Tomó el botón café entre sus dedos, era de tamaño regular y poseía cuatro agujeros, como los puntos cardinales, es más, tomó la brújula y al instalar el botón, lo alineó con ésta.
_Así sus ojos siempre sabrán donde está el norte. Nunca se perderá, sabrá llegar de vuelta a casa._ Entonaba en un susurro la abuela, mientras movía la aguja, haciendo que el hilo fijara el botón de forma precisa.
Él la observó atento y paciente, mientras ella confeccionaba lo que iba a ser su muñeco. Se instaló a un lado de la chimenea, esa que expedía un ligero y agradable olor dulzón.
Recuerdo que estaba tan emocionado, cuando la abuela terminó aquel muñeco, aquel pedazo de trapo que pasó a ser su más fiel compañero, su mayor confidente y su consuelo, cuando lo castigaban.
Pasaron los años y comenzó a adquirir personalidad, carácter, poder de decisión; él se los dió, le dió el valor para afrontar la vida, solucionar los altercados.
Eran tan felices. En las noches más oscuras, obtuvo coraje entre sus brazos. A veces, podía sentir su respiración, sus latidos. Muchas veces sintió que lo observaba, que sus ojos se movían hacia donde él estaba.
Pasó el tiempo, lo que era inevitable. El retoño creció y dejó de lado su infancia junto con sus temores y miedos.
Una noche de tormenta, decidió abandonarlo; hacer su vida lejos de la casa, lejos de todo.
Tomó la brújula, que aún seguía en el costurero y salió de la casa, dirigiéndose al norte...
Aún se escuchan los sollozos de la abuela del muchacho, aún se le puede ver ahí en el umbral de la habitación, llorando al ver a su nieto tendido sobre la cama con los ojos fijos al cielo...
... No era de esperarse que los muñecos maduren primero.
El Muñeco
Relato escrito mucho tiempo atrás. Pertenece al Cirque.
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