Abrirle una ventana al relámpago,
dejar que su guadaña nos haga
sudar un poco en la telaraña
y temblar el miedo entre las muelas.
Huye gato, ándate lejos con esas
tus patas húmedas de océano,
entrégame la mano con caricia
mis dedos surcando tu pelaje
en sordina de pasos lejanos.

Subirle por la espalda al relámpago
pasarle la lengua sobre su fuego 
en viaje por el centro umbrío 
apaciguando mordida la femenina estrella.

Por cierto me baste ese veneno urticante 
de tu retina hacia la nervadura
misma de lo que has negado
con esa pollera de fuertes colores
que bien te venía quedando.

El grito en tu boca, relámpago,
no alcanza para acallar este beso
que te doy con la mirada
buscándote el medio,
el ombligo de tu cuerpo,
la entrepierna de tu látigo,
los dedos bogando el vientre
hasta que acalle la tormenta,
con sus noches,
con sus luces.

Tan hecho fauces. 
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