PIRAIBAS de Gerardo González.
No usaba reloj despertador, su inconsciente se había ajustado de manera perfecta y precisa a la hora que debía ocultarse y dar paso al despertar, no había necesidad de campanillas ni de gallos cantores, sólo abría sus ojos cuando comenzaba a clarear, se sentaba al borde del lecho, miraba el robusto cuerpo de su mujer en la otra cama, sus caderas blancas, su gruesa espalda, y no sentía nada más, una vez confirmado que todo estaba en orden. A veces la sangre le despertaba en medio de la madrugada y decidía apagar la llama aventurándose a la otra cama, pero ella tenía un sueño pesado y él una potencia efímera; por lo que se decía que era sólo ganas de mear y volvía a dormirse, preguntándose en la oscuridad si ella nunca sentía. Darse un baño, vestirse y hacer un café cargado. Samir esperaba la hora de abrir su negocio sentado ante el televisor, mirando y escuchando las noticias, mientras desarmaba y engrasaba la pistola, una Beretta que le había dejado su padre y que éste, a su vez, había trocado con un teniente italiano por un pasaje a Damasco en 1950. Samir jamás desayunaba.
“Parece un Lego esta vaina”, pensó Manuel; siguiendo con la mirada el colorido conjunto de locales comerciales adheridos entre sí, como bloques de plástico brillante, y alineados a todo lo largo y a cada lado de la calle Miranda. Había mucha gente yendo y viniendo por las aceras. Ya habían pasado las 10 de la mañana y el Sol comenzaba a entibiar en Upata.
Si por ésta calle vas, de la plaza al mercado, el recorrido se hace tortuoso, salvo en horas tempranas cuando el rocío mañanero resbala hacia el suelo desde puertas y ventanas, humedeciendo las aceras y encerando el asfalto; o ya entrada la noche, cuando los comerciantes árabes han cerrado sus tiendas y las gentes del comercio informal han recogido sus tarantines de coloridas necedades y se han marchado. Pero al cenit de las horas laborables, el recorrido se hace una tortura de olisquear el rancio sudor de cuellos y orejas ajenos, chocar sus hombros, rozar sus manos sudorosas, y pisar sus pies. Y las horas pico comenzaban.
Manuel lo sufría calladamente. Con cada colisión le sonreía al transeúnte agresor mirándole de soslayo al rostro, sin enfrentar la mirada, sin descubrir sus pupilas, haciendo la disculpa de anciano acobardado que tropieza al pariente gritón; contrayendo apenas las comisuras con una tenue cortada de labios y un vistazo fugaz a la mancha borrosa de la efigie temida. Ya había recorrido dos veces, con sus idas y vueltas y por ambas aceras, las tres cuadras que de la plaza al mercado formaban su trayecto; y se estaba cansando. No terminaba de decidirse. Los de ropas y vestidos vendían más, esto es cierto, pero solo tonterías como franelas, ropa íntima y calcetines. Las mueblerías y electrodomésticos le tentaban de manera irresistible, con una sola venta podía llenarse la registradora, lo difícil era saber si se había hecho esa venta. Se detuvo en la esquina y apoyó la espalda contra la pared, ya se cansaba de caminar, pensar, evadir, decidir. Observó que en la cuadra diagonal al mercado había un almacén de vestidos, a su lado una tienda de víveres, más allá una zapatería, y al final una de artefactos electrónicos. Se decidió por la tienda de víveres, tanteó el revólver de juguete bajo la chaqueta raída de jeans, y con paso firme atravesó la calle. Ya era casi mediodía.
Aquél chino se llamaba José Antonio, no hablaba español y tenía seis meses en Venezuela; pero se llamaba “José Antonio”, así aparecía en su cedula de identidad. Este chino, José Antonio, con seis meses en Venezuela, administraba un supermercado, manejaba una Chevrolet Tahoe blanca y hablaba por un Blackberry Touch; y cuando los casinos aún no habían sido clausurados por la Ley del Presidente Chávez, todas las noches podías encontrarlo apostando grandes cantidades de dinero en las maquinas, saltando de una a otra y campaneando su vaso de whisky. Años atrás uno veía al turco caminando todas las calles con pantalones y camisas en sus brazos, tratando de lograr una venta bajo el sol de este pueblo. Al italiano remendón con su caja de herramientas y un precario banquillo de madera, también caminando las calles de este pueblo y tratando de arreglar al menos cuatro pares de zapatos en un día. Los españoles se metían en el asunto manipulando la madera, torneando palos de escobas o trabajando para otros hasta lograr un pequeño capital que luego arriesgaban valientemente en un camión de rolas que hacían traer desde Brasil para comercializarla acá. Y cualquier ciudadano común conocía de donde estos extranjeros sacaban sus bicicletas, cada bloque que pegaban en sus casas y el primer carro usado que compraban. Pero estos chinos son un misterio, uno no logra descifrar cómo hacen dinero tan rápido, como logran la nacionalidad venezolana sin hablar español, ni porqué jamás les ves comiendo la comida que cocinan en sus restaurantes.
