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Una Conversación Aclaratoria. Hola, cuchito, ¿cómo estay?... ¿qué tanto miau?... ¿hambre?... ¡aaah, ya!... yo te voy a dar comida, cuchito, espérate no más, tengo un trozo de bistec y te lo voy a dar… ¿qué?... ¿qué no comís bistec?... ¿y qué comís entonces?... ¿de esa porquería comís, cuchito?... ¿y no comís carne?... ¡me condenara!... ¿sabís, cuchito? me estay dando rabia… ¿y ratones, cuchito, comís ratones?... ¿que no los conocís?... pero si tú soy un gato, pos cuchito, ¿cómo no vay a conocer los ratones?... ¡no te dejan salir de noche!… ¿y te gusta esa porquería que te dan, cuchito?... ¡bueeeno! está bien que estís acostumbrado, pero eso no significa que no podai comer lauchitas, habiendo tanta laucha poray’… ¡siii! ya sé que no podís salir en la noche, cuchito, pero algo se podrá hacer, digo yo… ¿te obligan a dormir en la cama con la vieja esa?... ¡méate poh!... con una sola meada, te aseguro que te echan a patadas pa’ fuera y ahí salís a cazar lauchas, cuchito… y a perseguir gatas, porque me imagino que te darán ganas de salir a perseguir gatas en la noche… ¿no?... ¿qué no te llaman la atención?... ¡me condenara!... ¿y por qué no te llaman la atención las gatas, cuchito?... ¿no serís marica acaso?... ¿qué?... ¿te las cortaron?... ¡puuutas!... me estay dando pena, cuchito, ya se me pasó la rabia… ahora te entiendo… ¿qué?... ¡no pos cuchito!... no seay atrevido… no porque te dé porquerías y no te deje salir de noche y te las haya cortado le vay a faltar el respeto, porque de que te quiere, te quiere… ¡está bieen!... muy chiflada estará, pero es su ama, así que se me comporta y por nada del mundo le vaya a decir estos garabatos a ella… ¿qué no veís que ella es otra víctima más de las publicidades engañosas y de las colusiones?... y usted no se me meta, Bobby, porque con usted tenemos que conversar también, pero en otra ocasión. 
Es complicado cuando te preguntan porque no sientes. Es decir porque no tienes sentimientos. Esos miedos al estar en peligro. Eso de sentir amor, de sentir tristeza y felicidad por cosas que quieres o deseas. En la vida siempre habra problemas lo cuales te haran madurar en corta edad, te hara cambiar con el paso del tiempo. Te vuelves tan frio pero tan seguro de ti mismo. Te matan tus sentimientos te lo pisan una y otras vez hasta que encuentras la murte a la vueta de la esquina. Esquina en un rincor estoy sola que el aburrimiento me esta matando. Me estoy rompiendo las oportunidades de sanar y volver a sentir. Pero se que me gusta ser asi, asi mis demonios se adaptan en si, tal vez es complicado de entender. Tengo una voz una voz que se perdio en el camino incorrecto. tal vez intento ser esa chica que era antes. Esa chica a que podrian destruir y manipular  facil. Esa chica a quien le importaba todo asu alrededor y trataba de ayudar. Esa chica que podia sentir compasion y felicidad, Pero me di cuenta que ya no existe se esfumo con el paso del tiempo. El tiempo es tan corto que puede quitarte cosas que alguna vez querras ser. He preferido no sentir y no tener compasion, he perdido el sentir y las esperanzas de amar.
El sentir
Autor: ruby 
En: Cuentos & Historias 
16 Lecturas
—¿Tienes miedo de morir? -Preguntó-— ¿Miedo? -Repliqué-¿Por qué tendría miedo a morir? Si es lo unico que me puede liberar de este mundo absurdo. Personas llevando estupidez en su mente y preocupándose por banalidades, este planeta es una tragedia desde que aparecimos. —¿Entonces, deseas morir?—No, todas las noches mi mente me juega una mala pasada, me lleva a mis recuerdos, a mis promesas, mis metas, sueños, deseos, todo a lo que una persona lo hace sentir vivo. Incluso me hace pensar que puedo tener un sentido de vida ¿Lo puedes creer? ¡Qué absurdo!—Qué importa tener un sentido de vida o no, todos mueren. —Nunca se sabe qúe día o cómo pasará. —Eso no tiene importancia. —¡Lo ves! todos mueren, tarde o temprano. Eso debería hacer que las personas por lo menos intentaran disfrutar su vida. —Empiezas a enojarte.—Olvídalo.—Ya es hora.—¿Tan pronto te vas?—Tu vecino. Le toca partir.—Hoy discutí con él.—¿Te causa remordimiento? —No es eso. Sólo no me lo imaginaba, tiene 27 años. —Así sucede. —¿Recuerdas la primera vez que viniste? Creí que me llevarías contigo. —La gente suele asustarse cuando me ven. A veces sólo necesito despejarme.—¿Por qué aún no lo haces? Vienes muy seguido. —Quizá pronto lo haga.—Sí, quizá. 
SOLANDISLe habían nombrado Solandis, luego de encontrarla en un bote, sola y abandonada, envuelta en pieles en las vísperas de un invierno hace veinte años atrás. Nunca nadie vino a buscarla, pero por el diseño del bote y las pieles de oso, debía pertenecer a alguna de las tribus del norte, al otro lado de las montañas. Una pareja de panaderos la acogió y la crio, resultaba extraño ver a aquella familia, todos eran obesos a excepción de Solandis, quien desarrolló un cuerpo muy ligero y flexible; diestra con las armas de largo alcance como el arco y la jabalina. Experta en el arte de la panadería, tanto que lo que ella horneaba era tan delicioso que venían de aldeas lejanas para comprarlo.Solandis era muy especial, tenía un espíritu liviano como su cuerpo, era muy querida en el pueblo, a diferencia de su adoptiva familia, sin embargo, un día desapareció. Todos salieron en su búsqueda, quince días sin para, entre los peñascos, las cuevas, en los ríos y en cada árbol, sin éxito. El primer interrogado fue su padre adoptivo quien lloraba indignado por ser considerado sospechoso. Nadie tenía nada en contra de Solandis, pero uno a uno, todos en el pueblo fueron interrogados. Para minimizar las penas el sacerdote preparó unas honras fúnebres para un jueves. Y bien que el miércoles llegó un mensajero de un poblado bárbaro del interior de la jungla para informar que el hijo de uno de sus príncipes había sido asesinado de un certero flechazo en el corazón que lo dejó clavado en un tronco. La flecha que traía el mensajero pertenecía a Solandis, razón por la cual pedía fuera entregada la asesina para hacerle justicia.Como Solandis estaba desaparecida, junto a dos exploradores y el doliente príncipe bárbaro, emprendimos una búsqueda hacia las afueras de nuestras fronteras. Así atravesamos valles y colinas hasta que al día siete la hallamos muy alto en un pico nevado. Estaba sentada mirando a la eternidad, de brazos cruzados y muy enfadada. El príncipe se acercó a ella mientras desenfundaba su espada, traté de hacerlo desistir por la fuerza, pero los exploradores me inmovilizaron.La bellísima Solandis se puso de pie, dejando caer las telas que la recubrían del frio quedando completamente desnuda. Contó que la tarde del homicidio, ella buscaba madera para levantar un cerco y encontró en el bosque al joven hijo del príncipe lleno de tristeza sentado sobre las raíces de un árbol. Hablaron durante horas, así supo que el joven príncipe se había enamorado de una sacerdotisa de las cumbres heladas del nororiente. Era un amor correspondido, los dos se amaban, sin embargo, entre los ires y venires de sus convicciones no resolvían como estar juntos en esta vida, a pesar de jurarse amor eterno. El joven debía seguir su camino real y la sacerdotisa debía continuar su legado espiritual, razón por la cual ninguno de los dos se sentía plenamente libre de amar al otro. Así que en vista del juramento que se hicieron de perpetuar su amor, Solandis decidió liberarlos, a pesar de lo patético que le parecía la situación, para que se amasen sin obstáculos. De un solo tiro, limpio y eficaz, atravesó el corazón del joven a quien mientras expiraba le prometió enviarle pronto a su amada. La libertadora habría viajado hasta las mismísimas cumbres nevadas para buscar a la sacerdotisa y preguntarle sobre su amado, enterándose con sorpresa y profunda congoja, que esta no lo amada como aquel inocente cachetón creía. Indignada, Solandis le atravesó una lanza por el cuello sin mediar palabra.El príncipe confundido y considerando que la historia de la guerrera Solandis era absurda y por lo tanto el homicidio de su hijo fue por una estúpida causa, empuñó su espada a dos manos, apuntando al corazón de la mujer, quien con un canto hermoso y delicado, como el gélido viento que nos rodeaba, nos dijo que a la muerte iba contenta, pues ni ha de amar como el joven ni ha de engañar como la pitonisa; extendiendo sus brazos como si estuviera ofrendando su virginal amor se entregó a la espada del príncipe bárbaro que la traspasaba mientras la agónica mirada de la doncella buscaba el cielo y su sangre tibia vestía su humildad hasta teñir la nieve bajo nuestros pies.Mario Delgadowww.mariodelgadoarte.com SOLANDIS   Le habían nombrado Solandis, luego de encontrarla en un bote, sola y abandonada, envuelta en pieles en las vísperas de un invierno hace veinte años atrás. Nunca nadie vino a buscarla, pero por el diseño del bote y las pieles de oso, debía pertenecer a alguna de las tribus del norte, al otro lado de las montañas. Una pareja de panaderos la acogió y la crio, resultaba extraño ver a aquella familia, todos eran obesos a excepción de Solandis, quien desarrolló un cuerpo muy ligero y flexible; diestra con las armas de largo alcance como el arco y la jabalina. Experta en el arte de la panadería, tanto que lo que ella horneaba era tan delicioso que venían de aldeas lejanas para comprarlo. Solandis era muy especial, tenía un espíritu liviano como su cuerpo, era muy querida en el pueblo, a diferencia de su adoptiva familia, sin embargo, un día desapareció. Todos salieron en su búsqueda, quince días sin para, entre los peñascos, las cuevas, en los ríos y en cada árbol, sin éxito. El primer interrogado fue su padre adoptivo quien lloraba indignado por ser considerado sospechoso. Nadie tenía nada en contra de Solandis, pero uno a uno, todos en el pueblo fueron interrogados. Para minimizar las penas el sacerdote preparó unas honras fúnebres para un jueves. Y bien que el miércoles llegó un mensajero de un poblado bárbaro del interior de la jungla para informar que el hijo de uno de sus príncipes había sido asesinado de un certero flechazo en el corazón que lo dejó clavado en un tronco. La flecha que traía el mensajero pertenecía a Solandis, razón por la cual pedía fuera entregada la asesina para hacerle justicia. Como Solandis estaba desaparecida, junto a dos exploradores y el doliente príncipe bárbaro, emprendimos una búsqueda hacia las afueras de nuestras fronteras. Así atravesamos valles y colinas hasta que al día siete la hallamos muy alto en un pico nevado. Estaba sentada mirando a la eternidad, de brazos cruzados y muy enfadada. El príncipe se acercó a ella mientras