Se encontró un joven con su tío en una singular fuente de soda. Hacía mucho que no lo veía, pues el segundo había partido al país donde los espejismos bailan y las sombras brindan.
     Sentados, tío y sobrino, en una de las redondas y algo estrechas mesas del bullicioso lugar, se comentaron sobre sus vidas. – ¿Qué tal es ese sitio en donde vives, tío? -. – ¡Muy espacioso!-. – ¡Por favor tío! ¡No estamos para bromas!-. –En serio chico, muy… espacioso-.
     El sobrino, inquieto por la respuesta de su tío y su incredulidad, suspira y deseando indagar más: - Cuéntame de ese lugar tan espacioso del que me hablas, tío -.  – ¡Solo si me prometes contarlo tú también!-. – Emmm ¡Claro! ¡Cuéntame!-. - ¡No hay nada!-.
     Aquella respuesta del tío le incomodó tanto al sobrino que molesto ya, se levantó de la mesa y pidió la cuenta al mesero, replicándole luego al tío de que mejor hablaban luego cuando él no tratase de “tomarle el pelo”. El tío, triste, de igual manera se levantó de la mesa y acercándosele a su sobrino le dio dos palmadas en el hombro y mirándole comprensivo le dijo: - Lo que quieras tú que haya en el país donde vivo, lo puedes obtener. Solo hay un alto precio que pagar…-. -¿Cuál, tío?-.
     El sobrino se quedó sin la respuesta, despertó del sueño y al ver la hora, se dio cuenta que había dormido hasta el mediodía. No llegaría tarde a la universidad, era domingo y tenía hambre y sed.
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