombre que se quedó mirándolas en sus manos por un tiempo, tal vez calculando qué haría con ellas, para cuánta miseria le alcanzarían o talvez conteniendo la rabia y luchando para no ir a estrangular al estrangulador. Compró lo que le alcanzó para comprar y se fue. ¡Desgarrador! El dueño del local permaneció inmutable, para él no había pasado nada extraordinario, para mí sí. ¿Cuántas humillaciones similares se vivieron esa tarde? ¿Cuántos comerciantes indiferentes a la miseria del prójimo hicieron lo mismo? ¿Cuánto imbéciles compraron en veinte veces su costo, las mismas mercaderías despreciadas esa mañana porque a esa feria no se iba? Pero el cuento no termina aquí, no señor, desgraciadamente continua porque más tarde, cuando toda la comunidad esperaba en el muelle la llegada del personaje que debía operar la lancha para llevarlos de regreso a su hogar, resulta que el personaje no apareció, ni en toda la tarde, ni en toda la noche; nadie sabía qué le había pasado y los pobres ex feriantes hicieron fogatas a la orilla del lago y pasaron toda la noche a la intemperie esperando que llegara el que no llegó…lo que sí llegó fue el alba…y el nuevo sol…y el mediodía, hasta que a eso de las tres de la tarde apareció el esperado dando la explicación de que estaba en un taller reparando una pieza del motor. Se puso en marcha la lancha, se subieron ellos con todas sus miserias adquiridas y se fueron a su isla. ¿Saben ustedes lo que más me llamó la atención en esa despedida? (porque yo ya había entablado conversación con algunos de ellos)… sus caras aun alegres a pesar de lo que habían vivido… tal parece que el único amargado era yo. ¿Fin del cuento?   P.S. ¿Cuántas islas Huapi habrá en nuestro planeta?
Capítulo 6. La conversación.El primer día de instituto después del incendio. La gente me mira y hablan entre ellos. Me siento incómoda. Jaime camina detrás de mí. No me quita los ojos de encima. Mis amigas están esperando en la puerta de nuestra clase. Mientras esperamos a que venga la profesora, me quedo mirando hacia la puerta del aula de tecnología. Hay un precinto en el marco y una señal de advertencia en el suelo. En la clase, Jaime me va pasando notitas preguntándome: "Cómo estoy.", si necesito ayuda con las tareas, si quiero hablar de algo,... Mis respuestas son breves: "Bien.", "No.", "Después.". Sonríe con esa última respuesta. Suena el timbre del descanso de los cinco minutos. - Entonces nos vemos en el desayuno para hablar. ¿Te parece bien en el patio de atrás? - Le respondo con un "Sí", poco convencida y salgo de la clase.Últimamente me siento ahogada en espacios cerrados. La hora del desayuno. Les he dicho a mis amigas que había quedado con él para desayunar y hablar. Me dirijo al patio cada vez más nerviosa. Se me está cerrando el estómago. Jaime está sentado sólo en el césped bajo un árbol. Me mira fijamente, y sigue haciéndolo mientras me dirijo hacia él. Me siento en frente suya. - Bien. Voy a empezar a hablar pero no quiero que me interrumpas. - Empiezo a decir. - Vale. - Me responde. - Estoy echa un lío. No me esperaba esto de tí. Desde que llegaste no has parado de meterte conmigo. Y no me creo que de la noche a la mañana te haya empezado a gustar. No te creo y no me puedo fiar de tu palabra. Pienso que esto es un juego para tí y que en cualquier momento van a aparecer todos para reírse de mí. Sé que me has salvado la vida y te estaré eternamente agradecida. Pero no sé qué pensar de tí y estoy muy agobiada. Y te agradecería si me dejaras un tiempo y no me atosigaras con el tema. - Paro para respirar. Le doy un trago a mi botellín de agua y unos bocados a mi sandwich. Estoy comiendo más por nerviosismo que por hambre. Le miro. Sigue mirándome y bebe un trato