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. -Cierto día de tarde y ya cansado, en un banco de la plaza me senté Al frente de mi vista las escaleras altas de un templo, claramente yo viste. Por esas cosas del destino, el ir y venir de la gente atentamente observe, Quise analizar a las personas, tan raudo eran sus pasos que a ningún análisis alcance…….   . -De pronto entre la muchedumbre un anciano de pelo cano emergió, Su paso era muy lento, que, en avanzar tres metros, minutos varios tardo. Llevaba este un sobretodo negro, remendado, olvidado de la mano de dios, Es un paria yo me dije, de esos sin albergue que pululan a diario por mi nación………….   . -Muchos fieles se congregaban, era la hora que los creyentes entraran en oración, Todo subían las escaleras corriendo, las campanas callaron y todo en silencio quedo. Nadie se fijó en el viejo, que a duras penas cada peldaño uno a uno hasta arriba subió Se sentó en el último descanso, y su mano vieja y arrugada hacia la gente la tendió…….   . -Subió un hombre joven muy bien vestido y al anciano ni siquiera miro, tres señoras beatas, con velos en sus cabezas susurraban un gracias a Dios. También entro un sacerdote, que tampoco puso en la senescente atención, De todos los que subieron al templo, ninguno en el pobre hombre se fijó……   . -El hombre viejo fijo su mirada al cielo, y así totalmente e inmutable él se quedó, Salió de la misa el joven bien vestido, y al ver al anciano en su postura… lo imito. Salieron las señoras beatas, y al ver a joven, miraron también al cielo dando gracias a Dios, Por ultimo salió el cura, y por mera curiosidad también la vista al alto el alzo………….   . -y ahí se quedaron todos mirando hacia la inmensidad de la bella constelación, Nadie pregunto nada, nadie ni una palabra siquiera al otro dirigió. Nadie se había dado cuenta que el anciano ya no estaba sentado en esa ubicación, Dejando a todos embobados, bajo las escaleras y sonriendo se marcho……………… ------------------------------(DEMOCLES) (MAGO DE OZ)------------------------------ 
Me gusta leer el cuento del Negro Cochino porque con la repetición de sus lecturas cada vez que lo leo en voz alta, me recuerdan mis traumas y con ellos, aunque se oiga muy egocéntrico, me quiero más porque he comprendido que nosotros podemos cambiar nuestro destino. ¿Cuántas veces he leído y repetido este cuento en distintas partes del mundo? no lo sé. ¿Cuántas veces lo he subido a la red? Tampoco lo sé. Lo que sé con toda seguridad, es que me gusta recordar a mis abuelos que, como lo escribí en el relato de mil cuatrocientos cincuenta palabras, me heredaron una piel cobriza porque los árboles genealógicos de ellos estuvieron en algún lugar de África y de Europa. Cómo olvidar esos dos seres exóticos. Ella, la Negra Dorotea curando niños con magia blanca y él, el Papalote, contándoles cuentos de viajes a otras naciones, sin tener ninguna biblioteca en su casa que la construyó sobre un árbol de ciruelo. Ellos eran muy opuestos físicamente como yo soy de mi esposa alemana. Ella muy negra –hablo de mi abuela, no de mi esposa– como la noche y él blanco de las piernas y las nalgas, casi como mi esposa, porque siempre andaba con un par de pantalones que lavaba y no planchaba, amarrados con un mecate en su delgada cintura, mientras el resto del cuerpo estaba bien bronceado porque todo el día se la pasaba trabajando bajo los rayos del sol al lado de la Negra Dorotea. Cuando se separaron, él siguió, solo, sembrando su parcela, mientras ella, sola, iba casa por casa vendiendo pescado por todo el barrio para mantener a sus tres hijos. Uno de ellos mi padre que a pesar de recordarlo siempre enfermo, sin quejarse de sus males, le echó muchas ganas para sacarnos adelante. Mientras nosotros dormíamos, él se trasladaba de un hotel hacia la zona roja para tocar toda la noche su trompeta y mientras