La incertidumbre de saber qué hubiera sido de nosotros vuelve a mi cada día de nostalgia. Suena ilógico extrañarte porque nunca nos dimos oportunidad. O, más bien, nunca existió oportunidad, me corrijo. Parte de mí siempre va a creer que tus miradas significaban algo más. Interpetaba tu cercanía de mil maneras, pero ninguna la correcta.

Me repito a mí misma que no debo seguir esperando algo que al fin y al cabo nunca va a suceder. Y aún así, cada vez que sé que vas a estar, mi mirada recorre la habitación buscando tu silueta. Sin querer entrené a mi cuerpo a darme cuenta al instante de tu presencia.

¿Ahora cómo hago para enseñarle a no buscarte?

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