-Lo inesperado aparece de la nada, -fue lo primero que se le vino a a la mente a Hernán Cosío antes de colgar de golpe la bocina del teléfono.

Acaba de descubrir lo irrelevante que era para quienes, hasta ese momento, consideraba sus incondicionales. Estaba terminando la tercera llamada de esa mañana para reunirse con alguno de ellos, pero el que ninguno hubiera contestado sus llamadas, lo sacarlo de quicio.

- ¿Y ahora? -se preguntó, - ¿Cuál es mi realidad? ¿La intrascendencia?

Ambas preguntas se mantuvieron sin una respuesta que, no pudo o no quiso dar, aunque sabía perfectamente las respuestas.

Ahí se detuvo, ya no tenía caso seguir ahondando en ese descalabro emocional, porque ya sabía cómo terminaría, una vez más en una auto victimización que en ese momento era lo que menos le convenía.   

Esa día Hernán cumplía dos meses jubilado y en esta nueva condición esperaba festejar su logro, lo que no lograba entender era como era posible que sus incondicionales Antonio, Luis y Sonia, hoy lo abandonarán a su, ya muchas veces comentada soledad monótona.

- ¿Soledad monótona? - Justo en ese momento detuvo las quejas.

-La soledad, sí, mi soledad. Sería mejor abrazarla y mandar al carajo a todos.

Permaneció en silencio unos instantes, reflexionando su idea.

Recapituló lo sucedido. Había llamado a Sonia, su incondicional. Era una mujer recién divorciada, con dos hijas adultas. Se habían besado alguna vez, pero nunca llegaron a más. Ahora salían al menos una vez por semana, comían, tomaban café, nada más íntimo, aunque Hernán descartaba, hasta esa última llamada. Él hubiera asegurado que la pasaban muy bien, ambos, pero esta última negativa partió en dos esa seguridad.

Después de marcar a Antonio, que nunca contestó y a Luis que quedó en reportarse en dos horas, llamó a Sonia. Contestó, pero antes de que pudiera decir algo, rechazó cualquier insinuación de salir ese día.

-Hoy no puedo verte. Voy a una entrevista y comeré con mis hijas. Yo te hablo y colgó.

Nunca le había sucedido, ni con Sonia, ni con nadie. Se sentía traicionado, peor aún, traicionado y humillado. Después de que Sonia cortó la llamada, tuvo la estúpida reacción que todos tienen, insistir, obviamente, resultó peor. Ya no hubo respuesta, conclusión, doble humillación.

-Tengo que respetarme a mí mismo. -concluyó al tiempo que surgía la idea de la soledad al extremo.

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Imaginó por un momento el cambio que llevaría a cabo, tenía que ser radical. Lo denominó Siempre supuso que la mayor ventaja de su vida solitaria sería no depender de nadie. La libertad existencial más auténtica. Sin embargo, tan sólo tres años después de su compromiso, las enfermedades empezaron a acosarlo, las cuales se acentuaron rápidamente por la falta de apoyo en sus largas convalecencias.  

Entre la frecuencia de la aparición de las enfermedades y el tiempo que le tomaba librarse de estas, la depresión lo atrapó, impidiendo que volviera a recuperar la salud.  

Sus “incondicionales”, Antonio y Luis no volvieron a buscarlo ni se enteraron nunca de su soledad voluntaria. Sonia lo intentó una vez contactarlo, pero no lo logró. Nunca volvió a hablar con Hernán. Ninguno de los tres lo extrañó. Hernán se lo preguntaba, pero al no tener ninguna noticia, dedujo la respuesta.

Hernán murió setenta meses después de introducir en su vida la soledad voluntaria. No resultó ser lo que esperó, concluyendo que, aunque la soledad puede ser  es positiva, nunca alcanzarás la independencia absoluta, nunca debe intentarlo después de los cincuenta y si no la sabes manejar perfectamente, la soledad te va a enfermar y terminará matándote.      

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