Cuando Manuel entró al supermercado, José Antonio (el chino) se encontraba en un rincón del local, a un lado de la puerta de entrada, dialogando calladamente con dos guardias nacionales uniformados de verde oliva. Una sacudida erizó la piel de Manuel cuando vio que los funcionarios portaban sendas metralletas negras de esas llamadas FAL. Continuó andando hasta perderse en lo más profundo de la tienda. Se detuvo ante una estantería y comenzó a revisar entre los utensilios de limpieza. Tomó un rastrillo de plástico naranja y se puso a detallarlo detenidamente. En aquél momento, Manuel era un experto jardinero examinando minuciosamente un rastrillo para barrer hojas secas o gramilla cortada; mientras José Antonio, el chino, se introducía con los dos oficiales en su oficina de impenetrables vidrios oscuros.
Frente a la zapatería de Samir, los obreros de la Alcaldía de Piar abrieron un hueco enorme en el asfalto. Ellos buscaban una boca de cloacas y aguas negras, y la hallaron a medio metro de profundidad e hicieron el enigmático trabajo; porque Samir se cansó de preguntarles qué hacían y ninguno le dio una respuesta comprensible. Luego se marcharon, se llevaron sus ruidosos taladros, sus picos y palas, sus avisos blancos y rojos de “La Alcaldía trabaja para el pueblo”; pero dejaron allí los escombros rodeando el hueco, y a Samir le parecía un estúpido volcán hediendo a excrementos aquel montón de escombros con un agujero en el centro, mientras miraba a los conductores pasar muy despacio por el borde contrario, llevándose rebanadas de vapor de mierda dentro de sus autos.
Recostado a las puertas del negocio miró el reloj, ya iban a hacer las doce, hora de cerrar, y Manuel entró y se puso a mirar los zapatos en exhibición. Samir se le acercó. Manuel preguntó por el precio de unas Loblan Urban que señaló con el dedo y que si tenía talla 41. Samir, con la odiosa e hipócrita emoción complaciente de los comerciantes árabes, le respondió que sí; pero lo que más le irritaba a Manuel era que a cada palabra el turco le llamaba “hermano”. Mientras Samir desaparecía en la trastienda, Manuel tomó asiento frente al espejo y se miró al rostro, se miró la pinta y miró sus viejos zapatos Keds, descoloridos y deshilachados en los bordes: -“Maldita suerte, maldita miseria”-, pensó. Echó una mirada panorámica al lugar, le parecieron miles los zapatos exhibidos, le pareció costosísimo el televisor plano que colgaba de la pared como si de una pintura se tratase. “Malditas gentes”-volvió a decirse-, “sus padres le arman todo el asunto, les pagan sus estudios, les buscan sus mujeres en el extranjero después que se han cansado de engatusar y cogerse a las de aquí, y luego se dicen trabajadores, no jodan”.
Después de calzarse el zapato derecho se puso de pie y caminó ante el espejo.
-Le queda bonita, hermano; vea, vea en el espejo.
-Si, son bonitas; pero, ¿no te pasa que cuando están nuevos, un zapato te aprieta más que otro? Como si tuviésemos un pie más grande que el otro.
-Claro, hermano; tenemos un pie más grande que el otro. Pruébese los dos, hermano, y si le aprietan demasiado buscamos otra talla.
Manuel volvió a tomar asiento y se colocó el segundo zapato, anudando ambos cordones.
-Venga, hermano, camine. ¿Qué tal le parecen? ¿Alguno le aprieta demasiado?
-Me quedan bien –dijo Manuel, metiendo su mano bajo la chaqueta y sacando el revólver, apuntándole a Samir-. No quiero comiquitas, dame los reales.
Al principio, el comerciante árabe se quedó congelado de miedo, pero luego observó que la “mira” del revolver estaba torcida. No era la mella que sufre el metal cuando es golpeado por otro material más duro y que deja aristas filosas. Aquello se trataba de una simple curvatura, como si se hubiese tomado con unas pinzas de acero el borde de la orejilla y haciendo una torcedura de la muñeca se doblara hacia un lado sin mucho esfuerzo. Samir supo que se trataba de un arma de juguete, por lo que giró dándole la espalda al asaltante y caminó rápidamente hacia el mostrador, de donde extrajo la Beretta que temprano había engrasado como su padre perfectamente le había enseñado a hacer.
-Hermano -dijo tranquilamente el comerciante, apuntando con la brillante pistola negra a Manuel-, turco pendejo muere chiquito. Quítese los zapatos y échese en el piso con las manos en la cabeza mientras llamo a la policía; o le pego un plomazo en el pecho.
Manuel no pensó nada más, salió huyendo en disparatada carrera del local comercial, y al tratar de saltar sobre los escombros en la calle, un pie tropezó contra el borde del terraplén y su cuerpo entero se hundió de cabeza por el agujero en el asfalto; únicamente sus pies, calzados con las botas Loblan Urban, quedaron fuera del hueco, agitándose espasmódicamente a la vista de los transeúntes. Se había partido el cráneo contra el duro concreto del fondo, y la mierda y las aguas negras que atravesaban el casco central de Upata comenzaron a penetrar sus fosas nasales.
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