Terapia contra la desvergüenza
(Una suerte de aproximación fenomenológica al dar de la coba)
Dada la amplitud semántica de esta palabra quizás convendría acotarla en "atropello mundano criminal a la buena voluntad que uno practica" o, dicho lisa y llanamente, la “cara dura”. Es seguro que muchos sabrán con creces de lo que hablo, particularmente, todos aquellos a quienes presumo una vida apuntalada de buenas intenciones y no menos honestas predisposiciones.
Me refiero aquí a la cara dura común, a la más cercana, a esa que nos acecha a cada paso y en todo lugar, no importa dónde ni en qué grupo humano nos encontremos, siempre termina por aparecer; la cara que tiende su cerco en torno nuestro hasta que, viéndonos ya rendidos y regalando, como es costumbre, nuestra natural confianza- siempre vacía de todo interés- nos lanza despiadada su zarpazo inhumano.
La cara dura se esconde siempre detrás de alguien, sólo aparentemente, como ustedes y como yo, de ahí su difícil detección y no conoce clase ni condición ni época del año. Inoportuna por antonomasia es, a no dudar, el cénit de la mala educación, un puñal clavado en el pecho del más sedicente optimista antropológico, entre los que a veces me cuento. El terror, para decirlo sin remilgos, instalado en la deliciosa sencillez del vive y deja vivir ¿Adivinan ya de lo que hablo verdad?
Así es, del egotismo ancestral de nuestra especie devenido urbano entre nosotros, postmoderno y algo punk, como la propia sociedad en la que encuentra refugio. El mismo que una y otra vez derrumba, al menos para mi modesta óptica de filántropo urbanita, cualquier esperanza de revolución. Pues bien, creo firmemente que esta barbarie debe ser superada. Un mundo sin caraduras sería, quién se atreve a negarlo, un mundo definitivamente mejor.
Lo primero que debemos asumir para esta nada fácil empresa es que el cara dura practica, impía y sistemáticamente, una delincuencia de baja intensidad. Si existieran tribunales efectivamente vigilantes de la moralidad pública- me refiero a una estricta moralidad republicana de mínimos, liberal y burguesa, nada particularmente exigente- con potestad para imponer sanciones y hasta penas de prisión sobre este tipo de actos, nos sorprendería ver cómo nuestras cárceles se poblaban entonces con efectiva justicia.
Pero no es así, el abuso del caradura nunca será competencia del legislador. Su habilidad es innata para habitar el estrecho margen existente entre lo no legislable- sujeto, por tanto, a la discreción individual- y ese espacio de afable apertura y receptividad que toda persona de bien, de manera inconsciente, genera para el encuentro y acogida de sus semejantes. No se trata estrictamente de una bondad positiva a lo que me refiero, sino de su precondición tan sólo. Para el caradura esto es más que suficiente.
Hemos de reconocer que a todos nos cuesta mucho vivir y pensarnos, con verdadera convicción, en un mundo de lobos, por más que toda sabiduría ancestral así nos lo advierta. Consideramos que han de tener alguna cabida el amor y la generosidad, sencillamente porque, aunque sea de forma harto precaria y reticente en ocasiones, ambas pulsiones no dejan de nacer en nosotros. De modo que entre la instintiva desconfianza animal que algunos practican y la menos frecuente ingenuidad que se entrega sin condición, el existente medio tiene por costumbre no cerrar nunca del todo la puerta de su morada-espiritualmente se entiende- Procura ser solícito, cortés, empático y hasta un punto ecuménico, si me apuran, a lo largo de todo su periplo vital. No puede ser que el otro, por lo general tan parecido a mí, sea en el fondo el criminal que parece, suele repetirse periódicamente (al final de esta modesta reflexión habremos de invertir radicalmente este aserto, es decir, nuestra conclusión habrá de ser "el representante de la humanidad que parece ser no debe nunca ocultarnos el criminal que es")
El abismo que de hombre a hombre parece abrirse tras cada decepción, nunca le empuja hacia un escepticismo total y definitivo sobre la condición humana, por más que sus vísceras así se lo adviertan. Es, precisamente, sobre este temple fundamental, sobre este doble condicionante, el vacío legal y la felizmente irrenunciable condición moral que nos caracteriza, donde emerge la figura del caradura.
No obstante, este primer acercamiento al problema podría invitarnos, en una lectura apresurada, a idear una suerte de solución final. Podríamos pensar que bastaría con dar ese último paso al que nos hemos referido, condenar por experiencia vivida a la práctica totalidad de humanoides en su conjunto. Asumir, sin ambages, que no son congéneres todos los que lo parecen y que acaso no vivimos sino en una indefinida y perpetua degeneración comportamental: sin moldes, modelos ni referentes; que hasta nuestra más íntima certidumbre sobre la bondad de nuestras intenciones y actos es ilusoria y también deja, aunque no lo veamos, sus propias víctimas en el camino . Con este principio práctico como guía, la sospecha de volver a padecer las asechanzas del caradura dejaría de inquietarnos, desde luego, pues habríamos alcanzado, por fin, la paz negativa del desengañado.
Pero ¿es esto de veras lo que queremos? ¿es esto lo que el caradura de verdad merece? Desde luego que no, basta la propia experiencia para descubrir cómo dicho ejercicio escéptico es pura ensoñación. Neutralizar al cara dura, además, no puede comprometer nuestra natural bonhomía, de la que, bajo ningún respecto, deberíamos dudar ni tampoco dejar de practicar. Sólo el criminal, esto es, el humanoide caradura podría permitirse este ejercicio- él, que es precisamente quien dinamita toda posibilidad de una relación concorde entre nosotros- Sin embargo (seguro que muchos lo habrán comprobado) suele exhibir una confianza plena en que las relaciones humanas son el mejor de los negocios (sobre todo para él claro) El caradura vela por mantener una extensa red de amigos y de contactos, lo más amplia posible, allí donde habita una voluntad humana se esconde siempre para él una posibilidad de succión, una ocasión de doblegarla y ponerla a su servicio.