el dormía toda la mañana, mi mamá se la pasaba lavando y cocinando para nosotros que estábamos repartidos en dos turnos para ir a la escuela. Los de las mañanas, por supuesto no hacían ruido y los de las tarde o salían a jugar a la calle, o iban las casas de los vecinos, o se las pasaban haciendo la tarea muy calladitos para no despertar al que se levantaba al mediodía para desayunar y tomar energía en su pulmones que le ayudaban a tocar la trompeta de donde salían melodías de boleros, cumbia y salsa con los que se llenaba la calle porque estos ritmos salían a través de una reja la cual, solamente, dividía la sala de la casa con la banqueta. Toda la gente que pasaba, todavía, tenía la costumbre de saludar con buenos deseos al vecino y no pasar –como dice mi mamá– como un chango sin saludar al prójimo como lo hacen los jóvenes de hoy. Pero, hay que decirlo que, aunque me encanta leer este cuento, él me trae malos recuerdos que me ponen triste, pues –como lo escribí en el relato- la Teoría de Darwin se hizo vigente en mí, que cuando nací, mi mamá se espantó tanto que se echó un grito estruendosos como el que le salió a mi esposa a todo pulmón cuando se despertó en una de esas primeras noches en que nos estábamos acostumbrando a dormir juntos y, solamente, vio el deslumbre de mis enormes dientes en la oscuridad cuando yo estaba con la boca abierta. Además, varias veces se me han salido las lágrimas y otras veces solamente se me ha quedado un nudo en la garganta porque me las trago cuando estoy leyendo el párrafo en donde mi primer amor me rechazó por ser el niño más feo del puerto. Por ese motivo me escondía entre las piedras de un lote abandonado al lado de la casa de mis padres cuando las amigas de mi hermanita iban a visitarla, a pesar de que se comentaba que las piedras eran de malagüero: sobre estas rocas redondas se había estrellado el cuerpo de un vecino cuyo peso no aguantó una de las ramas del árbol en que los niños se subían para cortarles sus sabrosos mangos criollos, inclusive yo que debido a ese bofetón dado a un rostro de niño que ha sentido también el público porque se me salen las lágrimas, mientras yo les leo este recuerdo y luego se me secan cuando sigo contando que me puse a estudiar bien duro, hasta que como arquitecto me fui a trabajar con los indígenas en Chiapas a quienes le ensené sus derechos constitucionales, motivo por el cual, al ser considerado un comunista por el gobierno de ese estado, perdí mi trabajo. Pero, en esos días de andar empacando mis pocas pertenencias, conocí al primer eslabón de la cadena que me iba a llevar a Alemania. Para sorpresa mía, yo le había gustado a una chica alemana parecida a Claudia Schiffer, que luego de un par de acostones, me dejó por pobre y por ignorante: ella me había preguntado por un escritor que yo no conocía, pero que me daría de comer con su nombre durante treinta años. Sin saberlo, la que no podía comprender que yo no conociera a uno de los más famoso escritores de Alemania, iniciaría un futuro mexicano-alemán cuando me presentó a una exilada chilena que en su casa de México recibió la visita de varias alemanas, entre ella, la que sería mi esposa que trabajó en un instituto que difunde la cultura alemana por varias partes del mundo, el cual lleva el nombre del escritor del que nunca había escuchado en mi vida de ignorante: Goethe cuyos libros empecé a leer hasta en su idioma, mientras acompañaba a mi mujer por todos lados: Argentina, India, Alemania, México, Perú, Albania y hasta nuestro regresó a Alemania en donde ahora, ser extranjero, es sinónimo de ser culpable de todos los males que pasan en ese país. En el relato de Negro Cochino, también he leído que en esa estadía por todos esos lugares conocí personalmente a escritores como Günter Grass y a Uwe Timm. Platiqué con Carlos Fuentes y Laura Esquivel. Me encontré