de su refresco. - ¿Puedo hablar? - Me pregunta. Asiento con la cabeza mientras sigo comiendo. - Entiendo lo que me dices y también he pensado en eso. Se que es normal que no te fíes de mí. Pero, respóndeme a algo. ¿Qué sentiste cuando te besé? -  Vaya. Me he quedado en blanco. No he querido pensar mucho en ello, pero tampoco he podido evitar pensarlo. Sigo comiendo mientras intento pensar en una respuesta. Él espera paciente. - No sé. No te puedo responder ahora a nada. ¿Podrías, por favor, hacer lo que te acabo de pedir y darme tiempo y espacio - Es lo único que le puedo responder. El resto de la semana ha ido mejor en el instituto. Jaime ya no se me queda mirando tanto como antes y no ha intentado hablar conmigo. A veces nos escribimos notitas sobre cosas de la clase y de los otros estudiantes. Ya es sábado, empiezan las fiestas del pueblo y esta mañana hay una yincana. Hemos quedado todo el grupo para participar. Le pedí a Jaime que mientras estuviéramos con otros no me dirigiera la palabra y, claro, que no se metiese conmigo. Tal vez si sólo nos ignoramos, no resulte nada raro y los demás no sospechen nada. Voy con Sofía hacia la plaza. Había quedado con ella en su casa para llevarle unos apuntes. Va un curso inferior a mí y, aunque no les pongan las mismas tareas, le pueden servir de ayuda mis resúmenes. - Entonces, ¿no os vais a hablar? - Me pregunta. - En eso hemos quedado. Nos vamos a ignorar totalmente. Eres la única a la que le he contado lo que me ha pasado con él. Ni siquiera se lo he dicho a mis amigas del insti. La verdad es que no sé qué hacer con esta situación. - Sí, pero si a él le gustas de verdad, acabará pidiéndote salir. E incluso puede darte besarte en cualquier momento. - Vaya, gracias por tranquilizarme. - Mi tono irónico ha sonado demasiado alto. Menos mal que aún no hemos llegado a la plaza y no hay nadie por la calle.- Ya sabes que yo siempre te digo la verdad, la cruda realidad. Y sabes que en algún momento tendrás que decidir qué hacer con él. - Ya lo sé. - Respondo resoplando. Todos están en la plaza. Jaime se me queda mirando unos segundos y me sonríe. Yo le devuelvo la sonrisa bajando al mismo tiempo la cabeza, para que no se note mucho. La verdad es que me da un cosquilleo en el cuerpo cada vez que me sonríe. - Menuda mirada que te ha echado. - Me susurra. - Ssshhhh. El juego ha sido más divertido de lo que pensábamos. Hemos acabado con pintura por la cara, los brazos y la ropa. Cuando todos han usado el baño para limpiarse, entro yo. De repente Jaime entra mientras me estoy limpiando, coge una toallita y empieza a limpiarme la cara. Estamos muy cerca el uno del otro. Me empiezo a poner nerviosa e intento no ponerme colorada para que no lo note. Para de limpiarme y me mira fijamente a los ojos. Ya empieza otra vez. Estamos en un baño pequeño y él está obstruyendo la puerta. Quiero escapar pero estoy paralizada. Se oye alguien afuera y lo aparto de un empujón. Salgo apresuradamente. Sofía tenía razón. Va a insistir una y otra vez y no sé si voy a poder enfrentarme a él. Esta tarde se celebra la final del fútbol sala. Cuando llego, ya están todas. Me siento junto a Sofía. Los chicos están calentando. Jaime es uno de ello. Cuando cruzamos las miradas, me sonríe. Yo aparto la mirada. Le cuento a Sofía, lo de esta mañana. No debería jugar. Hace poco se torció el tobillo. No debería forzar el tobillo. ¿Pero a mí qué me importa? Me estoy empezando a cabrear conmigo misma por preocuparme por él. - Vaya, te mira cada vez que puede. - Me susurra Sofía sonriendo. - Está coladito por tí. - ¿Por qué te ríes? - Le pregunto enfadada. - No se. - Sigue sonriendo. - Puede que no sea tan mala idea darle una oportunidad. Ya no se mete contigo. Ahora