Tu nombre estará en el cielo
Tu nombre estará en el cielo
Era la enésima vez y ella todo el tiempo permaneció con el rostro en reverencia, silenciosa, inconmovible. Fue cuando ignoré el sentido de la paciencia y cometí, por primera vez y cegado por el alcohol, la torpeza de caer en brazos de la inconsciencia: mis manos, llenos de violencia, fueron a dar directamente a su cuello hermoso, terso y suave, y oprimieron, oprimieron sin reparos ni piedad, como tratando de extraerle cierta sospecha latente a un enemigo cualquiera.
"Te hace falta el aire, eh?", jugaba al estrangulamiento. "Pues a mí no! Sino mira de lo que al punto soy capaz cuando me llegan aquí, ¡A la punta de la nuez!"
Estaba poseído por la ira, corrompido, enfurecido, y el desahogo era el daño, el daño inlúcido, desmedido, reprobable. En determinado momento se me ocurrió abofetearla (¡qué mas da, tras una constante situación de ahogo no vendría nada mal un buen rato de efecto doloroso en esas mejillas de cristal!); pero no, no lo hice. Al reparar las gotas sagradas y recapacitantes que resbalaban de sus ojos, me contuve, y sólo entonces dejé de hacer lo que venía cometiendo: un delito.
¡Dios!, pensé al contemplarla, ¡Cómo fui capaz!
"No sé qué sucedió", alcancé a decir. "Perdóname, ¿sí? Perdóname..."
Ella se apartó llorando y se alejó lo más posible, cargada de miedo y haciendo oídos de mercader a mis torpes excusas de absolución.
Durante una semana entera perdí el horizonte de mi existencia, el tictac del tiempo, mi lugar en el mundo, en suma: lo vi todo negro. Aquella actitud, condenable, injustificable -pese al breve estado de éxtasis alcohólico-, me llevó a sentir el peso despiadado de la animalidad que se alojaba en la obscuridad de mi ser.
Recluido en la última pieza desolada de la casa empecé a beber y a beber. Pensaba y pensaba, ideaba rogativas y modos de perdón; nada servía, nada. Trataba de comprender por qué, y terminaba maldiciéndome, autoapaleándome de injurias, porque ni los noventa y nueve días en que nos habíamos amado sin decirnos nada, ni una sola palabra que pudiera quebrar ese idilio de miradas y gestos de dicha, abogaban por ese arrebato de hombre estólido que no entendía cómo no era posible que alguien no quisiera decir su nombre, cuando, a sabiendas, habías prometido quererla sin pedirle nada a cambio, excepto la ternura, la tranquilidad y la sosegada comprensión que durante tantas estaciones andabas buscando. ¡Qué inhumano, Qué primitivo y cavernario me sentí!
Salí al corral en desuso, salté al huerto de los manzanos estériles y tomé el largo caminillo que corría por el borde de la acequia hasta salir al camino. Quería correr y me agitaba; era un atardecer intensamente seco, pesado, y el aire se volvía denso, técnicamente irrespirable. Con todo, tenía la intención de llegar cuanto antes, pues la noche, que en esta región es plena y total, podía cegar mi campo de visibilidad. La casita de teja y de adobe, situada al pie de una ladera de pastizales muertos, dista del pueblo unos tres cuartos de hora. Mi amada y su madre vivían allí, solas, distantes del mundo más próximo, y cada tanto que había entrado en sus dominios, era recibido como si fuese un hijo más. Mientras caminaba y corría o corría y caminaba, no vacilé un instante en cuestionarme, lleno de contrición y vergüenza, Cómo sería el nuevo recibimiento a mi repentina y procaz llegada.
Es seguro que me han de correr a palos, a baldazos de agua fría, me decía una y otra vez; o azuzarán al perro a que me muerda, y todo bajo imprecaciones, bien ganadas, como: «¡Insensato, Desgraciado, Maldito... No vuelvas más!».
