El León está a punto de cambiar, ya las patas le pesan y el rugido es solo un susurro. Tiene miedo de lo que viene, lo incierto le aterra, cual si fuese la presa que persiguió antes que arribara la senectud. El León piensa que se acerca el sueño, el final, cree que una vez cierre los ojos, podrá descansar, pero no es así. El León ya está cambiando y se transforma en un Niño. Abre los ojos por primera vez y ve el mundo a su alrededor. Ya nada queda de su etapa como león, ni recuerdos vagos, e instintos vestigiales. Ahora todo lo que existe, hasta donde le alcanza la vista, es suyo y ni los leones ni los camellos que aun vagan a su alrededor podrán seguirlo en su rumbo. El Niño recién nacido es una fuerza de la naturaleza, un huracán que cambia todo a su paso. Una revolución abstracta de pensamiento, sin palabra ni tradición. Busca a su alrededor, sus ojos, dos campos gravitacionales que absorben toda duda, y todo temor. Su boca se abre, y el hálito que sale derrite la razón y la certidumbre. El Niño da el primer paso y los ancianos se rasgan las vestiduras, el Niño da el segundo paso y el cielo se abre. El Niño da el tercer paso y un Dios baja del Cielo a la Tierra, a hacer de esta Tierra, un Cielo. 
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