En la orilla de un estanque de aguas mansas, donde los juncos murmuraban secretos antiguos y la bruma tejía velos sobre la superficie, vivía una pequeña rana de piel húmeda y mirada despierta. Había crecido bajo la sombra áspera de la voz de su padre, una voz que caía sobre ella como piedras.

 

—No eres lo suficientemente rápida, —gruñía él— ni brillante, ni hermosa. Las ranas como tú están hechas para confundirse con el barro, no para soñar con la luz.

 

La ranita bajaba la mirada, pero dentro de ella temblaba una chispa que se negaba a apagarse.

 

Encontraba refugio en la compañía del sapito del juncal, su amigo fiel. Juntos exploraban los lirios como si fueran templos.

 

—Algún día iremos más allá de la orilla, —decía el sapito— y yo estaré contigo, pase lo que pase.

 

—¿De verdad?

 

—Siempre.

 

Pero cuando la madre de la ranita partió para siempre, el estanque se volvió un territorio helado. La ranita sintió que el mundo se cerraba sobre ella.

 

—No puedo quedarme aquí, —susurró una noche— este lugar me duele demasiado.

 

El sapito intentó detenerla.

 

—El bosque es peligroso. No sabes lo que hay allá afuera.

 

—No sé lo que hay, —respondió ella— pero sí sé lo que ya no puedo soportar.

 

Tomó su único tesoro: un frasco de cristal con la última gota de luz dorada que su madre le había regalado.

 

—Cuídala, —le había dicho su madre— porque esta luz es tuya, incluso cuando olvides que brillas.

 

La ranita se despidió del sapito y saltó hacia lo desconocido.

 

En su travesía encontró a un zorro de pelaje elegante, cuyos movimientos parecían escritos por el viento.

 

—Qué curioso frasco llevas, —dijo el zorro, acercándose con una sonrisa que parecía tallada en miel.

 

—Es lo último que me queda de mi madre, —respondió la ranita.

 

—Un tesoro así merece un hogar digno, —susurró él— y yo puedo dártelo. Entrégame la luz y vivirás a mi lado.

 

—¿De verdad me aceptarías?

 

—Por supuesto, —mintió él.

 

Ella le entregó el frasco. El zorro lo tomó, y su mirada se volvió fría como metal mojado.

 

—Qué ingenua eres, —dijo— jamás aceptaría a una criatura tan tosca, pesada y húmeda como tú.

 

Y se alejó sin volver la vista atrás.

 

Desorientada, llegó a un bosque donde danzaban luciérnagas brillantes.

 

—¿Puedo quedarme con ustedes? —preguntó.

 

Página 2

—Por una noche, —respondió una luciérnaga— solo una noche.

 

—¿Y mañana?

 

—Mañana volaremos, —dijo otra— no cargamos historias ajenas.

 

Al amanecer, todas se dispersaron sin rastro.

 

—Solo querían mi frescura… no a mí, —susurró la ranita.

 

Dolida, pero empeñada en no rendirse, la ranita avanzó hasta una ciénaga oscura. Una voz grave emergió del lodo.

 

—¿Quién salta por mis dominios con ese temblor en la mirada? —preguntó un gran sapo de ojos profundos.

 

—Solo busco un lugar donde descansar… un lugar donde no me duela existir.

 

El sapo fingió compasión.

 

—Puedo darte protección y un hogar donde nadie te lastime. Ven conmigo, pequeña.

 

—¿De verdad me cuidarás?

 

—Claro. Conmigo no tendrás que temer.

 

La llevó a un rincón donde los juncos crecían altos. Con movimientos lentos, empezó a entrelazarlos alrededor de ella.

 

—¿Qué haces?

 

—Construyo tu refugio, —dijo— para que nadie te haga daño.

 

Pero pronto el refugio se convirtió en una jaula.

 

—No puedo salir…

 

—No necesitas salir, —sonrió él— aquí tienes todo lo que mereces.

 

Día tras día, el sapo dejaba caer palabras como veneno.

 

—Mírate: fea, insignificante. ¿Quién te querría allá afuera? Nadie. Solo yo te acepto.

 

La ranita cerraba los ojos, debilitándose.

 

—Tal vez tenga razón…

 

—Claro que tengo razón. Si te vas, el bosque te devorará.

 

Transcurrieron semanas. Pero una noche de luna nueva, la ranita sintió un pequeño latido dentro de sí.

 

—No naciste para vivir encerrada, —susurró una voz interior.

 

Reunió fuerzas. Empujó los juncos una y otra vez. Al principio no cedieron. Luego un tallo se quebró. Después otro.

 

—Puedo hacerlo…

 

Finalmente, escapó al anochecer, corriendo entre sombras con el corazón latiendo como un tambor recién liberado.

Deambuló por unas horas y, al detenerse junto a un arroyo cristalino, vio su reflejo.

 

—¿Esa soy yo?

 

La figura tenía sombras, marcas, cansancio. Dos grandes lágrimas rodaron por su carita.

Cansada, pensó en regresar al estanque. Pensó en su padre. Pensó en el sapito.

Recordó todo con cariño. Pero en ese instante comprendió que no podía volver, y que quizás ella no era la única que había cambiado.

 

Se dio cuenta de que lo que vivía con su padre no estaba muy lejos de lo que había encontrado en su travesía.

Pero no podía sacar de su cabeza al pequeño sapito del juncal.

 

Página 3

—Ojalá pudiera verlo y divertirnos como antes… pero tampoco puedo pedirle a nadie que me espere eternamente. Espero que él sea feliz.

 

Se quedó unos días cerca del arroyo. Limpió sus heridas. Intentó sentirse parte del entorno.

Algunos días se sentía bien; otros, no tanto.

Poco a poco fue comprendiendo que ni la aceptación de su padre ni la de ninguno de los animales que conoció era el problema real.

 

—No soy perfecta. Y no lo seré nunca… pero es algo con lo que puedo vivir de ahora en adelante.

 

Con el tiempo entendió que podía ser ella misma: libre sola o en compañía.

Que ningún lugar sería fácil, pero aun así podía elegir avanzar.

 

Decidió seguir el curso del río hacia un valle nuevo, donde la tierra era fértil y el silencio, un abrazo.

 

—No buscaré más aprobación en miradas ajenas, —dijo— mi hogar será el que yo construya.

 

Y así, la ranita comenzó de nuevo, reconociéndose día a día, habitando su propio ser sin miedo, con la certeza de que el verdadero hogar no es donde te aceptan, sino donde decides no abandonarte.

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