Reflexión de una persona normal
Mi vida se extendió durante 22 años de una forma perfectamente imperfecta. Incorrecta, dirían algunos.
Amarillentos recuerdos, del amanecer más verde, cuyos frutos fueron maduros y exquisitos. Pero a algunos no les gustó el sabor. En esos días iba a un colegio rural lleno de blancas y bellas ovejitas; ellas se comían los libros de la biblioteca vorazmente, felices de añadir a su dieta contenidos majestuosos y veraces de nuestra historia. Además los profesores les consentían esas prácticas, siempre y cuando dejen la Biblia fuera del plato (las ovejitas acataban esto, conscientes del mal sabor de dicha obra). Esperables eran las consecuencias: la contundencia y voluminosidad de estos libros generaban malestar en las barrigas y cabezas de las ovejitas: algunas tendían a tornarse rojas sangre y daban vueltas sobre sí mismas en contra de las agujas del reloj, otras trocaban en verdes vivos sus lanas y acompañaban al reloj en su cíclico paseo sin fin
Estómagos heridos había siempre; los vómitos eran moneda común en las ovejitas, que regurgitaban ideas y pasajes de aquellos libros entre gritos y muecas, provocando peleas feroces entre rojitas y verdes. En tanto, los profesores sonreían, satisfechos de que la Directora tendría mucha lana de buena calidad por años.
Odiaba a las ovejitas; me daban asco. Los animales siempre me parecieron asquerosos, repulsivos, sin mente, viviendo para comer y vomitar. El mundo estaría mejor sin ellos.
Un cálido día de noviembre divisé entre aisladas nubes la esponjosa forma de una oveja, desecha a los pocos segundos por un inclemente viento cortante; la partió en dos y la ovejita se fue. Y tuve una idea.
No sé si es que la lana ya no serviría nunca más, quizá por eso todos fruncieron el ceño, horrorizados de ver el ganado reducido. Era algo raro: el en cielo se veía gracioso, mas nadie reía. Hasta lloraban.
-Pasaremos lista de los crímenes cometidos por el acusado, acompañado finalmente de la sentencia.
-¿Qué sentí? Me siento como en un show. De repente todos quieren mi opinión, no puedo evitar confusiones descorteses al notar destellos de estupefacción y rechazo en los rostros de mis fans, curiosos de entender a su ídolo. Pero eso no es lo que se me pregunta. Entiendo eso, no teman: lo que sentí por la ovejita no tiene mucho de poético o especial. Probablemente si hubiese sido en primavera hubiera aflorado en mí una sensación algo más frondosa. No fue así; me sentí aliviado de silenciar quejidos brutos e ininteligibles, penetrantes y molestos hasta en mis sueños. ¿El color de la ovejita? Las ovejas no me gustan, pero definitivamente no discrimino a nadie enfermo, claro que no. Simplemente no me gustan y ya. No recuerdo su color. Bueno, el del final sí: rojo intenso, luego mutó en negro.
>>En todo caso sabía que no volvería a esa escuela rural. Los corazones egoístas de los profesores no tuvieron la capacidad de construir un refugio de perdones para mí. Entonces me fui una noche, de repente y sin decirlo a nadie, a la ciudad de Buenos Aires... ¿Cómo se apaga esto?
-Acusado, por favor póngase de pie para oír los crímenes y la condena.
En Buenos Aires no se respiraba un buen aire: una señora cuyo nombre remarcaba una flagrante falta de ortografía buscaba profundizar en el mundo de la moda cuadra a cuadra. La gente discutía asiduamente de forma estridente y aireada; las ovejas allí eran peligrosas, mordían y tenían la lana roja y la cabeza verde. Recordé mi promesa de no “nubear” más de ellas. Me centré en trabajar, pasear y recrear mi vista, porque había mucho que mirar: azul, negro, blanco, a veces celeste y hasta combinaciones de colores muy escocesas. Había de muchos tamaños también, pero sin duda los talles más pequeños buscaban resaltar por sobre el resto, ya que eran más pequeñitos, así como los más atrevidos. Especialmente los de Escocia.
Desarrollé un cariño especial por ese país y su sensual gente de piel blanca, voces suaves y muslos firmes.