criticando películas mexicanas con Vargas Llosa, pero también me escondía en alguna esquina con los meseros para platicar con ellos porque mostraban más consideración que las señoras de nariz alzada, quienes me dejaban hablando solo porque se querían acercar a un embajador para sacarse la foto con él en esos tiempos que todavía no existían las “selfies”. Pero, dentro de los sucesos de mis estancias en esos países, hay uno que me persigue, no solamente en Alemania cuando los controladores en los buses me piden tres veces el boleto para comprobar que no me lo han prestado, sino también en los aeropuertos porque en migración mi cara es el clásico perfil de que soy un narcotraficante o un centroamericano que quiere ir a Estados Unidos o a Europa para buscar una vida mejor y, ahora, en estos tiempos de atentados, soy considerado un terrorista y no un ¡Hola Negro Cochino! como termina el relato corto –en realidad mi currículo– luego de que un niño, no mayor de tres años, me saludó con esa frase cuando nos encontramos cara a cara en un malecón de Lima en donde encontré el título de mi historia que la muestro con orgullo a todo el mundo…
Paco Rubiales sintió tanta urgencia por acudir a la cita del dentista que se olvidó cerrar la puerta de su vivienda. El dolor de muelas estaba haciendo estragos en su cerebro. Así que, una vez que regresó al hogar, rápidamente supuso que alguien podría haber aprovechado la ocasión y entrar a desvalijarle todo lo que tuviera algo de valor. Sí. Alguien había entrado sin su permiso, pero encontró todo debidamente en orden y tal como él lo había dejado. Solamente supo que una persona extraña había penetrado en su bien ordenada casa, pues Paco era muy meticuloso ante el orden y la limpieza, por una nota escrita que encontró sobre el televisor. Tomó la hoja entre sus manos y leyó en voz alta ya que le gustaba mucho oírse a sí mismo para mejorar su tono de voz puesto que era vendedor profesional.  - Gracias por haberme dejado entrar en tu santuario. Me llamo Rosa Morena y quisiera poder conocerte. Te propongo que nos veamos esta noche, a las diez, en el Restaurante "La Ocasión" porque quiero invitarte a cenar si es que no estás comprometido con nadie. Cuando me conozcas no te vas a arrepentir y perdona por mi atrevimiento. Aquella nota de una tal Rosa Morena que tanto ansiaba conocerle personalmente le dejó perplejo, por unos largos segundos, a Paco Rubiales que, de repente, comenzó a hacerse una idea propia de aquella situación tan singularmente rara.  - Supongo que será alguna broma pesada de algunas de mis vecinas que saben que soy solterón empedernido y que no deseo formalizar ninguna relación con nadie porque soy huidizo y prefiero la paz interior antes que andar de aventura en aventura. Siempre he sabido que las rondas no son buenas y terminas por llorar. En un principio pensó romper la hoja y tirarla al cubo de la basura pero dudó y volvió a leerla.   - ¡Caramba! ¡No parece ninguna broma pesada! Y lo que más me llama la atención es que me pregunte si estoy o no estoy comprometido con alguien. Se sentó en el sofá de la espaciosa sala-comedor y, en contra incluso de su propia voluntad, comenzó a imaginar cómo sería aquella persona que se llamaba Rosa Morena. Su primer impulso le guió a imaginarse una flamenca, una sevillana o una malagueña, amante de las bulerías y los fandangos. Su segundo impulso fue descartar cualquier supuesto y olvidarla. Pero el tercer impulso fue mucho más poderoso; así que se abrigó con su trinchera de color caqui y salió caminando hasta el cercano Restaurante "La Ocasión".  Llegó una hora antes de las diez de la noche y, para que el tiempo pasara sin ponerse nervioso, después de que le sirvieran la copa de coñac que había pedido, comenzó a razonar a manera de filósofo existencial puesto que la filosofía y la existencia eran dos temas apasionantes para sus reflexiones diarias.  - El miedo a perder en los asuntos amorosos son, en realidad, los grilletes de mis pensamientos.  Recordó rápidamente a Epicuro: "El cuerpo, en los lances de amor, es parte indispensable del alma". ¡El cuerpo! ¡El alma! ¿Cómo sería la mujer que le estaba haciendo recordar que un cuerpo sin alma es lo más parecido a un vacío insustancial? ¿Sería lo insustancial el problema verdadero de su soltería a pesar de que estaba a punto de cumplir los 36 años de edad? También recordó una frase que había leído en alguna ocasión aunque no supo responder en dónde: "Nadie puede ser perfecto, y siempre cometeremos errores, así que si tus exigencias están muy elevadas, el problema no es el amor sino tú". Se asombró verse a sí mismo como personaje diletante puesto que siempre había cultivado, acerca del amor, una actividad de manera superficial o esporádica. ¿Sería aquella desconocida que estaba a punto de conocer la causa primordial de un cambio en su vida? Paco Rubiales no era rubio, tal como parecía suponerse conociendo su primer apellido, sino de cabello muy negro ya que era un nativo de Guinea Ecuatorial que se había instalado en Carmona con su negocio de venta de automóviles. En la ciudad de Carmona, en aquella Sevilla alegre y pìntoresca, él era un hombre de piel negra que se sentía satisfecho con su soledad. ¿Admitiría por mucho más tiempo aquella soledad antes de llegar a la significativa situación de convertirse en cuarentón sin descendencia alguna?  Estaba meditando en estas cuestiones cuando entró en "La Ocasión" una mujer de cabello rubio platino, y piel tan blanca como el mármol, que se acercó a su mesa. - ¿Eres tú Paco Rubiales? El sorprendido solterón de orígenes africanos quedó estupefacto. - ¿Eres tú Rosa Morena?  - Me ves tal como soy. Una islandesa que busca el calor de algún ser humano que suspire por la valquirias. - Reconozco que no eres lo que yo pensaba pero sí... yo soy Paco Rubiales... Ella se sentó frente a él y sonrió antes de hablar.  - Reconozco que he sido muy atrevida, demasiado atrevida, porque siempre he creído que el amor está por encima de cualquiera de nuestras previsiones.  - Lo que no comprendo, a primera vista, es que te hayas decidido por mí... - Escucha, Rubiales. No soy producto de mis circunstancias, soy producto de mis decisiones tal como dijo Stephen Covey. - ¿El licenciado, escritor, conferenciante, religioso y profesor estadounidense?  - Sí. Y supongo que no serás de esos misóginos que tienen miedo a las mujeres intelectuales. - Yo sólo vendo ocasiones... - ¿En forma de oportunidades? - Sí. Pero sólo son automóviles nada más. - ¿Y podrías darte una oportunidad de no vender sentimientos sino de apropiarte de uno de ellos para un futuro total? El ecuatoguineano Paco Rubiales supo, rápidamente, que aquella mujer no solo había entrado sin permiso en su vivienda sino que también lo había hecho en su corazón.    
 En nuestra vida, nos cruzamos con personas, que van tomando pedacitos nuestros; y nosotros tomamos pedacitos suyos.  No era ajena mi stuación ante tan inminente verdad, y hablo de un caso específico, yo apreciaba su vida cómo si fuera la mía, me preocupaba incluso más por ella que por mí, y no estaba mal, yo lo disfrutaba, pero, la vida requiere más que dar, nosotros siempre esperamos algo, es una mentira que damos sin imaginar siquiera una recompensa...yo esperaba cariño, comprensión, lealtad, amistad...y la obtuve, pero...¡somos tan ambiciosos! No me era suficiente...me sentía como el mendigo aquél al que le ofrecen un buen desayuno, pero queda con el chasco de saber que no tendrá almuerzo, y me sentía injusta, y tal vez lo era...porque amar no es exigir, pero yo amaba exigir, y ese amor, fue el que me condenó, me condenó a vivir con el desazón de no saber amar.  Posdata: si amar no es exigir, entonces, no sé amar. 
Amar.