parece más amable y simpático. Lleva un tiempo sin meterse conmigo, ahora que lo pienso. ¡Te salvó la vida.! - Ssshhhh. - Deberías darle una oportunidad. - Concluye. La verdad es que no se qué decirle. Ni yo misma se qué hacer con esta situación. Le había pedido que me dejara espacio, pero no para de echarme miradas. Eso no me ayuda. Parece que él quiere algo conmigo y yo aún sigo echa un lío. Todos nos dirijimos a la plaza para celebrar la victoria. Tras comer y beber, miro a Jaime y hago un gesto con la cabeza para que me siga. Estamos en el aparcamiento, no hay nadie por allí, todo el mundo está en la plaza. Se oye el jaleo y las risas de lo niños que montan en las atracciones cerca del aparcamiento. - Tu dirás. - Rompe el hielo Jaime. Está sonriendo. A mí me cuesta hablar. - Verás. Te pedí que me dieras espacio.. . - Consigo decirle al fin. - Antes de salir conmigo. - Corta mi frase. - ¿Qué? - Bueno. Te he besado varias veces y te he dicho que me gustas. No he tenido ocasión, o mejor dicho, no me has dado la oportunidad para pedirte que salgas conmigo. - No sé qué responder a eso. Él está sonriendo y eso me cabrea. - No he venido a hablar de eso. Sólo quería decirte que pasaras, porque me estás... - Te estoy agobiado. - Avanza hacia mí. - Pues sí. Y me incomoda. Bastante. - Sigue avanzando. A mí me empieza a faltar el aliento. - Lo siento, no puedo evitarlo. - Sonríe. Ahora estamos a pocos centímetros el uno del otro. - Ya. Como ahora. - Me cuesta hablar. Me cuesta respirar. - Sí. Lo siento, lo hago sin pensar. ¿Estoy demasiado cerca? - Asiento. Estamos casi pegados. Yo estoy paralizada. Va acercando su cara a la mía. ¿Por qué no me puedo mover? Quiero apartarme pero no puedo. Está a punto de besarme. ¿Qué estoy haciendo? No lo puedo permitir. Pero tampoco puedo apartarme. Ya me está besando. Un pequeño y suave beso. De repente me coge la cintura con una mano y la cara con la otra y me abre ligeramente la boca con la suya. Me estoy dejando llevar. Nunca había estado en esta situación, así que estoy paralizada. Pero al mismo tiempo mi cuerpo empieza a actuar dejándose llevar por el beso. Subo los brazos, poso una mano en su hombro y con la otra le acaricio el pelo. Jaime responde inmediatamente a este gesto apretando con su brazo mi cuerpo contra el suyo, al mismo tiempo que empieza a darme un beso más apasionado e intenso. Mi mente ya está nublada, se ha dejado llevar del todo. Ahora sólo existe este momento, este beso que no parece tener final. No se cuánto tiempo ha pasado, si horas, minutos o sólo un instante. Pero el beso se está ralentizando y cuando nos detenemos estamos sin respiración. Seguimos abrazados pero ahora sólo nos estamos mirando. Tardo un poco en reaccionar, pero de pronto me separo. Me entra el pánico, lo miro un segundo y me voy. No le doy tiempo ni a decirme nada. No me sigue. Eso me alivia. Llego a la plaza casi sin aliento, me siento y bebo un refresco. Al poco llega Jaime. No puedo ni mirarle a la cara. Sofía nos mira a los dos. - ¿Qué ha pasado? - Me pregunta. - Nada. - Intento no mirarle a la cara. - No, nada no. ¿De qué habléis hablado? ¿Habéis discutido? - Empieza a poner cara de sorpresa. - ¿Os habéis besado? - Shhhhh. No hables tan alto. - Le insto. - Madre mía. ¿Y cómo ha pasado? ¿Besa bien? ¿Cómo ha sido el beso? - Deja de hacerme preguntas. No puedo pensar... - Vaya, vaya... - Me dice riendo. - ¿Qué? - Le pregunto. - Te ha gustado, y mucho. Por eso estás así. No estás cabreada. Estás echa un lío porque ese beso ha hecho que aflore lo que sientes por él. En eso me ha pillado. Llevo mucho tiempo pensando en qué siento y qué debería hacer con el tema de Jaime. Ese beso ha abierto una puerta que me daba miedo abrir. ¿Qué hago ahora? 