Al pasar por el lugar donde (se creía) reinaba la fructiferación de las piedras k'jollota, es decir, las redondas y por lo general lisas, como las que se puede ver en el lecho de un río, me detuve y recordé las palabras que me dijera mi abuela cuando niño: «Desde que tuve conciencia -decía ella-, cada cierto tiempo, más o menos entre dos y cuatro años, en ese paraje aparecen, nacen, florecen una serie de piedras blancas, misteriosas y cada vez más grandes; por ello el lugar resulta especial, y hasta sagrado».
Debía seguir sí o sí, pero el recuerdo me había debilitado. La oscuridad creciente había cubierto la parte baja y el pueblo, y ahora empezaba a extenderse en todo el linde y ya no lograba alcanzar de un vistazo su casita entejada a lo lejos. Sentí desgano, apatía, y, a pesar de todo, gastando fuerzas de flaqueza, resolví continuar, y fue bueno porque, con el paso a largas marchas, pude reponerme; mas tarde, ya con el ánimo a cuestas, abrigué la posibilidad de que no sería una ligereza cualquiera lo que pretendía.
Caminando, corriendo, acaso tropezando, llegué por fin a la casa, con el corazón casi en la boca. Antes, con miras a ganar tiempo y a modo de atajo, había saltado dos o tres cercas de piedras mohosas, superpuestas y desiguales. Ahora, en un esfuerzo por recobrar el aire, me encontraba parado en la entrada del pequeño y desolado patio, ya con la noche encima. El corredor estaba a oscuras y la opaca luz del aposento apenas si se notaba a través de la puerta cerrada. Sentí a la vez nostalgia y extrañeza: era el silencio previo a la evocación y era, también, la bienvenida de Kalup, el labrador atezado, el amigo-guardián, quien -con su encantador ladrido y meneo de rabo- no aparecía como en anteriores ocasiones. Desde donde me hallaba, quise pegar el grito, la voz de llamada, pero, de pronto, la única puerta de acceso a la casa se abrió y salió de allí una mujer de mediana estatura; cubierta en un mantón azul marino, llevaba un candil de queroseno en la mano izquierda y un recipiente lleno de cebada tostada en la otra. No creí que la señora Antonia, la madre de mi amada, conocida por muchos como Toña la buena, me reconocería a primera vista -debí de parecerle como una silueta a algo así; no obstante, me llamó por mi nombre y enseguida me instó a que pasara, siempre con esa voz apacible y musical que hacía del dialecto que usaba tan digerible y cálido.
"Pensé que habías viajado a la ciudad", prosiguió de lo más normal; "¿hace mucho que has vuelto?"
Mi silencio afloró sin vacilaciones y también de lo más natural. Todo indicaba que desconocía lo sucedido; mi amada, aún no le había confiado su dolor. Este hecho, sin más espera, revolvió mi pensamiento: Lo hace para no causarle ningún sufrimiento, ningún disgusto... Lo hace para ahorrarme cualquier reproche e imprecación y, tal vez así, cualquier signo de animadversión u odio... Y todas las palabras que me había repetido una y otra vez durante el camino, volvieron sucintamente a mi cabeza.
Sin saber qué hacer ni qué decir, hastiado de culpabilidad, fui andando lentamente hasta recabar en el corredor.
"Hace ya varios días que entró llorando, pero no ha querido abrir la boca", volví a oír su voz, esta vez medio inquisidora y medio preocupada, mientras se acomodaba frente al batán, el molino de piedra plana que descansaba en un rincón junto a la pared, en el ala izquierda saliendo desde la casa. "Supongo que hay cosas que no sé. Ven, siéntate y cuéntame".
El candil, previamente colocado y resguardado contra el viento, iluminaba fríamente y humeaba, así y todo, a causa del combustible definitivamente inapropiado para el uso que se le daba.
