El monte lleva al silencio,
letargo de cada uno,
donde amalgama la risa,
se entumece,
o resuena,
estremecida entre frondas
de dolientes hojas secas.

El monte no se comparte
sino con la propia suerte,
como la canción primera
que surge a golpes de hacha,
de cansancios,
de esperanzas,
como espectro trémulo quieto.

Y el viento que husmea alegre,
acerca el canto lejano,
el sabor del agua fresca,
el rubor de grana amarga
desprendida de quimiles
(para colorear las almas).

¿Sensaciones? Son ambiguas
llorar o reír da lo mismo.

Y en la soledad del monte
añeja, brumosa esencia,
se escuchan pasos que vienen,
que se alejan,
se aletargan...
¡Y no llegan...!
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