Sala de estar
Cuando era pequeño creía en dios, pero ya no. La existencia me pesa desde los 12, como algo de lo que no me puedo desprender, porque está aferrada a mí. En otros momentos de mi vida, hubiera querido dejarla ir, desvanecerme de una vez y diluirme en la inmensa nada, la más absoluta oscuridad de lo desconocido. Aunque eso no fue lo que pasó, primero me detuvo la cobardía; después lo hizo el amor que siento por la vida, y por mí mismo. Mas mis fuerzas en muchas ocasiones palidecen, y mis pensamientos me anegan en la podredumbre de mi propia cabeza. Siento como cada día es una batalla constante contra mí mismo, como si todo fuese para nada, porque cualquier victoria desaparece al día siguiente, cuando una nueva batalla comienza.
Me siento harto, cansado, exhausto de combatir siempre en los mismos conflictos inútiles, avanzando hacia ninguna parte, y sin saber siquiera si estoy avanzando en absoluto.
¿Será esto una condena? Si de verdad hubiera un dios, ¿por qué nos haría esto? ¿Por qué nos enfrentaría a nosotros mismos por el hecho de poder hacerlo? ¿Por qué hacernos miserables, dios?
Nunca ha contestado a mis preguntas, y nunca lo hará.
Desde pequeño me cuestioné el sentido de que todos se marchen. ¿Por qué tenía que ser yo el que se quedase, por qué a nadie le importaba que solo queden los recuerdos fugaces de los que una vez estuvieron aquí, fantasmas de una vida extinta que habitan cada mueble de la casa del ser querido, cada fotografía, cada memoria...¿ Por qué a nadie le importaba que el viaje que emprendieron fuera definitivo…?
Y es que tengo miedo. Un miedo profundo, inherente y casi más real que yo. Miedo a caer por la madriguera del conejo blanco y no encontrarme un país de maravillas, sino que toparme con los recovecos más sórdidos y esperpénticos de mi mente, y que estos me cambien.
Siento mi vida como una habitación vacía, monótona y anodina. No hay escapatoria de esta salita, no tengo más compañía que la que me doy a mí mismo, y confundo las voces que me hablan de miseria y mediocridad, con la verdad y mi propia identidad. Es sofocante, porque cada palabra, cada lanza entallada con los más perniciosos insultos, me hacen creer que eso soy yo; me afligen y me constriñen. A veces cuesta respirar. Si hay un dios, ¿por qué tienes que hacer este sendero tan angosto? No puedo creer en una entidad que me haga sentir así sin motivo, solo como si me encontrase en medio de un mar inconmensurable… Supongo que cada uno tiene su propio océano que explorar y, en ocasiones, en el que ahogarse por la desesperación. En ocasiones paso demasiado tiempo nadando por estas aguas… Es probable que algún día me sumerja a demasiado profundidad y me enrede con la vegetación del fondo. Esa que nadie quiere ver hasta que ya es demasiado tarde, hasta que ha atrapado nuestras extremidades y el oxígeno se va perdiendo, y se escapa inevitablemente a la superficie, dejando tras de sí un cuerpo exánime.
Aunque mojado hasta las trancas vuelvo al punto de partida, las lágrimas secas y las batallas perdidas. La habitación es siempre la misma. Cansado, me reclino y me acuesto un momento, tal vez esta noche pueda dormir, o tal vez no, pero en cualquier caso mañana será otro día.
Y la promesa de que el día que se avecina será radiante es suficiente para reconfortarme en la noche helada. Mañana volveré a tener el sol frente a mí, mañana la luz del alba volverá a irradiar de color la noche incierta, y las calles volverán a parecer transitables. Al menos hasta que la noche caiga de nuevo, al menos hasta que la marea vuelva a subir y me dé cuenta, de nuevo, de que soy poca cosa, de que soy solo una persona minúscula y enjuta… Y volverá la luz de la mañana otra vez.
Me siento harto, cansado, exhausto de combatir siempre en los mismos conflictos inútiles, avanzando hacia ninguna parte, y sin saber siquiera si estoy avanzando en absoluto.
¿Será esto una condena? Si de verdad hubiera un dios, ¿por qué nos haría esto? ¿Por qué nos enfrentaría a nosotros mismos por el hecho de poder hacerlo? ¿Por qué hacernos miserables, dios?
Nunca ha contestado a mis preguntas, y nunca lo hará.
Desde pequeño me cuestioné el sentido de que todos se marchen. ¿Por qué tenía que ser yo el que se quedase, por qué a nadie le importaba que solo queden los recuerdos fugaces de los que una vez estuvieron aquí, fantasmas de una vida extinta que habitan cada mueble de la casa del ser querido, cada fotografía, cada memoria...¿ Por qué a nadie le importaba que el viaje que emprendieron fuera definitivo…?
Y es que tengo miedo. Un miedo profundo, inherente y casi más real que yo. Miedo a caer por la madriguera del conejo blanco y no encontrarme un país de maravillas, sino que toparme con los recovecos más sórdidos y esperpénticos de mi mente, y que estos me cambien.
Siento mi vida como una habitación vacía, monótona y anodina. No hay escapatoria de esta salita, no tengo más compañía que la que me doy a mí mismo, y confundo las voces que me hablan de miseria y mediocridad, con la verdad y mi propia identidad. Es sofocante, porque cada palabra, cada lanza entallada con los más perniciosos insultos, me hacen creer que eso soy yo; me afligen y me constriñen. A veces cuesta respirar. Si hay un dios, ¿por qué tienes que hacer este sendero tan angosto? No puedo creer en una entidad que me haga sentir así sin motivo, solo como si me encontrase en medio de un mar inconmensurable… Supongo que cada uno tiene su propio océano que explorar y, en ocasiones, en el que ahogarse por la desesperación. En ocasiones paso demasiado tiempo nadando por estas aguas… Es probable que algún día me sumerja a demasiado profundidad y me enrede con la vegetación del fondo. Esa que nadie quiere ver hasta que ya es demasiado tarde, hasta que ha atrapado nuestras extremidades y el oxígeno se va perdiendo, y se escapa inevitablemente a la superficie, dejando tras de sí un cuerpo exánime.
Aunque mojado hasta las trancas vuelvo al punto de partida, las lágrimas secas y las batallas perdidas. La habitación es siempre la misma. Cansado, me reclino y me acuesto un momento, tal vez esta noche pueda dormir, o tal vez no, pero en cualquier caso mañana será otro día.
Y la promesa de que el día que se avecina será radiante es suficiente para reconfortarme en la noche helada. Mañana volveré a tener el sol frente a mí, mañana la luz del alba volverá a irradiar de color la noche incierta, y las calles volverán a parecer transitables. Al menos hasta que la noche caiga de nuevo, al menos hasta que la marea vuelva a subir y me dé cuenta, de nuevo, de que soy poca cosa, de que soy solo una persona minúscula y enjuta… Y volverá la luz de la mañana otra vez.
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