Todos los días me sentaba en un cómodo banquito de una plaza a comer algún refrigerio barato y esperar por las hordas escocesas (de bella hueste), seguramente llevadas por la extrema pobreza de su país a ahorrar en sus faldas hasta lo mínimo e indispensable.
Su optimismo era envidiable, ciertamente: saltaban, se contoneaban y posaban al ritmo de gritos que adoraban. “Puthas” debía ser el Rey de Escocia, o un héroe nacional como Perón acá.
En Escocia costumbre sería enumerar la gente con la cual habían dormido. Deben ser un pueblo de camas anchas, sin prejuicios, amantes del placer sin nombres, cuyo tema de conversación favorito era debatir sobre quién era más adicto al partido de Puthas. Me enorgullecía su pasión nacional y democrática.
Nadie debería culparme por nada; quise unirme a ese partido y compartir su cultura con una de ellas. Los intolerantes de siempre armaron un escándalo cuando la escocesa confesó el intento de afiliación de un extranjero a las filas del partido.
-Acusado, míreme a los ojos. Póngase de pie. ¡Acusado!.
-¿Me están escuchando? ¿Hola? Yo que sé. En fin, he de admitir que extraño a las escocesas. Noble país sin duda, su rica (deliciosa) cultura me empujó a querer más que mirar. ¿Acaso uno puede ver una fiesta sin desear entrar? Yo entré, pero ustedes hablan mal de mí: “allanamiento cultural” o algo así lo llamaron. Yo no entiendo por qué estuvo mal; si uno ve un auto, un celular, una casa que le gusta también lo quieren. Yo quería afiliarme al partido de Phutas. ¿Me dirían más de él? Lo amo; pero por favor dejen de invocar mis sentimientos a charlas a priori intelectuales. Sentí alegría, gozo, satisfacción. Amo Escocia y su gente. La felicidad no es mala, queridos fans. Su ídolo exiliado no comprende su poca recepción a mis enseñanzas. Hablenme... Bueno, me voy a dormir, es suficiente por hoy.
La intolerancia en la Capital Federal me hizo retirarme hacia el sur del mismo. El clima era el mismo, pero su gente no: acá la modelo de submarinos estaba en cada fotografía hablando del progreso de su carrera, de lo agradecida que debía estar la gente con ella y lo mucho que amaba a su fan’s club, presidido por su hijo. Me dio ternura.
Maravillosa aquella persona que daba casas último modelo a esta gente. “La chapa y el cartón es lo último en Francia” me decían acalorados ancianos profiriendo improperios a la figura de aquella dama. Uno en particular me confesó, entre variados y múltiples insultos, que esa señora que no sabe escribir su nombre era miembro del partido de Phutas. Es más, exclamó a los cuatro vientos, mirando y señalando una foto de ella, que era la hija de dicho héroe.
No hay que ser muy inteligente para saber que abalancé mi humanidad hacia la deteriorada complexión del anciano. No debió reconocer en mí un fiel a ese señor, pero felizmente pude impedir que profiera sonidos huecos de razón apretando su garganta: el viejo se quedó quieto en el suelo, duro de vergüenza y arrepentimiento. Yo, por mi parte, me fui a averiguar más sobre la hija de Phutas: quería entrar a su club de fans inmediatamente.
Recorrí un par de calles, guiándome por la arquitectura moderna, muy francesa, de las casas construidas por aquella mujer. La gente allí era el vivo reflejo de lo buena que ella era, y el efecto que su carrera de modelo y cesiones de fotos causaban en su pueblo, porque hablaban en un idioma extraño, que yo tomé por francés puro y duro, confundiendolo también por momentos con español, merced a algunas palabras de misma fonética. Cabe destacar que eran muy amigables, indicio de su relación con Escocia, puesto que extraños me decían “amiwo”, sagazmente traducido por mí a “amigo”, en nuestro inculto y aburrido castellano. Mejor aún reaccionaban al enterarse de mi búsqueda de adhesión al club de Carola, evidentemente todos tan fanáticos como yo.
Me contaron que las cosas allí eran muy especiales: no trabajaban puesto que no hacía falta (¡Tan bien iban las cosas!), la modelo les pagaba por ir a votar (¡Tan amante de la democracia era!), y que el barrio era privado (los policías no podían entrar).
