Poesía Rebelde
Para escribir hoy algo de poesía, haría falta ser cruel. En medio de una tarde tan tristísima y llevada por el suelo, asfixiada entre personas que deambulan como muertos vivos, la poesía ya no es la misma. No porque no broten acaso, dos o tres versos que, con dedicación y algo de fuerza, encajarían perfectamente; más bien porque no le combinan al paisaje. “Qué irónico y fascinante se me muestra todo” piensa el sujeto cuando mira de reojo por la ventana, y no encuentra más que el reflejo de su interior.
¡SI¡ está vacío. No, no vacío, sólo no sabe cómo decir aquello que lo impregna hasta la última célula que su cuerpo compone. A veces la poesía tiene ese efecto, no libera, sino que asfixia como una anaconda enrollada alrededor del pobre ratoncillo y acaba por matarlo desde adentro. Así funciona la poesía. Apresadora, esclavizante. Porque no todo es deleite en ella.
Basta ya de mirar a este pobre diablo desde afuera y pretender que la poesía sólo lo libera. Basta de pensar que acaso poesía sólo es una mariposa revoloteando en medio de la pradera alrededor de un sinfín de olores exquisitos. No sé dónde han visto poesía, aquellos que creen que es sólo sentarse y esperar a que las musas desciendan sobre el corazón del sujeto, para infestarlo de ideas y sentimientos nobles que a muchos se les han negado. Puedo asegurarles que la poesía es una mujer, y como tal no es nada fácil.
A la poesía ya no le gustan los poetas, los románticos idealistas que sueñan con hacerla suya en una noche de verano entre besos, sudor y lágrimas de alegría. NO. Ella no quiere un esclavo que le traiga ofrendas insulsas y empalagosas a sus pies, no espera rosas en la puerta, ni mariachis a media noche. Eso se lo relega a los idiotas que creen conquistarla, mientras ella escapa por la puerta de atrás y se va a quién sabe qué antros, para luego volver impregnada de mundo, de gasolina, de alcohol, de motel barato y de abuso.
La poesía que busco es tosca, ruda. Está esperando que alguien se pose por encima de ella en la pirámide alimenticia espiritual, porque está mamada de que todos le agachen la cabeza. Ella quiere que la dominen, que la reten, que la asfixien antes de llegar al orgasmo, no que la besen con los ojos cerrados y le hagan el amor. No, a ella le aburre hacer el amor, como le aburren los poetas de la vieja usanza. Ella desea jalones de pelo, mordiscos, que la quieran y que el cariño roce la agresión.
Mi poesía no deja de ser femenina, por supuesto (ni masculina, para aquellas que la busquen), pero ya no quiere amor, ni acudir cuando se sientan a esperarla con lápiz y papel cada noche. Quiere que la seduzcan, que la hipnoticen, que la enceguezcan y la hagan suya sin su permiso al descender sobre ella y raptarla cual ave rapaz. ¿Ahora entiendes, querido sujeto mío, porque ya te mamaste de esperarla con pretextos de amor y sin sentidos de estos tiempos?
¡SI¡ está vacío. No, no vacío, sólo no sabe cómo decir aquello que lo impregna hasta la última célula que su cuerpo compone. A veces la poesía tiene ese efecto, no libera, sino que asfixia como una anaconda enrollada alrededor del pobre ratoncillo y acaba por matarlo desde adentro. Así funciona la poesía. Apresadora, esclavizante. Porque no todo es deleite en ella.
Basta ya de mirar a este pobre diablo desde afuera y pretender que la poesía sólo lo libera. Basta de pensar que acaso poesía sólo es una mariposa revoloteando en medio de la pradera alrededor de un sinfín de olores exquisitos. No sé dónde han visto poesía, aquellos que creen que es sólo sentarse y esperar a que las musas desciendan sobre el corazón del sujeto, para infestarlo de ideas y sentimientos nobles que a muchos se les han negado. Puedo asegurarles que la poesía es una mujer, y como tal no es nada fácil.
A la poesía ya no le gustan los poetas, los románticos idealistas que sueñan con hacerla suya en una noche de verano entre besos, sudor y lágrimas de alegría. NO. Ella no quiere un esclavo que le traiga ofrendas insulsas y empalagosas a sus pies, no espera rosas en la puerta, ni mariachis a media noche. Eso se lo relega a los idiotas que creen conquistarla, mientras ella escapa por la puerta de atrás y se va a quién sabe qué antros, para luego volver impregnada de mundo, de gasolina, de alcohol, de motel barato y de abuso.
La poesía que busco es tosca, ruda. Está esperando que alguien se pose por encima de ella en la pirámide alimenticia espiritual, porque está mamada de que todos le agachen la cabeza. Ella quiere que la dominen, que la reten, que la asfixien antes de llegar al orgasmo, no que la besen con los ojos cerrados y le hagan el amor. No, a ella le aburre hacer el amor, como le aburren los poetas de la vieja usanza. Ella desea jalones de pelo, mordiscos, que la quieran y que el cariño roce la agresión.
Mi poesía no deja de ser femenina, por supuesto (ni masculina, para aquellas que la busquen), pero ya no quiere amor, ni acudir cuando se sientan a esperarla con lápiz y papel cada noche. Quiere que la seduzcan, que la hipnoticen, que la enceguezcan y la hagan suya sin su permiso al descender sobre ella y raptarla cual ave rapaz. ¿Ahora entiendes, querido sujeto mío, porque ya te mamaste de esperarla con pretextos de amor y sin sentidos de estos tiempos?
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