PRÓLOGO La Historia que voy a revelar está basada tanto en relatos de mi propia Familia, especialmente en conversaciones privadas entre mi tía-madrastra y yo, porque fui muy curioso desde mi infancia; como también en hechos vividos por el autor de estas notas.
Se trata pues de la biografía  de mi tía Ercilia  Montero Ávila y confieso que lo hago por los siguientes motivos.
No por la vanidad de escribir sino porque existió estrechos lazos de unión, amistad, cariño y respeto con mi fallecida tía y su distinguida familia; porque después de mi madre fue mi gran inspiración en mi niñez y en mi juventud y ¿cómo no podía serlo una mujer de nobles sentimientos,  elocuente conversación, sabios consejos, dulce sonrisa y tranquilidad innata? Lo hago porque conservo inalterable el aprecio a sus hijos, gente que al igual que muchos sabios trataron de superar con orgullo y dignidad los avatares de la vida; “como diría un reconocido Empresario: ¡había que romper a brazo partido las murallas que obstaculizan los caminos de la prosperidad, a quedarse en casa sollozando en silencio  envuelto en los hilos de la mediocridad!”.
Porque recuerdo como hoy las visitas intercambiadas entre El Portón y El Jubones, recintos donde habitaban las familias Ávila Montero y Sigüenza Montero respectivamente.
Lo hago en fin porque quiero mantener perdurable el recuerdo y la gloria de un ser querido.
Cuerpo de mujer, colinas blancas o doradas, valles de pasión infinita, al mundo te pareces en tu actitud de entrega. Y el  hombre  cual  labriego  salvaje te  cultiva y socava para hacer saltar el hijo del fondo de las entrañas.                  P. Neruda
DATOS PERSONALES  Y FAMILIARES Doña Ercilia Montero nació en el hermoso valle de Yunguilla de la provincia del Azuay el 04 de mayo de 1904 y falleció en la ciudad de Machala el 08 de octubre de 1998 (94 años). Fueron sus padres Fernando Montero y Clorinda Ávila, y sus abuelos, Pablo Montero y Guadalupe Íñeguez.
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Don Fernando Montero, hombre cauteloso, serio y orgulloso con pocos deseos de salir adelante con su familia, prefirió interponer su orgullo y su autoridad ante toda causa por buena que esta sea. Vivió la época en la que imperaba el machismo, en la que todo pleito se resolvía por la fuerza del puño o del revólver, fue prudente y calculador, déspota con su esposa y sus hijos pero muy gentil y amable con sus amigos. Aparentemente tranquilo en estado normal, pero a veces se  tornaba peligroso ingiriendo licor que lo transformaba en hombre brusco. Con pocos deseos de trabajar prefirió acabar con la herencia de su esposa  para luego vivir en pobreza, esa mujer abnegada y santa, fue la que trató de sacar del escollo a sus hijos elaborando empanadas que las vendía para poder subsistir. Con su negocio se ubicaron a la vera del camino de herradura Girón – Pasaje en el sitio donde hoy se ubica la carretera del mismo nombre, Km. 56, entrada a San Antonio.
El matrimonio Montero-Ávila procreó 9 hijos: Maclovia, Ercilia, Sarbelia, Luz Marina, Wilfrido, Macario, Heriberto y Dorila. Macario falleció  aún siendo niño y Dorila en plena juventud  (1947).
Siendo niños saborearon el dolor de la pobreza y la dureza del castigo físico de su padre.
En aquella humilde cabaña donde funcionaba el negocio se desarrollaron buenos y malos acontecimientos propios de una familia sufrida, pero con muchos deseos de llevar una vida digna y honesta. A poca distancia de la vivienda (400m aprox.), hacia el sur se encontraba la hacienda denominada “El Portón” y que limitaba con el camino de herradura Girón- Pasaje. Antes de llegar a dicha hacienda se debía pasar por un cruce de caminos: el que conduce al recinto de San Antonio y el anteriormente mencionado Girón-Pasaje. Esta encrucijada que lo llamaremos así por ser un cruce en curva pronunciada, por ser escondido y funesto por la noche y porque allí se suscitó un hecho que quedó gravado toda la vida en la familia Montero-Ávila y sus descendientes.
