Llovía pero no se mojaba, porque estaba del otro lado del vidrio, como si fuese un espejismo de la realidad donde todo es pero no pasa. Millones de gotas morían sobre las calles donde pareciera que el tiempo se olvidó de pasar, donde el miedo y la esperanza conviven todos los días; lágrimas que el cielo nunca supo llorar.
Llovía y adentro eran las cinco de la tarde, era té con leche y galletitas, era mirar la hoja en blanco y suspirar porque la lapicera parecía inservible. Sonreír al mirar a través de la ventana, el escape del espejismo, porque afuera la lluvia era el poema y no las ideas que nunca supieron llegar al papel. Mirar el poema: leerlo, escucharlo, vivirlo pero nunca escribirlo.
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