I. Nubes de olvido
 
Un pequeño niño jala la mano de su madre mientras le suplica que le compre una golosina, una mujer recoge los deshechos de la mascota que ha sacado a pasear, una pareja camina sonriente de la mano, un par de niños lanzan una pelota, mientras yo camino ausente por el parque. Ese parque está a un costado de la secundaria en la que yo había estudiado, es un sitio muy concurrido cada día. Desde que recuerdo detesto los lugares así, padezco lo que los expertos llaman “agorafobia”, aunque no es el diagnostico de ningún médico, yo mismo me lo he atribuido basado en mis inquietudes de toda la vida. A pesar de ello, ya son varios los días en que acostumbro caminar por ahí cada tarde, es como si buscara algo, aunque en realidad no sé con exactitud qué es…
Es la misma rutina desde hace tiempo, no sé desde cuándo; me siento en la misma banca y miró mi maletín sucio y estropeado, no recuerdo qué fue lo que le sucedió o desde cuándo está así. La gente pasa a mi alrededor y parece no verme, quizás sólo me ignoran, pero no es distinto a como siempre ha sido. Siempre fui una persona tímida y asustadiza, incapaz de superar el miedo a las multitudes o de relacionarme abiertamente con las personas, me aísle por completo de mis compañeros y nunca tuve muchos amigos, aún ahora me sorprende cómo es que he podido llegar hasta este día. Pero cada vez que lo analizo, regreso a la misma conclusión, fue gracias a ella. La única verdadera amiga que pasó por mi vida, una niña flacucha que conocí en secundaria, simpática, extrovertida, por completo distinta a mí, pero me tendió la mano cuando nadie más se atrevía a mirarme. Su sonrisa, siempre positiva, me obligaba a enfrentar mis miedos y a ir diariamente a ese sitio conocido como “escuela”, pero que para mí, hasta antes de ella, significaba “el infierno”, antes de conocerla, cada día era un suplicio, la multitud me sofocaba y la soledad me anegaba, siempre deseé escapar de aquel martirio. Pero a partir de ella, la tortura se convirtió lentamente y sin darme cuenta en un placer sutil, todo comenzó a cambiar, ya no existía la rutina, me encontraba en una constante aventura de emociones y sentimientos desconocidos, todas esas nuevas experiencias provocadas por una sola persona, hicieron tolerable aquel sitio que hasta entonces me había hecho sufrir, su brillante mirada iluminaba mis días, y cada vez que observaba aquella sonrisa, todo lo demás carecía de importancia.
Página 2

Ella siempre me trató como si no le importaran mi apatía o mis temores, como si yo fuera su más grande amigo, como si en el mundo no existiera alguien tan especial como yo. No tardé demasiado en darme cuenta de que estaba enamorado. Pero, siempre existe algo de egoísmo en el amor, porque cuando lo medito muy a fondo, no puedo evitar imaginar que quizá no la amaba a ella tanto como amaba la manera en que me hacía sentir, lo que provocaba en mí, esa sensación de bienestar, la forma en que ella me veía y mi deseo de observar la vida a través de sus ojos; no lo sé, no podría definirlo con exactitud, los recuerdos no están claros en mi mente, pero de lo que puedo estar seguro es de que ella fue lo que yo defino como “mi único gran amor”; mi madre decía que cuando un chico de mi edad se enamoraba, lo hacía con tal intensidad que dolía; ¡mentira!, nunca escuché una farsa mayor, ese amor no dolía, me complacía, mi ilusionaba, me motivaba y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por ella. Una tarde llegué a una resolución, decidí que le haría saber mis sentimientos y si ella me aceptaba, abandonaría mi soledad, saldría de mi aislamiento e intentaría convivir con el mundo tal como ella lo hacía. Sin embargo nunca fui bueno con las palabras así que tomé una pluma y escribí todo aquello que ella me inspiraba, un trozo de papel no parecía ser suficiente para abrir mi corazón, pero intenté plasmar mis más profundos sentimientos en aquellas páginas que le dediqué, me resulta inconcebible comprobar lo cursi que el amor puede volver a un hombre de aparentemente poca expresividad, cuatro fueron las hojas que coloqué en un sobre que guardé dentro de mi maletín. Recuerdo vagamente lo que sucedió al día siguiente, la vi por la mañana y le comenté que deseaba hablar sobre algo importante, le pedí que me esperara en una banca del parque en cuanto saliese de la escuela. Ella parecía complacida, no lo supe entonces; “típico hombre” como diría mi hermana, incapaz de ver más allá de lo que era evidente; ahora sé que adivinaba lo que yo estaba a punto de decirle, por eso sonreía emocionada; y si hubiera sabido entender sus señales, habría comprendido que no hacía falta más que decírselo. Pero no lo vi, y yo deseaba que el momento fuera perfecto, así que escapé de la escuela un par de horas antes de que sonara la campana que indicaba la hora de salir. Días antes ella había visto en una joyería, una hermosa cadena con un dije en forma de cruz, el precio era bastante elevado y no pudo adquirirla en ese entonces. Por mi parte, acostumbrado a matar el tiempo asesinando zombis, combatiendo extraterrestres, iniciando civilizaciones en lugares épicos, cada tarde en mi consola de videojuegos, había conseguido ahorrar lo suficiente para adquirir el último, el más novedoso y más caro videojuego de la historia. Pero ahora, ese dinero tendría un uso diferente.
Página 3

