Yo, en letras!
20 de marzo del 2022.
Gran día porque al fin decidí escribir.
¡Hola a todos! Mi nombre es Rocío Ynés de las Mercedes Jacinto Peralta, sí, todo ese nombre es mío, Ynés por mi abuela paterna y Mercedes por la materna, y eso que no llevo el apellido de casada porque sería aún más extenso, súmenle de Del Carpio, bastante largo, ¿no?
Pero bueno hoy no quiero escribir solo de mi nombre si no de mí, de mi día a día en el que tal vez algunos se vean reflejados pues al decir verdades todos llevamos dentro muchas cosas por decir y un ritmo de vida que en algún momento se desvió en el pasar de los años cuando en aquella juventud llevabas un plan de vida que ahora pueda verse diferente.
No recuerdo los años de mi infancia con mucha claridad, sé que nací a los pies del volcán más temido y majestuoso del Perú, donde la gente valora y defiende a morir su región, de esos domingos donde puedes encontrar un delicioso pan triángulo con su infaltable adobo, así es señores orgullosamente Arequipeña, aunque al principio no lo aceptaba por la inmadurez de la adolescencia y el deseo de querer ser una que no era.
Fue un 10 de enero del año 1979 que le pusieron a esa bebé tan esperada en brazos de mi bella madre en circunstancias que hasta ahora ella recuerda como si fuera ayer pero dentro de todo pienso que fue feliz al haberme recibido en aquella sala de operaciones pues nací por cesárea después de 4 robustos varones y partos naturales. Ella cuenta muchas cosas bonitas de mí, como que un médico tenía mucho que ver con mi tranquilidad cuando me dejaban encargada en su casa o de aquella vez que puse panza arriba a los peces de colores de mis hermanos al tratar de ayudar lavando la pecera con ellos adentro… ¡Lo siento! jamás pude reparar ese error. Cosas como estas recuerdo de mi infancia así como aquellos días de felicidad verme corriendo en los tres patios de la casa de los Calatayud donde viví en la ciudad de los vientos junto a mi amiguita Fabiola, éramos dos inseparables niñitas traviesas que gozábamos de darle con un palo al árbol de Capulí del primer patio, o celebrarle el cumpleaños al perrito de los dueños de la casa, a comparación de aquellos días difíciles que pasaba en aquel colegio para señoritas donde a pesar de mi corta edad sentía claramente que no encajaba allí, los típicos días comparados con aquella serie “Carrusel” donde había una Mariajuaquina con cabellos rubios oliendo a shampoo fresita de Yanbal a diferencia de los míos que olían a Clinic o jaboncillo lavados por mi hermano Iván, pero limpia al fin y al cabo.
Cabellos limpios los míos con unas hermosas trenzas largas hasta la cintura pero tan delgadas como una soga de saltar que a veces terminaban amarradas a una retafila de zapatillas que ataban mis hermanos cuando me quedaba dormida mientras ellos jugaban fulbito o a las guerrillas con esas liguillas y papelitos hechos de tubitos doblados, o un tubo y cambuchos de papel soplados por ellos, y lo más gracioso era cuando yo despertaba tratando de caminar con todo eso amarrado en mi cabeza, y llorando salía a buscarlos para pedir ayuda, y ni bien me veían aparecer, decían : “Disparen al enemigo”, ¡Qué gracioso! Ahora me rio aunque en su momento lloré y renegué como ahora ustedes que pensarán en su mente: ¡Qué abusivos! Pero no, éramos niños.
Tengo mucho que agradecer a mi primer hermano pues él cumplía un rol muy importante con nosotros, cuidaba, alimentaba, velaba por nosotros en ausencia de nuestros padres por estar en su trabajo. Recuerdo una mañana soleada cuando Iván debía bañarnos, nos llevaba al último patio donde en el medio de éste había un gran orificio que se formaba como una laguna del agua que se empozaba de las lluvias, él nos paraba tal cual fila india en shorts y con la ayuda de una manguera verde de jardinería nos mojaba a todos de un porrazo para luego pasarnos con jaboncillo y champú hasta donde alcanzara aquel cojincito azulito para finalmente enjuagarnos del mismo modo en que nos empapaba antes de toda esta ceremonia olorosa. Por cierto, no faltaba alguna vecina curiosa y preocupada como doña Marisol que pegaba un grito a decirle a Ivancito que no bañara así a la mujercita. ¡Vaya! Alguien se preocupaba también por ello.