Me aproximé, pero no me senté; y, sin embargo, apoyado a la columna de madera en el centro del corredor, terminaría dándole cuenta de toda mi cobarde actitud. Entretanto, no hallaba cómo mantener la cabeza, la mirada; me inquietaba saber por qué no me preguntaba qué hacía en su casa a esa hora, con qué urgencia había venido y por qué no precisaba, como en veces anteriores, la presencia de su bienamada hija... ¿Por qué me sorprendía el natural comportamiento de una madre abnegada y servicial como lo era Toña la buena? ¿Acaso, creyendo conocerla tan bien, la desconocía tanto peor?
"Y... ¿Kalup?", dije, súbitamente, por decir algo.
"Quien sabe qué le ocurre al pobre", contestó, ahora sí entristecida. "Parece haber cogido enfermedad: hacía ya una semana que no come".
Qué no será capaz de hacer, me dije, a fin de proteger al único y hermoso recuerdo del hombre al que amó tanto y al que, probablemente, sigue amando tras dieciocho años de trágica desaparición.
¡Ah, qué pasado más doloroso! El hombre trabajaba como ayudante de un camión ganadero (por lo que a menudo paraba de viaje) y ella acababa de embarazarse (pero nadie lo sabía aún), y todo parecía marchar a paso llano, pues no tenían ni cinco meses de haberse conocido, cuando, inesperadamente, llegó la noticia de su muerte: «Estaba en el vado -contaba Toña la buena- quitando el fango de las ruedas del camión atascado, y, en una de esas, de golpe, le cayó encima una verdadera avalancha de lodo, sin que él pudiera hacer ya nada para escapar».
Evocando esta desgracia, muchas veces terminaba bañada en llanto silencioso, como seguramente debió de hacerlo durante años y años hasta haberlo casi superado; y ahora llegaba yo y perturbaba, remecía su corazón mellando a la flor, al retoño tan bien cuidado de su vida.
No, no tenía perdón.
Cómo puede estar tan tranquila, pensé, y pensé mal.
"Ahora entiendo...", rompió esa aparente percepción de calma, "Usted no merece ser un hombre, Usted ya no es más bienvenido...", con una razonable indiferencia.
»Mi querida hija, mi pobre hija -hizo énfasis y terció la mirada- es obediente, intocable, inofensiva; qué derecho tenía Usted... Y si ella no pudo inventarse o decirle su nombre, es porque no conoce la mentira y porque, en verdad y aunque no lo crea, no posee uno propio. ¡Cómo pudo tratarla como la trató!-. Dejó un breve espacio de silencio y después continuó: -Su padre, si hubiese sabido que tendría una hija, lo habría deseado así. Él creía que era el hijo quien, cuando grande y racional, debía escogerse y ponerse un nombre a su propio gusto, pues de lo contrario le pasaría lo que a él (esto es), que no le agradaba el que sus padres le habían impuesto. Por eso, cuando había que hacerlo, siempre la llamé: «Niña mía, Hija mía», ¿acaso nunca me oíste llamarla así? En el peor de los casos...
Recosté el hombro en la pilastra circular y volví los ojos semiencharcados hacia fuera. Parpadeé y vi el patio oscurecido y encontré más allá, a campo abierto, la inmensa plenitud de la noche.
No hay nada más difícil de creer que lo que había oído, pero tuve que cederle la razón; aunque no lo manifesté. No devanaba la posibilidad de que alguien, a esta altura de los tiempos, no tuviera un «nombre» a causa de una arcaica creencia del parecer y, en fin de cuentas, concluí, todo mundo se cambia una simple designación del ser si así lo prefiere. Más no lo dije, y no sabía porque no podía decirlo.
