Cuando se va el atardecer, queda una estela en el mar del cielo, muy difícil de borrar. Los colores naranjas y amarillos, mezclados con el blanco de las nubes, atestiguan el paso del sol por el cielo. Surcando van ese mar sereno y apacible, que muchas veces presencia bravas tormentas. Cuando se va el atardecer, queda un sentimiento de nostalgia anclado en el corazón como queda el ancla en el fondo del mar, al atrancar para hacer un respiro. Queda el sentimiento de nostalgia, tan agarrado al corazón, como cuando el barco arriba a puerto para quedarse una buena temporada y los pasajeros están felices de haber llegado.
Así también, los días de lluvia dejan una extraña estela gria, y un dejo de nostalgia en el aire. La humedad asciende poco a poco, con la marcha lenta y acompasada de una locomotora, e inunda cada rincón de este barrio, bastante seco todos los días.
El período de tormentas se ha pasado. La humedad se mezcla con el naranja del atardecer y los recuerdos se dan la mano uno a uno, prometiendo volver, con el próximo temporal o con el próximo rojo del poniente.

 
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