Un rayo blanco de luz
borda un ojo de la luna
Y el horizonte velado
dibuja un nuevo perfil
Sobre el fondo recortado
Asoma claro el lucero
De purísimo cristal
Elevando al alma en vuelo
Ya hubieras querido ver
La tarde a la que asomé
El silencio se hizo eco
de los árboles tan quietos
Y las sombras entramaron
Larguísimas hebras negras
Así hasta desaparecer
El leve cantar del mirlo
susurra su dulce trino
en la oquedad del árbol viejo
y en sus copas habla el viento
su arrullo de voz sin tiempo
Estruendo grave del atardecer
que enciende el fuego y crepita
brillando su roja luz
en los charcos y en os vértices.
En la hora mortecina
la intemperie se contempla:
Mientras el sol se apaga en los ojos/ Se abre el ojo de Dios, que resplandece
Y así el sacrificio ritual del cielo
Encuentra breve consuelo
en la encendida danza estelar
Sobre el río inclinado te besé
Y besé a través tuyo
la pureza cristal del agua
En tu voz fue arrebato de río el canto/ maduró el fruto de la espera, y tu boca entera por fin me besó
Espejo de nubes en los claros
y el reflujo inagotable
del río manso
Cien veces tu piel de agua
Se desnudó en esa orilla
y encarnó bajo la estrella
aquel símbolo ancestral
Al otro lado del río
el amor nos encontró
y así fue nuestro romance
entre la luna y el sol.
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