desenfundaba su espada, traté de hacerlo desistir por la fuerza, pero los exploradores me inmovilizaron. La bellísima Solandis se puso de pie, dejando caer las telas que la recubrían del frio quedando completamente desnuda. Contó que la tarde del homicidio, ella buscaba madera para levantar un cerco y encontró en el bosque al joven hijo del príncipe lleno de tristeza sentado sobre las raíces de un árbol. Hablaron durante horas, así supo que el joven príncipe se había enamorado de una sacerdotisa de las cumbres heladas del nororiente. Era un amor correspondido, los dos se amaban, sin embargo, entre los ires y venires de sus convicciones no resolvían como estar juntos en esta vida, a pesar de jurarse amor eterno. El joven debía seguir su camino real y la sacerdotisa debía continuar su legado espiritual, razón por la cual ninguno de los dos se sentía plenamente libre de amar al otro. Así que en vista del juramento que se hicieron de perpetuar su amor, Solandis decidió liberarlos, a pesar de lo patético que le parecía la situación, para que se amasen sin obstáculos. De un solo tiro, limpio y eficaz, atravesó el corazón del joven a quien mientras expiraba le prometió enviarle pronto a su amada. La libertadora habría viajado hasta las mismísimas cumbres nevadas para buscar a la sacerdotisa y preguntarle sobre su amado, enterándose con sorpresa y profunda congoja, que esta no lo amada como aquel inocente cachetón creía. Indignada, Solandis le atravesó una lanza por el cuello sin mediar palabra. El príncipe confundido y considerando que la historia de la guerrera Solandis era absurda y por lo tanto el homicidio de su hijo fue por una estúpida causa, empuñó su espada a dos manos, apuntando al corazón de la mujer, quien con un canto hermoso y delicado, como el gélido viento que nos rodeaba, nos dijo que a la muerte iba contenta, pues ni ha de amar como el joven ni ha de engañar como la pitonisa; extendiendo sus brazos como si estuviera ofrendando su virginal amor se entregó a la espada del príncipe bárbaro que la traspasaba mientras la agónica mirada de la doncella buscaba el cielo y su sangre tibia vestía su humildad hasta teñir la nieve bajo nuestros pies. Mario Delgado www.mariodelgadoarte.com
SOLANDIS
Autor: Mario 
En: Cuentos & Historias 
8 Lecturas
AL PARECERAl parecer, los movimientos colosales del universo afectan con pequeñas descargas de gran capacidad tormentosa a veces positiva, a veces negativa, mi miserable y diminuta existencia.Tuve una serie de eventos desafortunados que precedieron a mi vida luego de haber conocido a una mujer, en la época dorada de mi juventud.Encontrándome entre portales que cambiaron las posibilidades de mi destino de una manera inmanejable, como un torbellino agresivo que no se detiene y en el cual terminé envuelto desgraciadamente.Muchos, al verme, decían que era el resultado de mis malas decisiones, otros que era una maldición adquirida por algún error cometido en algún momento de mi vida, hubo también quien veía una oportunidad optimista futura creyendo que aquel mal momento llegaría a un buen término más adelante con algún tipo de recompensa material o de carácter.No puedo decir exactamente cuánto tiempo ha pasado desde aquella tarde cuando mis ojos comenzaron a despertar en mañanas incomodas y delirantes disfrazadas de días comunes. Confundido mi cerebro anhelaba encontrar la habitación donde desperté la última vez que parecía marchar bien todo a mi alrededor.Tenía una monótona vida, tan normal como la de cualquier otra persona, pero del otro lado del espejo llevaba una verdadera batalla diaria que me acompañaría por el resto de mis días. En el otro lado del plano, cada objeto parecía deformarse y algunas veces perdía su color tornándose en grises y masas semireconocibles de objetos cotidianos como una mesa, un montón de ropa o algo por el estilo. Lo curioso de todo este asunto es que muchos vamos en este camino lleno de huracanes eternos y por gracia divina desarrollamos un automatismo físico de tal forma que disimulamos bien esa doble vida. Podía reír sinceramente mientras sentía desde el otro lado que mi cuerpo se despedazaba, podía leer tranquilamente un libro mientras del otro lado sacaba arena y escombros de mis ojos mientras giraba a gran velocidad.Pero hubo algo que lo transformó todo y es que decidí rebelarme a este sistema de cosas, despiadado e irracional, y tratar de cambiar aquel turbulento mundo al que me enfrentaba en mi intangible vida subyacente. Elegí darme otra oportunidad con el amor, un concepto tan complejo y tan misterioso como la muerte misma. Comencé a creer que debía ser feliz. Esta extraña decisión atrajo algunos beneficios como que aquellos vientos contrarios parecían mermar y las incomodidades eran más soportables. Se advirtió sobre un riesgo enorme de que aquella tormenta que me acompañaba podía agravarse considerablemente o que en definitiva terminará o se convirtiera en alguna briza llevadera.Fueron alrededor de setecientos días en los que elevé oraciones, arma principal para sobrellevar la vida material más allá de lo comprensible. Siempre recordando que las secuelas de un primer mal amor serían eternas. Pero confiaba inocentemente que la única manera de terminar aquel bucle de incertidumbre y malestar era enfrentando al monstruo una vez más. Así, cansado, confundido, sólo, pero con ganas enormes de ver renacer aquel jardín que contemplé alguna vez y del que muchos hablan con tanta pasión y admiración, me dispuse intentarlo. Entonces vino una vaga imagen entre la niebla de un lunes, casi no podía descifrar su rostro, pero escuchaba claramente su voz, me saludaba ocasionalmente y de vez en cuando podía distinguir levemente que se movían sus manos haciendo gestos. Comenzamos a tener conversaciones divertidas que para el momento era justamente lo que necesitaba. Sus palabras me llegaban como abrazos cálidos al punto que ya no me importaba si se trataba de algún delirio y comencé a enamorarme de su voz.Mientras tanto mi vida del plano material continuaba pacíficamente soportando los desaires de las repercusiones que había dejado aquel mal amor y que de alguna forma afectaba enormemente, y de a pocos, mi estabilidad material, cosa que no me llegaba a preocupar demasiado porque creía que sería un tiempo solar el que duraría dicho desazón o lo que diríamos con palabras más entendibles para la razón humana, duraría toda mi vida, y al igual que aquel extraño hombre que conocí hace algunos buenos años, acusado y condenado por asesinar a un árabe, yo debía acostumbrarme a dicha situación, aceptándola como parte de este viaje, como algo que inexplicablemente debía suceder en mi vida, debía aceptarlo como algo que era inamovible y contra lo que no podía luchar o defenderme. Pasaban lunas y este accidente de los designios divino-universales a veces se calmaba y mi vida en la tierra permanecía tranquila y soportable, pero de repente volvía a alborotarse la nube de gases y descargas eléctricas alterando todo el espectro del mundo sin importar donde me encontrara en dicho momento, sea un café, lavando la ropa, trabajando en la oficina o preparando un desayuno, simplemente todo se alteraba. Entonces comencé a vivir mentalmente preparado para estos eventos desagradables; al comienzo respondía en defensa propia, luego trataba de argumentar y darle un sentido lógico a la situación, así que tuve muchos inconvenientes con las personas que me rodeaban justo cuando sucedía el hecho. Aún recuerdo una cita para un café, era una semana un poco pesada y para desahogarme un poco del estrés laboral, acepté tomar café con una buena amiga de esas que son inteligentes para hablar, educadas y estudiadas, independientes y de imagen cuidada. A simple vista, las tormentas galácticas o las afecciones espacio-temporales de los agujeros negros no habían llegado a su plano de vida, por lo que ante mis ojos podía ver, ella gozaba de una vida realmente armónica y equilibrada. Llevábamos si acaso una hora conversando de cosas triviales y fútiles sobre nuestras vidas, riendo un poco y atravesando levemente el momento de consejería espiritual para alivianar los males; de repente todo se altera y la amable conversación termina convirtiéndose en una especie de juicio moral, en comparaciones y todos los eslabones forjados en los anteriores minutos, donde se fortalecía una amistad indestructible se desdibujaban delicadamente, como cuando el viento sopla y desordena el polvo acumulado por el olvido. El plano interestelar se hace evidente por milésimas de segundo, truenos y centellas, interferencias de ondas erradas distorsionan el momento y en un parpadeo todo vuelve a la normalidad, bueno, todo vuelve a su sitio pero la situación ha cambiado completamente, nunca hubo conversación amable solo una discusión sin inicio que terminaba en una herida emocional leve y un cúmulo de preguntas sin respuesta.Así fue como poco a poco me fui alejando de las personas y ellas de mí. Así olvidé la idea de amar, de esperar, de tener una compañía decente o de encontrar a alguien que pueda interconectarse con mi nada particular situación y ser aceptado. Al punto que aprovechaba al máximo cada vez que alguien me daba la oportunidad de pasar un momento agradable aunque durara poco y me despedía en silencio cuando terminaba.Por eso me parecía increíblemente bello el tener ahora una nueva voz en mi alterna vida y sobre todo, lo que era realmente importante, es que esta voz se encontraba justo del plano inverso al mundo material. Me alegré, a este momento ya había perdido toda esperanza de volver a tener momentos amorosos con otra existencia y aquella voz todo lo transformaba. Cada momento fuera de mi realidad tangible lo dedicaba minuciosamente a seguir amistando con aquella voz, sesión tras sesión comenzó a tomar forma, a acercarse más, casi podía recostar mi cabeza en aquella voz que crecía rápidamente absorbiendo mi pensamiento, mi lenguaje y mis señales estelares. El mundo material perdía su esencia primaria hasta el punto en que comenzó a hacerse etéreo, ya no podía distinguir en que mundo me encontraba. Mi trabajo, mi camino al trabajo, mi desayuno, el tiempo del baño y el despertar parecían sueños o pensamientos furtivos casi sin sentido en los que se refugiaba mi mente cuando mi amada voz debía ausentarse.Las tormentas solares seguían afectando nuestros encuentros y lentamente la niebla comenzó a disiparse. Nunca pude tener una visión clara del mundo incorpóreo ya que este plano es cambiante y los cuerpos se desintegran para hacer parte de la colisión galáctica que envía despiadadamente toda clase de fragmentos y elementos químicos a otras regiones del