Al terminar su relato estaba frente a un edificio adusto que se llamaba “La Pampa va” (fue sobrecogedor para un solitario provinciano como yo el saber que personas de nuestra calaña había a lo largo y ancho de todo el país). Me pude afiliar plácidamente, felicidad empañada por la falta de respuestas sobre Escocia. No insistí, debía de ser un secreto, para no causar sensación.
-Oficial, ponga de pie al acusado. No se puede retrasar más la sentencia.
-¿Ya voy terminando? Fue un programa muy corto. ¿Cómo me fue con el rating? Está bien, está bien. No ofusque su lengua, querido fan. Mis hazañas ya están casi contadas, cual Diomedes en la boca de Homero.
>>No. Ese señor merecía aprender a hablar; estuvo muy bien de su parte reflexionar al respecto en plena calle. Me alegró el impacto causado, signo de mi don de gentes. Más impacto me causó a mí el paraíso escondido en el Conurbano que nuestra compañera y camarada nos regala. Tan bello, lleno de arte contemporáneo en las calles (usar basura para hacer obras, similares a las pirámides de Egipto, es algo muy listo) y con papeles impresos constantemente arropando el asfalto con información del enemigo. Sin duda la felicidad me invadía entre mis pares, sentía que era mi lugar en el mundo. Las ovejitas molestaban un poco, pero eran ovejitas muy listas, del color indicado y con las ideas indicadas. Escocesas no abundaban, es cierto, pero comulgaba con ellas siempre que podía. Era precioso... Sí, adiós.
La parte última de mi relato es la explicación de por qué tengo fans propios que hacen un documental sobre mi vida: al año de contarme entre filas cultas y pensantes, llegó a mis disgustados oídos el dato de que el enemigo insultaba a nuestra señora de Phutas abiertamente, ofendiendo a todo el conmocionado país, expectante por necesaria justicia. Miedo y desánimo recorrió venas y arterias en mi ser profundo cuando divisé a dicho enemigo: una oveja jazzista roja con notas agudas y muy graves al mismo tiempo palpitando muerte y descontrol en el maravilloso país, émulo del Edén, que nuestra señora ofrendaba sin pedirnos nada a cambio.
Erví. Precisiones de lado, erví y no recuerdo nada más. Vi una señora tendida en el suelo, dormía a pata suelta usando de sábanas periódicos de música, con la boca brutalmente abierta y sus ojos blancos y abiertos. Policias me tomaban por los brazos, presurosos de alejarme de una multitud enardecida que daba gracias a su ídolo por haber cobijado a la pobre mujer y, muy efusivamente, por ser tan fiel a las escocesas. Sonreí, en mi confusión, y reí a carcajadas, sintiéndome elegido por Dios, entre confesiones atrevidas de que yo también formaba parte de la noble y mística familia del señor Phutas. Dejé que los policías me escoltaran a la locación que me habían destinado.
La habitación no era muy buena, se los dejé pasar debido a las prisas de mi repentina fama. La desatención quedó ajusticiada al momento en que un desfile en mi nombre se hizo a puertas del hotel en que me alojaba exigiendo pronta valoración de mis actos y una manutención y tolerancia en el hotel de por vida, como solo un héroe nacional y popular podría recibir.
A los pocos días fui recibido en un elegante salón plagado de periodistas y seguidores, decorado con muebles de bella madera y pancartas con mi nombre en ella: “hasta la muerte” profesaban acompañarme las banderas; lloré hasta sentarme frente a una ovejita negra que empezó a hablar. No presté atención porque entre mis fans noté a la primer escocesa con la que compartí ideas.
-Se lo declara culpable de reiteradas violaciones a menores de edad, y de el asesinato de un menor en la provincia de Santa Fé, un hombre y una mujer en la provincia de Buenos Aires. Así mismo un grupo de expertos declaró inimputable al acusado por demencia al acusado, el cual será condenado a dar testimonio fílmico de los hechos y luego permanecerá en una institución mental para tratamiento e investigación de su caso. Oficial, lléveselo.
-Ustedes son gente muy curiosa. Todo cuanto alegría trajo a mi ser no logran comprenderlo. ¿Será que no quieren? Me han puesto sociópata de apodo, me acusan de loco, mas no puedo concordar con sus creencias. El cuerdo soy yo, explotador de naturalidad e instintos, y no ustedes, presos de convenciones, reglas lejos del suelo que nos trajo y protectores de enfermizas contenciones. ¿Qué tan cuerdos están ustedes?