Así que nos encontramos instalados en la siguiente encrucijada: Los hombres y mujeres "de bien" caminamos tendencialmente hacia la pérdida de toda esperanza en el género humano, por obra, amén de por otras razones suprapersonales que no hacen al caso, de los oficios del caradura, mientras éste, verdadero artífice práctico de dicha desesperación, pasea su luminosa sonrisa por nuestras vidas libre de toda responsabilidad sobre nuestro mal y, en no pocas ocasiones, haciendo gala, a mayor escándalo, de verdadero benefactor nuestro.
Por tanto, nuestro objetivo terapéutico principal ha de ser, como hemos enunciado ya, neutralizar al cara dura, sí, pero sin sacrificar un ápice de nuestra condición, es decir, sin devenir caraduras nosotros mismos como, a veces, también ocurre a muchas de sus víctimas.
Entre la jerga de los psicólogos y otros mercenarios del estatus quo, se ha hecho popular en estos tiempos el término de asertividad. La propuesta que defendemos también podría situarse, quizás, dentro de una misma constelación semántica y conceptual, en tanto que apuntamos a fortalecer nuestra índole moral en las relaciones humanas. Buscamos aprender a posicionarnos con franqueza y sin temor ni condicionantes que nos debiliten.
Pero hasta ahí toda la sintonía. Frente a la psicología profesional y mercenaria al uso, nuestro objetivo no es "homeostático", por así decir, nosotros no buscamos restablecer orden psíquico, interpersonal ni ambiental de ningún tipo, al contrario, lo que perseguimos, al posicionarnos, es revelar la índole criminal que revisten la infinidad de episodios comportamentales de los caraduras, tipificarlos, aislarlos y declararles guerra abierta por enemigos del bien común cuando no por criminales de lesa humanidad moral. Efectivamente, se trata de una terapia partisana la que proponemos, nada científica, desde luego, ni mucho menos pacífica pero, sin duda, la que necesitamos (¿es la paz acaso la ausencia de enemigos o su exhaustiva y meridiana localización?)
Puede ser conveniente, antes de preparar la ofensiva, precisar todavía mejor el perfil del caradura, construir un cuadro típico de su conducta de modo que aprendamos a reconocerlo con total eficacia. Para este objetivo, quizá puede sernos útil recordar una de las célebres formulaciones escolares del imperativo práctico kantiano "Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin, y nunca sólo como un medio" Este imperativo, con el que el filósofo nos mostraba el índice inequívoco de racionalidad que debe acompañar toda conducta humana, es, como sabrán quienes lo padecen, radicalmente invertido por el caradura.
Parece, de hecho, como si toda la esforzada exploración de Kant, no hubiera sido desarrollada sino para levantar un dique de contención contra la irrefrenable tendencia a devenir caradura de la humanidad. Puestos a ensayar una formulación ad hoc de dicha inversión, podría decirse que el caradura obedece, en su comportamiento, al siguiente imperativo "Obra en todo momento y en todo lugar de tal modo que uses siempre a la humanidad representada en la persona del otro (nunca a ti mismo) siempre como un medio y nunca como un fin"
La diferencia esencial la tenemos en que dicho imperativo ni siquiera es propiamente tal en el caradura, o, dicho de otra manera, que se ha vuelto instintiva la tendencia hacia la cara dura que Kant pareció reconocer inscrita en el alma humana; no hay, por tanto, constreñimiento de ningún tipo en su conducta, el caradura abusa con la misma naturalidad con la que va al baño o come tres veces al día, no precisa, entonces, de mandato alguno.
Esta radicalización de la tendencia nos debe llevar a reconocer mejor de qué tipo humano estamos hablando. Eventualmente, todos podemos incurrir en cierto relajo de las costumbres que, en un grado u otro, grave el bienestar de los que nos rodean, esto parece claro. Pero no hay duda de que siempre, aunque sea en un mínimo grado, dicho comportamiento será advertido por nosotros y emponzoñará sin consuelo nuestra buena conciencia. El caradura, en cambio, es conveniente insistir en esto, abusa conforme a los dictados de su corazón. Fijémonos en lo explosivo de esta combinación: Nos enfrentamos a un criminal amparado por la ley y absolutamente indiferente a lo lesivo de su conducta ¿alguien se atreve ahora a dudar de la urgencia de esta meditación?
Al hilo de estas consideraciones, habrá quien pueda echar de menos una concreción mayor en nuestro análisis, quizás una bajada al detalle de la ofensa de estos sujetos. Asumo que es una limitación importante en lo que llevamos tratado, obviamente, pero no medular. Tengo la firme convicción de que todos, como decía al principio, estamos desgraciadamente acostumbrados a padecerlos. Desde la familia al trabajo, el grupo de amigos, hemos lidiado desde siempre con ellos y, por tanto, no creo que sea excesivo dejar a la intuitiva comprensión del lector reconocerlos. Doy por hecho, entonces, que sabemos quiénes son (¿y el caradura? ¿sabe que lo es? me aterra pensar que sí o qué suerte de autoconciencia monstruosa desarrolla) nos compete aquí precisar tan sólo cómo son y cómo desactivarlos.
El caradura es, sin necesidad de mayores desarrollos, ése en el que estás pensando, no lo dudes, el que te jodió sin reparo amparándose en tu buena condición, el que minó en sus mismas bases todo sueño de reciprocidad. El hijo de puta que a todos, más pronto que tarde, nos asalta.