A 100m. de la encrucijada se encuentra el cementerio con un frente de más o menos 60m. al camino principal y luego de 200m. en bajada está la entrada a la casa de hacienda.
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Esta hacienda por cierto tiene mucho que ver con la vida de doña Ercilia, es por esto que valía la pena escribir algo sobre el aspecto físico y sentimental del lugar;  y porque allí surgieron tres generaciones que se relacionan con la vida del autor de estas notas y la vida de nuestro Personaje.
Don Juan Sánchez Zambrano, era el dueño de esta hacienda. Topográficamente está formado por algunas terrazas denominadas en esa época “pampas”. Aquí se dio siempre los productos de sierra y costa como ocurre en todo el valle de Yunguilla: jugosos cítricos y el codiciado jugo de caña con sus derivados, otras frutas como guabas, chirimoyas, mangos, papayas, guayabas, etc. y productos alimenticios como maíz, fréjol, hortalizas, etc. que han sido el sustento de muchas generaciones. El clima cálido- seco y su altitud ha hecho también de  Yunguilla un valle muy apropiado para la ganadería. Sin embargo en la actualidad se ha convertido en un cotizado ambiente de salud y bienestar para los turistas nacionales y extranjeros.
Don Juan Sánchez nació en 1852 en la provincia de El Oro (Zaruma) y murió en Cuenca a los 66 años de edad.
Llegó a la zona de Yunguilla en busca de mejores oportunidades. Hombre delgado de baja estatura y personalidad  especial, se dedicó como es natural a la agricultura y ganadería, también a los negocios, prestaba dinero cobrando buenos intereses y al morir dejó una buena fortuna: Terrenos y casas en Cuenca, terrenos en Tarqui, tres haciendas en Yunguilla, casas en Santa Isabel y mucho dinero en efectivo(monedas de oro y plata). Siendo la hacienda “El Portón” donde vivió y termino sus últimos días.
La casa de hacienda estaba formada de dos plantas construida en adobe y madera y a poca distancia casi de inmediato, se ubicaban dos grandes galpones adosados y a desnivel donde funcionaban las instalaciones  del molido de caña, fermentación y elaborado del aguardiente. A 80m. de la casa fue construida una capilla formada de gruesas paredes de adobe y finas maderas traídas del otro lado del río Rircay en donde don Juan tenía una gran extensión de bosque primario, hoy convertido en laderas peladas y erosionadas, su nombre: Pichanillas.
La capilla estaba formada por la nave principal (6x15m.) y un ambiente adyacente 3x4m. que hacía de sacristía. El altar que ocupaba todo el ancho y ubicado al fondo, fue elaborado con madera tallada y finas pinturas de la época.
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El grupo de imágenes estaba constituido por los siguientes personajes: la virgen del Rosario, sosteniendo un niño, era la Patrona en cuyo honor se celebraba todos los años en el mes de octubre (primer domingo) las fiestas de El Portón, esta virgen tenía aproximadamente  1.20m. de estatura; la virgen de la Merced también sosteniendo un niño; un San Antonio que hoy se encuentra en el recinto del mimo nombre; un  San José y dos crucifijos finamente tallados en madera. Se disponía de todos los elementos necesarios como tabernáculo, cáliz, piedra consagrada (ara), campanas y campanillas de grata resonancia, ropa de sacerdote elaborado en finas telas y artísticos bordados incluidos bonetes y estolas, candeleros de madera que desafiaban el fuego de las velas encendidas y en un sitio apropiado se ubicaba un flamante confesionario de color azul con blanco.
Para la celebración de la misa todo esto debía estar limpio y bien conservado a la disposición del déspota sacerdote que venía desde la parroquia El Asunción cabalgando un hermoso caballo de color blanco, cuyo jinete, obligándole a ostentar sus elegantes movimientos, se acercaba lento pero con agigantados pasos cual si se tratara de un caballero andante de la edad media, al menos así sentíamos los niños de los años cuarenta que presenciábamos atónitos aquel acontecimiento. Luego del arribo, con   una   reverencia   tipo   oriental   el   dueño de la hacienda se lanzaba a las riendas del imponente ejemplar, mientras otra persona revisaba el estribo a fin de que el ilustre Sacerdote se apoye con firmeza y descienda sin problema.