Me gustaba mucho vestir un short azul marino de uno de mis hermanos, no se hagan que ustedes también gozaron de aquellos tiempos de la ropa en buen estado donada del mayor al menor, me gustaba mucho vestirlo porque me sentía super cómoda con él hasta un día de carnavales donde disputábamos contra los vecinos de en frente de la casa, la mayoría eran mujeres pues dado que en donde yo vivía habían más varones, cuenten: mis 4 hermanosmás los dos hijos de los dueños de la casa más los hijos de la señora Isabel contra las guapas muchachas de la vereda de enfrente. Era una guerra de baldazos de agua, bombardeo de globos con agua, talco blanco y rosado en sus caras, todo un carnaval, no debíamos preocuparnos mucho por accidentarnos pues antes por la calle San Martín cruzaban uno que otro taxi cholo o triciclo. En esos momentos de furor y alegría también estaba metida yo con mi pequeño balde de pintura con dos o tres globitos con agua en mi pequeño short azul, en tanto no vi llegar tras mío a una de las rivales con un enorme balde rojo lleno de agua intentando bañar a mi hermano y me cayó por completo en todo el cuerpo, al mismo momento mi shorticito, hasta sentí quedarme en ropa interior, fatal porque fue el motivo de risa de todos y terminé corriendo a mi habitación sonrojada por tal suceso. Aprendí la lección, no más jugué con ellos.
Esto sucedía en los años ochenta y ssiete más o menos, y recordarán que estaba de moda los dibujos animados de los Transformers, las Barbies articulables y sus lujosas casitas de dos pisos en color rosa, que por cierto costaban carísimas, yo no tuve mucho que envidiar porque tuve algo mejor que eso, mi hermano Angelito se encargaba de hacerme feliz armando a los Transformes con ayuda de cartulina y la hoja central de un periódico donde venían para recortar y armar, debíamos preparar engrudo para poder pegar las piezas y éste mismo le servía para pegar cajas de cartón de esas riquísimas galletas de animalitos que muy curiosamente las ensamblaba para hacerme mi propia casita de muñecas con luces de colores, esas navideñas, pero al fin y al cabo tenía luces, donde podía caber dentro de ella, y no necesitaba un Ken porque mi hermano era mi mejor muñeco pues también entraba en la casita y comíamos a gusto pancito frito con mantequilla preparadas en una latita de las tapas de betún que lavaba cuidadosamente sujetas a un alambre simulando una asa puesto sobre una cocinita hecha de una lata de Nescafé donde se sujetaban 3 agujas de primus dobladas tal cual las patitas de un verdadero primus encendido por una mecha de pabilo con alcohol. Maravilloso, ¿verdad? Él me hacía feliz con todo esto.
Suspiro por todo lo vivido.
En realidad, siento que fue una infancia bonita como la de alguna de ustedes que me leen, entre alegrías y sufrimiento pero no creo que fuera una vida dura para mí, aunque recuerdo días de dolor como aquellas veces que vivía en el colegio de mi primaria donde tenía a un ángel como “Mi señorita”, así le decíamos a nuestras profesoras en esos tiempos. Mi señorita Amanda era quien se encargaba de peinarme en el colegio cada vez que llegaba con una trenza arriba y otra abajo, y esto por qué, pues era una ceremonia graciosa en casa cuando Iván y Giovanni intentaban peinarme pues como mi cabello era tan delgado y largo tiraban de él con un peine y trataban de sujetarme lo más simétricamente posible pero al parecer era una tarea muy compleja, y era allí cuando mi señorita se daba cuenta de la ausencia de mi madre en casa. Con todo gusto me bajaba al baño del colegio y me peinaba nuevamente y pienso que lo hacía tan bien como para que me durara en los días de ausencia de mamá. Ella cuidaba de mí, sinceramente no tenía muy buenas relaciones en el colegio con mis compañeritas pues ellas se veían muy delicaditas y siempre bien vestiditas y perfumaditas, cosa contraria a la mía, jugaban con sus patilargas y yo no tenía una igual a esas y tampoco gustaba mucho de ellas, recuerden que yo metía dentro de mi casa de muñecas a los Trasnformers. Sin embargo, me sentía bien con una de ellas, Paola, pues nos entendíamos mucho al jugar con un trompito pintado de colores, sería porque ella también venía de una casa con hermanitos varones y casi siempre estábamos juntas en el recreo haciendo de las nuestras con las niñas que nos molestaban. Serían más los días de pena en ese cole que hizo que extrañara mucho a mis padres que un día en una charla que nos daban acerca del amor de la familia y preguntaban a una por una como era sus vidas en casa que cuando fue mi turno me nació decir que mis padres habían muerto, suceso que a mi señorita la aterrorizó de tan impactante noticia que me siguió preguntando y yo muy suelta de huesos le describía que un carro le pasó por encima a mi mamá y luego ese mismo carro atropelló a mi papá. Se imaginan lo que conllevó este hecho a mi señorita.
