Oblivion
Bajo una pintoresca y rústica colina, se encontraba una pradera árida, donde las orquídeas danzaban al son de la brisa, y los frondosos matorrales sobresalían como pequeñas pinceladas en un lienzo en blanco. Mientras más avanzabas, aquellas diminutas semillas se transformaban en grandes arbóles, húmedos y gruesos, las delicadas flores salpicaban de colores el campo verdoso, cuyos rincones se vestían de una expresiva felicidad, y los rayos de sol iluminaban la despejada estepa, los animales corrían libres de cualquier preocupación, mientras los pájaros atravesaban las nubes y bajaban para cantar una vez más. Al fondo estaba un pequeño camino, acompañada de rosas y lavandas que los dirigia a una antigua casa, pequeña y blanca, de aquellas que lucían una chiménea en sus techos de ladrillo. Las ventanas ofrecían una cálida y nostálgica vista del mar, sereno, luminoso y cristalino. Dentro de está pequeña casa por años vivió un pintor en soledad, se decía que en sus tiempos era uno de los más célebres, hasta que un día en un cerrar de ojos todo cambió. Un jóven poeta decidió ir a visitarlo, mientras se apróximaba no podía evitar que los nervios se apoderarán de él, así que se detuvo, respiró... y siguió caminando. Al llegar a su entrada, con manos temblorosas tocó su puerta, y despúes de unos minutos. El pintor abrió la puerta y manisfestó lo siguiente:
- Hola?...¿puedo ayudarte? - dijo el pintor extrañado.
- No sé... ¿eres Vincent? - dijo el poeta confundido.
- Así es - afirmó Vincent.
- ¿Naciste en los Países Bajos? - preguntó el poeta.
- Así es - afirmó nuevamente Vincent.
- Es un gusto conocerlo - contestó el poeta, sereno.
- Estaba a punto de pasear al perro, quieres venir? - preguntó Vincent.
- Sí claro - afirmó el poeta.
Tras unos minutos, frente al vasto y hermoso océano, se encontraban unos pequeños senderos de arena alejados de la orilla. Ambos conversaban, tranquilos, con la calma que les regala el mar.
- ¿Por qué estás tan solo? - preguntó el poeta.
- Hubo un tiempo en que no fue así, no fue mi elección - afirmó Vincent
- ¿Fuiste felíz? digo...al punto en que realmente sentiste que hiciste todo lo que soñaste - preguntó el poeta, serenamente
- La felicidad no se trata de conseguir todo lo que algún día soñaste, al fin y al cabo cuando lo hacemos, la vida sigue o no?
- Pero...no es ese el próposito de nuestras vidas? conseguir ese «algo» que todos queremos.
- Exacto, crees que mi sueño siempre fue ser un pintor conocido? no...lo hice porque lo disfrutaba, allí yace la felicidad, en las pequeñas cosas - afirmó sabiamente Vincent.
- En las pequeñas cosas? - preguntó el poeta
- Así es, todos los días pintaba y lo disfruté, viajé por el mundo, luché por las cosas en las que creí, me casé con el amor de mi vida, tuve hijos con ella. - afirmó Vincent con nostalgia.
- ¿Por qué es tan complicado para mi? - preguntó el poeta con melancolía.
- No es complicado, te diré algo...que hubiese querido que alguien me lo dijera cuando tenía tú edad. - afirmó Vincent.
- Y qué es eso? - preguntó el poeta.
- Haz algo que te apasioné, viaja por el mundo, haz amigos y disfruta con ellos, lucha por las cosas que amas, enámorate de una mujer que luche contigo y recuérdale todos los días cuanto la amas, es simple. - contestó Vincent.
Tras este ultimo comentario, el sonido de las olas serenas y el delicado canto de los pájaros fue lo único que se escuchó, ambos mirando hacia el océano, ausentes. Llenos de paz y tranquilidad. Sin embargo, el joven poeta interrumpió a Vincent con un inesperado abrazo. Vincent sorprendido, con ambos brazos a la deriva, soltó una pequeña sonrisa y lo abrazó devuelta.
- Gracias...por todo - afirmó el joven poeta, tristemente alegre.
Detrás de la ventana de aquella casa, pequeña y blanca. Se observó como aquel poeta se alejaba lentamente, llevando su brazo hasta su hombro, despidiéndose con ese último roce. Vincent quedó postrado frente al mar, inquietamente hermoso. A la deriva como un rompecabezas, permanente como un recuerdo.
- Hola?...¿puedo ayudarte? - dijo el pintor extrañado.
- No sé... ¿eres Vincent? - dijo el poeta confundido.
- Así es - afirmó Vincent.
- ¿Naciste en los Países Bajos? - preguntó el poeta.
- Así es - afirmó nuevamente Vincent.
- Es un gusto conocerlo - contestó el poeta, sereno.
- Estaba a punto de pasear al perro, quieres venir? - preguntó Vincent.
- Sí claro - afirmó el poeta.
Tras unos minutos, frente al vasto y hermoso océano, se encontraban unos pequeños senderos de arena alejados de la orilla. Ambos conversaban, tranquilos, con la calma que les regala el mar.
- ¿Por qué estás tan solo? - preguntó el poeta.
- Hubo un tiempo en que no fue así, no fue mi elección - afirmó Vincent
- ¿Fuiste felíz? digo...al punto en que realmente sentiste que hiciste todo lo que soñaste - preguntó el poeta, serenamente
- La felicidad no se trata de conseguir todo lo que algún día soñaste, al fin y al cabo cuando lo hacemos, la vida sigue o no?
- Pero...no es ese el próposito de nuestras vidas? conseguir ese «algo» que todos queremos.
- Exacto, crees que mi sueño siempre fue ser un pintor conocido? no...lo hice porque lo disfrutaba, allí yace la felicidad, en las pequeñas cosas - afirmó sabiamente Vincent.
- En las pequeñas cosas? - preguntó el poeta
- Así es, todos los días pintaba y lo disfruté, viajé por el mundo, luché por las cosas en las que creí, me casé con el amor de mi vida, tuve hijos con ella. - afirmó Vincent con nostalgia.
- ¿Por qué es tan complicado para mi? - preguntó el poeta con melancolía.
- No es complicado, te diré algo...que hubiese querido que alguien me lo dijera cuando tenía tú edad. - afirmó Vincent.
- Y qué es eso? - preguntó el poeta.
- Haz algo que te apasioné, viaja por el mundo, haz amigos y disfruta con ellos, lucha por las cosas que amas, enámorate de una mujer que luche contigo y recuérdale todos los días cuanto la amas, es simple. - contestó Vincent.
Tras este ultimo comentario, el sonido de las olas serenas y el delicado canto de los pájaros fue lo único que se escuchó, ambos mirando hacia el océano, ausentes. Llenos de paz y tranquilidad. Sin embargo, el joven poeta interrumpió a Vincent con un inesperado abrazo. Vincent sorprendido, con ambos brazos a la deriva, soltó una pequeña sonrisa y lo abrazó devuelta.
- Gracias...por todo - afirmó el joven poeta, tristemente alegre.
Detrás de la ventana de aquella casa, pequeña y blanca. Se observó como aquel poeta se alejaba lentamente, llevando su brazo hasta su hombro, despidiéndose con ese último roce. Vincent quedó postrado frente al mar, inquietamente hermoso. A la deriva como un rompecabezas, permanente como un recuerdo.
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