Creo que mi pecho va a explotar, siento mi garganta contrayéndose de dolor no quiero que salga, mis ojos empapados, no lo van a permitir, no van a llorar, mi boca se cierra por si mi garganta no soporta el peso, lo hacen también mis ojos. Ella está enfrente de mí, con sus ojos entrecerrados mirándome, como si estuviese volando, su boca esta semi-abierta, sus labios no se cierran por completo, salen algunos gemidos de su boca con algunos “me encanta” y unos pocos de “me fascina”, me toma como si fuera completamente de ella, como si no me quisiera soltar, como si no quisiera que la dejara nunca, nuestros cuerpos chocan exaltados, eufóricos, llenos de placer -pero no es de ese placer pagano del que todos hablan llamado sexo-, era un placer real de esos que hacen viajar, de esos que realmente transportan, asesinan la razón y solo dan paso a la locura; la besaba, me besaba, lo hacíamos de una forma frenética, como si nos amaramos, como si quisiéramos que realmente se ligue toda esencia, haciendo realmente el maldito amor, yo amándola y ella volando por mí, y aun así no puedo decírselo, solo me queda disfrutar de esta maravillosa sensación, nos detenemos, agotados por nuestros corazones acelerados quizás a las máximas pulsaciones, quedo recostado encima de ella, la huelo -ese divino aroma, que me vuelve loco-, la siento -esa hermosa piel blanca que me descontrola, dilata mis pupilas y altera mis sentidos-, ella me acaricia muy sorprendida por lo que acaba de pasar y así nos quedamos varios minutos, contemplando el sorprendente silencio que queda después de ese impulso de sentimientos y biología. Es un momento muy memorable para mí, nada ha sido tan mágico como esos veinte minutos de desenfrenados movimientos controlados completamente por el ello y sentidos completamente por el alma.
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