En un instante, todo muta: la luz, antes fiera y deslumbrante, se deshace en destellos trémulos, parpadeantes hasta la náusea; me embriaga, me descompone. Aquella cálida emanación de tu ser —abrigo que no era mío, que no fue jamás de nadie y, sin embargo, me pertenecía en secreto— me envolvía en campos verdes que solo a través de ti vislumbraba. Árboles de plástico falso se erigían en naturalezas verdaderas por la gracia de tu mirada.
Sol radiante, que descendía con majestad sobre tus cabellos, hilos finísimos que me atraían como oráculo luminoso; mientras los míos, pobres y rebeldes, no hacían sino enredarse y frenarme en mi camino hacia ti. Tanto amar, tanto amar, hasta el vértigo.
La brisa estival de tu existencia —tan fresca, tan refrescante como el soplo del austro— se disipó, dejándome la ráfaga mancillada de humo y rojo, rojo de ceniza y herida. Avanzo y solo me recibe el vacío, ese horizonte de nada.
Ignoro por qué estoy atado, si fue mi propia mano la que me anudó a la distancia de ti; nunca deshice el lazo, nunca lo consentí, y aún así persiste. Y como río incontenible de lágrimas —las mismas con que llegué a ti, las mismas que brotan inagotables de mí—, así te fuiste, arrastrada por su corriente.
¿De qué sufro, si jamás rozaron mis dedos tu piel? ¿Qué es lo que me hiere, si nunca fui tuyo? Todo el tiempo que corrió, sin yo advertirlo, se disolvió en memorias efímeras, espejismos de lo que nunca alcancé, de lo que no pud, poseer. Solo los sueños, me dieron ese placer.
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