Cuando salí de la escuela y después de haber reunido mis ahorros; me dirigí hacia la joyería a prisa, deseaba regresar cuanto antes y esperarla en la banca que habíamos acordado… ¡Cierto!, es curioso recordarlo ahora, porque es la misma banca en la que estoy sentado en este momento…
Los recuerdos desaparecen en un instante, no me doy cuenta de lo tarde que es hasta que los jóvenes de la secundaria empiezan a abarrotar las calles, ya salen de la escuela, y aunque estoy seguro de que ninguno de ellos siente la misma aversión que alguna vez yo sentí hacía ese lugar, escapan como si de una prisión se tratara; sus estruendosas voces se han llevado toda mi concentración, no puedo escuchar mis pensamientos ya, es la peor hora para estar en un sitio como este, después de todo no creo haber superado aún todos mis miedos, y me ha nacido repentinamente una fuerte necesidad de ir a un lugar más tranquilo.    
Me levanto de la banca y comienzo a caminar, supongo que debo ir a casa, pero no deseo hacerlo; a pesar de que por mucho tiempo la palabra “casa” no significó otra cosa que un refugio para mí, ese lugar en el que solía derrochar el tiempo de mi desolada existencia con tareas banales, lejos de la muchedumbre y la gente extraña; ahora no tengo intención de ir ahí, hay algo que debo hacer aún, lo sé, pero todavía no puedo recordarlo.
Hay algo que le sucede a mi mente el día de hoy, no logro concentrarme y mis pies me conducen paso a paso como un autómata. Adelante, varios automóviles se han detenido en la avenida, esa avenida que se vuelve cada día más peligrosa, convirtiéndose en un riesgo para aquellos que cruzan de forma deliberada y los que conducen irresponsablemente. Sin embargo ahora el tráfico está varado, obstaculizado por un grupo de personas, más automóviles se detienen y los conductores bajan de sus vehículos para acercarse a esa multitud que se concentra a las afueras de la secundaria.
Página 4
Lo mencioné antes y lo reitero, odio las concurrencias; pero creo que hoy me siento distinto, una mórbida curiosidad conduce mis pasos hasta ahí, no consigo detenerme hasta que logro ver algo en el suelo, me acerco ligeramente y puedo distinguir el pie de alguien en medio de la abrumadora afluencia, su pantalón está sucio y roto, me acerco un poco más, no puedo quedarme sólo con esa imagen, una persona se mueve y consigo ver la mano de aquella persona, ensangrentada y maltrecha. Me inquieto un poco, no había visto algo así antes, mi mente se sobresalta, y comienzo a escuchar lo que se murmuraba a mí alrededor. Hay un montón de gente, de esa que sólo sale de sus hogares cuando algo malo sucede, una mujer comenta con otra que un joven de la secundaria ha sido víctima de unos maleantes, el chico no quiso darles sus cosas y lo asesinaron. Me siento asqueado, mareado incluso, detesto cuando la gente se reúne sólo para presenciar o cotillear sobre hechos atroces. Me doy la vuelta y trato de salir del tumulto, empujo cuanto puedo, pero es difícil luchar contra la voluntad de tanta gente y la mayoría de ellos intentan acercarse. Logro salir al fin, la muchedumbre está reunida ahora a mis espaldas, obstruyen el camino y yo sólo deseo alejarme de ahí. Mis ojos se clavan en un oscuro callejón en la parte lateral, nunca antes había llamado mi atención, pero por ahora es mi única opción, atravieso por ahí buscando la calle alterna, aún ahí dentro hay personas murmurando sobre el suceso, apresuro el paso, y al llegar al otro lado observo un par de gatos jugueteando tranquilamente, al escuchar mis pasos sobre la acera, ambos saltan asustados y se alejan, pero me siento aliviado, el camino luce solitario pero la nube negra que hay del otro lado se disipa. Es extraño que no recuerde haber andado por ahí antes, que nunca me haya fijado que existe ese callejón, pero mientras me mantenga alejado del tumulto, no me molesta seguir. Siento que he caminado un largo tramo, no obstante, pareciera que sólo di una vuelta. He regresado al mismo sitio, supongo que es una de esas situaciones de las que no se puede escapar.
Página 5
La policía ha llegado al escenario del crimen, la gente luce más dispersa y los automóviles en la avenida han retomado la marcha. Un hombre demarcaba la silueta del cuerpo del muchacho sobre la acera con un material blanco, y mientras las personas se alejaban, no puedo evitar mirarlo, aunque desearía no haberlo hecho. Su cuerpo retorcido en el suelo y ese rostro… un rostro que deseo olvidar. Por lo que se ve había sido golpeado hasta el cansancio, su cuerpo estaba completamente cubierto de sangre, ¡imposible que nadie haya podido evitarlo!, siento rabia solamente de pensarlo; uno de sus pies está totalmente volteado, deshecho a palos, supongo y ese rostro... una de sus manos aún sostiene con una fuerza perceptible en sus dedos tiesos y sin vida aferrados a la maleta que no quiso entregar. Me duele y me intriga el pensar ¿qué pudo ser tan valioso para ese muchacho, como para arriesgar así la vida?, talvez no había nada en esa mochila, quizá lo que deseaba proteger era su dignidad, su amor propio o tal vez la rabia fue lo que lo impulsó a no ceder, no lo sé y no creo que pueda averiguarlo alguna vez, pero ¡por dios! ese rostro me ha trastornado, hay algo en él que me atormenta… habría sido mejor que se desmayara, por lo menos así no habría sufrido en sus últimos instantes…no fue así desafortunadamente, sus ojos están abiertos y aún se distingue en su mirada el dolor y la ira que pudo haber sentido, el pálido color de su piel muerta desentona con la oscuridad de sus cavidades oculares, ahora sus ojos están frente a mí, hundidos en cuenca vacías; vacías porque su alma ha abandonado ese cuerpo tieso y frío, pero pareciera que aún observa y es a mí a quien mira fijamente, siento que me culpa, su boca está abierta y deformada, como si hubiera intentado gritar y nunca lo hubieran escuchado, siento un escalofrío, pero no puedo apartar la mirada, sus ojos están sobre mí y ese rostro… ¿Qué tiene ese rostro?, ¿acaso intenta decirme algo?, me siento perturbado, tengo miedo y sólo deseo escapar. Doy la vuelta y corro sin pensar, más veloz que nunca, y sin percatarme, alcancé la intersección de la avenida, nuevamente un escalofrío recorre mi cuerpo, un mal presentimiento me invade al escuchar un estruendoso ruido que se aproximaba. Lo más lógico es imaginar que seré atropellado, ese razonamiento cruza mi mente, sin embargo no atino a dar un paso aún estando consciente del peligro, giro el rostro para darme cuenta de que es eso a lo que le teme mi cuerpo y lo que alerta a mis sentidos, pero lo que veo acercándose, no es un automóvil, es una turbulenta muchedumbre. Caminan sin hablar, pero el sonido de sus pasos taladra mis oídos, cada vez se acercan más a prisa, sé que si no me muevo pasaran sobre mí, lo intento, pero no puedo dar un paso, ¡que desesperación!, están a unos cuantos centímetros, ¿por qué no se detienen?, ¿por qué siento tal desasosiego?, me paralizo sin comprender, cierro los ojos asustado mientras un miedo profundo me acoge súbitamente…hay algo dentro de mí, una sensación desagradable. Es entonces cuando decido abrir los ojos e incrédulo, no sólo contemplo, sino que siento una nauseabunda invasión a mi espacio, aquellos personas no lo parecen, atraviesan mi cuerpo  como si no fueran nada, como si no existieran, materia etérea que se desliza por el viento sin ser advertida, pero yo la advierto, siento cómo me arrebatan la energía al paso, llevándose consigo trozos de mí, de mi consciencia, de mi razonamiento, de mi lucidez y mi lógica.
Página 6

