El reflejo distorsionado del estanque.
Había un sapito muy triste. Él no jugaba con los otros sapitos, ni se divertía nunca. Su lugar favorito era una roca lejana, un rincón apartado de la vista, del oído y del corazón de todos los habitantes del estanque.
En su juventud, cuando el estanque bullía de una alegría vibrante, el sapito pasaba los días oculto entre los juncos, observando. El agua salpicaba con cada juego, y las risas de los demás batracios resonaban como un eco ensordecedor. Para él, esas risas eran dagas. Cada vez que el grupo estallaba en diversión, el sapito encogía sus patas, convencido de que se burlaban de su torpeza, de su incapacidad para saltar tan alto o de su absoluto silencio. Su mente distorsionaba la realidad: no entendía que las otras ranas simplemente vivían sus vidas y que, en verdad, ni siquiera lo habían notado. Su aislamiento no nació del odio de los demás, sino de un miedo paralizante y ciego a no ser suficiente, a ser rechazado si intentaba dar un solo paso hacia el grupo.
El tiempo pasó, los habitantes del estanque se hicieron grandes, recorrieron millas juntos, cazaron en equipo y compartieron mil noches de luna llena. El sapito triste también se hizo mayor, pero a diferencia de los demás, él se dedicó por completo a estar solo. Se convirtió en un espectador de la existencia ajena, mirando cómo vivían las otras ranas y envidiándolas en secreto por ser capaces de disfrutar la vida con una naturalidad que a él le parecía un milagro inalcanzable.
Poco a poco, la tristeza se pudrió por dentro, transformándose en un resentimiento amargo. Sentado en su roca, el rencor se volvió su único escudo. "Ellos no tienen que esforzarse, nacieron sabiendo cómo ser felices", rumiaba con rabia contenida, clavando la mirada en el agua. "Para ellos es fácil, el mundo los quiere". Deseaba con desesperación acercarse a ellos, pero al no saber cómo hacerlo y sentirse completamente avergonzado de su propia torpeza, optó por apartarse con furia, jurando no volver a intentar jamás un acercamiento. A menudo miraba al cielo, con los ojos empañados, deseando con el alma ser otro; otro batracio que sí fuera uno de verdad, uno con el derecho de nacimiento a pertenecer, y no un error de la naturaleza como él creía ser. Lloraba profundamente durante varios días y noches en la roca olvidada. A estas alturas, el estanque bullía de vida, nuevas generaciones y cantos sin él; nadie lo conocía, ni le importaba hacerlo. Toda su vida se había reducido a mirar el río y su eterno recorrer.
Un día, estando como siempre solo y ensimismado, sintió que alguien se acercaba. Como no tenía por costumbre moverse más que para ir al estanque por lo mínimo y volver a su nicho enramado, comenzó a voltearse muy lentamente. Al terminar de hacerlo, se congeló: era una rana hembra.
El pánico físico lo atrapó de inmediato: el corazón le dio un vuelco violento contra el pecho, sus patas temblaron y sintió un impulso casi insoportable de saltar al vacío para esconderse. Su mente se llenó de alarmas. Sin embargo, ella no se movió con brusquedad; se sentó a una distancia prudente en la misma roca y lo miró con unos ojos grandes y amables que no juzgaban.
Con suavidad, colocó unos insectos frescos sobre la piedra, junto a un libro de colores brillantes y un saco de lana tejido a mano. El sapito la miraba fijamente, con la garganta seca, incapaz de emitir un solo sonido.
Él no respondió. El aire se sentía espeso y el silencio del sapito era pesado, cargado de años de aislamiento. Ella, sin perder la sonrisa, empujó los regalos un poco más cerca de sus patas.
—Te traje esto —continuó ella, señalando los objetos—. Hace frío cuando cae la tarde en esta roca, y pensé que este saquito te vendría bien. Lo tejí yo misma. Los insectos son de la orilla alta, están muy dulces hoy. Y el libro... bueno, el libro tiene historias de lugares más allá de este río. Pensé que te gustaría viajar un poco sin tener que moverte de tu piedra.
El sapito abrió los ojos con sorpresa, pero la vergüenza lo invadió de golpe. En su mente, una voz oscura le decía que aquello era una trampa, una burla cruel.
—¿Por... por qué? —logró articular él, con una voz ronca y agrietada por el desuso—. ¿Por qué a ti te importaría alguien como yo? Yo no soy... yo no formo parte de ustedes. No sé cómo ser uno de ustedes.
La rana hembra lo miró con una profunda ternura, inclinando levemente la cabeza.—El estanque siempre ha estado abierto para ti —respondió ella con voz dulce—. Nadie te ha cerrado el paso. A veces, solo hace falta que dejes de mirar el fondo del agua y mires a los que están a tu lado. No tienes que "saber ser" nada, solo tienes que estar.