Lo importante ahora, una vez alcanzada una idea suficiente de la psicología moral de estos sujetos, según hemos elucidado a propósito del imperativo, es proponer las estrategias de neutralización en las que podría descansar la terapia. Focalizar nuestra actuación en lo que puede ser un episodio cualquiera con ellos, de los muchos que se producen, puede resultar quizá un buen programa. Cada pauta ofrecida deberá entenderse como una respuesta activa y resistente a la natural progresión hacia el abuso en que estos episodios-desgraciadamente-terminan. Pasemos a relacionarlas:
CONTENCIÓN DEL IMPACTO
El caradura, según decíamos, arremete de lleno contra nuestra siempre inestable arquitectura moral ; como el efecto de un seísmo en el que todas las referencias fijas quedan suspendidas, el caradura salta por encima de toda convención, de todo sentido del decoro y de la propiedad de las formas, todo parece valer con tal de alcanzar un objetivo en el camino de cuya consecución siempre estamos nosotros, es decir, nuestra perfecta instrumentalización o mediatización.
Lo primero que debemos advertir cuando esto sucede es que dicho impacto, a pesar de su magnitud, sólo es recibido en los estrechos límites de nuestra individualidad, esto resulta un elemento clave para evitar el éxito del caradura o lo que viene a ser lo mismo, nuestro derrumbe. Nadie más, excepto nosotros, está advertido de la insinuación criminal que el caradura acaba de poner en práctica. Por tanto, aunque lo verdaderamente adecuado sería gritar socorro, dar la voz de alarma y que todos los dispositivos securitarios del bien común, si es que alguno hubiere, se activasen, nada de esto ocurre y posiblemente tendríamos mucho que perder, en esta situación, si actuáramos así.
Al mismo tiempo, debemos evitar la tentación contraria, esto es, dejar que el torbellino de desvergüenza nos arrolle y terminar cediendo sin resistencia a la voluntad del enemigo, que es, normalmente, lo que hacemos todas sus víctimas. De ahí el título de esta primera pauta: la contención.
De lo único que estamos ciertos en el preciso instante en que somos alcanzados por el caradura es de la índole precisa de su comportamiento, todos los años empleados en moldear nuestra propia conducta son, además, el mejor filtro para detectar tamaña deformidad moral. De modo casi automático, sabemos que se han traspasado los límites y que no podemos coadyuvar en su definitiva volatilización, según el caradura nos requiere- so pena, obviamente, de traicionarnos a nosotros y, por, ende, a todo ideal regulativo de comunidad ética que abracemos ( no sé hasta qué punto es esto una convicción personal, una intuición o quizás pura ideología, pero considero que habitamos, de modo fundamental, un mundo de posibilidades no cumplidas -que algunos podrán denominar quizás utópico-por encima de todo frontera de hechos consumados, un rasgo especialmente acusado en el trato interpersonal. En éste, parece impelernos a cada instante una suerte de vínculo latente, un instinto de pertenencia a una comunidad- por lo demás, nunca acaecida, de la que hay más esperanza que memoria cierta -y, a pesar de ello, la única que de veras afianza la incondicionalidad de nuestros lazos, por encima de toda pertenencia de hecho y de derecho)
Apoyándose en esta irreflexiva pertenencia a un nosotros- llámese público, comunitario o cívico, asumidas todas estas etiquetas con la necesaria laxitud- el caradura urde su estrategia y sale casi siempre victorioso. Por tanto, la clave de la contención que proponemos ha de empezar por agarrarnos con total firmeza a nuestra intuición fundamental: "estamos delante de un criminal que acaba de violar el pacto tácito de convivencia en el que descansa nuestro siempre precario ser en común" Esta premisa debe funcionar como vértice de nuestra conducta a partir de ahora y desde ella hay que gestionar todo su desarrollo. Nuestro rol, entonces, debe cambiar radicalmente. Evitados los dos extremos pasivo y alarmista en nuestra respuesta, hemos de mirar ahora al caradura como lo que efectivamente somos, no ya el agredido sino su secreto juez, con ello nos situaremos, de inmediato, en un lugar de incuestionable superioridad y definitivamente fuera del marco de abuso inminente que él provoca.
Desde este preciso momento, el comportamiento del caradura quedará sujeto a la estricta vigilancia de reo que merece, quizás tarde en advertirlo, pero hemos perdido absolutamente toda simetría con respecto a él. Constatada la ofensa, nos compete tan sólo sentenciarla y administrar la pena, toda posibilidad de negociar en alguna medida con sus intereses está descartada y por tanto, todo peligro de derrumbe por nuestra parte.
GESTIÓN DEL TIEMPO
EL caradura necesita siempre una reacción inmediata a sus demandas. Suele ser, además, la violencia de su agresión la que suele provocar casi siempre este tipo de celeridad en la respuesta. Las víctimas, aturdidas por la vergüenza y la indignación, no aciertan a articular una reacción adecuada y terminan cediendo a sus deseos.
Como resistencia activa que somos nos compete, por tanto, adueñarnos también del tiempo. Se trata, posiblemente, de la victoria fundamental. Hay que desquiciar al caradura y la mejor manera es hacerle esperar. Pasados los primeros momentos de la contención, donde aún podría advertirse en nosotros cierta inestabilidad o dubitación, debemos dilatar ahora indefinidamente nuestro posicionamiento. Todavía no nos hemos manifestado negativamente a su solicitud, el caradura sabe que acabamos de romper con lo previsible, que sería haber cedido cortésmente a su interés, pero no imagina a qué pueda responder nuestra dilación y, forzosamente, debe generarle incertidumbre. El caradura, salvo escasas reacciones airadas en su contra (curiosamente provocadas sólo en el encuentro entre dos caraduras, algo que, por otra parte, no es óbice ni mucho menos para un recíproco darse coba, muy habitual en determinadas relaciones de amistad de largo recorrido) está acostumbrado a servidores muy solícitos, no es amigo de alargar las gestiones, ni siquiera es negociador, así que no tardaremos en ver asomar la impaciencia a su rostro mientras contra todo pronóstico y ante nuestra calculada inacción, tenga que empezar a reiterarse sobre los motivos de su abordaje.