universo, de todo ese caos surgen nuevas estrellas y también algún que otro pulsar que anda vagando por ahí viendo a quien fastidiar. Pero como decía, la niebla circundante comenzó a desaparecer y entonces vi el origen de aquella voz, obvio era una mujer, parecía de otra raza, con potentes ojos de miel encendida y unos dientes casi azulados de blancos que eran. Llegué a sentirme sucio en mi corroído cuerpo que guardaba los agujeros de todo el azote de meteoritos impactados con cada giro, con cada explosión o cada implosión, como todo es tan incierto, uno nunca sabe que fue lo que pasó realmente. Pero ahí estaba delante de mí, como un ángel, al fin de cuentas si es cierto que los ángeles pueden materializarse y tener una forma muy parecida a la humana, aun en esta orilla de la existencia. Llegué a pensar que me había vuelto loco o inclusive que había muerto, esto no podía ajustarse razonablemente a todo lo conocido ni a lo desconocido. Estas formas definibles y corpóreas estaban asignadas al plano limitado que solo puede percibirse a través de los cinco sentidos y la razón humana, de ahí mi confusión. Dudas comenzaron a emerger de lo profundo de mi, por así decirlo, corazón. Aquella aparición sensorial, que ahora me hablaba mirándome a lo que podrían ser mis ojos comenzó a tomarme de las manos, como si no hubiera memoria del tiempo anterior a esta experiencia, hablábamos sincrónicamente en lenguas antes no conocidas, de algún modo nos entendíamos perfectamente y llenos de confianza plena. Yo iba a donde aquel espectro me llevaba y todos aquellos viajes siderales siempre me mostraron algo nuevo, definitivamente el universo no se repite como hemos creído, con cada giro del fractal, aunque idéntico en su constante evolución siempre traía creaciones más perfectas y definidas. Por vez primera, luego del incidente tormentoso que desvió mi vida a senderos irracionales y antimatéricos, me sentí feliz, de verdad feliz, lo que fuera que estuviera sucediendo era perfecto, por eso no intenté indagar su origen y que tan real era, dejé de pensar si se trataba de un plano u otro. Paulatinamente fui dejando todo lo demás y el afán destructivo de ese cariño malsano que aún me perseguía, comenzó a quedar relegado en la indiferencia, aunque seguía pagando las consecuencias.En una ocasión mire a la plenitud de la creación que parecía atender a mi presencia imperceptible y volvió también su curiosidad hacía mi para escuchar cuando murmuré lo que yo suponía era una victoria sobre mi desventurado designio accidental, era mi recompensa, como dijo alguien, quizá aquella profecía era la adecuada, quizás el universo en su equilibrio inentendible por nosotros, estaba ajustando los daños causados equivocadamente sobre mí.Todo era perfecto, si estaba muerto, pues qué bueno que así fuera. Si ya no debía volver a casa, pues ya no volvería. Pero ya puede verse en otros aspectos bajo los dos cielos primarios, que no todo es tan amable como debería ser. No sé cuántos parsecs recorrimos juntos, disolviéndonos anímicamente entre las galaxias y el polvo estelar para encontrarnos, como si fuera un mal sueño o una broma desagradable, con una lógica absurda que comenzó a interponerse a tal maravillosa y de apariencia indisoluble pareja de sistemas solares que éramos los dos. Como si nos hubieran perseguido con la ecuación de Dirac nos sentimos acorralados en el espacio vacío sin saber a dónde correr. Obvio no había nadie más, era el no-lugar más inhabitado de todo lo inimaginable. Sabíamos que alguien estaba haciendo colapsar nuestra alineación cuántica tan agradable y rítmica. Yo no podía ver a nadie. Pero ella hizo pedazos aquel delicado cristal en el que escribíamos nuestras memorias con una pregunta: “¿existimos?” Sin dudar yo dije que era más que existencia, que no importaba siquiera, que todo era relativo, que nada podía ser al azar y así apelé a otras contradicciones hasta que vimos un aceleramiento de partículas que nos envolvieron hasta dejarnos ciegos.Ahí estábamos, en medio de una congestionada autopista. Nada podía entender y no quería entender nada, pero tampoco me resignaría. Imaginaba con desesperación un desenlace triste, a lo que me opuse rotundamente. Ahora éramos dos pequeños niños, contemplando el caos vehicular en alguna calle de Moscú, puse mis manos cubiertas por las mangas de un largo suéter de lana sobre mis ojos y cayendo de rodillas, lloré. Rodeado de una sinfonía nauseabunda de cornetas, motores, gritos de auxilio, perros ladrando, vidrios rotos, cartas de despedida, oraciones de condenados, ruegos de desesperados, puertas cerrándose y toda clase de eventos cataclísmicos que conjuraron la ruptura de la pangea tan delicada y tibia en la que habitamos los últimos días, pedí que no me dejara, le pedí que se quedara conmigo, como si tuviera algo que ofrecerle, algo que lo valiera. Todo era mentira. Yo había creado, iluso, a aquel ser y benévolamente todas mis desgracias unidas, como si pudieran sentir, me habían permitido vivir ese sueño. Cuanta crueldad. No quería volver en mí mismo y anhelaba seguir llorando eternamente, como si las lágrimas y los mocos fueran a limpiar algo. No hice juicios, no hice preguntas, no dije nada y pude escuchar aquellas palabras condenatorias: “eres libre” a lo que sobrevino la llegada de aquellos que acudían a arrestarme.Mario Delgadowww.mariodelgadoarte.com
AL PARECER
Autor: Mario 
En: Cuentos & Historias 
7 Lecturas
Soy yo, pero no soy el único que es el, todo es impreso como cada instante, todo se silencia y todo parece una ilusión, así como un sueño, un sueño consciente. Hoy lo primero que hago al llegar a casa es verme en el espejo, y no me veía, veía mi cara pero que en el centro no estaba solo yo, veía otras personas con mi misma mirada y fisionomía parecida, pero en un tiempo diferente.  Tan diferente que solo quería concentrarme más para verme, pero mi cara se moldeaba y solo en unos instantes veía mi cuerpo y mi propia cara en el espejo. Me mantuve estático y mirando el centro de mi frente. Ahora no se si le debo algo a este yo, pero si siento un vacío es porque me falta un todo, un todo que creo que cada persona intenta alcanzar, pero ese todo es tan vacío, ¿como si todo de la nada puede existir o será que nada nace de un todo o todo nace de una nada? No lo sé, siempre me he hecho preguntas de este tipo, preguntas que a veces no se dé dónde provienen, pero siempre intento darles respuesta. Poco escribo de mis pensamientos, siento como si el que escribe no soy yo, ese yo que se levanta y sigue una monotonía. Creamos el ego o el ego nos crea.  Tengo 19 años  y no se quien soy. Es como una jaula donde uno es el preso. Y nada de lo que digas que eres tu, va hacer que la jaula se abra y se llegue a encontrar el verdadero yo. Esto no pasara mientras se viva preso de esta conciencia sesgada por una realidad constructiva. No estoy llevando un orden de mis pensamientos ni conozco la intención de estar escribiendo esto, pero siento que solo el mero hecho de escribir proviene de una intención de escucharse. Escribir sobre uno, es complicado, tú mismo te lees, tú mismo te hablas, pero tú no sabes si eres alguien nuevo, si estos pensamientos son tuyos, ¿pero de donde pueden provenir? Creo que si intento encontrar alguna respuesta sería inútil. Creo que la respuesta la encontrare estando solo y en silencio, tal vez meditando. Siento que eso es lo que debo hacer, para salir de este insólito fragmento de mi vaga mente. Hasta Luego.T.J. 
Algunos, los que viajan a las playas y se sientan en sapos, ya saben, hablo de los que se visten igual en mayo o en noviembre, esa gente que al ver que la lluvia no paraba hacía veinte días, decía que el diluvio nos arrasaría. Claro, el clan de pescadores que se había asentado a la orilla del gran río, no pudo controlar el cauce, y toda su sabiduría y sus ancestrales técnicas no sirvieron para nada cuando los torrentes de agua vinieron de repente y todo lo inundaron. Hasta el centro del pueblo se llenó de aquellas aguas, veía desde el techo como flotaban cosas y llegaban hasta la vieja iglesia que aún mantenía su campanario real y una cruz sin cristo encima; muebles, ollas, ropa y hasta marranos llegaban lento hasta las puertas de la iglesia.El día veintiuno, el alcalde, desde lo alto de la alcaldía acompañado del cura y el jefe de policía anunciaban la reubicación del pueblo; así, al día veintidós el pueblo entero bajo la lluvia preparaba el acarreo masivo, tenían botas y capas mientras los más pequeños tiritaban de frío. Entonces fui a la casa de Alíz, nos habíamos criado juntos pero como pertenecía a la familia de los Jacobos nuestra amistad era limitada. Una vez hicimos una promesa: permanecer juntos y perpetuar nuestras largas conversaciones. Pero con la idea de la evacuación me asustaba un poco el porvenir de nuestra sencilla relación.Ahí estaba, con un vestido de rosas rojas y unas negras botas plásticas con las que chasqueaba el agua mientras montaba algunas cajas en el camión. Me saludó con un movimiento de cabeza, me acerqué y me dijo sin mirarme a los ojos que el destino había sido bueno con nosotros, que como buenos fuegos ardíamos intensamente, pero a partir de ese instante seriamos unos amigos unidos por las memorias escritas en lo etéreo de los sueños. Obvio, no me lo dijo así pero fue lo que entendí. Le tomé de la mano y con delicadeza cortó aquel pacto con su otra mano, esto ni siquiera era un final, era una vergüenza, los Jacobos tenían ciertos valores extraños, eran muy místicos y llenos de secretos. Giré hacia la iglesia, ya casi vacía donde un par de monjas montaban a los huérfanos en un bus verde y cuando volví hacia Alíz, sólo estaba el abuelo de los Jacobos cerrando la puerta del camión, me hizo un gesto con su cabeza y acariciando una rara camándula se montó adelante y emprendieron la marcha.La noche se acercaba, la lluvia no paraba, volvía a casa y tomando los restos del café que había dejado el coronel antes de irse, me preparé una amargo tinto, lo tomé lento mientras el último bus dejaba el pueblo, ahí se marchaban los huérfanos con las monjitas cantando algunas canciones llevándose de paso los últimos rayos de sol. La oscuridad vino silenciosamente, se apreciaba la silueta de las montañas bajo las nubes medio anaranjadas, medio moradas; la lluvia estaba triste, pude sentirla llorar como queriendo que nadie la escuche, porque todos se habían ido, ¿quién ahora iba a temerle?.Por mi parte comencé a incendiarlo todo, cada casa abandonada, porque yo soy un fuego y mi forma de agradecer a esa lluvia fue esa: incendiando el abandono de los otros, que parecían fuegos pero no lo eran. Yo lo