Autor: Mariana Flórez 
En: Cuentos & Historias 
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Más que dos¿Será cuando las rosas dejaron de teñirse de pasión, cuando la cama se ahogó en el frío o después que te llevaste el calor bajo los brazos?, permitiendo así que me fuera perdiendo en blanco y negro.Quiero pensar que pasó justo frente a mis ojos. Que esas risitas de tonada dulce provenían de su regocijo. Y cuando mis besos alcanzaron tu piel, coqueteaste con el peligro y este te sonrió de vuelta. Y ahora, quién hacía presagiar que ese pecho de cristal se encontraba turbio. Despechado de mi amor inalcanzable y a merced de su romance de media noche.¿Será que sucedió mientras yacías acurrucado entre mis brazos y cada una de las caricias que te proclame ya le pertenecían a él? Entonces, aguantaste la desembocadura del río bajo tu pecho y este te hizo sufrir. Ahora te exijo que me lo digas. Suelta las cadenas y destroza esta prisión que mantiene mi alma encadená.
Ibamos caminando, sin rumbo, bajo la lluvia...tres amigos inseparablesy de repente, nos topamos con una anciana, que pedía, que por favor la asistan, para poder volver, a su casa.Sin pensarlo demasiado, hicimos lo que se debe hacer; asistirla... la acompañamos hasta su casa y ella, muy amablemente, entre sonrisas y agradecimiento... nos ofreció pasar, a tomar una taza de caféy no pudimos negarnos, (además llovía a cántaros, estábamos empapados y hacía mucho frío, aquella noche de Junio).Ni bien entramos a su casa, trajo unos toallones, para que nos sequemos un pocoy nos sentamos en un sillón grande...muy antiguo, al pie de un ventanal.Ella fue hasta la cocina, a preparar café, como había prometidoy a los pocos minutos, la oímos gritar, en una lengua extrañay su voz cambió, rotundamente,(con cada palabra, se ponía más grave)y como si eso fuera poco, ¡se cortó la luz!,y nosotros, muertos de miedo...¡empezamos a gritar!, ¡a pedir ayuda!, pero nadie respondió.Al segundo, de nuestra súplica,como por arte de magia; ¡volvió la luz!y ella, regresó de la cocina, como si nada hubiera pasado,con una bandejita floreada, con cuatro tazas de café... nos suplicó, que nos calmáramos y nos contó, que tomaba mucha, mucha medicación y que a veces, sufría algunas alteraciones fisiológicas, pero que no era nada grave.A mis amigos, (que son personas mucho más inteligentes que yo), no les cerró la explicacióny le pidieron, desesperadamente, la llave de la puerta, de la casa,pero ella se negó; no quiso darsela... entonces uno de los dos, no recuerdo cual,(quizás el más cobarde y el mas valiente a la vez), la empujó y le sacó la llave del bolsillo, dejando a la señora, en el pisoy se fueron corriendo, sin mirar atrás¡pero yo no pude!, ¡sentí culpa!y me acerqué...la ayudé a levantarsey ella, me miró a los ojos y dijo:- ¡¡¡TE EQUIVOCASTE!!! -sacó un cuchillo de entre sus ropasy me asesinó, sin piedad.
  Había una vez un gato que soñaba ser cura o ministro de alguna religión para casar ratones. Como no existen seminarios para felinos ni nada que se le parezca se colaba en la iglesia y, sinagogas y otros lugares de culto para presenciar las ceremonias de casamiento de las diferentes creencias y así se convirtió en un experto casador de ratones o, por mejor decir, un casamentero. Con el paso del tiempo y muchos casamientos, se dio cuenta que los matrimonios humanos, no duraban mucho y terminaban en separación voluntaria o en divorcio y, como era un gato muy apegado a las normas, se enfrentó con las parejas de ratones que deseaban terminar con el vínculo matrimonial. Entonces, su instinto natural le dio la respuesta; ratones que querían acabar  su relación pasaban de ser casados a cazados y se los comía sin más ni más.
   
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