EL CONTRACARADURA O LA CONSTRUCCION DE UN ALTER-EGO
En estas dos fases que hemos ya considerado no podemos pasar por alto el elemento esencial, a saber, la mutación profunda que debe producirse en nuestra subjetividad. Debemos asumir, además, que se trata de una tarea de enorme dificultad. Hemos de reprimir nuestra disposición casi natural al servicio del caradura y ,al mismo tiempo, establecer un temple anímico completamente inédito con el que solventar la jugada. La sensación de vivir un desdoble o de mantenernos como sujeto enmascarado es, por tanto, inevitable. El contracaradura efectivamente no forma parte de nosotros, es una figura estratégica si se quiere, pero con la que deberíamos, no obstante, empezar a familiarizarnos, especialmente para este negocio del trato interpersonal. Esta cuestión no debe, obviamente, debilitarnos un ápice en la tarea. Hay, por todos los medios, que defender esa máscara. El contracaradura es el sujeto que sostendrá pacientemente el envite del caradura, quien se encargará de desquiciarlo hasta su derrota final . Para sortear el crimen hemos de aprender a utilizar en beneficio propio nuestra plasticidad como sujetos, toda ideal de integridad moral se colapsa a pie de mundo y especialmente con el tipo de desvergüenza tolerada que es el mundo del caradura. De modo que no debemos de interpretar esta idea del alter-ego como una suerte de hipocresía sólo excusable por la naturaleza del agente con el que medra. Ni mucho menos, el contracaradura nos acerca al único tipo de dignidad moral capaz de vencer la desvergüenza y abyección rampantes. No lo dudemos, es netamente bondad , pero en actitud de autodefensa.
DESCALIFICACIÓN PÚBLICA
Tenemos pues al cara dura pendiente del incierto hilo de nuestra reacción. Nuestro silencio ante sus reiteradas propuestas de negociación lo sitúan en una incertidumbre total, algo está fallando en sus vías habituales de transacción y no acierta a precisar qué. Con todo, no se rendirá, tanta es la debilidad que nos presume y tan enorme su autoconfianza que mantendrá su abordaje mientras nada se le oponga. Ha llegado entonces el momento de hacer su pública descalificación.
Será conveniente a este fin procurar la presencia de testigos, aunque, a veces, esto suele entrañar cierta dificultad dado que el caradura acostumbra a acosarnos en solitario. Si la ocasión tarda en aparecer, lo adecuado será provocarla, introducir el tema al hilo de cualquier cuestión o bien de manera abrupta. Pero el mensaje debe ser claro y expeditivo, directo a la yugular. Valga el siguiente ejemplo de referencia aproximada:
"Por cierto, sr/a (X) a propósito de (X) que me solicitaba, debo decirle que, lejos de ceder a sus intereses, me gustaría hacer pública ante los presentes la misérrima condición moral que considero le caracteriza , más propia de una bestia demoníaca sin alma ni escrúpulos que de un semejante digno de atención. Por lo cual, al menos en lo que a mí respecta, debería su persona quedar desterrada de todo posible trato humano hasta que el buen hacer de la fortuna o de una justicia providente nos priven de usted definitivamente"
EL EXCARADURA COMO AMIGO
Efectivamente la declaración es extrema, pero hay que tener en cuenta que con ella buscamos no sólo salvar el escollo del caradura sino su definitiva destrucción. Difícilmente alguien podrá volver a darnos coba tras este ejercicio de auto-reeducación, al menos en los mismos términos que lo habían hecho hasta ahora, esto parece obvio, pero es el propio caradura quien necesariamente habrá de construir también una certeza, por mínima que sea, de su propia indignidad tras este episodio.
Lo sorprendente será, para aquellos que se atrevan comprobarlo, ver cómo al tiempo que desparece por frustración todo interés del caradura hacia nosotros nace, de forma sorprendente, una cierta estima completamente inédita. Reparemos en que toda eventual aproximación egoísta ha sido desterrada de raíz ¿quién nos dice entonces que no podamos contemplar, en esa posible aproximación post-caradura, el verdadero rostro de la solidaridad entre los hombres? ¿Quién ya no tiene nada que obtener de nosotros no se nos brinda entonces con su más genuina nobleza? ¿Es entonces el caradura desenmascarado nada menos que una esperanza de regeneración moral?
No es cuestión de llevar más lejos este interrogante, probablemente exorbitado. Debe bastarnos, por el momento, con poner en práctica esta senda recién abierta de desenmascaramiento, de fortalecimiento interior y de descalificación pública. La vía de las buenas intenciones y la paz de conciencia se han revelado con creces insuficiente no sólo para dar de sí una humanidad mejor, sino, más modestamente, para procurar siquiera darnos una vida más coherente y satisfecha de sí.
Tenemos que señalar entonces, sin descanso y sin reparo alguno, a todos esos criminales que se interponen a diario en el camino de una convivencia posible, aún en estas modestas instancias micropolíticas en las que, pese a su aparente insignificancia- al lado, por ejemplo, de cualquier dato macroeconómico o de política estatal- se fragua nuestro ser más propio y nuestro más idiosincrático bienestar o su contrario. Aquí apenas nos hemos aproximado a una figura por todos conocida y de rasgos desgraciadamente muy generalizados, pero a penas a dos pasos del caradura, a veces monstruosamente mezclado con él, nos topamos, por ejemplo, con la figura del fantasma o farfolla universal, en todas su amplísima y variada gama de matices que serían ocasión de otro detenido análisis. La tarea de procurar ser un poco mejores cada día o al menos mantener a flote un mínimo de valor moral en nuestra conducta, no debe olvidarse nunca de esta caterva de sujetos empeñados, por contra, de manera sistemática, en nuestra irredenta degeneración. Por el bien de todos, hay que ponerles coto.