Amarillentos recuerdos, del amanecer más verde, cuyos frutos fueron maduros y exquisitos. Pero a algunos no les gustó el sabor. En esos días iba a un colegio rural lleno de blancas y bellas ovejitas; ellas se comían los libros de la biblioteca vorazmente, felices de añadir a su dieta contenidos majestuosos y veraces de nuestra historia. Además los profesores les consentían esas prácticas, siempre y cuando dejen la Biblia fuera del plato (las ovejitas acataban esto, conscientes del mal sabor de dicha obra). Esperables eran las consecuencias: la contundencia y voluminosidad de estos libros generaban malestar en las barrigas y cabezas de las ovejitas: algunas tendían a tornarse rojas sangre y daban vueltas sobre sí mismas en contra de las agujas del reloj, otras trocaban en verdes vivos sus lanas y acompañaban al reloj en su cíclico paseo sin fin
Estómagos heridos había siempre; los vómitos eran moneda común en las ovejitas, que regurgitaban ideas y pasajes de aquellos libros entre gritos y muecas, provocando peleas feroces entre rojitas y verdes. En tanto, los profesores sonreían, satisfechos de que la Directora tendría mucha lana de buena calidad por años.
Odiaba a las ovejitas; me daban asco. Los animales siempre me parecieron asquerosos, repulsivos, sin mente, viviendo para comer y vomitar. El mundo estaría mejor sin ellos.
Un cálido día de noviembre divisé entre aisladas nubes la esponjosa forma de una oveja, desecha a los pocos segundos por un inclemente viento cortante; la partió en dos y la ovejita se fue. Y tuve una idea.
No sé si es que la lana ya no serviría nunca más, quizá por eso todos fruncieron el ceño, horrorizados de ver el ganado reducido. Era algo raro: el en cielo se veía gracioso, mas nadie reía. Hasta lloraban.
-Pasaremos lista de los crímenes cometidos por el acusado, acompañado finalmente de la sentencia.
-¿Qué sentí? Me siento como en un show. De repente todos quieren mi opinión, no puedo evitar confusiones descorteses al notar destellos de estupefacción y rechazo en los rostros de mis fans, curiosos de entender a su ídolo. Pero eso no es lo que se me pregunta. Entiendo eso, no teman: lo que sentí por la ovejita no tiene mucho de poético o especial. Probablemente si hubiese sido en primavera hubiera aflorado en mí una sensación algo más frondosa. No fue así; me sentí aliviado de silenciar quejidos brutos e ininteligibles, penetrantes y molestos hasta en mis sueños. ¿El color de la ovejita? Las ovejas no me gustan, pero definitivamente no discrimino a nadie enfermo, claro que no. Simplemente no me gustan y ya. No recuerdo su color. Bueno, el del final sí: rojo intenso, luego mutó en negro.
>>En todo caso sabía que no volvería a esa escuela rural. Los corazones egoístas de los profesores no tuvieron la capacidad de construir un refugio de perdones para mí. Entonces me fui una noche, de repente y sin decirlo a nadie, a la ciudad de Buenos Aires... ¿Cómo se apaga esto?
-Acusado, por favor póngase de pie para oír los crímenes y la condena.
En Buenos Aires no se respiraba un buen aire: una señora cuyo nombre remarcaba una flagrante falta de ortografía buscaba profundizar en el mundo de la moda cuadra a cuadra. La gente discutía asiduamente de forma estridente y aireada; las ovejas allí eran peligrosas, mordían y tenían la lana roja y la cabeza verde. Recordé mi promesa de no “nubear” más de ellas. Me centré en trabajar, pasear y recrear mi vista, porque había mucho que mirar: azul, negro, blanco, a veces celeste y hasta combinaciones de colores muy escocesas. Había de muchos tamaños también, pero sin duda los talles más pequeños buscaban resaltar por sobre el resto, ya que eran más pequeñitos, así como los más atrevidos. Especialmente los de Escocia.
Desarrollé un cariño especial por ese país y su sensual gente de piel blanca, voces suaves y muslos firmes.
Todos los días me sentaba en un cómodo banquito de una plaza a comer algún refrigerio barato y esperar por las hordas escocesas (de bella hueste), seguramente llevadas por la extrema pobreza de su país a ahorrar en sus faldas hasta lo mínimo e indispensable.
