Lamentos de un hombre imperfecto.

Ya no soy capaz de sentir.
He pecado contra mí mismo, contra mi propia identidad.

Collige, virgo, rosas.

«Recoge, muchacha, las rosas.»

La frase que me guiaba.

Las rosas son preciosas,
pero rápidamente se marchitan.

El disfrute de lo efímero.

El gozo en aquello
que solo el tiempo es capaz de crear.

Todo eso se apagó.

El amor por algo se apaga.

Pero...

¿Qué puedo hacer
si aquello que me daba sentido,
el poder sentir
y el poder explorar
lo que el mundo me ofrecía,
es también aquello
que hoy me hace lamentarme?

El paisaje era mi musa más divina,
y mis ojos eran testigos y apreciadores de aquel arte;
pero esa chispa,
esa llama,
ese sentir...

se fue.

Y no quiero saber
si algún día va a volver.

No culpo a la vida.

No culpo a nadie.

Me culpo a mí mismo.

¿No es acaso mi culpa
sufrir por cosas
que otros llamarían banales?

Quizá sea simplemente la vida.

Sufro.

Amo.

Lloro.

Y vuelvo a intentarlo.

Una y otra vez.

Pero siempre tropiezo
con esa maldita misma piedra.

El humo de esta ciudad me consume.

Pero, a la vez,

rara vez,

me reconforta.

Es un ciclo sin fin.

Me dio algo por lo que vivir,
y también me dio demasiadas cosas
por las que lamentarme.

Y créeme...

son demasiadas.

Ya no sé
si quien me habla dentro de mí
es algo bueno
o algo malo.

Son solo cosas
que suceden a mi alrededor.

Todo se ha vuelto monótono.

Siento que he perdido mi identidad.

Aquel niño
que tantas veces estuvo al borde del final,

hoy,
un poco más grande,

vuelve a estar allí.

Sigue siendo un niño.

Solo.

Lastimado.

Triste.

Un niño perdido.

Un niño adolorido.

Un niño abandonado por el mismo hombre que debía protegerlo.

Ese niño es ahora un adulto.

Un adulto
que hace tiempo solo es feliz a ratos.

Disfrutes fugaces.

Lamentos banales.

Y los disfrutes ya solo pertenecen a la carne.

Su identidad...

completamente vacía.

Ya no existe una gran diferencia con aquella infancia.

El adulto está nuevamente
al borde del final.

Pero
ya no es aquel mismo final.

Ahora es el vacío quien le acompaña.

Y aunque siempre aparece algo nuevo,
o alguien nuevo,
sigue solo.

Tiene varios caminos.

Pero no elige ninguno.

Otro trago amargo.

Un golpe de frío.

La dura realidad.

Y a continuar.

Sigue lamentándote, pequeño niño.

No todo es como tus brillantes ojos soñaban algún día.

Aún quedan cosas que lamentar.

¿Acaso no te interesa conocer tu verdadero final?

140

Cargando comentarios...