Él recibió sus palabras en un silencio sepulcral, sintiendo un nudo insoportable en la garganta. Quería gritar, quería agradecerle, quería pedirle que no se fuera, pero el miedo a ser vulnerable lo encadenó a la roca.
Ella esperó unos segundos, comprendiendo el tamaño de la transformación que ocurría dentro de él. Al ver que no habría más palabras, le dedicó una última sonrisa cálida, se impulsó con fuerza y, en un ágil salto, avanzó de nuevo hacia el estanque, perdiéndose entre el bullicio y los juncos verdes.
Él se puso el saquito, que lo abrigó del frío de la tarde, comió lo que le ofrecieron y se sentó en su piedra a hojear el maravilloso libro. Pero cuando pasó la última página y la historia terminó, sintió el final de un hechizo. El frío de la realidad regresó y la desesperación lo invadió. Miró hacia el estanque y luego hacia el libro.
"¿Y ahora qué?", se preguntó en un monólogo interno desesperado. "¿Debo ir a buscarla? Sus palabras se me quedaron grabadas como fuego: 'No tienes que saber ser nada, solo tienes que estar'... ¡Pero ella no entiende! Para ella es fácil 'estar', ella tiene la luz del sol por dentro. Si voy al estanque a buscarla, verán mis manos temblar. Verán que sigo siendo el mismo ser defectuoso y roto que ha mirado desde la distancia durante años. Aunque mi corazón lo desea con locura, no tengo el valor para cruzar esa frontera. Me avergüenzo demasiado de mi propio silencio".
Sintió la energía de la comida en sus músculos y el calor de la lana en su piel. Era una paradoja cruel: los regalos de ella le habían dado la fuerza física que antes no tenía, pero su mente seguía encadenada.
"Este río es lo único que conozco y acepto", pensó con una triste y definitiva lucidez. "Ella me dio fuerzas, pero no puedo usarlas para vivir. Solo puedo usarlas para terminar con esto".
Entendió que nunca sería parte del estanque por las buenas, porque sus propios fantasmas jamás le permitirían dar el salto hacia la comunidad. Tomó una decisión distorsionada para recuperar el control de su destino: si no podía pertenecer a la vida a través de sus palabras, pertenecería al paisaje a través de su ausencia. Dio un salto limpio, potente y alto hacia la corriente impetuosa. El agua congelada lo arrastró lejos, golpeándolo, ahogándolo bajo la espuma.
En sus últimos segundos de conciencia, mientras la corriente lo disolvía en la inmensidad del agua, el sapito sonrió levemente y pensó: "Por fin fui... y ahora soy parte de algo".
A la mañana siguiente, el sol amaneció pintando el estanque de tonos dorados y alegres. El agua bullía con el croar matutino de los batracios y el aleteo de las libélulas. Entre los juncos, la rana hembra asomó la cabeza. Llevaba en su boca una flor de loto pequeña, pensando que sería un buen adorno para la sombría roca de su nuevo amigo.
Saltó con agilidad de hoja en hoja, ascendiendo por el sendero de piedra hasta llegar al rincón apartado.
—¡Hola! —exclamó con entusiasmo antes de asomarse por completo—. Te traje algo m...
Su voz se apagó. La roca estaba completamente vacía.
La rana hembra avanzó lentamente, desconcertada. El nicho enramado donde él solía esconderse estaba desierto. Sobre la superficie plana de la piedra, perfectamente ordenado, encontró el libro de colores brillantes. Encima del libro, doblado con un cuidado casi sagrado, estaba el saquito de lana que ella misma había tejido. Ya no había rastro de los insectos.
Un frío de repente le recorrió la espalda. Miró hacia el estanque, luego hacia el nido vacío y, finalmente, clavó la mirada en la orilla del río, donde la corriente golpeaba con fuerza desmedida contra la base de la roca. En el borde exacto del abismo, el musgo estaba ligeramente aplastado, marcado por la huella de un único y potente impulso hacia el vacío.
Ella dejó caer la flor de loto sobre el saquito de lana. Se sentó en el mismo lugar donde el sapito había pasado toda su vida y miró fijamente el recorrer del río. El agua fluía rápida, indiferente, arrastrando hojas y espuma hacia el horizonte.
Una lágrima silenciosa resbaló por la mejilla de la rana. Por primera vez, comprendió la magnitud de la corriente invisible que había arrastrado al sapito mucho antes de que tocara el agua; una corriente hecha de miedos y silencios que nadie en el estanque supo descifrar a tiempo.
El estanque siguió bullendo de vida y alegría, pero a partir de ese día, cada vez que la tarde caía y el frío arreciaba, la rana hembra regresaba a la roca solitaria. Se ponía el saquito de lana, abría el libro de colores y le leía las historias en voz alta al río, esperando que, en algún lugar de la inmensa corriente, el sapito finalmente estuviera escuchando y sintiéndose, por fin, parte de algo.


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