La secretaria.
-Señor, llegó temprano hoy a la oficina. Tenga muy buenos días- dijo con el tono dulce de voz que utilizaba para hablar con todos, pero que inevitablemente se acentuaba cuando estaba cerca de él.
-Sí, la verdad es que tenía algo pendiente que hacer, y quería anticiparme a hacerlo - le respondió amistosamente el joven jefe, mirándola a los ojos como queriendo convencerla de algo.
La secretaria conocía muy bien al jefe, tanto en actitud como en las cosas del diario vivir. Un café con 2 cucharadas y media de azúcar, el pastel más fresco que hubiese ese día en el casino, la música de Pearl Jam sonando en el equipo de su despacho. Si hacía frío las persianas de las ventanas se mantendrían abajo, y se abrirían a las 10 de la mañana. Su vida de oficina era estructurada, mas fuera de ella era un ser libre e incomprensible. Era, a los ojos de la mujercita, un ser interesante en demasía.
-¿Le sucede algo?- preguntó bien tímida.
Si bien era una subordinada de ese hombre; lo conocía desde su adolescencia y eran una especie de amigos hasta entonces; no demasiado apegados, pero lo suficiente como para permitirse consultarle por su estado de ánimo.
-No han sido días muy buenos...- contestó con la voz vacía, abriendo las persianas y mirando hacia el exterior de la ventana. Abrió las persianas, ¿qué ocurre? -Me siento muy solo. Se ha vuelto motivo de depresión tener que volver cada tarde a mi departamento y saber que no habrá nadie más allí; tener que ver televisión solo, tener que dormir solo, y sencillamente no tener amor.
El corazón de la secretaria se aceleró. Lo había amado desde los 15 años, pero sencillamente nunca tuvo el valor para decírselo clara y directamente a la cara. ¿Es que acaso él no puede verme?
Se acercó al escritorio de su superior con la mirada gacha sin pronunciar palabra alguna, haciendo un esfuerzo emocionalmente sobrehumano para disimular sus ojos apagados por la desilusión eterna de este amor nunca iniciado; comenzó a meter las innumerables hojas ahí dispersas en sus correspondientes carpetas, y cuando levantó la vista él estaba ahí, más cerca de lo que ella esperaba.
-Dame un abrazo.- pronunció en voz baja y muy suave. Ella, por supuesto, no pudo resistirse a la petición de su adorado, por lo que rodeó el escritorio e hizo calzar su cuerpo con el de él en un abrazo perfecto- Gracias por estar ahí para mi.
-No tienes que agradecerme. He querido estar ahí siempre, estoy ahí siempre; quiero estar ahí siempre para ti.
Mantuvieron el abrazo por largo rato, y luego se sentaron en el afelpado sillón de color terracota, se miraron a los ojos mientras él le acariciaba cuidadosamente el cabello. La miraba, le sonreía, y luego le hacía un cariño. Estaba llenándola de ilusiones; colmándola de esperanzas, haciéndola sentir la reina del mundo solo estando ahí, sentados en el sillón de una elegante oficina. En ese momento sus almas estaban conectadas. Se sentía en el aire un lazo inquebrantable. Ella creía conocer todo de él en ese instante; creía que se habían roto los muros que le impedían integrarse a su vida para dejar de ser la secretaria y comenzar a ser la novia, la prometida, la esposa, el amor de su vida. ¿Por qué los ojos del jefe parecían avalar estas emociones? ¿Por qué dejaba que ella se sumiera en esta utopía? No lo entendía. Realmente parecía vil y malévolo, pero nada que proviniese de él era cruel para ella.
Luego de un rato el hombre se separó de ella y se colocó de pie. Se peinó el cabello hacia atrás con una mano y se ajustó la chaqueta de su terno, como volviendo a ser quien era cuando llegó esa mañana. Se giró sobre sí mismo y le dijo:
-Es hora de volver a la vida real. - Su rostro no tenía expresión alguna. Sus ojos se veían tan incomprensibles y fríos como siempre. Tan misterioso, tan interesante y extraño como ella pensaba que era. Entonces lo supo.
