La última
Estaba en el encuentro de aquellos daneses ocho caminos, en aquel absurdo lugar en el cual el silencio inunda fervientemente su tez ensangrentada por el crepúsculo, tenía un imperio a su disposición: la fidelidad de la soledad, la ilusión del abandono que orquestan los vacíos senderos. Masajeando con sus ojos el camino por el que llegó, ahora sin vida y aparentemente desconocedor de huellas antes de su arribo, se sintió poderosa, divina , de donde venía ya no existía. Era, recordó, como aquel mercado sin gente y con hedor a ronquido durante el suicidio de la tarde, como aquellas calles pobladas por suelos angustiados ante la indeferencia humana, como la agonía de ese lejano piano que se expandía por la muchedumbre solitaria de casas.
¿ acaso fue la única que atravesó este paraje de ensueño?
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