POEMA I.


En la rábica urdimbre en que cueces
tus injurias tajantes y párvulas,
allí mismo, en la intrépida histeria
que empuja hacia atrás tus melódicas ansias,
allí está, rapiñando estos versos
y atisbando en silencio mis ganas,
la pasión de distancias fugaces
que mece y agita tus prístinas aguas.

A merced de los vientos pampeanos
te sacudes las culpas amargas,
extraviando los sueños soñados
deshojas tus hojas de planta extraviada
¿ya no  suenan los trinos que un día
entre nubes de calma cantaban?
¡la mañana quedo allí expectante
al pie del altar do jesús te abrazaba!

En la cueva del monstruo maldito,
donde solo la sombra alumbraba,
fue tu aurora la paz y el descanso,
con la fuerza y la lujuria entreverada
¿donde están esas manos que rozan
las bellezas que nadie miraba?
¿donde escriben tus locas manías
los plectros sublimes que a diario desangras?

Brilla al sol el excelso epitafio
de una estrofa que al tiempo le gana,
es la tumba cubierta de otoños
que guarda los vuelos de un ave olvidada
¿donde Irán a morir esas aves
que tus manos sin odios buscaban?
¿en que fuego inclemente y siniestro
Irán a cremar la piedad de sus alas?

Cabe un mundo y su absorta apatía
en el puño que aprieta la daga,
con el mango impoluto, aun virgen
y la hoja cortando la mano estropeada,
no hay olvido, ni usura ni golpes,
no hay reproches ni mal ni venganzas,
solo quedan los muros cerrados
y el empuje de la fuerza hecha trompadas.


CEMENTO.-
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