quemé todo, vi arder sus casas y sus memorias. La lluvia sonreía, lo sé, y yo subí a la cima de aquella iglesia porque la cruz también era fuego, juntos contemplamos el espectáculo, desde ahí ví a muchos otros fuegos brillando a lo lejos, entre las montañas, cerca de las nubes.Mario Delgadowww.mariodelgadoarte.com LA VOLUNTAD DE LOS FUEGOS Algunos, los que viajan a las playas y se sientan en sapos, ya saben, hablo de los que se visten igual en mayo o en noviembre, esa gente que al ver que la lluvia no paraba hacía veinte días, decía que el diluvio nos arrasaría. Claro, el clan de pescadores que se había asentado a la orilla del gran río, no pudo controlar el cauce, y toda su sabiduría y sus ancestrales técnicas no sirvieron para nada cuando los torrentes de agua vinieron de repente y todo lo inundaron. Hasta el centro del pueblo se llenó de aquellas aguas, veía desde el techo como flotaban cosas y llegaban hasta la vieja iglesia que aún mantenía su campanario real y una cruz sin cristo encima; muebles, ollas, ropa y hasta marranos llegaban lento hasta las puertas de la iglesia. El día veintiuno, el alcalde, desde lo alto de la alcaldía acompañado del cura y el jefe de policía anunciaban la reubicación del pueblo; así, al día veintidós el pueblo entero bajo la lluvia preparaba el acarreo masivo, tenían botas y capas mientras los más pequeños tiritaban de frío. Entonces fui a la casa de Alíz, nos habíamos criado juntos pero como pertenecía a la familia de los Jacobos nuestra amistad era limitada. Una vez hicimos una promesa: permanecer juntos y perpetuar nuestras largas conversaciones. Pero con la idea de la evacuación me asustaba un poco el porvenir de nuestra sencilla relación. Ahí estaba, con un vestido de rosas rojas y unas negras botas plásticas con las que chasqueaba el agua mientras montaba algunas cajas en el camión. Me saludó con un movimiento de cabeza, me acerqué y me dijo sin mirarme a los ojos que el destino había sido bueno con nosotros, que como buenos fuegos ardíamos intensamente, pero a partir de ese instante seriamos unos amigos unidos por las memorias escritas en lo etéreo de los sueños. Obvio, no me lo dijo así pero fue lo que entendí. Le tomé de la mano y con delicadeza cortó aquel pacto con su otra mano, esto ni siquiera era un final, era una vergüenza, los Jacobos tenían ciertos valores extraños, eran muy místicos y llenos de secretos. Giré hacia la iglesia, ya casi vacía donde un par de monjas montaban a los huérfanos en un bus verde y cuando volví hacia Alíz, sólo estaba el abuelo de los Jacobos cerrando la puerta del camión, me hizo un gesto con su cabeza y acariciando una rara camándula se montó adelante y emprendieron la marcha. La noche se acercaba, la lluvia no paraba, volvía a casa y tomando los restos del café que había dejado el coronel antes de irse, me preparé una amargo tinto, lo tomé lento mientras el último bus dejaba el pueblo, ahí se marchaban los huérfanos con las monjitas cantando algunas canciones llevándose de paso los últimos rayos de sol. La oscuridad vino silenciosamente, se apreciaba la silueta de las montañas bajo las nubes medio anaranjadas, medio moradas; la lluvia estaba triste, pude sentirla llorar como queriendo que nadie la escuche, porque todos se habían ido, ¿quién ahora iba a temerle?. Por mi parte comencé a incendiarlo todo, cada casa abandonada, porque yo soy un fuego y mi forma de agradecer a esa lluvia fue esa: incendiando el abandono de los otros, que parecían fuegos pero no lo eran. Yo lo quemé todo, vi arder sus casas y sus memorias. La lluvia sonreía, lo sé, y yo subí a la cima de aquella iglesia porque la cruz también era fuego, juntos contemplamos el espectáculo, desde ahí ví a muchos otros fuegos brillando a lo lejos, entre las montañas, cerca de las nubes.   Mario Delgado www.mariodelgadoarte.com
Capítulo 11. Las visitas.Llevamos tres horas en mi habitación hablando, besándonos, volviendo a hablar… Esas horas han pasado como un suspiro. Jaime se queda a cenar, pero se va enseguida. Su hermano viene a buscarlo en coche. Pasamos tiempo con su familia y con los amigos.Ya es domingo y después de comer se volverá a ir. Ha sido un suspiro, una ligera brisa. Pero esta mañana vamos a estar solos en su casa. No es que lo hayamos hablado, no tenemos nada planeado. Pero sabemos que va a pasar. Vamos a estar solos, en su habitación y ya lo hemos retrasado bastante. Aún así, estoy muy nerviosa.Cuando entro a su habitación, la persiana está medio bajada, hay velas rojas encendidas y un jarrón con flores. Una toalla floreada decora la cama.Se escucha una música suave y el ambiente huele a frutas. Cuando se acerca a mí, su aroma es sensual y provocativo. Se ha comprado una nueva fragancia.Empezamos a besarnos, mientras me va acercando a la cama. Nos sentamos y empieza a acariciarme la espalda. Un escalofrío recorre mi cuerpo. Me empieza a desabrochar la blusa. Se me acelera el corazón. Me la quita. Aunque aún llevo el sujetador, me siento desnuda. Estoy cada vez más nerviosa. Él se quita la camiseta. No puedo ni abrir los ojos. Se me está acelerando el pulso. Empiezo a notar una presión en el pecho y me separo. Me cuesta respirar.– No puedo, no puedo. – Digo casi sin respiración.– ¿Qué te pasa?– No sé. No puedo. No puedo hacerlo.– A lo mejor necesitas tu inhalador. – Me recuerda.Cojo mi inhalador del bolso. Lo tengo que utilizar a veces desde el incendio. Voy recuperando el aliento, pero mi pulso sigue acelerado. No logro tranquilizarme. Necesito salir de la habitación. Salgo al patio e intento respirar profundamente. Jaime me sigue, preocupado. Estamos cinco minutos fuera y he conseguido relajarme.– Lo siento. – Le digo a Jaime.– Tranquila. Vamos dentro.– No puedo. – Estoy en pánico y seguro que mi cara lo refleja.– ¿Qué quieres decir?– Que no puedo hacerlo. Aún no.– Estás nerviosa. Es normal. Entremos y…– ¡No! No puedo.– ¿Pero por qué no? – Se empieza a enfadar.– Porque no estoy lista. Sigo sin estarlo.– Vamos. Llevamos ya nueve meses juntos. ¡Es hora de dar el siguiente paso!– ¡Pero no puedo! ¡¿No lo entiendes?! – La conversación ha subido de tono.– ¡No, no lo entiendo! Yo te quiero y tú me quieres a mí. ¿Cuál es el problema? – Me quedo helada.– ¿Qué has dicho? – Se me queda mirando.– Que te quiero. – No sé qué responder a eso. – ¿No vas a decir nada? – Empieza a faltarme el aire otra vez.– El inhalador. – Me tengo que sentar. Jaime sale con mi bolso. Vuelvo a inhalar el medicamento y me relajo.– ¿Me vas a responder?– No puedo. Yo no… – Me mira con incredulidad. – Tengo que irme. – No me detiene.Se va sin una despedida. Pasamos una semana sin hablar por teléfono ni escribirnos cartas. He intentado muchas veces ponerme a escribir, pero no me salían las palabras. Ni siquiera he derramado una sola lágrima. ¿Qué va a pasar con nosotros?Pasa un mes hasta que vuelve al pueblo. En todo ese tiempo nos hemos llamado sólo un par de veces a la semana, y nuestras conversaciones siempre eran breves. Voy a su casa. Me abre él directamente. La tensión entre nosotros es enorme, pero me invita a pasar. Estamos en su habitación. Estamos incómodos.– ¿Qué tal el trabajo? – Rompo el hielo.– Bien. – Me responde de manera cortante.– Lo siento.– ¿El qué? – Su tono sigue igual.– Lo de la habitación, lo de la declaración, ya sabes… – Intento suavizar el ambiente.– Te dio un ataque de ansiedad cuando estábamos en la cama. ¡Y te dije que te quería pero no me pudiste responder! – Empieza a levantar el tono.– ¡¿Y qué querías que te dijera?! ¡¿Algo que no siento?! – Me empiezo a cabrear por su falta de comprensión.– ¡¿Y cómo quieres que me sienta yo!? ¡Mi novia no me quiere y no quiero acostarse conmigo!– ¡No puedo decir ni hacer algo de lo que no estoy segura! ¡¿Es que no lo entiendes?! – Esto se nos está yendo de las manos.– ¡Si no me quieres, ¿por qué seguimos juntos?!– ¡¿En serio?! ¡Estoy siendo sincera contigo! ¡¿Qué quieres que haga?! ¡¿Qué te mienta?!– ¡Sólo quiero que te aclares de una vez!– ¡Pues no puedo!– ¡Entonces no tenemos nada más de qué hablar!No sé qué contestar a eso. Así que simplemente me voy. Me dirijo a casa llorando. Paso el fin de semana encerrada. Él se va y no sé lo que va a pasar entre nosotros.Casi ha pasado el verano. No he tenido noticias suyas desde nuestra pelea. Le he mandado cartas, muchas cartas, y no he recibido respuesta. Y le he llamado unas cuantas veces, pero ni se ha dignado a devolvérmelas.Sé que está en el pueblo. No sé qué hacer. ¿Voy a su casa? Sofía y yo vamos a la plaza. Hemos quedado con los demás allí. Al llegar a la plaza veo a Jaime allí. Me quedo un instante parada.– ¿Estás bien? – Me pregunta Sofía. Yo suspiro antes de contestar.– Sí. Es inevitable que nos encontrásemos en cualquier momento.Terminamos de llegar y él me mira, pero desvía la mirada enseguida y continúa hablando con los demás. Nos pasamos la tarde echándonos miradas. Ya me he hartado y aprovecho que ahora está solo junto a su moto para acercarme a él.– Tenemos que hablar. ¿No te parece? – Lo digo con un tono firme y un poco desafiante.– ¿Tú crees? – Parece como si no le importase la conversación.– ¿Vamos a otro sitio o hablamos aquí? – Sigo firme.– Me da igual.– Basta. Mírame. – Le ordeno. Se gira y se apoya en su moto.– Tú dirás. – Me cabrea su expresión de indiferencia.– ¿Por qué no me has contestado este último mes? Ni llamadas ni cartas.– No tenía nada que decir. – Me paro a pensar en su respuesta.– ¿Hemos roto?– ¿Te das cuenta ahora? – Dice en plan chulo, lo que me irrita aún más.– ¿Estás de broma? ¡¿Tenemos una pelea y para ti es el fin de la relación?! – Empiezo a subir el tono.– ¡¿Una pelea?! ¡¿Te pareció una simple pelea?! – Estamos gritando y los demás se empiezan a girar para vernos.– ¡Te dije lo que sentía, nada más!– ¡¿Te crees que es una buena respuesta «No puedo.» y largarte?!– ¡Me pillaste desprevenida!– ¡Íbamos a acostarnos! ¡El decirte «Te quiero.» no estaba fuera de lugar, que digamos!– ¡¿Y qué querías que te dijera?! ¡No lo sentía en ese momento!– ¿Y lo sientes ahora? – Me vuelve a pillar desprevenida. Todos siguen mirándonos.– No. – Sólo puedo responder eso.– Por eso no podemos seguir juntos. – Ya hemos suavizado el tono. Me sorprende que esa afirmación no me duela.– Tienes razón. Es mejor dejarlo.En esta ocasión es él el que se va. No sé porque me sorprendió que pensara que habíamos roto. Él tenía razón. No sentíamos lo mismo el uno por el otro.Era un amor no correspondido. Desde el principio se veía venir. Nunca estuve segura de esa relación. Nunca llegué a confiar plenamente en él. Y no debería sorprenderme que se haya comportado así. Además, las primeras relaciones casi siempre son pasajeras.
