Una noche sin estrellas y sin luna
es más noche por ser de invierno,
es más honda su oscuridad y frío
 y las luces brillan moribundas.
Escurren los techos invisibles,
Salpicando gotas que están vivas.
Se rompe el cielo por momentos
en destellos albos cegadores
y entre penumbras se desmorona.
Todo parece tan incierto, etéreo,
como si se hiciera de agua el mundo
para escurrirse de una forma a otra
fusionándose en un escenario viviente.
Y todo sonido seco se apaga
para dejar que se deslice el viento
con su aroma de tierras mojadas
y su música de notas cristalinas.
Y aún tras los párpados cerrados,
confidentes de tantos sueños,
se ve la noche por su cántico.
El merodear pausado de los charcos
a la corriente que sigue calle abajo.
Si un extraño apareciera en la noche,
sería un espectro de caldo negro;
el andar de una soledad antropoide
tan pura como la lobreguez reinante.
 
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