Al rato me hallé confundido, perplejo, en santa afasia. También hacía rato que la señora Antonia, levantándose, recogiendo las cosas y dejando caer un par de palabras finales y definitivas, había entrado en casa y cerrado la puerta. El silencio y la oscuridad de fuera era insólito y descomunal, y reinaban incluso dentro de mí. Con los hombros caídos y las manos puestas en la cintura, visiblemente derrotado, salí al patio y contemplé la bóveda estrellada y recé por mi amada, o más bien invoqué su presencia: "Sé que estás dentro, sé que no deseas verme; ojalá pudiera oír tu voz, tu absolución, ojalá mereciera una última oportunidad, una sola, corazón de mi alma".
¡Qué más da!, me dije. Si no doy la cara, si no la veo y hablo con ella, ¿cómo puedo estar pensando siquiera en irme? ¡Aquí estoy, aquí estaré hasta la muerte!
Toña la buena, decidida, entreabrió la puerta por última vez y dijo lo que ya antes había entendido, que me marchara por donde había venido, que lo que hacía o pretendía no tenía sentido después de muchos días, pero agregó algo más: Ella, la hija, no quería volver a verme; que estaba en cama y que, por favor, la olvidara para siempre. Luego cerró la puerta, la trancó por dentro y, más tarde, apagó la luz de candil -la luz de mi conciencia.
Determiné que yo era el causante de todo aquello, de que mi amada estuviera enferma, de haber engendrado la enemistad en sus almas, incluso de que Kalup, el perro, no quisiera comer. Me sentí nuevamente dolido, herido, profundamente agravado en culpa y ciego. Es imposible afirmar que no lloré con ganas pero en silencio. Era demasiado y volví a levantar la mirada y supe que el cielo era lo único que me quedaba, el que quizá me entendía y exculpaba. Todavía permanecía sentado en el poyo, literalmente desplomado, cuando me vino la idea del abandono, de la perentoria renuncia sin goce revocable y, entonces, antes de proceder a la determinación en sí, con la noche ya avanzada, cogí una tiza de la ventana en la pared y esgrimí en la cara de la puerta, lo mejor que pude, la siguiente frase:
Tu nombre estará en el cielo,
AZUL CELESTE.
A la mañana siguiente, bajo un firmamento sin nubes, traslúcido y radiante, al levantarse y salir fuera, en algún momento sino a lo largo del día, tuvieron que haberlo notado y debieron de haberlo observado un buen rato; pero yo estaba ya lejos, muy lejos, tanto que no volverían a tenerme más en sus vidas. No obstante, desde donde me encontraba, esto es, un lugar completamente desconocido, completamente nosédónde, recordé de repente, de súbito, de golpe (¡zas!), que ellas no sabían leer y que, por tanto, no podían haber entendido el mensaje escrito.
Frank S. Zendal
fg_1910@hotmail.com
Era la enésima vez y ella todo el tiempo permaneció con el rostro en reverencia, silenciosa, inconmovible. Fue cuando ignoré el sentido de la paciencia y cometí, por primera vez y cegado por el alcohol, la torpeza de caer en brazos de la inconsciencia: mis manos, llenos de violencia, fueron a dar directamente a su cuello hermoso, terso y suave, y oprimieron, oprimieron sin reparos ni piedad, como tratando de extraerle cierta sospecha latente a un enemigo cualquiera.
"Te hace falta el aire, eh?", jugaba al estrangulamiento. "Pues a mí no! Sino mira de lo que al punto soy capaz cuando me llegan aquí, ¡A la punta de la nuez!"
Estaba poseído por la ira, corrompido, enfurecido, y el desahogo era el daño, el daño inlúcido, desmedido, reprobable. En determinado momento se me ocurrió abofetearla (¡qué mas da, tras una constante situación de ahogo no vendría nada mal un buen rato de efecto doloroso en esas mejillas de cristal!); pero no, no lo hice. Al reparar las gotas sagradas y recapacitantes que resbalaban de sus ojos, me contuve, y sólo entonces dejé de hacer lo que venía cometiendo: un delito.
¡Dios!, pensé al contemplarla, ¡Cómo fui capaz!
"No sé qué sucedió", alcancé a decir. "Perdóname, ¿sí? Perdóname..."
