Gime bajo mis plantas,
se retuerce,
no le basta mi riego
esperanzado;
mi fervor de rutina
no humedece
la vida que insensible
se le escapa.
 
En su cuerpo, los huecos 
horadados,
acuchillan marchitas
las semillas,
y los besos que pide se le niegan
sin piedad de otros labios
agrietados.
 
Muere la Tierra. Mientras velo
y siembro
otros destrozan con el hacha
fiera
la fe del fruto que en su lecho
noble,
perece sin llegar
a primavera.
 
Y arden los campos. En la lontananza
se pierde el trino, muere
el agua viva,
el caudal recio de la estampa
hermosa
y el prado verde, allá
en la lejanía.
 
Asisto, con mi llanto
defraudado,
a este sepelio colosal
del día.

 
 
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