Lo primero que preguntaba “Taita Cura” era si todo estaba en orden, si no faltaba nada especialmente el vino de consagrar, caso contrario amenazaba con no decir la santa misa y dejar plantados a una veintena de niños que bien preparados esperábamos realizar la primera comunión.
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La misa como siempre, se iniciaba con insultos a los oyentes, con imponentes advertencias de que si no arreglaban su vida desordenada, en la otra vida les esperaba el fuego eterno del infierno; luego venía un  paréntesis para anticipar que todos debían entregar la limosna para las mejoras de la Iglesia de la Parroquia. A continuación una alzada de brazos para pedir al Altísimo que se apiade de ese montón de pecadores incorregibles. Luego alabanzas al Señor, a la Virgen: dignare in me laudare virgo sacrati”. En seguida el evangelio de turno, primero en latín…..,  ¿qué pueden entender esos pobres e infelices campesinos? pero luego viene la traducción, ahora sí se entiende, pero solo la traducción, el resto un  cuento que produce sueño, que no tiene nada que ver con la pobreza y desgracia de los feligreses del terruño. Lo que importa es que llueva cuando debe llover, que no se mueran sus animales, que no se enfermen sus hijos, que suba el precio de sus productos, que desaparezcan todos los males del hogar; ¡que importa el cuento del Hijo Pródigo; de Abraham degollando a su hijo Isaac por mandato divino; de Las Tablas de Moisés, ¡ pero es necesario hablar de eso y en dos idiomas,  así se mantiene el respeto y admiración del sabio y santo predicador.
Terminada la misa el cura reclama las limosnas, las toma, se llena su maletín de billetes, es tanta la emoción que al paso les dice a todos gracias amigos y hasta la próxima, ya no hace falta que persona alguna le ayude a subir sobre su brioso corcel, fuerzas le sobran con tanto dinero.
Algunos   eclesiásticos  nos  muestran   el   espinoso   camino   del  cielo,   mientras   que,   libertinos, jactanciosos, siguen ellos la senda florida del placer ignorando su propia doctrina.            W. Shakespeare
A continuación, la música con la banda, el baile, los juegos pirotécnicos, el aguardiente de caña, los borrachines, las peleas, los heridos, la vuelta del músico y finalmente la pelea de gallos: en  donde medían fuerzas dos infelices pero valientes gladiadores, en medio de ensordecedores gritos de sus asesinas barras y hasta que uno de los dos caiga muerto o desfallecido a causa de las constantes estocadas de la espuela enemiga.
Hoy Juan Montalvo diría: !si yo tuviera el don de las lágrimas, escribiría un libro sobre gallos y toros  de lidia y haría llorar a todo el mundo!.
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EL DUEÑO DE LA HACIENDA Eliseo Ávila Sánchez, nieto de don Juan Sánchez, hijo de Luis Ávila y Rosa Sánchez, quedó huérfano de padres a los cinco años y huérfano de su abuelo a los once años, tuvo dos hermanos barón y mujer quienes murieron a corta edad atacados por una fuerte peste de viruela, de la cual también fue víctima el niño Eliseo pero se salvó de milagro.
Tuvo sólo una tía, Angelita Sánchez, quien habiéndose casado sin el consentimiento de su padre fue sacada de la hacienda y se ordenó doblar las campanas porque para Don Juan su hija había muerto. Ella solo regresó luego de la muerte de su padre a reclamar la mitad de la herencia que le correspondía, la misma que su esposo Leopoldo Solano la despilfarró en poco tiempo.
La otra mitad de la fortuna heredó el nieto Eliseo Ávila Sánchez.
