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                                                            Secretos.                                                                Prólogo.   Día a día, paso a paso, consciente e inconscientemente, nos hemos preocupado de construir un sólido edificio que albergue dignamente nuestras vidas, siempre ilusionados con cada ladrillo que colocamos uno a uno en la construcción de sus muros. Sin embargo, en esa  inexperiencia natural y humana, el arriesgado diseño carente de fórmulas y croquis, nos conduce a una aventurada premura que nos obliga a dejar atrás vestigios no solucionados. Porque edificar la vida nunca ha sido una labor profesional y perfecta, como lo podría ser la de un orgulloso arquitecto. Producto de semejante verdad existen en nuestro pasado secretos que se ocultan en la sala de los recuerdos y allí descansan en completo silencio.                                                                           Sobre la ciudad llovía tenuemente. Era un apacible atardecer de tono gris,  desgreñado e inocente. A la sazón, contenta y abstraída, caminaba yo hacia los estacionamientos, refugiándome de la llovizna bajo un paraguas colorido y abrigada con mi suave y cálida bufanda de lana de alpaca de color fucsia. Repentinamente, desde mi espalda, sentí una mano suave que me tomó por el antebrazo, lo que me obligó a detener la marcha y hacerme dar una vuelta para descubrir a su avezado dueño. Tardé un par de segundos en reaccionar. En un principio había sentido un ligero temor, pero al descubrir el rostro de quién me tomó por sorpresa, los bríos de mis latidos, que en un inicio habían portado los sellos del miedo, finalmente se transformaron en desordenadas pulsaciones de emoción. Fue el abrupto despertar de un sueño afable que, sin preámbulos, me enfrentó a una realidad excitante,  novedosa y poblada de reminiscencias. Empecinado y tórrido amor joven que en remotos tiempos se había colado estratégicamente bajo mi piel con sus intrépidos arrojos  y sus virtudes algo pueriles; una pasión de ligeros y utópicos anhelos que se aventuraron en el torbellino del frenesí y una historia atolondrada que había terminado inexplicablemente inconclusa. Alegremente me hallé delante de unos ojos pardos de un esquicito brillo aceitunado, de mirada profunda y acariciante que me miraron con una avasallante admiración, quedando mi rostro  muy cerca de su boca que, con clara intención, más un mágico y atrevido silencio, finalizó brindándome  una linda sonrisa que me salpicó el alma con mil caricias. Además, junto con ello, mi desprevenido sentido fue invadido por el cautivante aroma de su loción bien escogida que extrajo sin rezongos desde mi generosa memoria, nítidas imágenes palpitantes y orladas de plenos sentimientos. Era él, el mismo de antes. Mi voz perturbada exclamó su nombre y tras ello creé intencionadamente una calculada pausa para evitar tontas  exclamaciones de esas que suelen aflorar ante las situaciones de sorpresa. Creo que él aprovechó la situación para rodearme con sus brazos por el entorno de mis hombros, atrayendo mi cuerpo hacia el hueco bajo su barbilla y transmitir en mí la intensa calidez de su nostalgia; luego puso en mi mejilla un tierno y prolongado beso cargado con un enorme bagaje de evocaciones. A ese instante, con franqueza, le debo reconocer el profundo impacto que provocó en mis sentimientos y aceptar, también, que su sutil acción no me fue indiferente. Una vez superado el natural proceso de las emociones y lo fortuito, cruzamos un diálogo insustancial de preguntas, de afirmaciones y de lúdicas zalamerías,  terminando él con una galante invitación  a beber un café, lo que evidentemente tenía por propósito no terminar de manera abrupta con un encuentro que no había sido, de ninguna manera,  desagradable. Y acepté. Las tacitas de café se repitieron varias veces y el tiempo transcurrido se transformó en casi dos horas muy nutridas y gratas, durante las cuales él y yo nos relatamos punto por punto nuestras actuales y estructuradas realidades, con sus consabidos logros, expectativas, dichas e infaltables tropiezos; sin dejar de confesarnos, también, lo importante que había sido aquella relación acaecida en el pasado entre ambos y del correspondiente rol del recuerdo que se albergaba pacientemente en un rincón de nuestros corazones. Debo confesar que esas casi dos horas me tenían absolutamente complacida, pero tras el evento de nuestra intensa y maravillosa charla no pudimos evitar el comprender que en nuestra consciencia estaban vigentes otros rumbos, tan o más importantes que ese ocasional momento y resolvimos despedirnos con una sincera calidez, no sin antes proporcionarnos nuestros números telefónicos...   Una vez en el exterior, caminamos cada quien en sentidos diferentes. Yo, luchando con sentimientos disociados, retomé el camino que me conducía al hogar, a mi hijo, a mi esposo y a mi verdadera felicidad.                                                                    Epílogo.   En la calle, la noche ya se había instalado y no fue necesario abrir mi paraguas, porque había dejado de llover. Hasta el día de hoy no he vuelto a saber de él.   Existen tesoros que solo pueden vivir en el recuerdo.                                                                    F     I     N
El pozo estaba seco. Sin esperanza; decidió marcharse, ¿qué otra cosa podía hacer?, y reflexionó.Las tierras del sur eran sólo fantasías, ninguna certidumbre. Al este no podría llegar si para ello tenía que atravesar antes la serranía; demasiado trecho para tan poco pertrecho. Del norte venía, allí le acecharía su inhóspito pasado…Quedaba el oeste... A 10 metros: el Paraíso. ¿Cómo no se habría dado cuenta antes?
El cielo estaba de un azul intenso, mientras Maria recogia las plamtas cerca del rio vio como una barca se acercaba a lo lejos, tomo su canasta y siguio haciendo la labor que su madre le habia encomendado.-¡Maria!- se escucho como su madre la llamaba.Maria se apresuro con su mandado, tomo sus huaraches y corrio por la orilla del rio, la madre de maria le habia mandando a recolectar hierbas de rio, para preparar remedios.-Ya estoy aqui ama-dijo maria, mientras ponia el canasto en la mesa de madera.Maria, nos han traido heridos de la guerra, necesito que recolectes todas estas hierbas, pero apresurate mija, por que son muchos y tu hermano me ayudara con las camas.Maria asintio con la cabeza- pero depronto vio como de la barca que habia visto a lo lejos  bajaban hombres heridos,a lgunos se tenian que ayudar de los menos heridos para caminar y algunos iban en camillas provicionales.-¿Sigues aqui chamaca?, te dije que te dieras prisa-Dijo su madre desde la puerta.Maria, no miro nisiquiera atras y salio corriendo al bosque, a mitad de camino se dio cuenta que habia olvidalo su canasta, pero regresar no era una opcion ya que si volvia su madre podria molestarse mas, con su falda hizo una bolsa provicional y comenzo a recolectar lo mas que pudo de la lista.La madre de maria era bien conocida como la doctora del pueblo, decian que podia curar de todo, pero Maria sabia que era por el constante estudio de su madre y Maria y su hermano se limitaban a ayudar en lo mas que podian.
  
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