Señores... yo soy vocero

(aquel que justifica lo que nadie se atreve)

soy el de las palabras azarosamente

entrelazadas,

el de los sofismas descarados.


¡Sí! ese soy yo... el pregonero,


El que desde la arrogante posición

de un enciclopedista

sabe a ciencia cierta

de su cortedad de espíritu y genio


Señores... yo soy vocero,

aquel que se hunde en la miseria

para regurgitar por sus labios

conceptos execrables desde el estómago del poder,

ese soy yo vomitador a sueldo.


Señores... él es vocero,

aquel de hablar lento

con una cadencia antinatural.


Aquel que al sentarse frente al destino

verá su camino plagado de estrofas inútiles,

tan inútiles cómo su propia existencia.


Aquel que ha pactado con el diablo,

poniendo a su servicio

una lengua artera de contenido vacuo,

el que habla en nombre del Otro.
 
Indigno lazarillo humano,

al servicio del poder constituido,

acepto por una migaja de multimedia

arrojar al légamo su dignidad.
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