Su optimismo era envidiable, ciertamente: saltaban, se contoneaban y posaban al ritmo de gritos que adoraban. “Puthas” debía ser el Rey de Escocia, o un héroe nacional como Perón acá.
En Escocia costumbre sería enumerar la gente con la cual habían dormido. Deben ser un pueblo de camas anchas, sin prejuicios, amantes del placer sin nombres, cuyo tema de conversación favorito era debatir sobre quién era más adicto al partido de Puthas. Me enorgullecía su pasión nacional y democrática.
Nadie debería culparme por nada; quise unirme a ese partido y compartir su cultura con una de ellas. Los intolerantes de siempre armaron un escándalo cuando la escocesa confesó el intento de afiliación de un extranjero a las filas del partido.
-Acusado, míreme a los ojos. Póngase de pie. ¡Acusado!.
-¿Me están escuchando? ¿Hola? Yo que sé. En fin, he de admitir que extraño a las escocesas. Noble país sin duda, su rica (deliciosa) cultura me empujó a querer más que mirar. ¿Acaso uno puede ver una fiesta sin desear entrar? Yo entré, pero ustedes hablan mal de mí: “allanamiento cultural” o algo así lo llamaron. Yo no entiendo por qué estuvo mal; si uno ve un auto, un celular, una casa que le gusta también lo quieren. Yo quería afiliarme al partido de Phutas. ¿Me dirían más de él? Lo amo; pero por favor dejen de invocar mis sentimientos a charlas a priori intelectuales. Sentí alegría, gozo, satisfacción. Amo Escocia y su gente. La felicidad no es mala, queridos fans. Su ídolo exiliado no comprende su poca recepción a mis enseñanzas. Hablenme... Bueno, me voy a dormir, es suficiente por hoy.
La intolerancia en la Capital Federal me hizo retirarme hacia el sur del mismo. El clima era el mismo, pero su gente no: acá la modelo de submarinos estaba en cada fotografía hablando del progreso de su carrera, de lo agradecida que debía estar la gente con ella y lo mucho que amaba a su fan’s club, presidido por su hijo. Me dio ternura.
Maravillosa aquella persona que daba casas último modelo a esta gente. “La chapa y el cartón es lo último en Francia” me decían acalorados ancianos profiriendo improperios a la figura de aquella dama. Uno en particular me confesó, entre variados y múltiples insultos, que esa señora que no sabe escribir su nombre era miembro del partido de Phutas. Es más, exclamó a los cuatro vientos, mirando y señalando una foto de ella, que era la hija de dicho héroe.
No hay que ser muy inteligente para saber que abalancé mi humanidad hacia la deteriorada complexión del anciano. No debió reconocer en mí un fiel a ese señor, pero felizmente pude impedir que profiera sonidos huecos de razón apretando su garganta: el viejo se quedó quieto en el suelo, duro de vergüenza y arrepentimiento. Yo, por mi parte, me fui a averiguar más sobre la hija de Phutas: quería entrar a su club de fans inmediatamente.
Recorrí un par de calles, guiándome por la arquitectura moderna, muy francesa, de las casas construidas por aquella mujer. La gente allí era el vivo reflejo de lo buena que ella era, y el efecto que su carrera de modelo y cesiones de fotos causaban en su pueblo, porque hablaban en un idioma extraño, que yo tomé por francés puro y duro, confundiendolo también por momentos con español, merced a algunas palabras de misma fonética. Cabe destacar que eran muy amigables, indicio de su relación con Escocia, puesto que extraños me decían “amiwo”, sagazmente traducido por mí a “amigo”, en nuestro inculto y aburrido castellano. Mejor aún reaccionaban al enterarse de mi búsqueda de adhesión al club de Carola, evidentemente todos tan fanáticos como yo.
Me contaron que las cosas allí eran muy especiales: no trabajaban puesto que no hacía falta (¡Tan bien iban las cosas!), la modelo les pagaba por ir a votar (¡Tan amante de la democracia era!), y que el barrio era privado (los policías no podían entrar).
Al terminar su relato estaba frente a un edificio adusto que se llamaba “La Pampa va” (fue sobrecogedor para un solitario provinciano como yo el saber que personas de nuestra calaña había a lo largo y ancho de todo el país). Me pude afiliar plácidamente, felicidad empañada por la falta de respuestas sobre Escocia. No insistí, debía de ser un secreto, para no causar sensación.
