Camino de cipreses y columnas
hacia el lugar consagrado a Zeus
en el ayer glorioso de los Juegos Olímpicos.
Ruínas del pasado: columnas rotas,
capiteles en el suelo, estatuas quebradas...
 
Allí se estableció, desde el 776 a.c.,
la tregua sagrada entre las ciudades-
estado para celebrar en paz,
cada cuatro años, las competiciones
atléticas, premiadas con coronas de laurel
y cantadas por poetas.
 
Los siglos de abandono sepultaron
en silencio y pesadas arenas 
aquellos vestigios de esplendor.
 
Pero no todo se perdió:
la llama olímpica, extinguida
por los vientos de la sinrazón,
volvió a encenderse en el siglo XIX
para recorrer los pueblos del mundo
hasta la sede de los nuevos
Juegos Olímpicos internacionales.
 
Así se cumple nuestra vieja historia:
enterramos lo mejor del pasado
y, aveces, brota de nuevo la semilla
de las hermosas ideas de hermandad.
                      E.G.M.  (De "Doce días por Grecia y Venecia")
                            
 
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