Ya estando en casa después de esa mañana de clases, llegaron a visitarnos junto a una corona funeraria con una brigada de representantes del colegio llevando el pésame a mis hermanitos y a mí, sin sospechar que nada de ello había sucedido. Honestamente, no sé qué más haya pasado después de esto pero lo que sí recuerdo es que vi mucho más tiempo a mi mamá y a mi papá con nosotros en casa y hasta torta de cumpleaños tuve en alguna ocasión.
Es más que probable que a partir de ese suceso nuestra relación familiar mejorara al igual que mis calificaciones pues no era una niñita muy aplicada, a pesar de que era Iván quien me sentaba en el tronco de un árbol del tercer patio hacernos estudiar, así como recuerdo mi primer 20 en matemáticas por saber dividir y multiplicar y esto se lo debo a mi hermano Christian porque dentro de toda su rebeldía él tuvo tiempo para mí, cuando un día decidió hablarme fuertemente de que no debía llorar por las burlas de esas niñas cada vez que me sacaba cero cero en matemáticas. Él tuvo la paciencia de enseñarme a dividir haciendo mis propias tablas de multiplicar, no importaba el tiempo que me demorara pero él quería que para asegurarme de que sacaría un 20 yo debía volver hacer todas las tablas del 1 al 9 em mi mismo examen y así demostrar que merecía un gran veinte, y así lo hice, fue un maravilloso día para mí que hasta ahora se me erizan los vellos de mis brazos por la emoción que sentí aquel día en haber logrado esa nota.
¡Ah ya yay! Que chévere poder plasmar todo esto.
Finalmente, para cerrar esta parte de mi vida, mi padre tomó una bonita decisión para mí, y ¿Cuál fue? Ya lo sabrán.
Gran día porque al fin decidí escribir.
¡Hola a todos! Mi nombre es Rocío Ynés de las Mercedes Jacinto Peralta, sí, todo ese nombre es mío, Ynés por mi abuela paterna y Mercedes por la materna, y eso que no llevo el apellido de casada porque sería aún más extenso, súmenle de Del Carpio, bastante largo, ¿no?
Pero bueno hoy no quiero escribir solo de mi nombre si no de mí, de mi día a día en el que tal vez algunos se vean reflejados pues al decir verdades todos llevamos dentro muchas cosas por decir y un ritmo de vida que en algún momento se desvió en el pasar de los años cuando en aquella juventud llevabas un plan de vida que ahora pueda verse diferente.
No recuerdo los años de mi infancia con mucha claridad, sé que nací a los pies del volcán más temido y majestuoso del Perú, donde la gente valora y defiende a morir su región, de esos domingos donde puedes encontrar un delicioso pan triángulo con su infaltable adobo, así es señores orgullosamente Arequipeña, aunque al principio no lo aceptaba por la inmadurez de la adolescencia y el deseo de querer ser una que no era.
Fue un 10 de enero del año 1979 que le pusieron a esa bebé tan esperada en brazos de mi bella madre en circunstancias que hasta ahora ella recuerda como si fuera ayer pero dentro de todo pienso que fue feliz al haberme recibido en aquella sala de operaciones pues nací por cesárea después de 4 robustos varones y partos naturales. Ella cuenta muchas cosas bonitas de mí, como que un médico tenía mucho que ver con mi tranquilidad cuando me dejaban encargada en su casa o de aquella vez que puse panza arriba a los peces de colores de mis hermanos al tratar de ayudar lavando la pecera con ellos adentro… ¡Lo siento! jamás pude reparar ese error. Cosas como estas recuerdo de mi infancia así como aquellos días de felicidad verme corriendo en los tres patios de la casa de los Calatayud donde viví en la ciudad de los vientos junto a mi amiguita Fabiola, éramos dos inseparables niñitas traviesas que gozábamos de darle con un palo al árbol de Capulí del primer patio, o celebrarle el cumpleaños al perrito de los dueños de la casa, a comparación de aquellos días difíciles que pasaba en aquel colegio para señoritas donde a pesar de mi corta edad sentía claramente que no encajaba allí, los típicos días comparados con aquella serie “Carrusel” donde había una Mariajuaquina con cabellos rubios oliendo a shampoo fresita de Yanbal a diferencia de los míos que olían a Clinic o jaboncillo lavados por mi hermano Iván, pero limpia al fin y al cabo.