Dada la amplitud semántica de esta palabra quizás convendría acotarla en "atropello mundano criminal a la buena voluntad que uno practica" o, dicho lisa y llanamente, la “cara dura”. Es seguro que muchos sabrán con creces de lo que hablo, particularmente, todos aquellos a quienes presumo una vida apuntalada de buenas intenciones y no menos honestas predisposiciones.
Me refiero aquí a la cara dura común, a la más cercana, a esa que nos acecha a cada paso y en todo lugar, no importa dónde ni en qué grupo humano nos encontremos, siempre termina por aparecer; la cara que tiende su cerco en torno nuestro hasta que, viéndonos ya rendidos y regalando, como es costumbre, nuestra natural confianza- siempre vacía de todo interés- nos lanza despiadada su zarpazo inhumano.
La cara dura se esconde siempre detrás de alguien, sólo aparentemente, como ustedes y como yo, de ahí su difícil detección y no conoce clase ni condición ni época del año. Inoportuna por antonomasia es, a no dudar, el cénit de la mala educación, un puñal clavado en el pecho del más sedicente optimista antropológico, entre los que a veces me cuento. El terror, para decirlo sin remilgos, instalado en la deliciosa sencillez del vive y deja vivir ¿Adivinan ya de lo que hablo verdad?
Así es, del egotismo ancestral de nuestra especie devenido urbano entre nosotros, postmoderno y algo punk, como la propia sociedad en la que encuentra refugio. El mismo que una y otra vez derrumba, al menos para mi modesta óptica de filántropo urbanita, cualquier esperanza de revolución. Pues bien, creo firmemente que esta barbarie debe ser superada. Un mundo sin caraduras sería, quién se atreve a negarlo, un mundo definitivamente mejor.
Lo primero que debemos asumir para esta nada fácil empresa es que el cara dura practica, impía y sistemáticamente, una delincuencia de baja intensidad. Si existieran tribunales efectivamente vigilantes de la moralidad pública- me refiero a una estricta moralidad republicana de mínimos, liberal y burguesa, nada particularmente exigente- con potestad para imponer sanciones y hasta penas de prisión sobre este tipo de actos, nos sorprendería ver cómo nuestras cárceles se poblaban entonces con efectiva justicia.
Pero no es así, el abuso del caradura nunca será competencia del legislador. Su habilidad es innata para habitar el estrecho margen existente entre lo no legislable- sujeto, por tanto, a la discreción individual- y ese espacio de afable apertura y receptividad que toda persona de bien, de manera inconsciente, genera para el encuentro y acogida de sus semejantes. No se trata estrictamente de una bondad positiva a lo que me refiero, sino de su precondición tan sólo. Para el caradura esto es más que suficiente.
Hemos de reconocer que a todos nos cuesta mucho vivir y pensarnos, con verdadera convicción, en un mundo de lobos, por más que toda sabiduría ancestral así nos lo advierta. Consideramos que han de tener alguna cabida el amor y la generosidad, sencillamente porque, aunque sea de forma harto precaria y reticente en ocasiones, ambas pulsiones no dejan de nacer en nosotros. De modo que entre la instintiva desconfianza animal que algunos practican y la menos frecuente ingenuidad que se entrega sin condición, el existente medio tiene por costumbre no cerrar nunca del todo la puerta de su morada-espiritualmente se entiende- Procura ser solícito, cortés, empático y hasta un punto ecuménico, si me apuran, a lo largo de todo su periplo vital. No puede ser que el otro, por lo general tan parecido a mí, sea en el fondo el criminal que parece, suele repetirse periódicamente (al final de esta modesta reflexión habremos de invertir radicalmente este aserto, es decir, nuestra conclusión habrá de ser "el representante de la humanidad que parece ser no debe nunca ocultarnos el criminal que es")
El abismo que de hombre a hombre parece abrirse tras cada decepción, nunca le empuja hacia un escepticismo total y definitivo sobre la condición humana, por más que sus vísceras así se lo adviertan. Es, precisamente, sobre este temple fundamental, sobre este doble condicionante, el vacío legal y la felizmente irrenunciable condición moral que nos caracteriza, donde emerge la figura del caradura.
No obstante, este primer acercamiento al problema podría invitarnos, en una lectura apresurada, a idear una suerte de solución final. Podríamos pensar que bastaría con dar ese último paso al que nos hemos referido, condenar por experiencia vivida a la práctica totalidad de humanoides en su conjunto. Asumir, sin ambages, que no son congéneres todos los que lo parecen y que acaso no vivimos sino en una indefinida y perpetua degeneración comportamental: sin moldes, modelos ni referentes; que hasta nuestra más íntima certidumbre sobre la bondad de nuestras intenciones y actos es ilusoria y también deja, aunque no lo veamos, sus propias víctimas en el camino . Con este principio práctico como guía, la sospecha de volver a padecer las asechanzas del caradura dejaría de inquietarnos, desde luego, pues habríamos alcanzado, por fin, la paz negativa del desengañado.
Pero ¿es esto de veras lo que queremos? ¿es esto lo que el caradura de verdad merece? Desde luego que no, basta la propia experiencia para descubrir cómo dicho ejercicio escéptico es pura ensoñación. Neutralizar al cara dura, además, no puede comprometer nuestra natural bonhomía, de la que, bajo ningún respecto, deberíamos dudar ni tampoco dejar de practicar. Sólo el criminal, esto es, el humanoide caradura podría permitirse este ejercicio- él, que es precisamente quien dinamita toda posibilidad de una relación concorde entre nosotros- Sin embargo (seguro que muchos lo habrán comprobado) suele exhibir una confianza plena en que las relaciones humanas son el mejor de los negocios (sobre todo para él claro) El caradura vela por mantener una extensa red de amigos y de contactos, lo más amplia posible, allí donde habita una voluntad humana se esconde siempre para él una posibilidad de succión, una ocasión de doblegarla y ponerla a su servicio.
