Como el sol naciente, como el viento andante,
Como la lluvia pasajera y la noche fresca
Caminaba el misterioso hombre una mañana cualquiera
Con su andar constante, con su mirada cansada
Ahogado en la monotonía, la rutina y el deseo
Habiendo perdido el sentido mínimo del misterio
Y la curiosidad hacia lo que es diferente
Habían cesado las preguntas hacía mucho tiempo
Y siendo la imaginación sólo un recurso más del erotismo
Parecía que nada podía cambiar y hasta su muerte todo sería igual
Encarcelado en la prisión del conformismo, el gigante dormido ansiaba libertad
El árbol dentro de la semilla añoraba brotar
Un intenso fuego, hambriento y sediento le quemaba por dentro
Pues había llegado el momento, el momento de despertar
Muy simple se puede ir por ahí, haciendo lo insignificante
Sobrevivir solamente, para morir al paso del tiempo
Sin vivir cosas realmente interesantes, sin preguntarse lo esencial
Sin experimentar el silencio y el encuentro con uno mismo
Sin contemplar el cielo estrellado y comprender la complejidad de la inmensidad

Qué sentido tiene entonces, vivir para morir al paso del tiempo

Morir de una vez, si no hay nada mejor, si no hay nada mejor que dar.
Morir de una vez si no hay nada trascendental por hacer y por enseñar
Morir de una vez si no hay nada extraordinario que aprender y que preguntar
Y todo ello le llegó como en un golpe, sin palabras, tan sólo era un sentir.

El sentir que el tiempo le asfixiaba y le mataba con lentitud, el hecho de lo inevitable

Lo innegable, lo indestructible, el fin de las cosas y el avance del tiempo
Sintió y fue consciente de su propia esclavitud, al ir de compras, al trabajar, al caminar
Todo era una constante, una serie de eventos y movimientos repetitivos
Y lo único que deseaba era la libertad.
Pero qué clase de libertad, si aparentemente existía.
Aún así se sentía atrapado. No había nada realmente interesante en su vida.
Tan sólo pretender ser alguien, tan sólo pretender ser feliz, pretender divertirse.
Pretender.
Pretender cuando todo en el fondo era un vacío. Cuando en el fondo aún algo falta.
Y era una mañana cualquiera, pero los pensamientos de aquel hombre fueron nuevos
Siguió su camino sin detenerse un segundo durante una vida.
Hasta que ese sentir le inundó. El sentir de la totalidad, el sentir del tiempo avanzar.
Era una mañana cualquiera que se había vuelto tarde, el sol empezaba a ocultarse
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El hombre desesperado caminaba con prisa, corría intentando alcanzar al sol antes de su puesta.
Imposible fue evitar que el astro se ocultara detrás de las montañas, el hombre seguía corriendo intentando alcanzarlo y nuevamente el sol salía, imponente detrás de él.
Un día más, un día más cercano a la muerte.
Así era siempre. Siempre sería de ese modo.
Llegó a su casa cansado. Se vio en el espejo y se sorprendió de ver a un anciano, cuando él esperaba ver a un niño.
Un despertar tardío le había ocurrido.
Junto al espejo había una fotografía.
En ella, él y su único nieto sonreían con un pastel sobre la mesa.
Hacía unos días que la foto había sido tomada, pero ahora el anciano la miraba detenidamente.
Una onda helada recorrió su cuerpo, escalofríos lo inundaban al sentir terror y una inexplicable emoción al contemplar la fotografía. No era la primera vez que la veía.
Definitivamente no lo era, y ahora lo recordaba, muy claro, aquello seguía en su mente.
Su mayor secreto.
Las lágrimas brotaron lentamente por el rostro del anciano que aún contemplaba la imagen.
Su mente estaba en otro lugar y en otro momento. Sus lágrimas eran de otro tiempo.
El enorme sentir que le inundó esa mañana, le hizo ver algo inexplicable pero que era una realidad. Una simple fotografía encerraba un gran misterio, y con ello, la certeza de su propio final. Pero estaba seguro de lo que veía y de lo que recordaba.
Por lo que su más grande secreto debía ser compartido finalmente.
Subió las escaleras de la casa y entró a la habitación de su nieto, quien leía en silencio.


-Marcus, ¿puedes venir un momento?- Le preguntó dulcemente el anciano, Lázaro.


La conversación duró horas, llovió ligeramente aquella noche y después cesó. El cielo se despejó y mostró una hermosa luna llena. Las palabras dichas aquella noche por su abuelo, Lázaro, quedarían en la mente del pequeño Marcus durante muchos años.
Horas más tarde, durante la madrugada, mientras su nieto dormía, Lázaro murió.


El tercer enviado, Marcus Wright, la última esperanza de la Corporación Orión, el último tripulante del Galileo, tuvo un escalofriante recuerdo de su pasado, esa noche en especial, esa conversación misteriosa, esas lágrimas del abuelo aquella noche.
Todo le llegó de golpe también, no en palabras, en un sentir, y en un recuerdo.

Todo ello le inundó cuando estaba sobre la montaña, contemplando la ciudad donde había sido enviado, una mañana cualquiera, bajo el sol de otros días.
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