Una tonada mientras se alza la humareda clara.
El humo, otrora apacible, dulzor que en mi sosiego
tiznaba los bocados de vida con traslúcidas noxas
a la vez que me expelía un chiste o un consejo
-dependiendo del por qué concertaba yo la cita-.
Puntual, siempre puntual, tan leal y asequible.
Risas al fondo se entrelazan con notas suaves
y atizo su gusto con añejos y variados tragos…
 
(…)
 
Algunas veces amenizaste fiestas, cenas y charlas;
otras me hablaste de amigos, amores y difuntos;
contuviste la embestida, el insulto y la lágrima…
La vida fue pasando en tu amena compañía.
Como ávido lector fui devorando mis amaneceres,
todo parecía transcurrir con rara prisa y, agitado,
sin aliento, terminaba hallándote en cada esquina.
 
Tu gracia fue tal, que la risa se hizo golpes de tos…
Y aunque la edad se fue llevando cierta corpulencia
-animándome a hacer caso omiso a las dolencias-,
seguiste fiel a pesar de toda testaruda represalia
aun cuando no pude hablarte algunas noches,
absorto en la ventana buscando, consiente, suspirar.
 
Alguna vez pensé que el escozor del pecho
-como de quinceañera descorazonada-
obedecía a un antojo del alma, ¡caprichosa!
Dolió en tu compañía más otras lo aliviaste.
Más luego, al ver la sangre salirse de mis venas
-para escoltar tú gusto amargo y delicioso-
manchando mi pañuelo, supe de tu traición.
 
Y como el moribundo, que atraviesa rasante
el bosque de su vida al alba del camino,
vinieron a mi mente las tantas advertencias
que resuelto a otra suerte opté por ignorar.
Así pues, solitario, escuálido y sin pelo…
Aún cuando botellas destierran tu legado,
-empeñado en darme quizá unos meses más-,
quemando los pedazos de lo que un día fui…
Bajo esta noche inverna, buscó consuelo en ti…
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