Ella se apartó llorando y se alejó lo más posible, cargada de miedo y haciendo oídos de mercader a mis torpes excusas de absolución.
Durante una semana entera perdí el horizonte de mi existencia, el tictac del tiempo, mi lugar en el mundo, en suma: lo vi todo negro. Aquella actitud, condenable, injustificable -pese al breve estado de éxtasis alcohólico-, me llevó a sentir el peso despiadado de la animalidad que se alojaba en la obscuridad de mi ser.
Recluido en la última pieza desolada de la casa empecé a beber y a beber. Pensaba y pensaba, ideaba rogativas y modos de perdón; nada servía, nada. Trataba de comprender por qué, y terminaba maldiciéndome, autoapaleándome de injurias, porque ni los noventa y nueve días en que nos habíamos amado sin decirnos nada, ni una sola palabra que pudiera quebrar ese idilio de miradas y gestos de dicha, abogaban por ese arrebato de hombre estólido que no entendía cómo no era posible que alguien no quisiera decir su nombre, cuando, a sabiendas, habías prometido quererla sin pedirle nada a cambio, excepto la ternura, la tranquilidad y la sosegada comprensión que durante tantas estaciones andabas buscando. ¡Qué inhumano, Qué primitivo y cavernario me sentí!
Página 2
Una tarde que el sol casi empezaba a desaparecer, no pude más con la culpa y juzgué ir, fuera cual fuese el resultado, en pos de la ansiada exculpación. Me puse la camisa a cuadros, desempolvé la chaqueta de jargon y desdoblé el mejor pantalón que tenía. Debía intentarlo o estaría confinado al remordimiento, a los constantes golpes de martillo que me propinaba la conciencia.
Salí al corral en desuso, salté al huerto de los manzanos estériles y tomé el largo caminillo que corría por el borde de la acequia hasta salir al camino. Quería correr y me agitaba; era un atardecer intensamente seco, pesado, y el aire se volvía denso, técnicamente irrespirable. Con todo, tenía la intención de llegar cuanto antes, pues la noche, que en esta región es plena y total, podía cegar mi campo de visibilidad. La casita de teja y de adobe, situada al pie de una ladera de pastizales muertos, dista del pueblo unos tres cuartos de hora. Mi amada y su madre vivían allí, solas, distantes del mundo más próximo, y cada tanto que había entrado en sus dominios, era recibido como si fuese un hijo más. Mientras caminaba y corría o corría y caminaba, no vacilé un instante en cuestionarme, lleno de contrición y vergüenza, Cómo sería el nuevo recibimiento a mi repentina y procaz llegada.
Es seguro que me han de correr a palos, a baldazos de agua fría, me decía una y otra vez; o azuzarán al perro a que me muerda, y todo bajo imprecaciones, bien ganadas, como: «¡Insensato, Desgraciado, Maldito... No vuelvas más!».
Al pasar por el lugar donde (se creía) reinaba la fructiferación de las piedras k'jollota, es decir, las redondas y por lo general lisas, como las que se puede ver en el lecho de un río, me detuve y recordé las palabras que me dijera mi abuela cuando niño: «Desde que tuve conciencia -decía ella-, cada cierto tiempo, más o menos entre dos y cuatro años, en ese paraje aparecen, nacen, florecen una serie de piedras blancas, misteriosas y cada vez más grandes; por ello el lugar resulta especial, y hasta sagrado».
Página 3
Para mi, el sitio en cuestión, tenía efectivamente algo de especial o sagrado, pero no precisamente por la multiplicación de la piedras, sino por el charco de agua fresca que dormitaba en un rincón de la acequia: un hermoso espejo natural, sobre todo durante el día y cuando no está turbado por el riego, donde conocí a la mujer de mi vida por vez primera, reflejada como en un sueño, bella y encantadora. Era el mismo punto donde, además, fregaba las ropas y purificaba sus negros cabellos lacios, finos e igualmente largos; el punto donde -tenía que forzosamente recordarlo- le prometí amarla y respetarla sin cuestionamientos. Tuve que contener las repentinas ganas de acceder al llanto al pensar en esto último.
