Qué noche de brisas y de sombras;
de tremolar de cirios y de aromas;
de palpitar de astros; agonizante luna;
acechar de inviernos y de pieles desnudas.
 
Salivar de tinieblas ante incautas presas,
en derredores turba, eleva sus afluencias,
y cual albos colmillos detrás de las ventanas,
brillan diez mil luceros tachados de neblina.
Se embarcan las cortinas en una travesura,
etéreas se acunan frente a la noche oscura,
dejando brechas francas para la seducción.
 
Qué noche de brisas y de sombras;
de tremolar de cirios y de aromas;
de palpitar de astros; agonizante luna;
acechar de inviernos y de pieles desnudas.
 
Susurra melodías, no cualquiera de ellas:
Se escucha el cantar de una fría llovizna
inspirando el soñar de todas las doncellas
pintando cual el más diestro de los artistas,
escenas que dan muerte a todo amanecer
y aún en la vigilia el ensueño la envuelve,
emerges empujada entre un mar de cobijas,
su piel tan blanca y pura brillando de candor.
 
Qué noche de brisas y de sombras;
de tremolar de cirios y de aromas;
de palpitar de astros; agonizante luna;
acechar de inviernos y de pieles desnudas.
 
El verla allí tendida, toda cuerpo humano,
-famélica la noche, afila sus colmillos
separando las fauces de pujantes abismos-,
todo lo antes vivido parece tan mundano.
Y yo en esta visión advierto un paraíso.
Mientras la noche ciñe su exótico calor,
Calor de frío efluvio, en tus muslos, en tus labios.
 
Qué noche de brisas y de sombras;
de tremolar de cirios y de aromas;
de palpitar de astros; agonizante luna;
acechar de inviernos y de pieles desnudas.
 
El aire me susurra: ¡Besa, besa y calla!
Y la lluvia demanda todas las caricias;
la noche es un velo para ver con el alma,
pues la luna ilumina  tan solo las miradas.
Recóndito lugar de raras lejanías,
de refugios inquietos y perdidos
de cuerpos envueltos de azabache,
dichosos de cumplir sus letanías.
Frío calor noctambulo.
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