Mi mejor amigo calzó los zapatos de mi abuela y bailó Tap con ellos. Se veía tan ambiguo con aquellos tacos bajos de madera que tronaban contra el piso, que chillaban al hacer fricción.
Simón tomó la vasija de porcelana que mi abuela tanto atesoraba y con ella, formamos un dúo musical. Él se dispuso a tocar los platillos y en cuestión de segundos, todo fue un caos sinfónico.
-Tu y tu amigo hacen muchas travesuras- reclama mi madre mientras esconde los trastos rotos.
-Tu y Simón valen por diez- Refunfuña mientras saca la tierra del macetero que se volteó entre tanto alboroto. -Por diez cada uno- Agrega cuando cree haber terminado de poner todo en su lugar.
Faltan solo un par de semanas para que llegue el verano y mi amigo está hecho un nudo; no sabe cómo convencer a sus padres para que lo dejen en mi casa.
Mamá decía que no me preocupase tanto, que de seguro le daban permiso, pero no fue así. Lo obligaron, se lo llevaron a la playa en vacaciones de verano y no lo vi hasta principios de Marzo. Estuve todo ese tiempo solo. Mamá de vez en cuando me miraba a lo lejos con sus ojos llenos de lástima. Recuerdo que una vez se me acercó y me abrazó contra su pecho. Me dijo que tenía que superarlo; que los amigos imaginarios desaparecen un día y jamás vuelven.
yo me enardecí mucho y luego de empujarla, le grité que simón era real y que volvería pronto.
Ahora que está aquí, conmigo, no dejo de mirar a mi madre con cierto aire de "te lo dije". Aunque ella suele responder a mi mirada con otra de "¿Qué le sucederá?"
Ahora más que nunca hemos hecho travesuras, causándole los más insufribles dolores de cabeza a mamá. En verdad nos la hemos pasado de lujo en este último tiempo. No han cambiado mucho las cosas, salvo que ahora mamá suele castigarme solo a mí, creo que debe su forma de vengarse al ver que yo tenía la razón y no ella.
El otro día me llamaron a almorzar y bajamos al comedor y solo había un puesto disponible en la mesa. Simón se me adelantó y se sentó primero. Yo me quedé quieto mirando a mamá y ella otra vez me miró con aire de "¿Qué le sucederá?" y como yo soy muy perceptivo, logré entender su cara de interrogación y le dije: -¿Y yo, dónde me siento?-
-¿Cómo que en dónde?, en donde siempre lo haces- dijo refunfuñando. Entonces le respondí que ahí estaba Simón.
Ese día casi me pongo a llorar cuando todos me dijeron en coro que Simón no existía. Luego de esto, comenzó una discusión en mi familia. Yo tomé a Simón del brazo y después de tirar juntos del mantel, haciendo que todo cayese al suelo, salimos corriendo del comedor y nos metimos en el sótano, cerrando la puerta con llave. Casi nos morimos de la risa al escuchar como todos gritaban eufóricos en el comedor.
Hemos hecho muchas travesuras Simón y yo, y aunque nos han castigado duramente, creo que nunca nos cansaremos.
Aún no entiendo cómo pueden seguir afirmando que Simón no exista después de todas las rabietas que les ha hecho pasar. Y aunque debo admitir que nunca lo he visto dormir y nunca he sabido que haya ido al baño, no he de poner en duda ni un segundo su existencia, pues de ser así, dejaríamos de ser los mejores amigos.
Mi mejor amigo
Relato escrito hace años (2011). Pertenece al Cirque.
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