Capítulo 10. La última semana.Sólo faltan cuatro días para que Jaime se vaya a trabajar fuera. Llevamos todo ese tiempo viéndonos las veces que podemos. En ese tiempo no he dejado de pensar en lo que tenemos pendiente. En si hacemos el amor o no. Aún no me he decido y de tanto pensar en ello, acaba doliéndome la cabeza.Hoy es el último día de instituto, nos dan las notas y nos despedimos de los compañeros que no vamos a ver, al menos este verano. Quedamos esta misma noche para salir de fiesta, esta vez al pub de siempre.Jaime y yo estamos bailando muy pegados, nuestros cuerpos y ritmos se acoplan a la perfección. Nos dejamos llevar. Empezamos a besarnos, y de repente es como si no existiera nada ni nadie a nuestro alrededor. No sé si fueron minutos u horas, pero cuando paramos estaba desorientada. Salimos a la calle a refrescarnos.– Mañana no nos vamos a poder ver. – Me dice Jaime.– ¿Y eso? – Pregunto.– Tengo que ir a trabajar con mi padre, a una casa particular que tiene que terminar antes de irnos al otro trabajo. Seguramente no lo terminemos hasta el sábado.– ¿El sábado tampoco te veré?– No creo. Seguramente volvamos a media tarde.– Vaya. Qué fastidio. ¿Y el domingo?– Lo he reservado para ti.– ¿Y qué vamos a hacer?– Iremos a la playa. Un amigo de mi padre tiene un apartamento cerca de la playa. Pasaremos el día allí.– ¿Los dos solos? – Pregunto, un poco asustada.– No. Nos juntaremos los de siempre. Pero podremos tener momentos a solas.Lo de ir en grupo me tranquiliza. Estoy bien con Jaime y lo de la otra noche en el pub fue algo que jamás había experimentado, pero sigo sin saber si estoy preparada.Vamos en dos coches, solo hay dos conductores en el grupo, pero es suficiente. Tras dejar algunas cosas en el apartamento, nos vamos a la playa y pasamos la mañana allí. Al mediodía nos vamos al apartamento y hacemos una barbacoa para comer. Luego algunos nos echamos la siesta mientras otros se quedan jugando a las cartas. Sólo he dormido una hora pero me siento fresca al despertarme. Jaime se quedó jugando.Hay una piscina en el apartamento y pasamos la tarde en ella. Todos se van metiendo dentro de la casa, mientras Jaime y yo nos quedamos dentro de la piscina. Simplemente nos quedamos en una esquina, abrazados y besándonos. Al cabo de un rato salimos y nos vamos a una de las habitaciones. Seguimos besándonos. No puedo pensar. Tengo en pelo mojado y sólo llevo un bikini. Sé qué es lo que va a pasar ahora pero no puedo reaccionar. Sus besos no me dejan pensar y sus caricias son tan agradables… De repente llaman a la puerta.– Lo siento chicos, tenemos que volver. – Nos dice Pablo.– ¿Por qué? ¿Pasa algo? – Pregunta Jaime.– Mi abuela ha muerto. – Responde.Todos recogemos lo más rápido que podemos. Le hemos dicho todos que lo sentimos mucho. No se escucha la radio de camino a casa, la hemos apagado. Nos van dejando en nuestras casas y nos despedimos hasta dentro de un rato. Todos vamos a ir al velatorio.Hay mucha gente. Me ha llevado mi madre porque mi padre se tiene que levantar muy temprano para ir a trabajar. De todos modos no nos quedaremos mucho. Mi madre también trabaja mañana. Ya están todos allí, junto a Pablo. Mi madre y yo nos separamos, y me dirijo hacia donde está Jaime. Se levanta y me abraza.– ¿Cómo estás? – Le pregunto a Pablo.– Bien. Ya era mayor y tenía problemas del corazón. Nos esperábamos esto desde hace tiempo.– ¿Le dará tiempo a venir tu tía? – Le pregunta Elisa.– Están de camino. Llegarán por la mañana.– Hay mucha gente. – Dice Carmen.Empezamos a hablar de trivialidades, de lo que vamos a hacer este verano, de lo que vamos a estudiar el próximo curso,… Jaime parece muy callado en esta conversación. Salimos un rato a la calle.– ¿Qué te pasa? – Le pregunto. Él ve en mis ojos que sé que le pasa algo. Me lanza una de sus medias sonrisas.– Siempre sabes cuando me pasa algo. ¿Es que no sé ocultar bien las cosas?– No. Es que te conozco y sé todos tus gestos y miradas. – Le sonrío, intentando suavizar su ánimo.– No voy a seguir estudiando. – Me dice al fin.– Vaya. La verdad es que nunca me has hablado de lo que querías hacer. Sólo hemos hablado de lo que iba a hacer yo.– Ya. Yo desviaba esas conversaciones para enfocarnos en ti.– Es verdad, ahora que lo pienso. ¿Cómo no he caído en la cuenta antes?– Sí, eso se me da bien. – Sonríe satisfecho.– ¿Y por qué no me lo has dicho? No hay nada de malo en trabajar en lugar de seguir estudiando. Si es lo que quieres…– Porque no voy a estar sólo el verano fuera. El trabajo será de al menos un año. – Su cara refleja desilusión y culpabilidad.– Vaya. – No sé qué decir. – Y te vas ya mañana. Y no sabemos cuándo nos volveremos a ver. – Estoy empezando a deprimirme. Jaime lo nota y se acerca a mí.– Venga, tú lo dijiste. Nos llamaremos todos los días. Ahora tienes el móvil que te compró tu abuela para tu cumpleaños. Y hemos comprado papel, bolígrafos, sobres y sellos suficientes para escribirnos todos los días.– Sí. Tienes razón.Nos abrazamos un buen rato. Mi madre sale a buscarme para que nos despidamos de la familia de Pablo.Han pasado ya dos semanas desde que Jaime se fue. Hablamos por teléfono dos o tres veces al día. Y nos escribimos cartas cada día. A veces largas, a veces cortas, en unas contamos cosas que nos han pasado, y en otras hablamos sobre cómo nos sentimos. Este fin de semana viene al pueblo, y pensamos pasar el máximo de tiempo posible juntos.Llaman al timbre. Mientras voy hacia la puerta pienso en cuánto faltará para que llegue Jaime. Abro la puerta y ahí está. Me quedo un segundo parada y después me abalanzó sobre él diciendo «¡Dios mío!», con tanto impulso que se tambalea y estamos a punto de caernos. Nos besamos una y otra vez. Cuando por fin nos separamos, entramos en casa.– No sabía que vendrías directo a mi casa. – Le digo al fin, después de haber recobrado el aliento.– Ya. Le dije a mi padre que me dejara aquí. No podía esperar para verte ni un segundo más.– Estás aquí. No me lo creo. Me parece un sueño.– Yo también he tenido muchos de ellos. Creo que en la mitad de las cartas que nos hemos escrito, nos contamos nuestros sueños. Y el de estar juntos se repetía mucho.– Sí. Confieso que los dos primeros días lloraba cada dos por tres. – Me avergüenzo al confesarlo.– Lo imaginé. Había gotas en una de las primeras cartas. Y lo que me escribiste también revelaba que parecía que estabas llorando mientras la escribías.– Ya. Sabes que soy muy sentimental. – Le pongo una sonrisa entre de disculpa y de vergüenza.– No pasa nada. – Me abraza.