Así que nos encontramos instalados en la siguiente encrucijada: Los hombres y mujeres "de bien" caminamos tendencialmente hacia la pérdida de toda esperanza en el género humano, por obra, amén de por otras razones suprapersonales que no hacen al caso, de los oficios del caradura, mientras éste, verdadero artífice práctico de dicha desesperación, pasea su luminosa sonrisa por nuestras vidas libre de toda responsabilidad sobre nuestro mal y, en no pocas ocasiones, haciendo gala, a mayor escándalo, de verdadero benefactor nuestro.
Por tanto, nuestro objetivo terapéutico principal ha de ser, como hemos enunciado ya, neutralizar al cara dura, sí, pero sin sacrificar un ápice de nuestra condición, es decir, sin devenir caraduras nosotros mismos como, a veces, también ocurre a muchas de sus víctimas.
Entre la jerga de los psicólogos y otros mercenarios del estatus quo, se ha hecho popular en estos tiempos el término de asertividad. La propuesta que defendemos también podría situarse, quizás, dentro de una misma constelación semántica y conceptual, en tanto que apuntamos a fortalecer nuestra índole moral en las relaciones humanas. Buscamos aprender a posicionarnos con franqueza y sin temor ni condicionantes que nos debiliten.
Pero hasta ahí toda la sintonía. Frente a la psicología profesional y mercenaria al uso, nuestro objetivo no es "homeostático", por así decir, nosotros no buscamos restablecer orden psíquico, interpersonal ni ambiental de ningún tipo, al contrario, lo que perseguimos, al posicionarnos, es revelar la índole criminal que revisten la infinidad de episodios comportamentales de los caraduras, tipificarlos, aislarlos y declararles guerra abierta por enemigos del bien común cuando no por criminales de lesa humanidad moral. Efectivamente, se trata de una terapia partisana la que proponemos, nada científica, desde luego, ni mucho menos pacífica pero, sin duda, la que necesitamos (¿es la paz acaso la ausencia de enemigos o su exhaustiva y meridiana localización?)
Puede ser conveniente, antes de preparar la ofensiva, precisar todavía mejor el perfil del caradura, construir un cuadro típico de su conducta de modo que aprendamos a reconocerlo con total eficacia. Para este objetivo, quizá puede sernos útil recordar una de las célebres formulaciones escolares del imperativo práctico kantiano "Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin, y nunca sólo como un medio" Este imperativo, con el que el filósofo nos mostraba el índice inequívoco de racionalidad que debe acompañar toda conducta humana, es, como sabrán quienes lo padecen, radicalmente invertido por el caradura.
Parece, de hecho, como si toda la esforzada exploración de Kant, no hubiera sido desarrollada sino para levantar un dique de contención contra la irrefrenable tendencia a devenir caradura de la humanidad. Puestos a ensayar una formulación ad hoc de dicha inversión, podría decirse que el caradura obedece, en su comportamiento, al siguiente imperativo "Obra en todo momento y en todo lugar de tal modo que uses siempre a la humanidad representada en la persona del otro (nunca a ti mismo) siempre como un medio y nunca como un fin"
La diferencia esencial la tenemos en que dicho imperativo ni siquiera es propiamente tal en el caradura, o, dicho de otra manera, que se ha vuelto instintiva la tendencia hacia la cara dura que Kant pareció reconocer inscrita en el alma humana; no hay, por tanto, constreñimiento de ningún tipo en su conducta, el caradura abusa con la misma naturalidad con la que va al baño o come tres veces al día, no precisa, entonces, de mandato alguno.
Esta radicalización de la tendencia nos debe llevar a reconocer mejor de qué tipo humano estamos hablando. Eventualmente, todos podemos incurrir en cierto relajo de las costumbres que, en un grado u otro, grave el bienestar de los que nos rodean, esto parece claro. Pero no hay duda de que siempre, aunque sea en un mínimo grado, dicho comportamiento será advertido por nosotros y emponzoñará sin consuelo nuestra buena conciencia. El caradura, en cambio, es conveniente insistir en esto, abusa conforme a los dictados de su corazón. Fijémonos en lo explosivo de esta combinación: Nos enfrentamos a un criminal amparado por la ley y absolutamente indiferente a lo lesivo de su conducta ¿alguien se atreve ahora a dudar de la urgencia de esta meditación?
Al hilo de estas consideraciones, habrá quien pueda echar de menos una concreción mayor en nuestro análisis, quizás una bajada al detalle de la ofensa de estos sujetos. Asumo que es una limitación importante en lo que llevamos tratado, obviamente, pero no medular. Tengo la firme convicción de que todos, como decía al principio, estamos desgraciadamente acostumbrados a padecerlos. Desde la familia al trabajo, el grupo de amigos, hemos lidiado desde siempre con ellos y, por tanto, no creo que sea excesivo dejar a la intuitiva comprensión del lector reconocerlos. Doy por hecho, entonces, que sabemos quiénes son (¿y el caradura? ¿sabe que lo es? me aterra pensar que sí o qué suerte de autoconciencia monstruosa desarrolla) nos compete aquí precisar tan sólo cómo son y cómo desactivarlos.
El caradura es, sin necesidad de mayores desarrollos, ése en el que estás pensando, no lo dudes, el que te jodió sin reparo amparándose en tu buena condición, el que minó en sus mismas bases todo sueño de reciprocidad. El hijo de puta que a todos, más pronto que tarde, nos asalta.
