¿Qué puedo hacer?
No lo sé.
Hay algo en mí que no sabe,
que duda,
que se pierde.
Tal vez,
en lo poco que quedaba
de mi cuerpo humano,
ya no habitaba
la posibilidad de sentir.
Las lágrimas,
secas,
ajenas a su propia naturaleza,
parecían haber muerto en mis ojos…
y sin embargo,
comienzan a recordar.
Algo en mí regresa.
Soy, quizás,
la metamorfosis de un amante desterrado,
un tránsito silencioso
hacia el resurgir
de quien vuelve a amar.
¿Recupero mis fuerzas?
No lo sé.
Y tal vez
nunca lo sabré.
Pero entiendo algo:
amar es extraño,
incomprensible,
y aun así, eterno.
¿No es acaso mejor amar
que olvidar?
Dicen que quien olvida,
muere.
Pero el ser verdadero
no desaparece:
permanece oculto,
guardado en lo más profundo,
como una llama que evita ser hallada.
Sabes que eso que escondes
también te hiere,
pero sigue ahí,
persistente.
Y de pronto,
como si todo comenzara de nuevo,
vuelves a aprender el amor.
Tiembla el cuerpo,
duda la mente,
no sabes qué hacer…
y sin embargo,
ahí estás otra vez:
un principiante
repitiendo una historia,
un ciclo antiguo
que se siente nuevo.
Porque no hay nada más propio
del ser humano
que amar,
que sentir,
que arder.
Por un instante,
regresas al origen.
Eros te observa,
disfruta el encuentro,
celebra la unión de dos cuerpos,
de dos almas.
La pasión despierta.
Afrodita roza a la amada,
y su hijo, travieso,
teje la unión:
juega, guía, enciende.
Porque también es amor,
porque también es destino.
Y así,
en ese juego divino,
quienes se aman
se encuentran,
se funden,
y arden
hasta volverse uno
en la misma llama.
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