Capítulo 9. La sorpresa de cumpleaños.Ya han pasado varios meses desde que empezamos a salir. Estamos ya en marzo. Hemos tenido una buena relación, con algunos enfados, pero lo normal en una pareja. Celebramos la Navidad, nos hicimos regalos y me sorprendió en San Valentín en el instituto con una rosa y una nota. Hemos salido a casi todas las fiestas de instituto, nos hemos hecho muchas fotografías y pasamos ratos agradables hablando de cualquier cosa.La relación va bien. Los besos ya no son tan intensos, tenemos nuestros momentos, pero nos hemos acostumbrado el uno al otro. Este mes es mi cumpleaños y, aunque intenta que no se note, sé que me está preparando una sorpresa para mí fiesta.Estamos en su cama, abrazados y besándonos. Jaime ha puesto música de fondo como siempre, pero ésta es distinta. Es más suave, más romántica. Noto que la mano que tiene en mi cara empieza descender suavemente por mi cuello y se dirige a mi pecho. Me da un escalofrío y paro su mano. Nos detenemos.– Jaime… – No sé cómo decírselo.– ¿Aún no estás preparada? – Me pregunta.– No. Aún no. Lo siento.– Vale, no pasa nada. – Me dice sonriendo.Me excuso diciendo que voy al baño. Allí intento relajarme y me echo agua por el cuello. Cuando vuelvo al dormitorio, suena la música de siempre y Jaime está sentado en su escritorio. Nos ponemos a hacer los ejercicios de mates que llevamos retrasando toda la tarde. Evitamos sacar la conversación, pero se nota que estamos un poco incómodos.Cuando vuelvo a casa, pienso en lo que ha estado a punto de pasar en la cama. No puedo ni pensar en ello, cada vez que lo hago me agobio. No estoy preparada para eso, aún no. Pero parece que él sí. ¿Y si lo vuelve a intentar? No sé cuándo voy a estar preparada. ¿Y si él no puede esperar?No mencionamos nada de lo que pasó en los siguientes días y parece que Jaime se comporta como siempre. Me alegro que no haya afectado a nuestra relación.Es el día de la fiesta de mis dieciseisavos cumpleaños. Mis amigos lo han estado preparando todo en el almacén de mis padres. Se turnaba en mi casa para que no me diera la tentación de subir. Al fin llega el momento. Me arreglo y subo acompañada de Jaime.Al entrar, me cae una lluvia de confeti, al mismo tiempo que me tiran serpentinas y me echan spray de serpentina. He acabado cubierta y Jaime me tiene que ayudar a limpiarme un poco. Está todo súper decorado. Hay buena música, mucha comida y los amigos de siempre.Llega la hora de la tarta. La ha hecho la madre de Jaime, que es toda una artista con la repostería. Pido mi deseo, soplo las velas y Jaime me da un beso. Lo que suscita un «¡ohhhh!» de los demás. Empiezan a darme regalos. Camisetas, colonias, pulseras, un libro,…Y de repente, Jaime saca de una habitación una caja enorme envuelta en papel de regalo. Al abrirla hay muchos globos, empiezo a sacarlos. Hay otra caja debajo. La saco, quito el papel y me saltan unos gusanos de muelle. Lo que hace que profiera un grito y me eche hacia atrás. Veo otra caja dentro, más pequeña y plana. La saco y la desenvuelvo. Parece un libro. No, es un álbum de fotos. Al abrirlo veo que tiene las fotografías que nos hemos hecho durante este tiempo, las notas que nos hemos escrito en el instituto y algunos detalles que me ha ido regalado. Me he emocionado y no puedo evitar que me salten las lágrimas. Abrazo a Jaime y le digo «Gracias». Me vuelvo a los demás y les agradezco también por haber preparado la fiesta.Ya lo hemos recogido casi todo y la mayoría se han marchado. Sólo quedamos Sofía, Andrés, Jaime y yo. Nos sentamos a descansar y beber una última ronda de refrescos.– Ha estado muy bien. – Dice Sofía.– ¡Qué dices! Ha sido más que eso. Es la mejor fiesta de cumpleaños que he tenido. Muchas gracias chicos.– La idea fue de Jaime. – Confiesa Andrés.– Gracias. – Me sorprendo y le doy un beso a Jaime.Terminamos de recoger y Sofía, Andrés y Jaime se van a sus casas. Ha sido un día largo y lleno de sorpresas. Caigo rendida en mi cama.Ya estamos en junio, liados con los exámenes finales. Jaime y yo estamos en mi casa enfrascados con la gramática.– Este verano voy a trabajar con mi padre. – Levanto la vista de pronto de mi libro.– ¿A sí? Pero, ¿ya llevas un par de años trabajando con él durante el verano, no?– Sí, pero eran trabajos en casas particulares. Ahora me puede dar de alta en la empresa. Como ya tengo los 16…– Trabajarás más entonces.– Sí. – Parece preocupado.– ¿Qué pasa?– Es que… Voy a trabajar todo el verano fuera.– ¿Te refieres en otra provincia?– Sí. – Me mira con cara de culpabilidad. Me acerco a él.– ¿Pero vendréis los fines de semana, no?– Sí, pero no creo que vengamos todos los findes.– Bueno. – Intento pensar en algo positivo. – Nos escribiremos cartas a diario.– Sí. Es una buena idea. – Sonríe un poco.– Y también hablaremos por teléfono.– Es verdad.Seguimos abrazados un rato más, después terminamos los ejercicios y se va a casa. Me pongo a pensar en lo que me ha dicho. Se va todo el verano y sólo nos veremos unos fines de semana. Nunca hemos estado separados tanto tiempo. Siempre estamos juntos en el instituto, casi todas las tardes y los fines de semana también nos vemos dos o más veces en el mismo día. La distancia suele dañar las relaciones, o eso es lo que suelen decir. ¿Nos pasará eso a nosotros?Es viernes, por fin se han acabado los exámenes y hemos quedado todos para salir de fiesta esta noche. Estamos en la casa de campo de uno de ellos. Hay comida, bebidas y música. Jaime y yo estamos en un sofá besándonos, a veces besos suaves, a veces intensos y volvemos a los tiernos.– Podemos ir a una de las habitaciones. – Me susurra al oído mientras seguimos besándonos.– ¿No estás a gusto aquí? – Le respondo susurrando también.– Es para estar a solas y seguir… besándonos. – Me doy cuenta de repente de lo que se refiere. Entro un poco en pánico y me separo bruscamente de él.– Vaya, que calor hace… – Digo disimulando, mientras me abanico con las manos. Él, como siempre en este tipo de circunstancias, me está mirando fijamente.Me levanto para ir a por una bebida. Me sigue. Le sirvo también. Me bebo el vaso casi del tirón. Me sigue mirando. Sofía se acerca a por bebidas.– ¿Me acompañas al baño? – Le pregunto con una mirada de súplica.– Claro, vamos.No llegamos a entrar en el baño, nos quedamos al fondo del pasillo. Le cuento lo que me acaba de decir Jaime y también lo de la otra vez. Y le pido opinión.– Eso es cosa de cada uno. Nosotros, por ejemplo, ya lo hemos hecho. – Me dice Sofía.– ¿En serio? – Le pregunto asombrada.– Sí. Tampoco está tan mal. Al principio duele un poco, pero luego todo va suave. Y te va gustando cada vez más. – Esto último lo dice con una sonrisa pícara.– ¿Y cómo sabes si estás preparada?– No sé. – Se para a pensar. – Sólo lo sientes. Jaime quiere pero tú no lo sientes. ¿Es eso?– Pues sí. Entro en pánico sólo de pensarlo, así que… – Me pongo nerviosa.– Pues díselo. Es mejor que lo habléis y le digas lo que sientes.Volvemos a la fiesta. Jaime está con los demás chicos. Voy a por otra bebida y salgo al patio a despejarme. Sí, tenemos que hablar. Le tengo que decir lo que siento.– ¿Quieres hablar? – Es Jaime. Me asusto un poco. No esperaba que saliera nadie.– Sí, deberíamos hablar. – Nos sentamos en un banco.– Sigues sin estar preparada. – Tiene una media sonrisa en su cara.– Siempre sabes lo que pienso. – Sonrío yo también un poco.– En una semana me voy y sólo quería hacer algo que nos uniera un poco más. Y así puede que la separación sea menos dura.– Te entiendo, pero… esto no es algo que se hace así porque sí. Tienes que sentirlo. – Me cuesta expresar lo que siento.– Llevamos ya casi ocho meses juntos. ¿No crees que ya es hora de dar el siguiente paso? -Me mira. En mis ojos se refleja el miedo, la confusión y la culpabilidad por desilusionarle por lo que siento. Y en los suyos una expresión entre súplica y desilusión.– Lo pensaré. Tenemos aún una semana. – Le digo, y espero no sonar poco convencida.Nos besamos y nos quedamos abrazados un rato.
Capítulo 8. La relación secreta.Nos vemos todos los días. El resto de días de la fiesta nos los pasamos buscando escondites para pasar tiempo juntos. Y cuando no estábamos solos, hablaban nuestras miradas. Sólo Sofía sabía lo de nuestra relación en secreto. Es en la única en la que puedo confiar. Ni siquiera se lo ha dicho a Andrés y su hermano tampoco. No creen que sepa guardar el secreto. Ella es nuestra cómplice. Y creo que se divierte más que nosotros con este jueguecito que nos llevamos entre manos.Es difícil esconder una relación. Siempre hay gente alrededor. En clase nos pasamos notitas y los descansos estamos con nuestros respectivos amigos. En el recreo, a veces nos podemos escapar y escondernos en algún callejón para compartir un beso.Por las tardes es más fácil. Con la escusa de los trabajos, nos juntamos un par de veces a la semana en su casa o en la mía. Y pasamos un rato agradable hablando y escuchando música. Y también nos ponemos un poco con el trabajo, si nos queda tiempo. Hoy estamos en su casa. Estamos solos, recostados en su cama y enrollándonos, cuando oímos ruido de fuera. Es seguida nos incorporamos y hacemos como que estamos con el trabajo. Llaman a la puerta y Andrés entra a la habitación.– Deberías tener cuidado con lo que te dejas por la casa. – Le advierte a Jaime enseñándole una de mis notas.Se apoya contra el marco de la puerta satisfecho con la idea de haber descubierto algo importante. Nos miramos un segundo. Jaime se levanta y coge la nota en seguida.– ¿La has leído? – Le pregunta Jaime a su hermano.– Estaba medio abierta… – Responde con una sonrisa burlona. – ¿Desde cuándo estáis juntos?– Cállate, y largo de mi habitación. – Le empuja para que salga. Andrés se va riendo.– Lo siento. Se me habrá caído sin darme cuenta. – Me mira con cara de culpabilidad. Yo estoy algo nerviosa.– Sólo han pasado unos diez días y ya se ha enterado tu hermano… – Sueno preocupada, y lo estoy. No quiero que nadie sepa lo nuestro.– Ya. Pero sabíamos que iba a pasar tarde o temprano. Este tipo de cosas no se pueden ocultar mucho tiempo. – Vuelve a sentarse a la cama.– Pero aún es pronto. – Me levanto. Estoy cada vez más nerviosa.– ¿Por qué no quieres que se sepa lo nuestro? – Me pregunta, parece entre confuso y enfadado.