¿Qué ocurre en nuestro cerebro cuando somos validados?

¿Alguna vez te has preguntado por qué te importa tanto la aceptación de los demás?

¿Por qué nos cuesta tanto ser nosotros mismos? ¿Por qué una opinión, un rechazo o incluso la ausencia de un simple “like” puede afectar la forma en que nos sentimos?

Durante mucho tiempo pensé que la necesidad de validación era algo superficial. Sin embargo, mientras investigaba, descubrí que sus raíces son mucho más profundas.

Durante gran parte de nuestra historia, pertenecer a un grupo significaba protección, compañía y mayores posibilidades de sobrevivir. El rechazo, en cambio, podía tener consecuencias importantes.

Ya no vivimos de la misma manera, pero seguimos siendo profundamente sociales.

Cuando recibimos señales de aceptación, entran en juego sistemas cerebrales relacionados con la recompensa, la motivación y el aprendizaje. Una felicitación, un comentario positivo o incluso ciertas interacciones en redes pueden convertirse en señales que nuestro cerebro aprende a valorar.

Y ni siquiera necesitamos recibir siempre esa recompensa.

A veces basta con esperarla.

Por eso revisamos el teléfono. Por eso esperamos respuestas. Por eso buscamos encajar.

Aprendemos a asociar determinadas señales de aceptación con algo valioso y podemos terminar buscándolas una y otra vez.

Pero ¿qué ocurre cuando esa validación no llega?

Aparecen preguntas:

¿No soy suficiente? ¿Qué hice mal? ¿Qué debería cambiar de mí?

Para algunas personas será una incomodidad pasajera. Para otras, la necesidad de aprobación externa puede mezclarse con inseguridad, ansiedad o una autoestima demasiado dependiente de cómo las perciben los demás.

Y entonces comenzamos a cambiar.

Cómo vestimos. Cómo hablamos. Lo que mostramos. Lo que escondemos.

A veces modificamos tantas pequeñas partes de nosotros para pertenecer que llega un momento en que ya no sabemos cuáles elegimos nosotros y cuáles aprendimos a interpretar para los demás.

Lo sé porque yo también estuve ahí.

Intenté encajar. Intenté parecerme a otros. Por momentos, incluso lo conseguí.

Pero nunca fui feliz haciéndolo.

Y cuando finalmente decidí ser yo misma, también llegaron el rechazo, las burlas y esa vieja sensación de no ser suficiente.

Hoy sigo siendo la rarita de los libros.

La que hace preguntas extrañas.

La que prefiere quedarse en casa investigando cosas que probablemente no interesen a la mayoría.

Y está bien.

Porque después de buscar durante tanto tiempo un lugar donde encajar, entendí algo:

La aceptación más difícil de conseguir no viene de los demás.

Viene de nosotros mismos.

“¿Busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios?” — Gálatas 1:10

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