Nunca podría ganarse su corazón. Este ser que venía de otro mundo, necesitaba amor pero era incapaz de entregarlo. No la amaba y nunca lo haría.
-Sí, la verdad es que tenía algo pendiente que hacer, y quería anticiparme a hacerlo - le respondió amistosamente el joven jefe, mirándola a los ojos como queriendo convencerla de algo.
La secretaria conocía muy bien al jefe, tanto en actitud como en las cosas del diario vivir. Un café con 2 cucharadas y media de azúcar, el pastel más fresco que hubiese ese día en el casino, la música de Pearl Jam sonando en el equipo de su despacho. Si hacía frío las persianas de las ventanas se mantendrían abajo, y se abrirían a las 10 de la mañana. Su vida de oficina era estructurada, mas fuera de ella era un ser libre e incomprensible. Era, a los ojos de la mujercita, un ser interesante en demasía.
-¿Le sucede algo?- preguntó bien tímida.
Si bien era una subordinada de ese hombre; lo conocía desde su adolescencia y eran una especie de amigos hasta entonces; no demasiado apegados, pero lo suficiente como para permitirse consultarle por su estado de ánimo.
-No han sido días muy buenos...- contestó con la voz vacía, abriendo las persianas y mirando hacia el exterior de la ventana. Abrió las persianas, ¿qué ocurre? -Me siento muy solo. Se ha vuelto motivo de depresión tener que volver cada tarde a mi departamento y saber que no habrá nadie más allí; tener que ver televisión solo, tener que dormir solo, y sencillamente no tener amor.
El corazón de la secretaria se aceleró. Lo había amado desde los 15 años, pero sencillamente nunca tuvo el valor para decírselo clara y directamente a la cara. ¿Es que acaso él no puede verme?
Se acercó al escritorio de su superior con la mirada gacha sin pronunciar palabra alguna, haciendo un esfuerzo emocionalmente sobrehumano para disimular sus ojos apagados por la desilusión eterna de este amor nunca iniciado; comenzó a meter las innumerables hojas ahí dispersas en sus correspondientes carpetas, y cuando levantó la vista él estaba ahí, más cerca de lo que ella esperaba.
-Dame un abrazo.- pronunció en voz baja y muy suave. Ella, por supuesto, no pudo resistirse a la petición de su adorado, por lo que rodeó el escritorio e hizo calzar su cuerpo con el de él en un abrazo perfecto- Gracias por estar ahí para mi.
-No tienes que agradecerme. He querido estar ahí siempre, estoy ahí siempre; quiero estar ahí siempre para ti.
Mantuvieron el abrazo por largo rato, y luego se sentaron en el afelpado sillón de color terracota, se miraron a los ojos mientras él le acariciaba cuidadosamente el cabello. La miraba, le sonreía, y luego le hacía un cariño. Estaba llenándola de ilusiones; colmándola de esperanzas, haciéndola sentir la reina del mundo solo estando ahí, sentados en el sillón de una elegante oficina. En ese momento sus almas estaban conectadas. Se sentía en el aire un lazo inquebrantable. Ella creía conocer todo de él en ese instante; creía que se habían roto los muros que le impedían integrarse a su vida para dejar de ser la secretaria y comenzar a ser la novia, la prometida, la esposa, el amor de su vida. ¿Por qué los ojos del jefe parecían avalar estas emociones? ¿Por qué dejaba que ella se sumiera en esta utopía? No lo entendía. Realmente parecía vil y malévolo, pero nada que proviniese de él era cruel para ella.
Luego de un rato el hombre se separó de ella y se colocó de pie. Se peinó el cabello hacia atrás con una mano y se ajustó la chaqueta de su terno, como volviendo a ser quien era cuando llegó esa mañana. Se giró sobre sí mismo y le dijo:
-Es hora de volver a la vida real. - Su rostro no tenía expresión alguna. Sus ojos se veían tan incomprensibles y fríos como siempre. Tan misterioso, tan interesante y extraño como ella pensaba que era. Entonces lo supo.
Nunca podría ganarse su corazón. Este ser que venía de otro mundo, necesitaba amor pero era incapaz de entregarlo. No la amaba y nunca lo haría.
2540



Cargando comentarios...