– Pues… porque aún es pronto… No estoy preparada para que todo el mundo sepa lo nuestro. – Le digo. Parezco poco convencida. Se acerca a mí.– ¿Por qué? – Me increpa.– Pues… porque aún no estoy preparada. – Me estoy poniendo más nerviosa todavía.– Aún no confías en mí, crees que te estoy engañando y que es sólo un juego para mí. – Está empezando a molestarse y a atosigarme. – ¿Es por eso? Dime. ¿Sigues sin confiar en mí?– Sí. Es eso. ¿Vale? – Le confieso con una voz más alta de lo que me hubiese gustado.Nos quedamos en silencio un rato, nos cuesta mirarnos a los ojos. Llaman a la puerta de la habitación y Andrés entra.– Mamá necesita ayuda con las bolsas de la compra.– Ahora no Andrés. – Contesta Jaime de mala manera.– Ayuda a tu madre. Yo me tengo que ir. – Salgo huyendo como puedo, sin dejar que Jaime me responda.Camino a casa pienso en lo nuestro, nuestra relación, si la podemos llamar así. Pienso en si deberíamos dejarlo estar, seguir como estamos o hacerlo público. Como siempre, termino en casa dándole vueltas a la cabeza acostada en mi cama y sin tener una solución.Al día siguiente, en clase, estamos tensos el uno con el otro. Hoy no hay notitas. Pasan las horas eternas, parece que no tienen fin. Suena el timbre del recreo y Jaime me pasa una nota antes de salir: «Te espero donde siempre». Es lo que tanto temía, la charla.– Hola. – Le digo cuando llego a nuestro escondite. Parece preocupado y enfadado.– Sé que te agobia el tema pero tenemos que hablar de nosotros, de nuestra relación. No podemos seguir así, a escondidas. No me gusta esta situación.– Lo sé y lo siento, pero… no estoy preparada. – Tengo un nudo en el estómago.– ¡Siempre dices los mismo! – Empieza a enfadarse cada vez más. – ¡¿Y cuando crees que lo vas a estar!? ¡¿Pretendes que sigamos así siempre!?– ¡No, siempre no, pero por el momento la cosa está así! – Yo también me empiezo a enfadar.– Está así… ¡Está así porque tú lo has querido! Al principio lo entendía, ¡pero llevamos dos semanas saliendo! ¡No es hora ya de superar tus miedos!– ¡No te atrevas a hablarme de mis miedos! ¡Tú no me conoces, ni sabes cuáles son mis miedos! – Esto ha estallado ya.– ¡Porque no me dejas conocerte!– ¡Como voy a abrirme si aún no confío en ti!– ¡Eso es! – Tiene un tono acusador.– ¿El qué?– ¡Qué aún no confías en mí!– ¡Eso ya lo sabías! – Le espeto.– ¡¿Cómo crees que podemos tener una relación de verdad si no confías en mí!?– ¡¿Y quién ha dicho que esto sea una relación!? – La expresión de su cara cambia. Parece decepcionado. Se va.Me empiezo a sentir culpable por mi respuesta, pero al mismo tiempo me alegra un poco haberle hecho daño. Supongo que esperaba un poco de venganza en mi interior, aunque no lo haya hecho adrede. Me siento mal y, como siempre, no sé qué hacer.El resto de la mañana ha ido de mal en peor.En casa de Sofía le cuento lo ocurrido. Ella intenta entender las dos partes. Y yo también lo intento. Pero hay algo que me retiene a no confiar en él. No sé si es lo correcto pero es lo que siento.– ¿Vas a ir a su cumpleaños? – Me despierta de mi ensoñación.– Iba a ir. Ya tengo su regalo. Pero ahora no sé si sería lo correcto. – Me siento mal con toda esta situación.– Deberías ir. A lo mejor se suavizan las cosas entre vosotros.– No sé. Tal vez. Ya veré…Otra cosa más en lo que pensar acostada en mi cama. Su cumpleaños es mañana y lo celebra en su casa. Observo su regalo encima de mi cómoda mientras intento decidir si ir a la fiesta o no.Llego un poco tarde a la fiesta, pensando que así me puedo mezclar entre la gente que ya está allí. Pero mi plan de pasar desapercibida falla al encontrarme a Jaime cara a cara nada más entrar. Nos quedamos parados unos segundos. Alguien llama su atención y aprovecho para deslizarme entre la gente para camuflarme. El resto de la tarde logro esquivarlo. Pero llega la hora de la tarta y quiero estar ahí cuando sople las velas. Aunque no lo pretendía, he acabado justo enfrente de él.Me mira directamente mientras cantamos el Cumpleaños Feliz. Como siempre, me hace sentir rara el que me mire tan fijamente. Al terminar, sopla las velas y empieza a abrir regalos. El mío aún lo llevo en mi bolso. Se me ha olvidado ponerlo con el resto. Así que se me ocurre ir a su dormitorio y dejarlo en su mesa junto con una nota, antes de ir al baño. Cuando salgo, él está apoyado en la pared de enfrente con mi regalo abierto en su mano.– Te has acordado. – Es un reloj. Me había dicho en un par de ocasiones que estaba pensando en comprarse uno.– Claro. Pero supongo que alguien te habrá regalado otro mejor. – Me apoyo de lado en la pared junto a él. Se gira hacia mí.– Te echo de menos. – Suspira. Se me corta la respiración.– Yo también. – Le respondo después de unos segundos.Se acerca a mí, coge mi cara con su mano y me besa. Es un beso suave, al principio. Pero en seguida empieza a ser intenso. Le rodeo el cuello con mis brazos y él aprieta mi cuerpo con el suyo con su otro brazo. Nuestros labios ansiaban que llegara este momento.Aunque el lugar no era el más adecuado. Alguien pasa a nuestro lado para entrar al baño y paramos de besarnos. Giramos nuestras caras y vemos que la mitad de las personas de la fiesta nos está mirando. Unos sorprendidos, otros sonriendo. Nos separamos inmediatamente y nos miramos medio sonriendo. Jaime me coge de la mano y nos dirigimos al lugar de la fiesta. Estoy avergonzada y sólo espero no ponerme colorada.Nadie dice nada. Todos siguen con la diversión. Y nosotros pasamos el resto de la fiesta juntos. Se han ido ya casi todos. Sólo quedamos los de siempre.– Bueno, ¿desde cuándo estáis juntos? – Dice Jorge al fin. Todos nos miran con curiosidad. Jaime me mira y yo asiento con la cabeza.– Desde la fiesta, se podría decir, ¿no? – Me mira para confirmar.– Sí. Desde la primera noche. – Estoy incómoda por esta conversación.– ¿Pero cómo paso? – Pregunta Carmen.– Sí, contadnos – Exige Elisa.Así que le contamos la historia desde el principio, desde que nos sentaron juntos en el instituto. Se burlan un poco de nosotros. Están sorprendidos, y es normal, tal y como empezó nuestra relación cuando Jaime llegó… Al rato se van todos. Jaime me lleva a casa en su moto.– Al final te has salido con la tuya. – Le espeto.– ¿Con qué?– Ya lo saben todos. – Parece culpable.– No era mi intención que pasara así. No podía pasar más tiempo sin besarte.– Yo tampoco. – Sonrío y noto que me sonrojo.– ¿Te llamo mañana?– Claro.Me besa. Un beso suave y tierno. Uno detrás de otro. Nos despedimos y entro en casa. Esta noche no tengo nada en que pensar y estoy cansada, así que me duermo en seguida.
Capítulo 12. Reencuentro.Siempre me ha gustado ir a las fiestas de mi pueblo. El olor a turrón, los gritos y risas de los niños subidos en las atracciones, la plaza llena de gente, el jaleo, la música de orquesta. Te hace volver al pasado, a tener 15 años. Y ahora ves las cosas desde otra perspectiva, diez años después. ¿Cómo puede ser que haya pasado tanto tiempo? Parece que fuese ayer cuando te montabas en los cochecitos y jugabas en las casetas de tiro.Este año parece como cualquier otro. Sentada en una mesa con mi madre y su amiga, esperando a que empiece la orquesta para bailar unos pasodobles. Pero es distinto porque él está ahí. Jaime. Nunca lo he visto en la feria. No sé si porque no coincidíamos o porque no había vuelto a venir. Desde que cortamos siendo adolescentes, en los siguientes años nunca lo vi en la feria. Sofía me dijo en una ocasión que se quedó a vivir en el pueblo donde trabajó aquel verano. La verdad es que nunca pensaba en él, excepto cuando se acercaba la feria. Era normal. Era nuestra fecha.Seguía igual de guapo. La orquesta empieza a tocar y mi madre y yo nos animamos a ser las primeras en la pista de baile. Puede que hayamos tenido muchas peleas y muchos desacuerdos en todos estos años, pero siempre bailábamos en la fiesta del pueblo. Es como nuestra tradición. Tras un par de largos pasodobles, salimos de la pista. Mi madre va hacia la mesa y yo me dirijo al baño. Cuando salgo, él está frente a mí, con esa sonrisa que siempre me volvió loca.– Hola Jaime. – Le devuelvo la sonrisa.– Hola Alicia. – Se acerca a mí y nos abrazamos. Es extraño, volver a abrazarle.– Cuanto tiempo. Llevo años sin verte. – Vamos caminando hacia un lugar tranquilo.– Sí. Me mudé.– Lo sé. – Se hace un silencio. Parece como si no encontrase las palabras para hablarme.– La verdad es que los primeros años no quise venir mucho por aquí, sobre todo por estas fechas. – Se atreve a decir al fin.– Lo entiendo. Demasiados recuerdos.– Sí.Nos sentamos en un banco del paseo. Hace buena noche y hay luna llena. Nos quedamos un rato en silencio. No porque no tengamos nada que decirnos, ni porque no nos salgan las palabras. No hablamos porque estamos a gusto así, siempre nos ha pasado.– He vuelto. – Me mira. Vuelve a poner esa sonrisa.– ¿En serio? ¿Para quedarte? – Asiente con la cabeza.– Estudié cocina y he empezado a trabajar en un restaurante.– ¡Vaya! Qué bien. ¿Te gusta?– Sí. – Ahí está, esa mirada fija que tanto me incomodaba. Sonrío. – Sofía me ha contado algunas cosas sobre ti.– ¿El qué? – Me sorprendo.– Que estudiaste administración, como querías, que tuviste una relación algo turbia, y que ahora estás soltera y sin trabajo.– Pues sí. Es un buen resumen de mi vida. ¿Me haces uno de la tuya?– También tuve una relación, pero duró poco. Estudié cocina, como sabes, y me he comprado una casa en la playa.– Como siempre has querido. Te ha ido bien entonces, al menos en el terreno económico.Se me queda mirando. Empiezo a recordar esa mirada. Siempre me hacía sentir escalofríos, como ahora. Suena un teléfono. Es el suyo. Mientras contesta la llamada, yo me levanto y doy unos pasos. Cuelga y se acerca a mí.– Era mi hermano. ¿Te tomas algo con nosotros?