Su vida hasta los once años fue dura como una roca y a veces blanda como la miel; era sometido a los castigos rigurosos de la época cuando cometía sus faltas típicas de la niñez; su abuelo solo le permitía tomar lo necesario pese a la opulencia en que vivieron abuelo y nieto; tenían todo en abundancia incluido buenos vinos traídos de Cuenca entre los cuales estaba el vino de consagrar para “Taita Cura”. Por cada falta grave como tomar hasta chumarse y dar de tomar a los peones el rico vino, tenía que huir de la casa remontándose no por horas sino por días y a veces por semanas, hasta que el terco abuelo con el corazón un tanto ablandado organizaba la búsqueda y esperaba tranquilo la llegada del pequeño fugitivo, más muerto que vivo por hambre soledad y frio.
 
UNA JUVENTUD PRECOZ
Cuando falleció don Juan Sánchez, su nieto solo tenía 11 años, quedando en la absoluta soledad pero rodeado de una atractiva herencia, por lo que tuvo que afrontar responsabilidades a esa corta edad. Salir de los apacibles días de la niñez y enfrentar apuradamente los fugaces momentos de su juventud. Ya en su adolescencia se convirtió en centro de  atención de bonitas mujeres del lugar especialmente de sus primas que vivían a escasos 400m y a la vera del camino Girón-Pasaje.
 A la edad de 16 años se casó con su prima Maclovia Montero, la primera hija de don Fernando Montero, ella tenía 20 años.
UN BESO DE TERNURA  Y DOLOR
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Cuando doña Maclovia se embarazó de su primer hijo (César Lauro), su hermana menor Ercilia bajó a acompañar al flamante matrimonio con el fin de ayudar a su hermana en las labores domésticas.
Un día como tantos otros, don Fernando bajaba de visita, pero ese día se le ocurrió llegar por la parte posterior de la casona, desviando el camino normal que daba a la parte frontal. Cuando se acercaba salvando árboles y matorrales divisó lo inesperado, lo nunca imaginado: un cariñoso beso que su hija menor daba a su cuñado Eliseo.
A caso fue un beso de ternura, de fraternidad o de pasión, pero por la mente turbada de su padre se atravesó la más diabólica imaginación. No se asomó, prefirió dar media vuelta y regresar a su casa formulando en su mente el merecido castigo para su hija, una hermosa joven de 18 años que iniciaba sus años primaverales llena de ilusiones y esperanzas.
Llegado a su casa ordenó a su hija menor Luz Marina (14 años) que fuera a remplazar  a su hermana Ercilia quien debía regresar de inmediato.
Allí le esperaba el castigo: ¡el fraternal beso convertido en el asesino látigo que desluce,  daña y hiere la tierna y delicada piel de una inocente criatura!.
Con este incidente se inicia el largo y tortuoso camino en la vida de Ercilia Montero.
Aquí es donde la hija decide inclinar su balanza: asumir con humildad la fuerte reprensión o cultivar en su mente una desafiante rebeldía contra el autor de su vida; pero su hija se inclina por lo segundo. Rebeldía que a la postre termina en tragedia.
UNA TRAGEDIA IMPREVISTA
En la vida de esta hermosa mujer nace el primer amor, la primera ilusión, el primer hombre de sus sueños, se llamó Gabriel Durán oriundo de Santa Isabel. Era blanco, apuesto, con pinta de buen conquistador, pero no es del agrado de don Fernando, para él es un falso pretendiente que sólo quiere aprovecharse del amor y la debilidad de su hija, por tanto había que disolver esa relación. Ercilia no acepta por nada en el mundo y herida en lo más profundo siente que se intensifica el amor a Gabriel.