Debía seguir sí o sí, pero el recuerdo me había debilitado. La oscuridad creciente había cubierto la parte baja y el pueblo, y ahora empezaba a extenderse en todo el linde y ya no lograba alcanzar de un vistazo su casita entejada a lo lejos. Sentí desgano, apatía, y, a pesar de todo, gastando fuerzas de flaqueza, resolví continuar, y fue bueno porque, con el paso a largas marchas, pude reponerme; mas tarde, ya con el ánimo a cuestas, abrigué la posibilidad de que no sería una ligereza cualquiera lo que pretendía.
Caminando, corriendo, acaso tropezando, llegué por fin a la casa, con el corazón casi en la boca. Antes, con miras a ganar tiempo y a modo de atajo, había saltado dos o tres cercas de piedras mohosas, superpuestas y desiguales. Ahora, en un esfuerzo por recobrar el aire, me encontraba parado en la entrada del pequeño y desolado patio, ya con la noche encima. El corredor estaba a oscuras y la opaca luz del aposento apenas si se notaba a través de la puerta cerrada. Sentí a la vez nostalgia y extrañeza: era el silencio previo a la evocación y era, también, la bienvenida de Kalup, el labrador atezado, el amigo-guardián, quien -con su encantador ladrido y meneo de rabo- no aparecía como en anteriores ocasiones. Desde donde me hallaba, quise pegar el grito, la voz de llamada, pero, de pronto, la única puerta de acceso a la casa se abrió y salió de allí una mujer de mediana estatura; cubierta en un mantón azul marino, llevaba un candil de queroseno en la mano izquierda y un recipiente lleno de cebada tostada en la otra. No creí que la señora Antonia, la madre de mi amada, conocida por muchos como Toña la buena, me reconocería a primera vista -debí de parecerle como una silueta a algo así; no obstante, me llamó por mi nombre y enseguida me instó a que pasara, siempre con esa voz apacible y musical que hacía del dialecto que usaba tan digerible y cálido.
Página 4
"Pensé que habías viajado a la ciudad", prosiguió de lo más normal; "¿hace mucho que has vuelto?"
Mi silencio afloró sin vacilaciones y también de lo más natural. Todo indicaba que desconocía lo sucedido; mi amada, aún no le había confiado su dolor. Este hecho, sin más espera, revolvió mi pensamiento: Lo hace para no causarle ningún sufrimiento, ningún disgusto... Lo hace para ahorrarme cualquier reproche e imprecación y, tal vez así, cualquier signo de animadversión u odio... Y todas las palabras que me había repetido una y otra vez durante el camino, volvieron sucintamente a mi cabeza.
Sin saber qué hacer ni qué decir, hastiado de culpabilidad, fui andando lentamente hasta recabar en el corredor.
"Hace ya varios días que entró llorando, pero no ha querido abrir la boca", volví a oír su voz, esta vez medio inquisidora y medio preocupada, mientras se acomodaba frente al batán, el molino de piedra plana que descansaba en un rincón junto a la pared, en el ala izquierda saliendo desde la casa. "Supongo que hay cosas que no sé. Ven, siéntate y cuéntame".
El candil, previamente colocado y resguardado contra el viento, iluminaba fríamente y humeaba, así y todo, a causa del combustible definitivamente inapropiado para el uso que se le daba.
Me aproximé, pero no me senté; y, sin embargo, apoyado a la columna de madera en el centro del corredor, terminaría dándole cuenta de toda mi cobarde actitud. Entretanto, no hallaba cómo mantener la cabeza, la mirada; me inquietaba saber por qué no me preguntaba qué hacía en su casa a esa hora, con qué urgencia había venido y por qué no precisaba, como en veces anteriores, la presencia de su bienamada hija... ¿Por qué me sorprendía el natural comportamiento de una madre abnegada y servicial como lo era Toña la buena? ¿Acaso, creyendo conocerla tan bien, la desconocía tanto peor?