Capítulo 5. El día después.Escucho ruidos alrededor. Pitidos, voces lejanas, un televisor. Siento una mano agarrando la mía. Me pesan los ojos. Intento abrirlos pero me cuesta. Siento algo en mi cara. Me cuesta respirar. Consigo abrir los ojos. Veo a mi madre junto a mí. Estoy en una cama. Parece un hospital. - ¿Mamá? - Consigo decir. Mi voz suena ronca. - ¡Hola! Ya estás despierta. - Tiene cara de cansancio. Veo que pulsa un botón. - Ahora viene la enfermera. Intento quitarme la mascarilla de oxígeno. - No te lo quites. Espera a que llegue la enfermera. - ¿Qué...? ¿Dónde...? - No logro seguir con las frases. Estoy aturdida. - Tranquila. Hubo un incendio en el instituto. Tratante mucho humo, por eso tienes puesta la mascarilla de oxígeno. - ¡Hola! - Llega una enfermera. - Ya estás despierta bella durmiente. - Me quita la mascarilla. - ¿Puedes hablar? ¿Cuántos dedos ves? - Dos. - Me cuesta hablar. - Me toco la garganta. - Me duele... - Sí, tranquila. Eso es normal. - Continua la enfermera. - Ahora vendrá el médico. Dele un poco de agua si quiere. - Le dice a mi madre. - Vale, gracias. - Contesta ella. La enfermera sale. - Ten, bebe un poco. - Me da un vaso de agua. Tras pegarle un par de sorbos se lo devuelvo a mi madre. - Ahora vengo. - Sale de la habitación. Tengo la cabeza embotada. Empiezo a recordar trozos de lo que pasó. El pie atrapado, el humo, un sonido atronador, la sombra de una persona. ¿Quién era? Creo que esa persona me sacó del aula. Vuelve a entrar mi madre. Detrás vienen mi padre y mi hermano. También parecen cansados, y al mismo tiempo preocupados y aliviados. - Pasa hombre, no te quedes en la puerta. - Le dice mi hermano a alguien que está apoyado en el marco de la puerta de la habitación. Es Jaime. ¿Qué hace aquí? Se acerca cojeando. - Él fue quien te sacó del aula. - Me dice mi madre. ¿Fue él? ¿La sombra desconocida que sacó mi pie atascado y me cogió en brazos era él? Se acerca al cabecero de mi cama. - ¿Cómo estás? - Me pregunta. - Bien, supongo. - Me cuesta hablar. - ¿Qué te ha...? - No consigo terminar una frase. - Nada, sólo me he torcido el tobillo. - Responde. - ¿No deberías...? - ¿Llevar muletas? ¿Reposar el pie? Llevas un día aquí, y yo he estado todo el tiempo aquí. He estado con el pie en alto y me he puesto hielo. Sólo ha sido una torcedura. - Me sonríe. Le devuelvo la sonrisa. Ya ha venido el médico. Ha dicho que estoy bastante mejor y que estaré al menos un día más en el hospital, según evolucione. Hemos podido convencer a Jaime de que se vaya a casa. Mi voz se está normalizando poco a poco. Ya no me cuesta tanto tratar y el dolor de garganta está desapareciendo. Ya no tengo la cabeza tan aturdida. He recibido muchas visitas. Amigas, familia, vecinos del pueblo... Me han dado el alta y ya estoy en casa. Abro un cajón y ahí están, la carta y las notas que me escribió Jaime. A pesar de que él me ha estado visitando en el hospital, no he pensado en las notas, en lo que me dijo. Ahora se me viene a la cabeza las conversaciones con mis amigas sobre él y el beso del gimnasio. Marisa me preguntó si Jaime me gustaba. ¿Cómo podía hacerme esa pregunta? La verdad es que con lo del hospital no he pensando en lo que pasó. Y ahora que me he acordado, aún sigo sin saber qué hacer y qué decirle a Jaime. ¿Cómo iba a pararme a pensar en si me gusta o no? Y ahora, sabiendo lo que hizo por mí, mi cabeza está aún más liada. Suena el timbre y mi madre abre la puerta. - Hola. - Me sorprendo. Es Jaime. Está apoyado en el marco de la puerta, sonriendo. - Hola. - Le devuelvo la sonrisa. Mira mis manos. Estoy sosteniendo aún sus notas. - Puede que no sea el momento... - Se empieza a acercar a mí. - Ya sabes, de hablar de lo que pasó y lo que te escribí. Guardo las notas rápidamente. - No, no lo es. - Le contesto en tono brusco. Él se para. Parece helado, sin saber qué decir. - Gracias por sacarme de la clase. - Digo, en un tono más suave y amable. - Bueno, no te ví fuera y me preocupé. - Hay un breve silencio. - Me gustas. - Otra vez esas dos palabras. Yo resoplo. - Jaime... - Escúchame, se que he sido un imbécil y un capullo, y créeme, yo tampoco lo entiendo. Pero es lo que siento...- ¡Para! No quiero escuchar nada de eso. Te agradezco que me salvadas la vida, pero ahora mismo no me puedo enfrentar a tí. - Le confieso al fin. - ¿Por qué? - ¿Que por qué? - Empiezo a subir el tono de voz. - ¡Porque acabo de salir de una experiencia traumática y aún no estoy recuperada! ¡Porque necesito tiempo para pensar en todo lo que ha pasado! ¡Porque... - Se abalanza sobre mí y me besa. Me ha pillado desprevenida. Me tiene agarrada por la cara y la espalda. Mis brazos se han quedado sobre su pecho. Estoy con los ojos totalmente abiertos. Intento zafarme y logro separarme de él, pero vuelve a agarrarme y besarme. Forcejeo pero él me tiene bien cojida. No sé qué hacer, así que le piso un pié. Él grita. Al parecer es el pie herido. ¿Pero qué iba a hacer? No me soltaba. - ¿Qué ha pasado? - Mi madre ha venido al oír el grito.- Nada. - Pienso en qué decirle. - Se ha tropezado y se ha dado en el pie que se torció. -  ¿Te traigo hielo? - Le pregunta a Jaime. - No. - Está sentado en la cama agarrándose el pie, con una expresión de dolor. - Tranquila, ya se me está pasando. No ha sido nada. Mi madre se va. - No me mires así. - Vuelvo a mi tono y mi expresión duras. - Tú te lo has buscado. No me soltabas.- ¿Y qué querías que hiciera? ¿Cómo te demuestro que te estoy siendo sincero? - Mira, no quiero hablar ahora. ¿Lo entiendes? No puedo. - ¿Y cuándo?- No sé. Mañana. - Digo sin pensar. - ¿Mañana vuelves al instituto, no? - Asiento. - Genial. Desayunamos juntos en el patio. - Y antes de respondele, me da un beso en la mejilla y se marcha.Son tantas cosas las que quiero decirle, pero no me salen las palabras. Esta situación es demasiado complicada y me está empezando a doler la cabeza. 