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Ya tiene un año el primer hijo del matrimonio Eliseo Ávila- Maclovia Montero. Se organiza una fiesta en la casa de hacienda, sólo asiste gente mayor, asiste don Fernando pero no sus hijas que quedan en casa con su madre. Llegada la media noche  y al calor de las copas, se enciende la mente de don Fernando, y es que alguien  mansilla el honor de la familia, exclama en sus adentros: ¡el infeliz está en mi casa aprovechándose de mi ausencia!, pide el revólver a su yerno Eliseo y sale como un relámpago  rumbo a su  casa.   En efecto  ahí estaban en la puerta   “dos almas que  se amaban, que se querían, que veían brillar un futuro y que nadie podía impedir su felicidad!. Como león enfurecido grita don Fernando: ¡desgraciado qué haces en mi casa! y el consiguiente golpe en la cara de Gabriel; este reacciona y armándose de paciencia le pide arreglar el asunto lejos de la casa, caminan hasta la encrucijada y ahí se entregan a una titánica lucha: golpes van, golpes vienen; don Fernando cae al suelo, su contendor se lanza al cuello y apretándolo con furia finalmente lo domina; pero no, no está vencido, aun tiene aliento para sacar el revólver, lo hace y el disparo fatal: una bala en el tórax de Gabriel acaba con si vida.
Luego: gritos de dolor, de angustia y de incertidumbre salen de la casa. Ercilia sale desesperada y al llegar al lugar no hay nadie, sólo dos transeúntes asoman,  inspeccionan el sitio y ella encuentra el cadáver de su amado, se lanza a abrazarle y grita  ¡mi padre lo mató! ¡mi padre lo mató! ¡infame! ¡infame!.
Mientras tanto el autor del hecho sólo tuvo tiempo de entrar a su casa, tomar a su hijo menor Heriberto con algunas prendas personales y luego de entregar el arma a su yerno Eliseo con estas palabras: ¡Gabriel está muerto!, desapareció con su hijo.
Aquí concluye la primera etapa de la vida de Ercilia Montero: muy triste pero nuca vencida continúa su lucha. ¿Vendrán mejores días?
Por espacio de diez años Fernando Montero, permaneció fugitivo afrontando una vida de dolor y miseria, las tristes consecuencias no solamente afectaron su vida sino también la parte sicológica de su hijo que hacen de él un hombre sin futuro, que sólo ama un presente inclinado a la diversión: juego de la baraja, pelea de gallos, consumo de licor y las buenas relaciones con sus amigos.    
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Al cabo de este tiempo Fernando Montero, víctima de una fiebre tifoidea, aparece muerto en la población de Chilla. Heriberto, su hijo regresa a vivir con su cuñado Eliseo, iniciando una vida de hombre sin futuro y sentimientos desorientados.
UNA VIDA NORMAL
Mientras tanto en este lapso se desarrollan muchos sucesos en la vida de doña Ercilia: olvidando totalmente su triste pasado, renace una nueva ilusión, se enamora apasionadamente de N. Maestre, quien luego de embarazarla, la abandona. Ella no llora ni se desespera, ya el dolor se arraigó en su vida, la lleva en su cuerpo y en su alma y no hay por qué lamentarse. Otra ilusión?, otro cariño?...y aparece el hombre de su vida: se llama Virgilio Sigüenza, hombre noble, tranquilo y cariñoso, acogió con mucho amor la llegada de la primera hija de su esposa que no era hija de él.
Rosa Maestre creció en el hogar Sigüenza-Montero hasta la edad de 11 años, en el lugar denominado El Jubones, donde se instaló el matrimonio, junto a la propiedad de don Abelardo Sigüenza, padre de Virgilio. Un buen día pasó por allí una brigada que pertenecía a una Congregación Religiosa; con el visto bueno de su madre y del padre adoptivo se la llevaron. Y de la niña Rosa nuca se supo su destino.
Del matrimonio Sigüenza-Montero, nacieron 8 hijos: Rodil, Rufino, Flavio, Gladys, Melba, Diógenes, Socorro y Gloria.
DOLOR Y DOLOR
Hay dolores que marchitan el alma, otros que desgarran el cuerpo; pobreza,  enfermedad y muerte, son causa de estos males; pero el dolor de perder un hijo, es tan cruel e infinito que ni Epicuro,  ni Freud, ni Marx,  han podido definir, sólo la persona que siente ese dolor podría hacerlo con profundo sentimiento de tristeza, dolor infinito, que le mata, que le revive y le vuelve a matar, perdurando así  hasta el último instante de la vida.