Cabellos limpios los míos con unas hermosas trenzas largas hasta la cintura pero tan delgadas como una soga de saltar que a veces terminaban amarradas a una retafila de zapatillas que ataban mis hermanos cuando me quedaba dormida mientras ellos jugaban fulbito o a las guerrillas con esas liguillas y papelitos hechos de tubitos doblados, o un tubo y cambuchos de papel soplados por ellos, y lo más gracioso era cuando yo despertaba tratando de caminar con todo eso amarrado en mi cabeza, y llorando salía a buscarlos para pedir ayuda, y ni bien me veían aparecer, decían : “Disparen al enemigo”, ¡Qué gracioso! Ahora me rio aunque en su momento lloré y renegué como ahora ustedes que pensarán en su mente: ¡Qué abusivos! Pero no, éramos niños.
Tengo mucho que agradecer a mi primer hermano pues él cumplía un rol muy importante con nosotros, cuidaba, alimentaba, velaba por nosotros en ausencia de nuestros padres por estar en su trabajo. Recuerdo una mañana soleada cuando Iván debía bañarnos, nos llevaba al último patio donde en el medio de éste había un gran orificio que se formaba como una laguna del agua que se empozaba de las lluvias, él nos paraba tal cual fila india en shorts y con la ayuda de una manguera verde de jardinería nos mojaba a todos de un porrazo para luego pasarnos con jaboncillo y champú hasta donde alcanzara aquel cojincito azulito para finalmente enjuagarnos del mismo modo en que nos empapaba antes de toda esta ceremonia olorosa. Por cierto, no faltaba alguna vecina curiosa y preocupada como doña Marisol que pegaba un grito a decirle a Ivancito que no bañara así a la mujercita. ¡Vaya! Alguien se preocupaba también por ello.
Me gustaba mucho vestir un short azul marino de uno de mis hermanos, no se hagan que ustedes también gozaron de aquellos tiempos de la ropa en buen estado donada del mayor al menor, me gustaba mucho vestirlo porque me sentía super cómoda con él hasta un día de carnavales donde disputábamos contra los vecinos de en frente de la casa, la mayoría eran mujeres pues dado que en donde yo vivía habían más varones, cuenten: mis 4 hermanosmás los dos hijos de los dueños de la casa más los hijos de la señora Isabel contra las guapas muchachas de la vereda de enfrente. Era una guerra de baldazos de agua, bombardeo de globos con agua, talco blanco y rosado en sus caras, todo un carnaval, no debíamos preocuparnos mucho por accidentarnos pues antes por la calle San Martín cruzaban uno que otro taxi cholo o triciclo. En esos momentos de furor y alegría también estaba metida yo con mi pequeño balde de pintura con dos o tres globitos con agua en mi pequeño short azul, en tanto no vi llegar tras mío a una de las rivales con un enorme balde rojo lleno de agua intentando bañar a mi hermano y me cayó por completo en todo el cuerpo, al mismo momento mi shorticito, hasta sentí quedarme en ropa interior, fatal porque fue el motivo de risa de todos y terminé corriendo a mi habitación sonrojada por tal suceso. Aprendí la lección, no más jugué con ellos.
Esto sucedía en los años ochenta y ssiete más o menos, y recordarán que estaba de moda los dibujos animados de los Transformers, las Barbies articulables y sus lujosas casitas de dos pisos en color rosa, que por cierto costaban carísimas, yo no tuve mucho que envidiar porque tuve algo mejor que eso, mi hermano Angelito se encargaba de hacerme feliz armando a los Transformes con ayuda de cartulina y la hoja central de un periódico donde venían para recortar y armar, debíamos preparar engrudo para poder pegar las piezas y éste mismo le servía para pegar cajas de cartón de esas riquísimas galletas de animalitos que muy curiosamente las ensamblaba para hacerme mi propia casita de muñecas con luces de colores, esas navideñas, pero al fin y al cabo tenía luces, donde podía caber dentro de ella, y no necesitaba un Ken porque mi hermano era mi mejor muñeco pues también entraba en la casita y comíamos a gusto pancito frito con mantequilla preparadas en una latita de las tapas de betún que lavaba cuidadosamente sujetas a un alambre simulando una asa puesto sobre una cocinita hecha de una lata de Nescafé donde se sujetaban 3 agujas de primus dobladas tal cual las patitas de un verdadero primus encendido por una mecha de pabilo con alcohol. Maravilloso, ¿verdad? Él me hacía feliz con todo esto.