Te conozco desde hace dos años pero siento que te conozco de otra vida. Ojalá tuviésemos un millón de vidas para disfrutar el uno del otro.  Ojalá se parase el tiempo para vivir este momento durante la eternidad. Ojalá lo que soy sea suficiente para ti, porque mi único deseo en estos momentos es hacerte feliz. La idea de que puedas estar mal sin mí en Zaragoza me agobia y me desespera. No puedo hacer nada más que decirte que te amo y que mañana también te amaré y que, por sorpresa, al siguiente día te amaré aún más. Quizás sea egoísta decirlo pero te necesito a mi lado, necesito oír tus ‘te quiero’ antes de irme a dormir, necesito abrazarte como si fuese la primera vez, necesito esas caricias que conseguían que una persona como yo tuviese miedo. Porque sí, tengo miedo, mucho miedo. Miedo de no ser lo bastante bueno para ti y miedo de poder perderte alguna vez. Nunca antes había tenido tanto miedo porque nunca había sido tan feliz. Estoy viviendo la mejor época de mi vida gracias a ti y por eso temo que se acabe.   He de confesarte que no puedo parar de pensar en ti. No hay un segundo en todo el día en el que no lo haga. Quiero que cuando te sientas mal, sola o triste, simplemente pienses en que hay una persona en el mundo que te ama en todo momento. Quiero que pienses que aunque creas que estás sola, no lo estás, porque yo estoy siempre a tu lado. Espero que cuando estés deprimida, pienses simplemente que queda menos para verme, porque es el consuelo que me doy a mí mismo para levantarme por las mañanas con buen ánimo.   No pierdas nunca esa sonrisa que tanto me gusta y que tanto echo de menos. No te imaginas lo muchísimo que te quiero.
Dime, de una vez, qué es lo que pretendes cada vez que intentas escribirme o ese momento en el que tienes ideas nuevas para salir a buscarme con la pequeña esperanza de que esta vez te corresponda. El día de hoy te soñé, me habías dejado otros dos ramos de flores en mi puerta; y una sola rosa que ya no recuerdo su color ni su tonalidad. Me celabas por aquél chico que me era "acosador" y ahora te has convertido en uno. Me pregunto si es cierta esa teoría que las personas celosas son las más infieles o aquella frase que dice ‘‘Quien lo dice, lo es’’ ¿Será que aplica perfectamente en ti? Claro, recuerdo cada una de mis promesas; tal vez tengas razón en el hecho de que ya no se puede confiar en un ‘‘Te amo’’. ¿No has pensado que es porque siempre cometes los mismos errores y no los sabes controlar? ¿Crees que no te he analizado tanto como tú a mí? Por favor, deja ya de buscarme porque no, no pienso volver contigo. He escuchado por ahí que uno no debe de volver al lugar donde le hicieron daño, que le hicieron sentir menos o donde simplemente no te sientes cómodo; y eso es lo que haré. Te quise como nunca antes había querido y no te bastó, eso significa que la culpa es mía y ahora me responsabilizo alejándome de ti. Por cierto, me han pasado múltiples experiencias maravillosas ahora que no estamos juntos y algo me dice que a ti te ha estado pasando justo lo contrario. Espero y algún día encuentres esa felicidad que tanto estás buscando y te prometo, de esas pocas promesas de verdad, que no es conmigo. De ninguna manera. Gracias por enseñarme que es lo que no quiero en mi vida.
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