• El ojo corre sobre la página como el agua sobre la losa limpia: no bebe, no tropieza, devora la línea antes de que el blanco acabe. ​Es la prisa de saber, el hambre muda que salta de un signo a otro sin dejar que la piedra se asiente en el fondo. ​Pero la palabra dicha necesita el pecho. Pide el aire caliente de la garganta, el freno de los dientes, la saliva que moja el borde de la lengua antes de soltar el peso de una sílaba al cuarto. ​Al pronunciarla, el tiempo deja de ser una línea recta: se vuelve un cuerpo que ocupa espacio. Golpea la pared, roza la madera, empuja el aire denso de la estancia hasta que otro oído lo recoge y lo apaga con su propia respiración. ​— Antonio Portillo Spínola ©

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