– Vale. – Ese escalofrío ha hecho que me quede sin palabras.Volvemos a la plaza. Antes de ir con Jaime y los demás, me acerco a la mesa donde está mi madre para decirle dónde estoy. Volvemos a estar juntos los mismos de siempre. La mayoría con sus parejas. Pasadas un par de horas, mi madre me pide que la lleve a casa. Jaime me acompaña. Volviendo a la fiesta, suena una música romántica en la radio. Él no deja de mirarme. Eso me incomoda, igual que hace años. Estoy cada vez más tensa. Cuando llegamos, tras salir del coche, Jaime se acerca a mí y me besa.En un beso suave y tierno. Ha puesto su mano en mi cara. Es igual que hace diez años. Pero esta vez tengo los ojos cerrados. Vuelvo a recordar esa sensación, ese sentimiento que creía desaparecido. Se separa un poco de mí, nos miramos a los ojos y nos volvemos a besar. Esta vez es más intenso y apasionado. Mis brazos rodean su cuello y los suyos están en mi espalda, apretando mi cuerpo con el suyo. El beso es cada vez más intenso, nuestras bocas están ansiosas, al igual que nuestros cuerpos. Soltamos varios gemidos. Hasta que paramos.Respiramos con dificultad. Seguimos agarrados, mirándonos. Nos quedamos así un instante. No sé cuánto tiempo llevamos así, si sólo unos segundos o varios minutos. Nos separamos. Seguimos sin decir nada. Y volvemos a la plaza, en silencio.En la mesa del bar, estamos cada uno en una punta de la mesa. Nos miramos cada dos por tres. Intento disimular, pero aún siento el fuego en mi interior y el cosquilleo en los labios. Sofía se levanta y se sienta a mi lado.– ¿Qué ha pasado? – Otra vez esa sonrisa pícara. Me la quedo mirando y ella me echa esa mirada de «no me puedes engañar»– ¿Cómo sabes…? – Se ríe. – Ssshhhh.– No habéis tardado mucho. Así que ha sido al rápido o sólo un beso. – Me susurra.– Sólo un beso. – Le respondo.– ¿Y? – Quiere más detalles.– Vale. Tú ganas. Vamos a hablar a otro lugar.Nos separamos un poco del bar. Le cuento lo de la conversación y lo del beso. Ella me ataca con preguntas, de las que algunas no tengo respuesta: ¿Qué has sentido? ¿Cómo ha sido? ¿Te besó él o fuiste tú? ¿Vais a volver? ¿O lo vais a dejar así? A la vuelta, repito una y otra vez esas preguntas en mi cabeza.Me despido de todos. Jaime me acompaña hasta mi coche. Caminamos sin decir una palabra. Al llegar a mi coche, nos paramos uno frente al otro.– Bueno, buenas noches. – Rompo el silencio. Él me sigue mirando fijamente.– ¿Quedamos mañana? – Vuelve esa sonrisa.– Claro. – Digo sin pensar.Me besa. Un simple beso. Pero hace que me vuelva a dar un escalofrío. Subo a mi coche y voy a casa. Me cuesta dormir. Ha sido una noche intensa y de lo más inesperada. Mañana. Hemos quedado mañana.Suena un ruido lejano. El volumen va subiendo poco a poco. ¿Qué es ese ruido? Aún sigo medio dormida y no consigo distinguir el sonido. Me voy Despertando y todo se va aclarando. Es mi móvil. Deja de sonar. Vuelven a llamar. Estiro mi brazo y cojo el teléfono. Contesto con los ojos cerrados.– ¿Sí?– ¿Aún dormida? – Es una voz familiar.– ¿Quién es? – Pregunto con voz un poco ronca. Se oye una pequeña risa.– Soy Jaime. – Me despierto de golpe y me incorporo.– Hola. – No sé qué decir.– Al final no quedamos en nada concreto para hoy. Sofía me dijo que aún tenías el mismo número de teléfono.– Sí. Es lo único que conservo en mi vida. – ¿Qué? ¿Pero qué frase es esa? Por eso no es bueno hablar cuando una está medio dormida.– ¿Te parece bien si te paso a buscar?– ¿También te ha dicho Sofía dónde vivo?– Sí. Te recojo en media hora. ¿O necesitas más tiempo?– No. Media hora está bien. Hasta ahora. – Él también se despide.Salto de la cama y me meto en el baño rápidamente. Tengo la cama llena de ropa. Me ha costado decidirme qué ponerme. Llaman al timbre. Aún me queda ponerme los zapatos. Abro la puerta y Jaime espera al otro lado, con una sonrisa. Nos saludamos, le hago pasar y le digo que esperaré un momento mientras me pongo los zapatos. Salimos enseguida.No sé a dónde me lleva. Ni siquiera se lo he preguntado. Se escucha música en la radio. No decimos ni una palabra durante el trayecto. Vamos por la carretera de la costa. Y llegamos a un pequeño mirador. He pasado unas pocas veces por esta zona, pero nunca he llegado a pararme.Cuando salimos, me coge de la mano. Un cosquilleo me recorre el brazo. Es una sensación que mi cuerpo está recordando. Estamos un rato en el mirador escuchando las olas romper en las rocas, inhalando el aroma a sal y sintiendo la brisa marina. Siempre me ha gustado esta sensación. Cada vez que he tenido un problema, he ido a la playa sólo para sentir esta calma y poder relajarme.– Te he echado de menos. – Me suelta. Me está mirando fijamente, como siempre.– Yo también. – Le confieso. Sonrío y me devuelve la sonrisa.Nos acercamos, me coge de los hombros y apoya su frente en la mía. Es agradable. Me hace sentir a salvo y sin preocupaciones. Nos abrazamos y estamos así un rato. Estoy con los ojos cerrados, sintiendo su calidez y, al mismo tiempo, la brisa que nos trae el mar.Suena un móvil. Es el suyo. Al parecer, anoche quedamos con los demás en la feria del mediodía. Ni lo recordaba. En el camino de vuelta, estamos más relajados. Hablamos de cómo nos ha ido en nuestras vidas.Han pasado ya diez años. Hemos dejado atrás las travesuras adolescentes y los caprichos de juventud. Al igual que nos hemos quitado de encima nuestras inseguridades y nuestros miedos. Hemos cometido los errores típicos de un adulto. O más bien los de unos jóvenes que están madurando. Trabajo, pareja, desamor, cambios de vida… Ya no somos los mismos que antes. Hemos aprendido, como hace todo el mundo. Ahora pensamos diferente.Ha sido un viaje fructífero. Nos hemos puesto al día. Y estamos más relajados y hay más confianza entre nosotros. Al llegar al recinto ferial, ya están todos allí.– ¿Habéis venido juntos? – Pregunta Andrés, sonriendo de forma pícara.– Hemos… – Miro a Jaime.– … llegado al mismo tiempo. – Termina mi frase.– Qué casualidad. – Dice Andrés de forma sarcástica. Miro a Sofía y ella le da un codazo.– ¿Ya habéis empezado? La siguiente ronda la pago yo.Jaime intenta desviar la atención. Y lo consigue. Pasamos un buen rato sin ninguna mención de nuestra llegada. Es el último día de feria, así que decidimos quedar por la noche de nuevo. Vamos en el coche. Estoy con los ojos cerrados. Ni siquiera sé a dónde vamos, ni me importa. Nos detenemos. Abro los ojos y veo la puerta de un garaje abriéndose. Miro a Jaime.– Quería enseñarte mi casa. – Me dice.Veo el exterior de la casa. Es grande, de dos plantas y con un gran balcón. Es preciosa. Entramos en la casa. Cocina americana con una isla y un gran salón con una televisión enorme.– Éste es el recibidor, hay también un baño y por aquí está el patio trasero. – Me va diciendo a medida que vamos avanzando por la casa.– ¡Qué grande! Y con césped.– ¿Seguimos? – Me pregunta. Asiento.– Menudas escaleras. – La barandilla es de madera y hace una curva de media luna.– Hay tres dormitorios y dos baños. Uno de ellos en el dormitorio principal. – Vemos de pasada las habitaciones hasta llegar a la habitación de matrimonio. – El balón de la Entrada es el de este dormitorio.Salimos al balcón. Estamos frente al mar. Se puede oler y saborear el aire salado. Jaime me abraza desde atrás. Cierro los ojos y pasamos un rato así. Empieza a darme sueño. Entramos y nos recostamos en la cama. Estamos de lado mirándonos a la cara. Nos quedamos dormidos sin darnos cuenta.Nos despierta el sonido de un teléfono. Es el de Jaime. Miro el reloj. Hemos estado durmiendo durante tres horas. Él ha contestado la llamada. Yo me levanto y voy al baño. Me lavo la cara y me peino el pelo. Al salir, Jaime ya ha terminado de hablar.– Hemos quedado en la feria a las ocho. – Me comunica.– Vale. ¿Me acercas a casa?– Claro. Vamos. – Me da un beso y bajamos.En casa, me doy una ducha y me preparo para salir. Jaime me recoge y vamos a la feria. Pasamos una buena noche. Hasta bailo un pasodoble con Jaime. No lo hace nada mal. Nos despedimos los unos de los otros. Vamos en el coche.– ¿Te quedas en mi casa esta noche?– Sí. – Le respondo casi sin pensar.Ambos sonreímos. El resto del trayecto no hablamos nada, solo escuchamos la música romántica que sale de los altavoces. Estamos otra vez en su casa. Me pide que espere en el salón, mientras él sube a prepararme una sorpresa.Tras un rato, aparece en el pie de las escaleras, alzando la mano para indicarme que vaya hacia él. Yo se la cojo y subimos, sin decir nada. La puerta del dormitorio está cerrada. Me pide que cierre los ojos y pasamos dentro. Abro los ojos y lo que veo es maravilloso. Pétalos de rosa en el suelo, varias velas encendidas, una música suave, un aroma cautivador… El ambiente te envuelve.Nos ponemos cara a cara y empezamos a besarnos, despacio, con ternura. Pero enseguida la pasión se enciende y nuestros cuerpos ansían el contacto con la piel. Nuestra Ropa va cayendo al suelo mientras nos dirigimos hacia la cama. Caemos en ella. Él está encima de mí. Me besa en los labios y pasa al lóbulo de mi oreja, lo que me hace enloquecer. Baja por mi cuello, me da mordisquitos y empieza a succionar. Lo que hace que se no pongan los ojos en blanco y suelte un gemido. El deseo es cada vez mayor, terminamos de desnudarnos y nuestros cuerpos se funden en uno.Gotas de sudor caen por su frente, mientras me da un besito tras otro. Mi pelo debe estar enmarañado. Nos quedamos largo rato mirándonos. Después se acuesta a mi lado y yo me giro hacia él, colocando mi cabeza sobre su pecho. Él me rodea con su brazo y me da un beso en la cabeza, mientras yo le doy otro en su pectoral. Y nos quedamos dormidos.Al despertar, noto que está detrás de mí, abrazándome y nuestros dedos están entrelazados. Me muevo un poco, intentando no despertarle. Consigo salir de la cama y voy al baño. Salgo envuelta en su bata.– Hola. – Está despierto e incorporado en la cama. Me sonríe.– Hola. – Le devuelvo la sonrisa y voy hacia él. Nos besamos.– ¿Deberíamos hablar de esto?– ¿Te refieres a lo de anoche o a lo nuestro? – Sonríe.– Me gusta esa palabra: «nosotros».Esa es una muy buena palabra. Tenemos un pasado que, aunque no acabó bien, no parecía ser un final. Siempre pensé que ese capítulo estaba inacabado. Creí que si nos volvíamos a ver y retomáramos lo que dejamos pendiente, pondríamos fin a la historia. Pero al parecer, ha sido todo lo contrario. Se ha encendido algo que creíamos apagado.No sabemos qué pasará. No hemos decidido nada. Sólo vamos a dejar que fluya lo que estamos sintiendo ahora y no queremos forzar las cosas. Ahora estamos juntos y eso nos hace felices. Porque eso es lo que ahora importa. Porque nos hemos reencontrado.FIN
   
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