No puedo describir el temor que siento en ese momento, no tenía nada que ver con los temores a los que estaba habituado y no sé cual es la raíz de la aprensión, quizá le temo a la idea de haberme topado con un grupo de entes desconocidos; o quizá mi temor radica en el hecho de ser capaz de percibir algo que los demás no pueden o tal vez el temor más grande es imaginar que puedo ser yo el desconocido. Fuese lo que fuese, lo único que me provoca es alejarme, así lo hago, corro hasta el otro lado de la calle y sosiego a mi espíritu dibujando en mi mente la imagen de esa chica que me volvió loco alguna vez, mi placebo y mi locura; me hace olvidar el suceso tan inusual por el que acabo de pasar mientras deambulo ligeramente; pero cuando ya mi mente se halla en blanco, algo comienza a perturbarme nuevamente… es ese rostro. Sólo lo miré un instante y lo tengo impreso en mi mente cual tatuaje en mi cuerpo. Camino ofuscado y sin rumbo, hasta que topo con una pequeña joyería al final de la calle, repentinamente todos las meditaciones regresan a mí. Es la misma joyería de aquella ocasión, me acerco mecánicamente como si ese fuera mi destino, abro mi maletín y contemplo un montón de billetes, me aproximo hasta la puerta del local, pero me detengo en seco cuando miro mi reflejo en el cristal, ¡Ah, por fin comprendo todo! Mi rostro… es ese rostro  ¿Cómo he podido olvidarlo?
 
380

Cargando comentarios...