Lo importante ahora, una vez alcanzada una idea suficiente de la psicología moral de estos sujetos, según hemos elucidado a propósito del imperativo, es proponer las estrategias de neutralización en las que podría descansar la terapia. Focalizar nuestra actuación en lo que puede ser un episodio cualquiera con ellos, de los muchos que se producen, puede resultar quizá un buen programa. Cada pauta ofrecida deberá entenderse como una respuesta activa y resistente a la natural progresión hacia el abuso en que estos episodios-desgraciadamente-terminan. Pasemos a relacionarlas:
CONTENCIÓN DEL IMPACTO
El caradura, según decíamos, arremete de lleno contra nuestra siempre inestable arquitectura moral ; como el efecto de un seísmo en el que todas las referencias fijas quedan suspendidas, el caradura salta por encima de toda convención, de todo sentido del decoro y de la propiedad de las formas, todo parece valer con tal de alcanzar un objetivo en el camino de cuya consecución siempre estamos nosotros, es decir, nuestra perfecta instrumentalización o mediatización.
Lo primero que debemos advertir cuando esto sucede es que dicho impacto, a pesar de su magnitud, sólo es recibido en los estrechos límites de nuestra individualidad, esto resulta un elemento clave para evitar el éxito del caradura o lo que viene a ser lo mismo, nuestro derrumbe. Nadie más, excepto nosotros, está advertido de la insinuación criminal que el caradura acaba de poner en práctica. Por tanto, aunque lo verdaderamente adecuado sería gritar socorro, dar la voz de alarma y que todos los dispositivos securitarios del bien común, si es que alguno hubiere, se activasen, nada de esto ocurre y posiblemente tendríamos mucho que perder, en esta situación, si actuáramos así.
Al mismo tiempo, debemos evitar la tentación contraria, esto es, dejar que el torbellino de desvergüenza nos arrolle y terminar cediendo sin resistencia a la voluntad del enemigo, que es, normalmente, lo que hacemos todas sus víctimas. De ahí el título de esta primera pauta: la contención.
De lo único que estamos ciertos en el preciso instante en que somos alcanzados por el caradura es de la índole precisa de su comportamiento, todos los años empleados en moldear nuestra propia conducta son, además, el mejor filtro para detectar tamaña deformidad moral. De modo casi automático, sabemos que se han traspasado los límites y que no podemos coadyuvar en su definitiva volatilización, según el caradura nos requiere- so pena, obviamente, de traicionarnos a nosotros y, por, ende, a todo ideal regulativo de comunidad ética que abracemos ( no sé hasta qué punto es esto una convicción personal, una intuición o quizás pura ideología, pero considero que habitamos, de modo fundamental, un mundo de posibilidades no cumplidas -que algunos podrán denominar quizás utópico-por encima de todo frontera de hechos consumados, un rasgo especialmente acusado en el trato interpersonal. En éste, parece impelernos a cada instante una suerte de vínculo latente, un instinto de pertenencia a una comunidad- por lo demás, nunca acaecida, de la que hay más esperanza que memoria cierta -y, a pesar de ello, la única que de veras afianza la incondicionalidad de nuestros lazos, por encima de toda pertenencia de hecho y de derecho)
Apoyándose en esta irreflexiva pertenencia a un nosotros- llámese público, comunitario o cívico, asumidas todas estas etiquetas con la necesaria laxitud- el caradura urde su estrategia y sale casi siempre victorioso. Por tanto, la clave de la contención que proponemos ha de empezar por agarrarnos con total firmeza a nuestra intuición fundamental: "estamos delante de un criminal que acaba de violar el pacto tácito de convivencia en el que descansa nuestro siempre precario ser en común" Esta premisa debe funcionar como vértice de nuestra conducta a partir de ahora y desde ella hay que gestionar todo su desarrollo. Nuestro rol, entonces, debe cambiar radicalmente. Evitados los dos extremos pasivo y alarmista en nuestra respuesta, hemos de mirar ahora al caradura como lo que efectivamente somos, no ya el agredido sino su secreto juez, con ello nos situaremos, de inmediato, en un lugar de incuestionable superioridad y definitivamente fuera del marco de abuso inminente que él provoca.
Desde este preciso momento, el comportamiento del caradura quedará sujeto a la estricta vigilancia de reo que merece, quizás tarde en advertirlo, pero hemos perdido absolutamente toda simetría con respecto a él. Constatada la ofensa, nos compete tan sólo sentenciarla y administrar la pena, toda posibilidad de negociar en alguna medida con sus intereses está descartada y por tanto, todo peligro de derrumbe por nuestra parte.
GESTIÓN DEL TIEMPO
EL caradura necesita siempre una reacción inmediata a sus demandas. Suele ser, además, la violencia de su agresión la que suele provocar casi siempre este tipo de celeridad en la respuesta. Las víctimas, aturdidas por la vergüenza y la indignación, no aciertan a articular una reacción adecuada y terminan cediendo a sus deseos.
Como resistencia activa que somos nos compete, por tanto, adueñarnos también del tiempo. Se trata, posiblemente, de la victoria fundamental. Hay que desquiciar al caradura y la mejor manera es hacerle esperar. Pasados los primeros momentos de la contención, donde aún podría advertirse en nosotros cierta inestabilidad o dubitación, debemos dilatar ahora indefinidamente nuestro posicionamiento. Todavía no nos hemos manifestado negativamente a su solicitud, el caradura sabe que acabamos de romper con lo previsible, que sería haber cedido cortésmente a su interés, pero no imagina a qué pueda responder nuestra dilación y, forzosamente, debe generarle incertidumbre. El caradura, salvo escasas reacciones airadas en su contra (curiosamente provocadas sólo en el encuentro entre dos caraduras, algo que, por otra parte, no es óbice ni mucho menos para un recíproco darse coba, muy habitual en determinadas relaciones de amistad de largo recorrido) está acostumbrado a servidores muy solícitos, no es amigo de alargar las gestiones, ni siquiera es negociador, así que no tardaremos en ver asomar la impaciencia a su rostro mientras contra todo pronóstico y ante nuestra calculada inacción, tenga que empezar a reiterarse sobre los motivos de su abordaje.
