​No empieza con el golpe,

empieza con la sed:

un hueco seco detrás de la garganta

que no pide agua ni pan,

sino la forma exacta de cerrarse.

​La mano ya conoce el camino en la sombra.

No duda, no pregunta,

obedece al pulso ciego que va ganando terreno

entre la sien y la yema de los dedos.

​La materia entra

y durante diez segundos

el mundo pierde sus esquinas:

la sangre se aquieta,

la cabeza deja de empujar contra los huesos

y hay una paz postiza,

redonda y lisa como una moneda falsa.

​Pero el alivio dura lo que dura el aire.

​Cuando el efecto se retira,

no deja el cuerpo vacío:

lo deja más estrecho,

con la mandíbula apretada contra la nada

y el reloj goteando despacio,

haciendo sitio

para la siguiente vez que la mano se mueva sola.

Antonio Portillo Spinola ©

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