-Oficial, ponga de pie al acusado. No se puede retrasar más la sentencia.
-¿Ya voy terminando? Fue un programa muy corto. ¿Cómo me fue con el rating? Está bien, está bien. No ofusque su lengua, querido fan. Mis hazañas ya están casi contadas, cual Diomedes en la boca de Homero.
>>No. Ese señor merecía aprender a hablar; estuvo muy bien de su parte reflexionar al respecto en plena calle. Me alegró el impacto causado, signo de mi don de gentes. Más impacto me causó a mí el paraíso escondido en el Conurbano que nuestra compañera y camarada nos regala. Tan bello, lleno de arte contemporáneo en las calles (usar basura para hacer obras, similares a las pirámides de Egipto, es algo muy listo) y con papeles impresos constantemente arropando el asfalto con información del enemigo. Sin duda la felicidad me invadía entre mis pares, sentía que era mi lugar en el mundo. Las ovejitas molestaban un poco, pero eran ovejitas muy listas, del color indicado y con las ideas indicadas. Escocesas no abundaban, es cierto, pero comulgaba con ellas siempre que podía. Era precioso... Sí, adiós.
La parte última de mi relato es la explicación de por qué tengo fans propios que hacen un documental sobre mi vida: al año de contarme entre filas cultas y pensantes, llegó a mis disgustados oídos el dato de que el enemigo insultaba a nuestra señora de Phutas abiertamente, ofendiendo a todo el conmocionado país, expectante por necesaria justicia. Miedo y desánimo recorrió venas y arterias en mi ser profundo cuando divisé a dicho enemigo: una oveja jazzista roja con notas agudas y muy graves al mismo tiempo palpitando muerte y descontrol en el maravilloso país, émulo del Edén, que nuestra señora ofrendaba sin pedirnos nada a cambio.
Erví. Precisiones de lado, erví y no recuerdo nada más. Vi una señora tendida en el suelo, dormía a pata suelta usando de sábanas periódicos de música, con la boca brutalmente abierta y sus ojos blancos y abiertos. Policias me tomaban por los brazos, presurosos de alejarme de una multitud enardecida que daba gracias a su ídolo por haber cobijado a la pobre mujer y, muy efusivamente, por ser tan fiel a las escocesas. Sonreí, en mi confusión, y reí a carcajadas, sintiéndome elegido por Dios, entre confesiones atrevidas de que yo también formaba parte de la noble y mística familia del señor Phutas. Dejé que los policías me escoltaran a la locación que me habían destinado.
La habitación no era muy buena, se los dejé pasar debido a las prisas de mi repentina fama. La desatención quedó ajusticiada al momento en que un desfile en mi nombre se hizo a puertas del hotel en que me alojaba exigiendo pronta valoración de mis actos y una manutención y tolerancia en el hotel de por vida, como solo un héroe nacional y popular podría recibir.
A los pocos días fui recibido en un elegante salón plagado de periodistas y seguidores, decorado con muebles de bella madera y pancartas con mi nombre en ella: “hasta la muerte” profesaban acompañarme las banderas; lloré hasta sentarme frente a una ovejita negra que empezó a hablar. No presté atención porque entre mis fans noté a la primer escocesa con la que compartí ideas.
-Se lo declara culpable de reiteradas violaciones a menores de edad, y de el asesinato de un menor en la provincia de Santa Fé, un hombre y una mujer en la provincia de Buenos Aires. Así mismo un grupo de expertos declaró inimputable al acusado por demencia al acusado, el cual será condenado a dar testimonio fílmico de los hechos y luego permanecerá en una institución mental para tratamiento e investigación de su caso. Oficial, lléveselo.
-Ustedes son gente muy curiosa. Todo cuanto alegría trajo a mi ser no logran comprenderlo. ¿Será que no quieren? Me han puesto sociópata de apodo, me acusan de loco, mas no puedo concordar con sus creencias. El cuerdo soy yo, explotador de naturalidad e instintos, y no ustedes, presos de convenciones, reglas lejos del suelo que nos trajo y protectores de enfermizas contenciones. ¿Qué tan cuerdos están ustedes?
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