A veces siento que moriste.

No logro verte,

menos encontrarte.

A veces siento que moriste.

Para estar contigo

recurro al recuerdo.

A veces, solo a veces,

siento que morí.

Aún no logran verme.

Me llaman

y de mí no hay respuesta.

Una parte de mí sabe

que murió contigo,

que morimos juntos

como en un accidente.

¿Por qué? —te preguntarás.

No le temo al contestar:

ya no soy ese

al que buscan los demás.

Solo fotos han de quedar.

Ya no soy ese

que mirabas al caminar,

con quien tanto hablaste

que ya hasta extraña su andar.

Él ya no volverá.

Me recuerdan, me extrañan,

me llaman.

Pero él ya no puede contestar:

se quedó atorado

en el susurro de tu recuerdo,

un susurro que no lo deja en paz.

¿Lo viste?

¿En dónde?

Tal vez solo fue la ceniza

del cigarro que ya consumiste

y olvidas soltar.

¿Adónde se habrá ido?

¿Al más allá?

No te preocupes.

Al final,

solo fue un recuerdo,

un sueño,

porque la realidad

es que él no volverá.

Así es como pueden ver

al soyoso,

al que no sabe olvidar,

al que nunca encontrarán.

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