"Y... ¿Kalup?", dije, súbitamente, por decir algo.
"Quien sabe qué le ocurre al pobre", contestó, ahora sí entristecida. "Parece haber cogido enfermedad: hacía ya una semana que no come".
Página 5
En lo que dura un tiempo prudente, no dije nada más ni oí nada nuevo. Al vaivén de los brazos meciendo la piedra oblonga y semiredonda que molía el grano esparcido sobre el batán, no dejaba de animarme por la verdad, una confesión que dependía de mí y de nadie más. Pensé en la hija, en mi amada; algo sucedía con su presencia. Y si aparece de repente... Me sentí repugnante y a más no poder, agotada todas las esperas, desaté el nudo que trababa mi lengua y desvelé todo lo acontecido. Contrario al temor que amparaba, Toña la buena lo sopesó con calma, sin dejar de hacer lo que hacía: molturar las simientes de cebada. Entonces me sentí redimido por mi obscuridad, no inquieto ni nervioso, sino tranquilo, desahogado, casi en confianza. Pero, bajo ese mismo lente, comprendí también que ella era la madre y que, aunque se mostrase serena, bien podía estar reprimiendo su aversión, su odio hacia mí, un sentimiento que hasta la llevaría incluso a cometer el peor de los crímenes, si fuese necesario, por defender a la luz de sus ojos, al quid de su existencia de seres tan salvajes como yo.
Qué no será capaz de hacer, me dije, a fin de proteger al único y hermoso recuerdo del hombre al que amó tanto y al que, probablemente, sigue amando tras dieciocho años de trágica desaparición.
¡Ah, qué pasado más doloroso! El hombre trabajaba como ayudante de un camión ganadero (por lo que a menudo paraba de viaje) y ella acababa de embarazarse (pero nadie lo sabía aún), y todo parecía marchar a paso llano, pues no tenían ni cinco meses de haberse conocido, cuando, inesperadamente, llegó la noticia de su muerte: «Estaba en el vado -contaba Toña la buena- quitando el fango de las ruedas del camión atascado, y, en una de esas, de golpe, le cayó encima una verdadera avalancha de lodo, sin que él pudiera hacer ya nada para escapar».
Evocando esta desgracia, muchas veces terminaba bañada en llanto silencioso, como seguramente debió de hacerlo durante años y años hasta haberlo casi superado; y ahora llegaba yo y perturbaba, remecía su corazón mellando a la flor, al retoño tan bien cuidado de su vida.
No, no tenía perdón.
Cómo puede estar tan tranquila, pensé, y pensé mal.
"Ahora entiendo...", rompió esa aparente percepción de calma, "Usted no merece ser un hombre, Usted ya no es más bienvenido...", con una razonable indiferencia.
Página 6
Luego habló largo y tendido, como si hablase con y para ella misma; pero esto fue lo esencial que logré interpretar:
»Mi querida hija, mi pobre hija -hizo énfasis y terció la mirada- es obediente, intocable, inofensiva; qué derecho tenía Usted... Y si ella no pudo inventarse o decirle su nombre, es porque no conoce la mentira y porque, en verdad y aunque no lo crea, no posee uno propio. ¡Cómo pudo tratarla como la trató!-. Dejó un breve espacio de silencio y después continuó: -Su padre, si hubiese sabido que tendría una hija, lo habría deseado así. Él creía que era el hijo quien, cuando grande y racional, debía escogerse y ponerse un nombre a su propio gusto, pues de lo contrario le pasaría lo que a él (esto es), que no le agradaba el que sus padres le habían impuesto. Por eso, cuando había que hacerlo, siempre la llamé: «Niña mía, Hija mía», ¿acaso nunca me oíste llamarla así? En el peor de los casos...
