Con el mar de testigo, te besé,
Tus labios aún pequeños y tímidos, me reclamaron la ausencia que les asumí.
Mis manos fueron de tu cara, a tu cuello.
Me deslicé cual hoja al viento, suave en caída libre.
Me detuve en tu espalda, justo al final de la curva que enciende como nada.
Mis manos se encuentran con tu caderas , y en medio de la urgencia, me acercaron a tu silueta.
Imitamos el movimiento del mar.
Una dulce melodía parecida a la brisa; nos envuelve, nos hace ritmo, y nos fusiona hasta convertirnos en olas.
El mar nunca había sido tan intenso como ese día que bailamos en sus aguas.
El mar, tú y yo...
Que manera más exquisita de perder conciencia de un mundo en el que NO somos bienvenidas.
Tu humedad, tus manos sobre mi, tu mirada con antojo y tu derrota ante mí, recuerdos que me queman el alma cada vez que apareces frente a mi.
De nuevo, el mar tú y yo. Pero esto no termina aquí...
Ante la gravedad de sentarme entre tus piernas, vino el gemido de fuego sobre las secuelas, que al chocar con fuerza te hicieron agua y te mezclaron entre tanta belleza.
No existirá nunca un lugar, una vida, o un encuentro tan sublime, como el que tuvimos esa noche...
Tú, yo y el mar.
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