EL CONTRACARADURA O LA CONSTRUCCION DE UN ALTER-EGO
En estas dos fases que hemos ya considerado no podemos pasar por alto el elemento esencial, a saber, la mutación profunda que debe producirse en nuestra subjetividad. Debemos asumir, además, que se trata de una tarea de enorme dificultad. Hemos de reprimir nuestra disposición casi natural al servicio del caradura y ,al mismo tiempo, establecer un temple anímico completamente inédito con el que solventar la jugada. La sensación de vivir un desdoble o de mantenernos como sujeto enmascarado es, por tanto, inevitable. El contracaradura efectivamente no forma parte de nosotros, es una figura estratégica si se quiere, pero con la que deberíamos, no obstante, empezar a familiarizarnos, especialmente para este negocio del trato interpersonal. Esta cuestión no debe, obviamente, debilitarnos un ápice en la tarea. Hay, por todos los medios, que defender esa máscara. El contracaradura es el sujeto que sostendrá pacientemente el envite del caradura, quien se encargará de desquiciarlo hasta su derrota final . Para sortear el crimen hemos de aprender a utilizar en beneficio propio nuestra plasticidad como sujetos, toda ideal de integridad moral se colapsa a pie de mundo y especialmente con el tipo de desvergüenza tolerada que es el mundo del caradura. De modo que no debemos de interpretar esta idea del alter-ego como una suerte de hipocresía sólo excusable por la naturaleza del agente con el que medra. Ni mucho menos, el contracaradura nos acerca al único tipo de dignidad moral capaz de vencer la desvergüenza y abyección rampantes. No lo dudemos, es netamente bondad , pero en actitud de autodefensa.
DESCALIFICACIÓN PÚBLICA
Tenemos pues al cara dura pendiente del incierto hilo de nuestra reacción. Nuestro silencio ante sus reiteradas propuestas de negociación lo sitúan en una incertidumbre total, algo está fallando en sus vías habituales de transacción y no acierta a precisar qué. Con todo, no se rendirá, tanta es la debilidad que nos presume y tan enorme su autoconfianza que mantendrá su abordaje mientras nada se le oponga. Ha llegado entonces el momento de hacer su pública descalificación.
Será conveniente a este fin procurar la presencia de testigos, aunque, a veces, esto suele entrañar cierta dificultad dado que el caradura acostumbra a acosarnos en solitario. Si la ocasión tarda en aparecer, lo adecuado será provocarla, introducir el tema al hilo de cualquier cuestión o bien de manera abrupta. Pero el mensaje debe ser claro y expeditivo, directo a la yugular. Valga el siguiente ejemplo de referencia aproximada:
"Por cierto, sr/a (X) a propósito de (X) que me solicitaba, debo decirle que, lejos de ceder a sus intereses, me gustaría hacer pública ante los presentes la misérrima condición moral que considero le caracteriza , más propia de una bestia demoníaca sin alma ni escrúpulos que de un semejante digno de atención. Por lo cual, al menos en lo que a mí respecta, debería su persona quedar desterrada de todo posible trato humano hasta que el buen hacer de la fortuna o de una justicia providente nos priven de usted definitivamente"
EL EXCARADURA COMO AMIGO
Efectivamente la declaración es extrema, pero hay que tener en cuenta que con ella buscamos no sólo salvar el escollo del caradura sino su definitiva destrucción. Difícilmente alguien podrá volver a darnos coba tras este ejercicio de auto-reeducación, al menos en los mismos términos que lo habían hecho hasta ahora, esto parece obvio, pero es el propio caradura quien necesariamente habrá de construir también una certeza, por mínima que sea, de su propia indignidad tras este episodio.
Lo sorprendente será, para aquellos que se atrevan comprobarlo, ver cómo al tiempo que desparece por frustración todo interés del caradura hacia nosotros nace, de forma sorprendente, una cierta estima completamente inédita. Reparemos en que toda eventual aproximación egoísta ha sido desterrada de raíz ¿quién nos dice entonces que no podamos contemplar, en esa posible aproximación post-caradura, el verdadero rostro de la solidaridad entre los hombres? ¿Quién ya no tiene nada que obtener de nosotros no se nos brinda entonces con su más genuina nobleza? ¿Es entonces el caradura desenmascarado nada menos que una esperanza de regeneración moral?
No es cuestión de llevar más lejos este interrogante, probablemente exorbitado. Debe bastarnos, por el momento, con poner en práctica esta senda recién abierta de desenmascaramiento, de fortalecimiento interior y de descalificación pública. La vía de las buenas intenciones y la paz de conciencia se han revelado con creces insuficiente no sólo para dar de sí una humanidad mejor, sino, más modestamente, para procurar siquiera darnos una vida más coherente y satisfecha de sí.
Tenemos que señalar entonces, sin descanso y sin reparo alguno, a todos esos criminales que se interponen a diario en el camino de una convivencia posible, aún en estas modestas instancias micropolíticas en las que, pese a su aparente insignificancia- al lado, por ejemplo, de cualquier dato macroeconómico o de política estatal- se fragua nuestro ser más propio y nuestro más idiosincrático bienestar o su contrario. Aquí apenas nos hemos aproximado a una figura por todos conocida y de rasgos desgraciadamente muy generalizados, pero a penas a dos pasos del caradura, a veces monstruosamente mezclado con él, nos topamos, por ejemplo, con la figura del fantasma o farfolla universal, en todas su amplísima y variada gama de matices que serían ocasión de otro detenido análisis. La tarea de procurar ser un poco mejores cada día o al menos mantener a flote un mínimo de valor moral en nuestra conducta, no debe olvidarse nunca de esta caterva de sujetos empeñados, por contra, de manera sistemática, en nuestra irredenta degeneración. Por el bien de todos, hay que ponerles coto.
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