Por el año 1949, víctima de una infección hepática crónica fallece Virgilio Sigüenza, dejando en la orfandad a sus hijos, todos menores de edad,
Ercilia tiene que afrontar la grave situación. Se inicia una vida dura y penosa que va acompañada de pobreza y enfermedades.
Gloria Sigüenza es una niña muy graciosa e inteligente, pero la muerte le acecha y se lo lleva a la edad de 5 años, dejando un doloroso vacío en la familia Sigüenza-Montero.
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Flavio que desde niño sufrió una discapacidad física, se agravó mentalmente y hubo que internarle en un sanatorio. Un día trató de escapar de ese Centro de Recuperación y luego de escalar la muralla y lanzarse al vacío, cayó y murió de inmediato.
Gladys se enamoró de un amigo del lugar, se embarazó y aquel hombre desapareció de su vida así porque si. Vino así al mundo una linda niña que fue el centro de atención de todos, especialmente de su abuela Ercilia, era su primera nieta. Pero una vez más el fatal destino se hizo presente: la niña muere ahogada en un río cercano a la ciudad de Machala. Fue descuido de los familiares quienes organizaron un paseo campestre.
Gladys murió joven dejando en la orfandad 5 hijos más, de los cuales una agraciada niña (penúltima entre sus hermanos) murió victima de una terrible enfermedad “La Rabia”, en casa de su tío Rodil, a donde le llevaron luego de la muerte de su madre.
Aquí vale la pena repetir dos expresiones al respecto:
Luz Marina, hermana de Ercilia: ¡no sé cómo una mujer puede resistir tanto dolor!
Rodil, primer hijo de Ercilia: ¡siento que me estoy haciendo ateo, ya no creo en los cuentos de la Religión¡
UNA TRAGEDIA MÁS
Luego de superar la muerte de su esposo y de su tierna hija Gloria, cuando respiraba un aire de  tranquilidad, cuando uno cree que quedaron atrás los días de sacrificio, o cuando uno piensa que se merece un  dulce  sabor de  la vida, Ercilia se  enamora  de N.Rodas y nace el último de sus hijos. Arnulfo es su nombre, creció en medio del cariño maternal y fraternal, porque del autor de su vida nunca recibió nada. Cuando se hizo hombre, trabajó con su hermano Diógenes en el Ingenio ASTRA, (hoy lleva otro nombre). A 2 Km de La Troncal (así se llamaba el lugar) se instalaron, en una vivienda el hogar de Diógenes  con su esposa Ibelia, y en otra Arnulfo con su madre Ercilia.
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Arnulfo era un hombre aparentemente tranquilo, cariñoso con su madre y con los hijos de Diógenes, muy respetuoso  con su cuñada, muy responsable en el trabajo, pero  nuca pensó en formar un hogar, había primero que gozar de la vida, de la diversión, del buen licor y de mujeres bonitas. La pasión y la inclinación al sexo opuesto hizo de  él un bohemio, muy querido y apreciado por unos, pero odiado y despreciado por  otros. Andaba siempre armado, un buen revólver  Smith W. era su arma preferida.
Un funesto fin de semana por la noche, Arnulfo se encontraba en su tienda favorita, la dueña que le apreciaba mucho, le advierte del peligro: le pide de favor no salir de la tienda, afuera le esperaban 5 enemigos, pero él ya tomó la decisión, quería llegar a su casa temprano, se sentía muy seguro de sí mismo y de su arma, salió, y en efecto ahí estaban sus enemigos armados de puñales, sacó su arma disparó a dos de ellos matándoles de inmediato, cuando iba a disparar al tercero ya los otros dos le atacaron por la espalda hundiendo mortalmente sus puñales en el cuerpo de Arnulfo; cae desfallecido y muere.
A continuación el altoparlante del pueblo da la noticia del episodio con los nombres de los fallecidos; su madre Ercilia escucha y cae desmayada.
Fue la última muerte, del último hijo, y el último dolor.  Años más tarde muere. En su rostro se dibuja una apacible sonrisa, ¡era la última victoria  de la última batalla!
 ¡DURA VIDA PARA UNA VALIENTE MUJER! ES EL RESUMEN DE SU VIDA.
 
MUCHAS GRACIAS
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