Suspiro por todo lo vivido.
En realidad, siento que fue una infancia bonita como la de alguna de ustedes que me leen, entre alegrías y sufrimiento pero no creo que fuera una vida dura para mí, aunque recuerdo días de dolor como aquellas veces que vivía en el colegio de mi primaria donde tenía a un ángel como “Mi señorita”, así le decíamos a nuestras profesoras en esos tiempos. Mi señorita Amanda era quien se encargaba de peinarme en el colegio cada vez que llegaba con una trenza arriba y otra abajo, y esto por qué, pues era una ceremonia graciosa en casa cuando Iván y Giovanni intentaban peinarme pues como mi cabello era tan delgado y largo tiraban de él con un peine y trataban de sujetarme lo más simétricamente posible pero al parecer era una tarea muy compleja, y era allí cuando mi señorita se daba cuenta de la ausencia de mi madre en casa. Con todo gusto me bajaba al baño del colegio y me peinaba nuevamente y pienso que lo hacía tan bien como para que me durara en los días de ausencia de mamá. Ella cuidaba de mí, sinceramente no tenía muy buenas relaciones en el colegio con mis compañeritas pues ellas se veían muy delicaditas y siempre bien vestiditas y perfumaditas, cosa contraria a la mía, jugaban con sus patilargas y yo no tenía una igual a esas y tampoco gustaba mucho de ellas, recuerden que yo metía dentro de mi casa de muñecas a los Trasnformers. Sin embargo, me sentía bien con una de ellas, Paola, pues nos entendíamos mucho al jugar con un trompito pintado de colores, sería porque ella también venía de una casa con hermanitos varones y casi siempre estábamos juntas en el recreo haciendo de las nuestras con las niñas que nos molestaban. Serían más los días de pena en ese cole que hizo que extrañara mucho a mis padres que un día en una charla que nos daban acerca del amor de la familia y preguntaban a una por una como era sus vidas en casa que cuando fue mi turno me nació decir que mis padres habían muerto, suceso que a mi señorita la aterrorizó de tan impactante noticia que me siguió preguntando y yo muy suelta de huesos le describía que un carro le pasó por encima a mi mamá y luego ese mismo carro atropelló a mi papá. Se imaginan lo que conllevó este hecho a mi señorita.
Ya estando en casa después de esa mañana de clases, llegaron a visitarnos junto a una corona funeraria con una brigada de representantes del colegio llevando el pésame a mis hermanitos y a mí, sin sospechar que nada de ello había sucedido. Honestamente, no sé qué más haya pasado después de esto pero lo que sí recuerdo es que vi mucho más tiempo a mi mamá y a mi papá con nosotros en casa y hasta torta de cumpleaños tuve en alguna ocasión.
Es más que probable que a partir de ese suceso nuestra relación familiar mejorara al igual que mis calificaciones pues no era una niñita muy aplicada, a pesar de que era Iván quien me sentaba en el tronco de un árbol del tercer patio hacernos estudiar, así como recuerdo mi primer 20 en matemáticas por saber dividir y multiplicar y esto se lo debo a mi hermano Christian porque dentro de toda su rebeldía él tuvo tiempo para mí, cuando un día decidió hablarme fuertemente de que no debía llorar por las burlas de esas niñas cada vez que me sacaba cero cero en matemáticas. Él tuvo la paciencia de enseñarme a dividir haciendo mis propias tablas de multiplicar, no importaba el tiempo que me demorara pero él quería que para asegurarme de que sacaría un 20 yo debía volver hacer todas las tablas del 1 al 9 em mi mismo examen y así demostrar que merecía un gran veinte, y así lo hice, fue un maravilloso día para mí que hasta ahora se me erizan los vellos de mis brazos por la emoción que sentí aquel día en haber logrado esa nota.
¡Ah ya yay! Que chévere poder plasmar todo esto.
Finalmente, para cerrar esta parte de mi vida, mi padre tomó una bonita decisión para mí, y ¿Cuál fue? Ya lo sabrán.
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