Recosté el hombro en la pilastra circular y volví los ojos semiencharcados hacia fuera. Parpadeé y vi el patio oscurecido y encontré más allá, a campo abierto, la inmensa plenitud de la noche.
No hay nada más difícil de creer que lo que había oído, pero tuve que cederle la razón; aunque no lo manifesté. No devanaba la posibilidad de que alguien, a esta altura de los tiempos, no tuviera un «nombre» a causa de una arcaica creencia del parecer y, en fin de cuentas, concluí, todo mundo se cambia una simple designación del ser si así lo prefiere. Más no lo dije, y no sabía porque no podía decirlo.
Al rato me hallé confundido, perplejo, en santa afasia. También hacía rato que la señora Antonia, levantándose, recogiendo las cosas y dejando caer un par de palabras finales y definitivas, había entrado en casa y cerrado la puerta. El silencio y la oscuridad de fuera era insólito y descomunal, y reinaban incluso dentro de mí. Con los hombros caídos y las manos puestas en la cintura, visiblemente derrotado, salí al patio y contemplé la bóveda estrellada y recé por mi amada, o más bien invoqué su presencia: "Sé que estás dentro, sé que no deseas verme; ojalá pudiera oír tu voz, tu absolución, ojalá mereciera una última oportunidad, una sola, corazón de mi alma".
Página 7
Y con las mismas busqué un poyo y me senté en él. No quería creer que pudiera estar sollozando, tanto yo como quizá ella. La noche se anunciaba larga, interminable, y el frío intenso, penetrante hasta lo huesos, pero no me importó; simplemente traté de pensar y cavilar, y cavilar y pensar, dejando de lado la inminente probabilidad de una muerte por hipotermia.
¡Qué más da!, me dije. Si no doy la cara, si no la veo y hablo con ella, ¿cómo puedo estar pensando siquiera en irme? ¡Aquí estoy, aquí estaré hasta la muerte!
Toña la buena, decidida, entreabrió la puerta por última vez y dijo lo que ya antes había entendido, que me marchara por donde había venido, que lo que hacía o pretendía no tenía sentido después de muchos días, pero agregó algo más: Ella, la hija, no quería volver a verme; que estaba en cama y que, por favor, la olvidara para siempre. Luego cerró la puerta, la trancó por dentro y, más tarde, apagó la luz de candil -la luz de mi conciencia.
Determiné que yo era el causante de todo aquello, de que mi amada estuviera enferma, de haber engendrado la enemistad en sus almas, incluso de que Kalup, el perro, no quisiera comer. Me sentí nuevamente dolido, herido, profundamente agravado en culpa y ciego. Es imposible afirmar que no lloré con ganas pero en silencio. Era demasiado y volví a levantar la mirada y supe que el cielo era lo único que me quedaba, el que quizá me entendía y exculpaba. Todavía permanecía sentado en el poyo, literalmente desplomado, cuando me vino la idea del abandono, de la perentoria renuncia sin goce revocable y, entonces, antes de proceder a la determinación en sí, con la noche ya avanzada, cogí una tiza de la ventana en la pared y esgrimí en la cara de la puerta, lo mejor que pude, la siguiente frase:
Tu nombre estará en el cielo,
AZUL CELESTE.
A la mañana siguiente, bajo un firmamento sin nubes, traslúcido y radiante, al levantarse y salir fuera, en algún momento sino a lo largo del día, tuvieron que haberlo notado y debieron de haberlo observado un buen rato; pero yo estaba ya lejos, muy lejos, tanto que no volverían a tenerme más en sus vidas. No obstante, desde donde me encontraba, esto es, un lugar completamente desconocido, completamente nosédónde, recordé de repente, de súbito, de golpe (¡zas!), que ellas no sabían leer y que, por tanto, no podían haber entendido el mensaje escrito.
Frank S. Zendal
fg_1910@hotmail.com
4970
Cargando comentarios...