Una extraña amargura
tortura mi mente,
quizá porque una nueva ilusión,
tal vez mi última esperanza,
silenciosamente ¡muere!
 
Es mejor que ya no piense en él,
que me deje llevar
por este existir que llamamos vida.
Mas, cuando lo vuelva a encontrar,
me esconderé en una sonrisa.
 
Así cada uno seguirá su camino,
y ambos se irán alejando cada vez más.
A Dios le pido que encuentres la alegría
que yo nunca logré hallar.
 
Dicen que el tiempo
es lo único que cura este mal.
Pero como sé que es poco
el que a mí me queda,
aunque quiera,
¡no te podré olvidar!
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