La niña del eco antiguo
En algún rincón polvoriento de la ciudad, donde los semáforos no parpadean por los sueños, sino por el tráfico, y donde los edificios se levantan como gigantes sin alma; vivía Itzel. Una niña con unos bellos ojos color tierra, cabello oscuro como la noche, y un alma tan libre como el viento. Su voz parecía hecha de hojas secas y cantos antiguos, y en su andar había algo peculiar, una historia que se contaba con cada paso.
Itzel vivía con su abuela, llamada Citlali, una mujer de tercera edad, con unas manos arrugadas como corteza de un bello árbol, y ojos que brillaban con el reflejo de los siglos.
En su pequeño hogar, las paredes estaban cubierta de bordados, símbolos, y una gran memoria viva. Allí no se hablaba del pasado como algo lejano: se respiraba, se cocinaba, se tejía. Y el náhuatl, no solo era un idioma, era un canto, un consuelo, una historia.
Cuando Itzel hablaba, las palabras se deslizaban como río entre piedras. No era algo que se considerara "común". Y en una ciudad que pretendía devorar toda diferencia bajo el disfraz de progreso, era una grieta luminosa en el muro del olvido.
Cada mañana, Itzel salía rumbo a la escuela con su morral, bordado por su madre y un silencio terco en el pecho. Aquel lugar, la escuela, era como una caja cerrada, de techos con tonos grises y ventanas sucias, donde la historia se escribía sin rostros morenos ni voces antiguas. Allí, el pasado indígena era motivo de burla o exclusión, incluso de discriminación. Su maestra, la señora Hernández, tenía la voz seca y su paciencia aún más.
"¡En español, por favor!, le había dicho a Itzel la primera vez que la escuchó hablar en náhuatl, como si su lengua fuera una mancha que debía borrarse con urgencia.
-"¿Por qué hablas así?- le preguntaban sus compañeros, con la ceja fruncida y el dedo señalándola. -"¿Te crees hechicera?- ¿Eso que dices es real?-
Itzel no respondía siempre. A veces bajaba la mirada, no por vergüenza, sino por cansancio. Porque no hay lanza más filosa que la indiferencia, ni burla más cruel que la que se disfraza de curiosidad.
Pero todo cambio cuando, en una actividad escolar acerca de la diversidad, Itzel se armó de valor y empezó a hablar en su lengua natal. Cantó, contó historias de donde provenía, y esto empezó a emocionar a todos, incluyendo a sus profesores y también compañeros. Poco a poco, sus compañeros y profesores, empezaron a interesarse y respetarla.
Y con el tiempo, Itzel crece, estudia, y regresa como maestra para enseñar diversas lenguas indígenas, haciendo que su cultura vuelva a florecer. Así como toda cultura se lo merece.
Itzel vivía con su abuela, llamada Citlali, una mujer de tercera edad, con unas manos arrugadas como corteza de un bello árbol, y ojos que brillaban con el reflejo de los siglos.
En su pequeño hogar, las paredes estaban cubierta de bordados, símbolos, y una gran memoria viva. Allí no se hablaba del pasado como algo lejano: se respiraba, se cocinaba, se tejía. Y el náhuatl, no solo era un idioma, era un canto, un consuelo, una historia.
Cuando Itzel hablaba, las palabras se deslizaban como río entre piedras. No era algo que se considerara "común". Y en una ciudad que pretendía devorar toda diferencia bajo el disfraz de progreso, era una grieta luminosa en el muro del olvido.
Cada mañana, Itzel salía rumbo a la escuela con su morral, bordado por su madre y un silencio terco en el pecho. Aquel lugar, la escuela, era como una caja cerrada, de techos con tonos grises y ventanas sucias, donde la historia se escribía sin rostros morenos ni voces antiguas. Allí, el pasado indígena era motivo de burla o exclusión, incluso de discriminación. Su maestra, la señora Hernández, tenía la voz seca y su paciencia aún más.
"¡En español, por favor!, le había dicho a Itzel la primera vez que la escuchó hablar en náhuatl, como si su lengua fuera una mancha que debía borrarse con urgencia.
-"¿Por qué hablas así?- le preguntaban sus compañeros, con la ceja fruncida y el dedo señalándola. -"¿Te crees hechicera?- ¿Eso que dices es real?-
Itzel no respondía siempre. A veces bajaba la mirada, no por vergüenza, sino por cansancio. Porque no hay lanza más filosa que la indiferencia, ni burla más cruel que la que se disfraza de curiosidad.
Pero todo cambio cuando, en una actividad escolar acerca de la diversidad, Itzel se armó de valor y empezó a hablar en su lengua natal. Cantó, contó historias de donde provenía, y esto empezó a emocionar a todos, incluyendo a sus profesores y también compañeros. Poco a poco, sus compañeros y profesores, empezaron a interesarse y respetarla.
Y con el tiempo, Itzel crece, estudia, y regresa como maestra para enseñar diversas lenguas indígenas, haciendo que su cultura vuelva a florecer. Así como toda cultura se lo merece.
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